La heroína de Cibeles 10 Danzas por el mundo
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10 Danzas por el mundo

Tenían prisa por llegar a la oficina y comentarle las novedades al jefe, pero antes habían de localizar a Francisco García, el compañero de asiento de Mario Sánchez.

La academia de baile ocupaba el local bajo de una pequeña calle en el barrio de Chamberí.

Tenía toda la fachada pintada de imágenes de gente feliz bailando en grupo, que parecían haber sido hechas por un grafitero inexperto.

Daban clases de danzas del mundo, según vieron en los carteles en los que anunciaban los horarios.

La entrada era libre. La denominación de «academia de baile» parecía quedarles grande.

Antes de que entraran en el local, les salió al encuentro una joven vestida de una manera muy discreta.

—¿Puedo ayudarles en algo?

—Sí, buscamos a Francisco García —le respondió Angus, a la vez que se identificaba convenientemente.

—¿Han quedado con él?

—No, no hemos conseguido hablar con él por el móvil.

—No sé si se va a pasar por aquí —les contestó la chica, reacia.

—¿Me buscaban? —Oyeron una voz grave a sus espaldas.

Cuando se volvieron, se encontraron con un hombre de unos treinta y tantos años, alto y delgado, con una escayola en el brazo.

Le pusieron brevemente en antecedentes y accedió a hablar con ellos en una cafetería cercana. Pidió un té verde.

Angus y Marisa pidieron lo mismo.

—Le hemos intentando localizar por el móvil.

—No suelo tener el móvil encendido, lo tengo para emergencias —les contestó—. Estoy en contra de ellos. Lo considero un enemigo de una vida sana emocionalmente.

—Verá, querríamos que nos contara lo que le ocurrió el día del atentado —le pidió Angus, que pensaba que para odiar los móviles tenía uno de última generación.

—Esta sociedad tan caótica en la que vivimos está enferma, y esta es una de sus consecuencias. La gente no cultiva su espíritu.

—¿Cómo le afectó a usted? —insistió el inspector Ondarreta.

—Yo estaba metido dentro de mi mundo interior, miraba por el cristal el pasar de las personas desde la ventana al exterior.

—¿Desde la ventana del autobús? —le tradujo Marisa.

—Sí.

—¿Y qué pasó? —le preguntó Angus, alzando la voz. Se estaba hartando de arrancarle solo monosílabos al testigo o de que hablara de cosas que no venían a cuento.

—¡Tranquilo, inspector Ondarreta! Las prisas son uno de los males que más carcomen a nuestra sociedad.

Pero le contaré lo que pasó, para que no se ponga nervioso.

Como le decía, miraba yo distraído por la ventana, cuando de repente alguien nos avisó del peligro y me tiré al suelo.

¡Se desató el infierno, preludio del apocalipsis!

Si ya digo yo que las calamidades no vienen por que sí, las atraemos los hombres con nuestro comportamiento.

Pero si quieren hechos concretos, le diré que caí encima de un señor gordo, que me amortiguó el golpe, pero aun así me di contra el asiento en el brazo y se me partió.

Rotura del cúbito y del radio. —Le enseñó la escayola que cubría su brazo derecho.

—¿Y qué hizo?

—Pues lo que todos, me levanté y me fui corriendo de ese horror y de esa perversión. Me atendieron unos sanitarios en una primera cura y luego me llevaron al hospital, como muy bien sabrán, porque les supongo informados.

—¿Vio a esta joven? —Le enseñó el retrato robot de la chica rubia.

Francisco cogió parsimoniosamente el folio impreso y lo observó.

—No —contestó, lacónico, mientras bebía a sorbos su té verde.

—¿En ningún momento, ni cuando subió al autobús?

—No —volvió a contestar.

—Bueno, no le molestamos más.

El señor García terminó de un último sorbo su té, se levantó y sin apenas despedirse se fue.

—¿Se ha ido sin pagar? —peguntó Marisa, mirando sus dos tés verdes, que ni siquiera les había dado tiempo de empezar.

—Sí, pero ¿no te parece que es un misterio? ¿Cómo ha podido tomarse la infusión sin quemarse? ¡Está hirviendo! ¡Menudo chasco, el tío este me ha dado escalofríos! ¡Y para nada!

—Bueno, tenía su atractivo el hombre. ¡Y esa voz tan profunda, tan varonil, como Leonard Cohen…!

—¿No me digas que encima le has visto guapo? ¡Es un chalado! Parece mentira que, con lo joven que es, tenga ya esas ideas —protestó Angus, celoso por los piropos que no le habían dirigido a él.

—No he dicho guapo, he dicho atractivo, que no es lo mismo.

—Yo no le veo la diferencia. ¡Cuando una tía está buena, está buena! ¡Mujeres, no hay quién os entienda!

—Bueno, como bien has dicho antes, aunque este último testigo no nos haya servido de nada, te han surgido buenas ideas tras la conversación con el señor de la historia romántica —le dijo Marisa, obviando los últimos comentarios.

Como las demás veces en este caso, el inspector jefe Daniel Hurtado prefirió que pasaran directamente a su despacho para informarle de la conversación mantenida con el conductor, de la que, en principio, no se esperaban grandes avances, y del señor García.

Pero nada más echar una ojeada a su inspector, supo que el interrogatorio había sido fructífero.

El inspector Ondarreta, como siempre, era incapaz de disimular su entusiasmo, y la verdad es que ni lo intentaba ni falta que le hacía.

Esa era una de las cualidades que más apreciaba en él, su transparencia y su entusiasmo, lejos del cinismo que se instalaba en los policías más veteranos.

—Muy majos el conductor y su mujer — le dijo nada más sentarse ambos enfrente de él—.

Resulta que comparten una historia muy romántica, se conocieron en el autobús, cuando él era conductor y ella pasajera.

En cuanto al otro testigo, ya lo leerá, pero, aparte de ser un pelma, y que le hemos tenido que invitar a un té verde por todo el morro, no nos ha aportado ningún dato, ni relevante ni no relevante.

—Al grano, inspector Ondarreta, que ya veo que se guarda información más valiosa.

—¿Cómo lo ha notado? Bueno, pues así es. Tenemos que hacer el informe y tal. ¿Ves, Marisa, que nos pasamos el día de papeleos, que no todo es tan emocionante? ¡Ya le digo, ya se lo cuento! Es que al principio mi idea me pareció fantástica, pero a la hora de expresarla no sé si será algo absurda,

Marisa precisamente sí cree que…

—¡Angus!

—El caso es que el conductor nos comentó que la chica estaba tan pálida que a él le parecía enferma. ¡Piense, jefe, que ya estuviera herida cuando entró al autobús! Absolutamente todos los testigos han comentado algo sobre ello.

—Desde luego, es una nueva idea interesante.

No lo veo descabellado. Y que teníamos que haber considerado antes.

Nos han dado un extraño caso con unas conclusiones preconcebidas y ni siquiera nos las hemos replanteado.

Nos han pasado muchísima información, que hemos dado por buena.

Y recuerden que me dijeron en el informe, que cuando hicieron el simulacro en el lugar de los hechos, el doctor Marín comentó que, a la altura de su hombro, en la chapa del autobús 14, no parecía haber impactado ninguna bala.

—Ya, inspector Hurtado, pero dijo también que tampoco podíamos saber la posición exacta.

—De todas formas, aunque hoy ya sea tarde, le daré un toque a Julio para ver si tiene ya el dictamen. Mientras tanto, preparen su tedioso informe del interrogatorio de Paco Martínez y el otro testigo, cuanto antes —ironizó Daniel.

Ante el comentario, Angus y María Luisa Cuesta se levantaron rápidamente, cerrando la puerta al salir.

—¿Julio? ¿Te pillo todavía en las catacumbas?

—¿Dónde voy a estar si no, Daniel? Ni con el oro de Moscú me podrían pagar las horas extra que echo en este antro. Y, además, ¡no he podido coger el puente, ya no sé ni qué es eso!

—No te quejes, seguro que te encanta y además tienes un laboratorio de lo más moderno, considerando que estamos en España, y no en una película americana.

—¿Cuál de tus numerosos casos ha provocado tu llamada? Que aquí estamos que no paramos. Aunque, ¡calla, calla, no me lo digas! ¿No será el de Cibeles? ¡Tanto crimen por ahí, y tú todavía enredado buscando una rubia!

—Bueno, sí, lo reconozco, ¿lo tienes?

—Me faltan aún algunos resultados del laboratorio, creo que para mañana lo podrás tener.

—De acuerdo, pero ¡cuidado, que mañana es viernes, y si no, con el fin de semana por delante todo se nos paraliza más aún!

—¡Ya sabes que no en mi servicio, desgraciadamente!

—Bueno, no insisto más, la verdad es que a mí ya me apetece volver a casa, que el día ha sido muy largo.

Sonó el teléfono de su despacho. Era la inspectora Alonso, para comunicarle que no había novedades en el caso del niño de Cádiz.

Notó cierto desánimo ante la falta de resultados e hizo todo lo que pudo por animarla.

No era tan fácil dar con un niño al que la numerosa familia paterna, casi con total seguridad, tendría bien escondido.

Se interesó por el caso Cibeles, y le contó escuetamente el desarrollo de la investigación.

Daniel estaba seguro de que echaba de menos a su compañero Angus.

Pero, se sonrió, el sentimiento no parecía ser recíproco.

Tenía a su inspector completamente entregado.

Cuando salió, vio a Marisa y a Angus, con las cabezas juntas, tan enfrascados con el ordenador que ni siquiera le vieron pasar.

Berta, sin embargo, sí le vio y le saludó con la mano, mientras atendía una llamada y a la vez escribía en el teclado.

No había querido comunicarle al doctor Marín las nuevas sospechas de Angus sobre la desaparecida. Prefería que, en ese punto, no se viera influido. Así las conclusiones serían más objetivas.

Pronto terminaron de redactar el informe y de enviarlo por correo electrónico al inspector jefe Daniel Hurtado.

—Si quieres, antes de volver para casa, podemos ir a tomar un pincho de tortilla de fábula, que ponen en un bareto, a dos manzanas de aquí. Su fama es reconocida en el mundo entero —le propuso Angus a Marisa, como de pasada.

—Hoy no puedo, tengo un compromiso —le contestó la funcionaria—. A ver si otro día. Soy una gran catadora de tortillas de patatas. Pero tengo una pregunta transcendental, ¿con cebolla o sin cebolla?

—Con cebolla, por supuesto. Y jugosa, totalmente en su punto. Bueno, ¿vamos juntos al metro? —le contestó el inspector, intentando disimular su decepción.

—¡Claro que sí!, vamos —le dijo, mientras cogía su bolso del respaldo de la silla y se ponía un grueso chaquetón. Con una bufanda de lana que enrolló varias veces al cuello, apenas se le podía distinguir el cabello caoba, que asomaba encima del abrigo y la nariz chata medio tapada.

—Se me está ocurriendo que le podríamos proponer al jefe que, como en otros casos, imprimir el retrato robot de la rubia para que lo enseñemos a la gente de las calles situadas en la parte de atrás del Banco de España, a la que supuestamente iba cuando bajó del autobús.

Podríamos preguntar a los porteros, vecinos o comerciantes del barrio —le propuso el inspector a Marisa, mientras elucubraba sobre el carácter de la cita de su nueva compañera.

Podía ser sentimental, o amistosa, o familiar.

No se atrevió a preguntárselo, pero confiaba en que esta no hubiera quedado con un hombre.

Realmente no le había interrogado todavía sobre si tenía o no novio, era prioritario saberlo cuanto antes.

—Es buena idea, no se pierde nada por intentarlo —le alabó la joven, ajena al rumbo que habían tomado los pensamientos de Angus.

Esa noche, Daniel Hurtado había caído como un tronco en cuanto que había tocado la cama, algo inusual que no se solía producir cuando un caso le absorbía más que otros.

Mientras dormía, solía dar vueltas mentalmente a los datos y hechos y más de una vez la almohada le había iluminado el camino.

Carmen, su mujer, le había preguntado por la mañana si había posibilidades de tener libre el fin de semana.

Él le contestó que probablemente sí. Una sonrisa iluminó el semblante de su esposa.

Nuestras ideas deben ser tan amplias como la naturaleza si aspiran a

interpretarla.

Sherlock Holmes