9 Historia de amor en un autobús
Jueves, 8 de diciembre.
Dedicaron la mañana a preparar la entrevista de la tarde y a ordenar la abundante documentación que iban acumulando.
No consiguieron localizar a Francisco García.
El único modo de contacto que tenían era un teléfono que daba «apagado o fuera de cobertura» y la dirección de una academia de baile.
Tendrían que pasarse a ver si lo localizaban, después de hablar con el conductor.
Comieron pronto el menú del día, a precio asequible para policías y funcionarios.
Como era jueves, tocaba paella y pollo. «Las dos “pes”», lo llamaba Angus.
Porque siempre que había paella, que ya de por sí tenía abundantes trozos de pollo, luego, por alguna misteriosa razón que solo los hosteleros comprendían, ponían de segundo plato pollo asado.
Que no es que él se quejara, solo constataba un hecho.
A él le gustaba todo, no tenía un estómago caprichoso y vio con agrado que su compañera tampoco hacía ascos a los menús de rancho, como había comprobado en esos días.
Ya tenía en mente averiguar la condición sentimental de Marisa y le propuso ingeniosamente nada más comenzar a comer no hablar de trabajo, para desconectar.
Así no les quedaba más remedio que hablar de otros temas y él pensaba reconducir la conversación hacia lo personal. Primero disimuló hablando del tiempo.
—Parece que ha llegado ya el invierno de golpe. Es que
ahora casi ni tenemos otoño. Ya no distinguimos unas estaciones de otras.
—Es verdad, un día te pones a cuerpo y al día siguiente, el chaquetón de plumas. No hay quien se aclare. Yo ya no sé qué ponerme —estuvo de acuerdo María Luisa.
—Y qué me dices de la calefacción, en mi pisito de soltero, como es una de esas casas antiguas, la ponen obligatoriamente el uno de noviembre y hasta el treinta de abril no la quitan, haga frío o calor —soltó Angus, como de pasada.
—Yo la tengo individual —le informó Marisa—. Así la pongo cuando quiero.
—Y ¿no tienes que discutir con nadie para ponerla más fuerte o más floja?
—Pues no, porque mi hermana es igual de friolera que yo.
—¿Vives con tu hermana? —Angus sonrió ladinamente ante lo valioso de la información y procedió a seguir sonsacándola.
—Sí, mis padres viven en el pueblo. Somos de Almagro.
—¡Muy bonito! Yo estuve en un festival de teatro hace tres o cuatro años. ¡La plaza es genial!
—Sí, pero encontrar trabajo y estudiar no es tan fácil, por eso mis padres compraron ya hace años, para mi hermana la mayor, en principio, un piso de tres dormitorios en Aluche. Así, mientras hemos estudiado y luego trabajado, tenemos un lugar donde vivir. Y también pasan algunas temporadas en casa.
Angus no se atrevió a preguntarle directamente si tenía pareja, pero se dio por satisfecho.
De momento, descartaba un marido o pareja de hecho.
El siguiente paso sería averiguar si tenía novio o amigo con derecho a roce.
Lo dejó para otra ocasión. El resto de la conversación transcurrió tranquila, mientras él le contaba los pormenores de su propia vida, para que ella tuviera constancia de su condición de single.
La joven le correspondía relatando su vida en Madrid y los detalles de sus experiencias laborales.
Alargaron la sobremesa con un par de cafés cortados, en lo que coincidieron los dos. Pero todo lo bueno se acaba y se 81evantaron a regañadientes. Tenían que localizar al conductor. Se llamaba Paco Martínez.
Como el hombre se encontraba de baja por depresión se acercaron a su domicilio. Los recibió su mujer, que se identificó como Pilar. Una señora de unos cuarenta y tantos años, muy agradable de trato y que no paraba de hablar de las circunstancias por las que había pasado su marido.
—El pobre no levanta cabeza desde lo sucedido —les iba contando mientras les hacía pasar al interior de la casa—. Yo he podido hacerle compañía hoy porque no he trabajado, pero los días laborables le hago compañía por las tardes y por la mañana le atiende mi hijo mayor, que tiene turno de noche.
Sin parar de hablar, les hizo pasar a un hogareño salón, en donde el conductor estaba sentado en el sofá, viendo la televisión.
—¡Paco, que han venido de la policía!
Tras una breve presentación, se acomodaron en los sillones individuales colocados en los laterales del tresillo, protegido de las inclemencias familiares por una colcha amarilla.
Pilar apagó el televisor con el mando a distancia y se sentó al lado de su marido.
—Y ¿lleva mucho tiempo trabajando como conductor de la empresa municipal? —le preguntó Angus, para romper el hielo, ante el silencio del hombre.
—Pues casi treinta años, vamos toda mi vida —les contestó.
—Precisamente, nosotros nos conocimos en el autobús. —les confió Pilar—. Es una historia muy romántica. Oye, y nos tuteamos, ¿no?
Paco, su marido, puso cara de resignación. Se veía que estaba acostumbrado a que su mujer se lo contara todo al primer desconocido que la quisiera escuchar.
—¿Ah sí? —preguntó Angus con interés, últimamente estaba más sensibilizado con los temas románticos—.
Y ¿cómo fue?
—¿No os entretendré de vuestro trabajo?
—¡No, qué va! Siempre estamos oyendo hablar de crímenes y desgracias, nos vendría bien escuchar algo más divertido.
—Pues os cuento. Yo de soltera vivía por Reina Victoria, detrás de donde está ahora Hacienda, por lo que tenía que coger la línea de autobús circular.
Como quedaba para salir con un grupo de amigos, siempre cogía el último, que me dejaba lejos de mi domicilio, en la plaza Mariano de Cavia, por lo que desde la plaza de Cuatro Caminos bajaba andando a casa.
Coincidía que era el turno de Paco y durante un par de meses le estuve dando las buenas noches al entrar.
Una vez que cogí el circular anterior y nos dejó en Cuatro Caminos, porque en esa plaza habitualmente se hace un trasbordo de viajeros, él nos adelantó y todos los viajeros pasamos a su autobús.
Me reconoció y a partir de esa noche comenzamos a hablar.
—No hace falta que les cuentes eso, Pilar —le dijo Paco.
—Bueno, ya sabemos que los conductores tenéis prohibido hablar con los viajeros, porque os distraen, pero no creo que nos detengan por ello, ¿verdad, inspector Angus? Y, además, creo que el delito habrá prescrito, ¡anda que no hace ya tiempo!
—¡Claro que no, claro que no! — le respondió Angus riéndose.
—El caso es que un día va y me pide el teléfono y yo se lo doy y le pido el suyo.
Pues va el tío y no me llama. Y yo esperando y enfadada.
Que, aunque yo tenía su teléfono no quería ser yo la primera que llamara.
Así que, cabreada, decidí no coger el circular, y subí al bus 44.
Pues no fue mi sorpresa al ver que lo conducía Paco porque le habían cambiado de línea, puntualmente.
¡Eso era el destino, era una señal! Como le vi buen chico, le pregunté que si íbamos a quedar y esta vez sí que llamó.
La primera vez quedamos con su hermana y su cuñado y fuimos a cenar a un restaurante italiano que había por Prosperidad. A partir de ahí empezamos a salir.
Y hasta hoy, casados, justo ahora hemos hecho veinticinco años, y con dos hijos.
—¡Enhorabuena, las bodas de plata! —les felicitó sinceramente el inspector Ondarreta.
—Respecto al día del atentado… —sugirió Marisa, que veía que Angus se iba por las ramas y todavía no había empezado con el interrogatorio.
—Sí, es cierto. Pero ¿os dais cuenta de que el autobús es como la vida, igual da lugar al nacimiento de dos hijos, como que finaliza con la de otros seres humanos? —repuso el inspector en plan filosófico—. ¿Te importa que grabe la conversación?
—¡No, desde luego! —contestó el conductor.
—¿Qué pasó ese día?
—¡Pasó tan rápido, y, sin embargo, lo tengo grabado en mi mente como si fuera ayer!
Ya sabéis que casi todos los autocares ahora tienen una cabina protegida, y las líneas que circulan por la Castellana la tienen todas, y que es por lo que nos hemos salvado los conductores de los cuatro autobuses.
Y aunque yo tengo una pantalla en color por la que veo la entrada y salida de los viajeros, sin embargo, oigo un poco menos las conversaciones de la gente.
Así es que casi ni me enteré cuando la chica gritó algo la primera vez, sí oí los gritos, pero lo que decía me parecía tan increíble, que hasta que lo repitió de nuevo no fui consciente de lo que estaba pasando.
Casi a la vez, comenzaron a oírse las metralletas y todo el autobús se convirtió en un caos de cristales rotos.
Desde mi cabina alcancé a ver cómo nos disparaban, pero, al entrar el último en la plaza de Cibeles, no los tenía de frente, sino oblicuos al autobús.
Cuando cesaron los disparos me levanté, abrí la puerta de la cabina y eché un vistazo a la plaza.
Son esas imágenes las que no puedo describir, y por las que me han dado la baja por depresión en el trabajo.
Me va a costar volver a ponerme al frente de un autobús —confesó con voz temblorosa—.
Tengo la sensación de que me voy a asfixiar en el reducido espacio de la cabina, de la que no voy a poder escapar.
Bueno, el caso es que comprobamos que había pasado el peligro y ayudé a algunos a levantarse.
La puerta de salida delantera estaba atascada, quité los cristales con el martillo rojo que tenemos para emergencias, por lo que salimos, unos por la puerta delantera y otros por la puerta del centro. ¡Eso es todo!
—Ya te hemos comentado por teléfono que la razón de que estemos aquí es para preguntarte por la chica rubia que dio la voz de alarma. Mira, este es el retrato robot.
—¡Sí, desde luego, es ella! He intentado hacer memoria desde que me dijisteis para qué ibais a venir.
Creo recordar que picó una tarjeta de transporte.
Cada vez son menos los viajeros que las usan, sobre todo los días laborables a las ocho de la mañana, en los que son mayoría los trabajadores, que disponen de abono mensual.
—¿Te fijaste en ella?
—Me llamó la atención por un detalle. Primero, porque era una joven rubia muy guapa y después porque tardó en sacar la tarjeta, parecía nerviosa porque no lo encontraba. Por unos instantes pensé que estaba enferma o algo.
—¿Qué te hizo pensar eso?
—No sabría decir, fue una impresión.
—¿Estaba más pálida de lo habitual, quizá, aunque fuera una persona de piel blanca? —le preguntó Angus con avidez, presa de una intuición.
—¡Sí, eso podría ser!
—Gracias, Paco, nos has ayudado mucho.
Charlaron un poco más de banalidades con la pareja y se despidieron. Pilar los acompañó hasta la puerta.
—¡Mi marido está fatal!, pero creo que le ha venido bien hablar con vosotros.
Se ha desahogado. No sabía que se sintiera de esa manera respecto a entrar en la cabina del autobús —se sinceró en un susurro—.
Ahora entiendo más su baja por depresión.
Espero que os haya servido de algo y que encontréis pronto a esa chica.
Marisa estaba deseando quedarse a solas con Angus. Le había visto emocionarse con las últimas palabras del interrogatorio a Paco Martínez.
—Angus, no es que te conozca mucho, pero te he visto transfigurarte, como poseído por una idea. ¿Qué has pensado?
—Mira, Marisa, ¿te has fijado en que todos los testigos han hablado sobre la tez blanca de nuestra desaparecida?
Piensa, ¿y si esta palidez no es normal?
—¿A dónde quieres ir a parar? —le preguntó la funcionaria, aunque ya creía saber por dónde transcurrían los pensamientos de su nuevo compañero.
—Hasta ahora, hemos dado por hecho que la rubia fue herida por las balas de las metralletas.
Imagina por un momento que ella ya estaba herida cuando subió al autobús, que sabía que en el lugar al que se dirigía recibiría asistencia médica.
Piensa que estuviera herida por arma blanca o que había recibido una bala en el cuerpo, que se taponó con un vendaje para contener la sangre.
Es muy fácil subir a cualquier autobús de la Castellana durante unas pocas paradas, casi todos a esas horas, la llevarían más rápido o en igual de tiempo que un taxi.
Estaba enferma cuando subió, se instaló justo al lado de la salida y se agarró a la barra, no interactuó con el bebé que le hacía monerías.
Paco Martínez nos ha dado la clave, cuando ha dicho que parecía enferma.
¿Qué opinas, Marisa, piensas que estoy loco?
¿Lo teníamos delante de nuestras narices y no se nos había ocurrido pensarlo?
—¡Me parece una idea fantástica! La herida o heridas de la joven, al abalanzarse sobre el bebé y la madre se le han podido abrir, y de ahí la hemorragia.
Explicaría muchas cosas, entre ellas la razón de que no acudiera a los servicios médicos de urgencias que se montaron a raíz del atentado.
De que le mintiera a Mario sobre su estado.
Angus, pobrecilla, era una persona que estaba huyendo de una agresión y se encuentra con el trágico atentado.
—No sabemos aún si eso es lo que pasó —dudó de repente el inspector Ondarreta.
—Es una buena hipótesis, Angus, estoy convencida de ello.
—Estaba pensando en que podemos pedirle al doctor Marín, o que lo haga el jefe, que investigue más a fondo las prendas de ropa que llevaban la madre y el hijo, puede haber algo que apoye nuestras conclusiones.
—¡Otra buena idea!
Si Angus ya estaba iluminado por su ocurrencia, los halagos de Marisa le complacieron aún más.
Adapta las teorías a los hechos en vez de los hechos a las teorías.
Sherlock Holmes