La heroína de Cibeles 8 Un testigo de altura #2
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8 Un testigo de altura #2

—Cierto, herida y todo tenía prisa por salir de allí. Si llegó al piso o dónde coño fuera, allí la pudieron atender médicamente. Hay quien sabe dónde buscar ayudar sanitaria, fuera del marco legal.

—No me quiero poner trágica, pero si no consiguió ayuda médica inmediata, según dijo el doctor Julio Marín, puede haber habido ya un fatal desenlace hace ya más de dos semanas y estemos buscando a una persona muerta.

—¡Ni se te ocurra decir eso, Marisa! Hemos de trabajar con la hipótesis de que está viva. Para mañana, a ver si localizamos a ese tal Francisco García, el compañero de asiento de Mario, e intentaremos también hablar con nuestro próximo testigo, el conductor del bus, que está de baja por depresión.

Habrá que molestarlo lo mínimo imprescindible.

—Si él no vio nada desde su cabina, según ha declarado.

—Sí, no creo que viera nada, aun así, nunca se sabe, pero tengo algunas dudas sobre el sistema de registro de viajeros en el autobús.

Ya sabemos que nuestra chica picó en el validador la tarjeta sencilla de transporte, porque le vimos hacer ese gesto en la parada de Rubén Darío.

Eso nos cierra posibilidades en cuanto a averiguar su nombre por medio del abono transporte, pero a pesar de ello podría ser habitual, hasta quién sabe si acordarse de ella.

¿Te parece que nos pasemos por la brigada, redactemos el informe de Mario Sánchez y luego comamos?

Así lo hicieron. El inspector jefe, nada más verles les llamó.

—Prefiero que me cuenten la entrevista a Mario Sánchez, antes de que redacten el informe.

Angus relató con su entusiasmo habitual las peripecias de la mañana y las conclusiones a las que habían llegado.

—Realmente es extraña la actitud de la joven de no querer asistencia médica, llegando, incluso, a engañar al señor Sánchez.

Y su idea de buscar en la zona del Círculo de Bellas Artes, me parece muy acertada.

Por otro lado, si esta tarde no obtienen ningún resultado del conductor del autobús, podríamos recurrir a la gerencia de la Empresa Municipal de Transportes.

Por si nos facilitan las cintas de video vigilancia de los días anteriores al atentado a la misma hora.

Pero en ese caso, tendrán que visionar también las del resto de autobuses que hacen la ruta Rubén Darío-plaza de Cibeles. No perdemos nada por intentarlo.

—Si no le importa, vamos ahora a redactarlo y después damos por terminada la jornada, que ha sido muy larga.

Daniel Hurtado observó cómo los dos se dirigían a la mesa de Angus. Le encantaba observar el entusiasmo juvenil, que aún no había sido contaminado por la realidad.

Miró el reloj. En breve, se iría a también a casa, dando un paseo, como siempre.

Mientras, todavía tenía que leer el último correo de Esther Alonso sobre las averiguaciones del niño desaparecido en Cádiz.

Todo apuntaba a que algún familiar del padre tenía retenido al menor, o al menos en eso confiaba la inspectora.

Daniel temía a esos padres o madres que, por infringir el daño más terrible imaginable a sus exparejas, tomaban a sus propios hijos como víctimas.

El padre del niño de Cádiz estaba siendo sometido a una estricta vigilancia, y los abuelos paternos también.

Pero la inspectora Alonso había encontrado un chalet cerca de un pueblo de la costa, perteneciente a un cuñado; era una pista que investigar.

Rezó para sus adentros para que la criatura, de sólo tres años, se encontrara retenida allí.

No quería otro asesino como el famoso Bretón, que había matado a sus hijos con absoluta frialdad, solo por el hecho deleznable de hacer sufrir a su exmujer.

Contestó al correo electrónico de la inspectora con algunas observaciones y cerró el ordenador.

En esos primeros días de diciembre, aunque fríos, hacía sol, y agradeció el paseo.

Besó en la mejilla a su mujer. La cena del día era sencilla, de acuerdo a la dieta que Carmen, por su cuenta y sin que ningún médico le hubiera aconsejado, hacía tiempo que se la había impuesto a los dos: verduras al vapor o a la plancha, pescadito idem de idem y fruta de postre.

Algunos días, como ayer, le ponía un buen cocido o fabada, porque sabía que él lo disfrutaba, pero, se dijo otra vez a sí mismo, las ricas grasas, brillaban por su ausencia.

Debía agradecerle que pensara en tener a raya al colesterol. Cosas de la edad, suspiró.

—¡Qué bien que vengas a comer y a cenar a casa todos los días, a pesar del caso! —se congratuló «El Puntito».

—De momento, todo lo están haciendo Angus y la funcionaria del CNI.

— Me alegro, hay que saber delegar, Daniel. ¿Y qué tal la colaboración?

—Les va estupendo a esos dos y vamos acotando campos, pero todavía ninguna pista que nos lleve a su paradero.

Almudena Carrión nos ha hecho un retrato robot fantástico.

—¡Ojalá sirva de algo!

—No lo podemos utilizar nada más que para descartar su presencia en las fichas de los heridos y los muertos y para el interrogatorio de los testigos. Si esta joven huía de alguien, no queremos perjudicarla. Porque las autoridades le quieran dar una medallita, no vamos a ponerla en peligro.

—Claro que sí, sus razones tendrá la pobre si no ha querido darse a conocer —le dio la razón su esposa, que, seguidamente, pasó a contarle con todo lujo de detalles el cuadro que estaba pintando en el centro cultural. Estaba entusiasmada con un paisaje invernal.

Daniel Hurtado oía sus palabras con el mínimo nivel de asentimiento, lo suficiente como para que se sintiera apoyada en su relato de los acontecimientos de la mañana.

En el fondo de sus pensamientos, aún le estaba dando vueltas al caso del bus 14.

Las facultades se agudizan cuando las dejas con hambre.

Sherlock Holmes