8 Un testigo de altura
La mañana había pasado pronto. El doctor Marín se había entretenido más de lo previsto en su toma de muestras y de fotografías y el tráfico les había vuelto a
hacer de las suyas y habían perdido más de una hora.
Después de comer de menú en el bar de enfrente, se dirigieron al encuentro de Mario Sánchez Carvajal, el testigo que creyeron haber visto salir de la línea 14 en compañía de la chica.
Le habían observado en la cinta del autobús, levemente.
Habían leído sus declaraciones. Eran escuetas y las preguntas, como a los demás, estaban orientadas a esclarecer el atentado del 17-N.
Trabajaba en una gestoría cerca de la plaza de Conde de Casal y hasta allí se dirigieron.
La empresa estaba a pie de calle, en un local de un edificio alto y moderno.
Al entrar vieron varias mesas de despacho ocupadas por hombres y mujeres, que atendían a sus clientes, sentados en sillones colocados enfrente de cada mesa.
Localizaron a su testigo inmediatamente pues su estatura y envergadura le delataban, empequeñeciendo visualmente el puesto que ocupaba.
Nada más verlos aparecer señaló con la mano unos sofás con una mesita y revistas delante, para que le esperaran mientras terminaba con su clienta.
Otros clientes aguardaban sentados junto a ellos a que les atendieran.
En diez minutos finalizó y pudieron acercarse a su testigo.
—¿Mario Sánchez Carvajal? —preguntó Angus e hizo las presentaciones.
Se sentaron en los sillones confidentes, enfrente de Mario. Apenas pudieron preguntar nada. Era un hombre muy hablador, de cuarenta y pocos años. Movía mucho sus enormes manos al hablar. Además de alto y corpulento, tenía un gran vozarrón.
Si Angus no le hubiera recomendado que bajara el tono, la conversación que iban a mantener hubiera sido de dominio público.
—Todavía estoy temblando tras lo ocurrido —fue lo primero que les confesó—. Ha sido terrible, espantoso.
—Sentimos tener que volver a remover la tragedia. ¿Le importa que ponga en marcha la grabadora? —le preguntó el inspector.
—No, por favor, haga su trabajo.
—Si nos cuenta cómo pasó todo…
—Aquel día —comenzó Mario— casualmente iba unos minutos más tarde de lo habitual.
Fue una bobada, se me cayó el café, manché la camisa y tuve que prepararme otro y cambiarme de ropa.
Yo soy el típico que dice que por la mañana sin mi café no soy persona.
Una decisión, un acontecimiento tan banal y te puede costar la vida.
Pienso que las casualidades no existen. Todo pasa por algo.
» Como el autobús no estaba lleno, yo me senté en el primer asiento, en el lado del pasillo, justo delante de las puertas de salida.
Siempre que puedo me siento en el mismo lugar, es mi sitio favorito, una tontería.
A mi lado iba sentado un hombre, no le vi mucho, porque iba mirando por la ventana.
Subió dos o tres paradas antes y me tuve que levantar para que se sentara.
—Sí, le tenemos identificado —contestó Angus, mientras ojeaba el expediente. Y dirigiéndose a Marisa le aclaró—: Se llama Francisco García, uno de los pocos heridos leves del bus 14 que atendieron los sanitarios.
—Pues, como iba diciendo, casi todos los viajeros iban ocupados con sus móviles, pero a mí me gusta observar a la gente, me entretiene ver a los que entran y a los que salen.
Y creo recordar que la chica que nos alertó entró en la plaza de Rubén Darío, no lo puedo asegurar, pero por ahí.
Los que se van a bajar pronto, sobre todo los jóvenes, no suelen sentarse, aunque haya sitio libre, y se colocan cerca de la puerta de salida.
Ahí es donde se situó ella, delante de una mamá con el cochecito de un niño.
—¿Estaba la chica usando también algún dispositivo?
—No. No hacía nada. Miraba al frente, bien agarrada a la barra. Parecía distraída.
—Mario, quiero que mire este rostro. —Y Angus le enseñó, desde su móvil, el retrato robot.
El hombre lo miró y asintió.
—Se parece mucho —afirmó, mientras asentía con la cabeza—. Pero ahí no se refleja su palidez, era muy blancuzca de piel.
—Gracias, es de gran ayuda. Continúe, por favor.
—Se preguntará usted cómo es que, siendo tan observador, no vi lo que se nos venía encima. Realmente, estaba mirando dentro del interior del autobús y no lo que pasaba fuera de él. Observaba precisamente al niño y a la joven. El bebé sonreía, intentando llamar la atención, pero ella lo ignoraba.
—¿Justo cuando iba a entrar el bus en la plaza de Cibeles, la estaba mirando? —preguntó emocionada Marisa, que hasta ahora había permanecido en silencio.
—Sí, casualmente, ella dirigía sus ojos hacia la plaza. Su mano buscaba el botón rojo de aviso de parada, cuando acabábamos de abandonar la marquesina anterior a la plaza, enfrente de la Casa de América.
—¿Está seguro? ¿Llegó a oprimir el botón?
—preguntó Angus. Eso significaba que iba a bajar en Banco de España.
Consideraba esa información muy valiosa.
No me acuerdo si llegó a oprimir el botón, sí recuerdo que hizo el gesto, porque en ese momento nos gritó desesperada que nos tiráramos al suelo, que nos disparaban.
—Aquí Mario Sánchez Carvajal hizo una pausa, afectado, intentando que le salieran las palabras—.
Fue tal la desesperación de sus palabras, que repetía varias veces que, afortunadamente, la obedecimos todos.
—¿Vio cómo cogía al niño? —preguntó Marisa.
—¡No, me tiré al suelo de inmediato! Cuando comenzaron los disparos los sentí caer a mi lado.
Mi compañero de asiento me cayó encima. Pero yo no miraba, tenía los ojos cerrados, mientras me decía: «¡Dios Mío, Dios Mío!»
. No soy religioso, pero en esos momentos…
Debo confesar que no pensé en el niño, ni en la madre, ni en nadie, solo actué para salvarme yo mismo.
No crean que no me culpabilicé después por ello.
Estaba aterrorizado. Pienso que menos mal que mi reacción natural fue echarme al suelo del bus, porque lo mismo me hubiera dado por quedarme paralizado, y con lo alto que soy…
Cuando cesaron los disparos, alguien preguntó que cómo estábamos, si había alguien herido.
No sé quién dijo que ya nos podíamos levantar.
¿Cuánto tiempo pasó? No lo sabría decir.
El horror fue eterno. El hombre que estaba a mi lado se me había echado encima y se levantó.
Después, me incorporé como pude, me dolían los brazos y tenía las rodillas temblorosas.
Oí una voz masculina decir que los terroristas estaban muertos, que podíamos salir.
—¿Qué hacía la chica? —le interrogó Angus.
—No me fijé hasta que me levanté y coincidimos en la salida.
En esos momentos no estaba muy observador.
Te mueves por inercia. Al andar, pude constatar que no tenía nada roto, que yo no estaba herido.
Me quité fragmentos de cristal, que no llegaron a hacerme ni un rasguño.
Supongo que porque llevaba pantalón de pana y abrigo.
Si llega a ser verano, todo hubiera sido diferente.
—Perdone la interrupción, ¿se fijó en si ella llevaba guantes? —continuó el inspector Ondarreta.
—Creo que sí.
—¿Desde cuándo?
—No lo podría decir.
—¿La había visto anteriormente?
—No me sonaba como viajera habitual.
—Siga, por favor.
—Bajamos con miedo. Alguien activó la palanca de apertura de la puerta y menos mal que se abrió. Al bajar estuvimos inmersos en la peor de las pesadillas. Al ver que tenía sangre en el rostro, le pregunté a la joven si estaba herida y me dijo que no, que debía habérselo provocado algún cristalito.
—¿Qué acento tenía? ¿Podría ser extranjera?
—No lo sé, normal, no me llamó la atención. Se oían ya las sirenas, tampoco pude escuchar bien.
—¿Hacia dónde fueron? —le preguntó Angus.
—Pues, sorteando cadáveres, heridos y coches, fuimos hacia el cuartel de los militares.
Le pregunté otra vez que si necesitaba ayuda médica y me dijo que no.
No se me ocurrió ni siquiera darle las gracias.
Estaba muy pálida, pero ¿quién no? Yo mismo imagino que también.
Andaba tan deprisa que se ponía a mi altura, y eso que yo, al tener las piernas tan largas, en unas zancadas me recorro media calle.
Nos separamos a la altura del Instituto Cervantes, sin hablar, ella siguió adelante y yo me metí en la primera calle a la derecha, creo que Barquillo.
Anduve no sé cuántas calles antes de llegar a casa, hice todo el trayecto andando.
Yo solo quería ducharme, tenía esa fijación.
Cuando me limpié vi que tenía heridas en las rodillas y pecho y en los días siguientes me salieron moratones por todo el cuerpo.
Pero no fui a que me atendieran, eran rasguños nada más.
El daño emocional no se quita yendo al médico —suspiró el hombretón—.
Estoy pensando en ir al psicólogo, pero no soy muy partidario de los loqueros.
—Si cree que lo necesita, debería ir, ha vivido una experiencia muy traumática y es lógico buscar ayuda —le recomendó Marisa.
Cuando salieron de la gestora Angus y María Luisa Cuesta se miraron un poco desanimados. La visita no había cumplido las expectativas que se habían formado.
—Reconozco que pensé que nos diría adónde había ido con la chica, o que habrían hablado algo más entre ellos —confesó Marisa.
—Sí, ha sido un poco decepcionante —le dio la razón él, pero enseguida recuperó su ánimo optimista— ¡Aunque, hemos de tener en cuenta que algo hemos avanzado!
—¿En qué?
—Fíjate que ella, herida, ha mentido a Mario, asegurándole que no lo estaba.
Por otro lado, si iba a bajar, ten en cuenta que cree haber visto oprimir el botón de próxima parada, eso solo quiere decir que su destino estaba una vez pasada la plaza Cibeles y antes de Neptuno, eso restringe nuestra área de búsqueda.
Se desangraba y esperó a que Mario Sánchez se fuera, estoy seguro, para ir a donde ella realmente iba.
Estoy seguro de que cuando no le vio, cruzó la calle de Alcalá hacia la parte superior del Banco de España.
Ahí está la zona del Círculo de Bellas Artes.
Y fíjate, no tuvo que llamar a ningún taxi, ni a ningún conocido para que fuera a buscarla, solo tenía que llegar al destino al cual iba desde un principio.
—Tiene que tener una razón muy importante para esconderse. Y, además, prácticamente corría, porque andar al mismo paso que ese grandullón no es normal.