6 El autobús de la línea 14
Miércoles, 6 de diciembre.
Angus madrugó más que nunca, a pesar de que era día de fiesta nacional, la Constitución.
Hasta llegó antes que el inspector Ramírez y que Daniel Hurtado.
Cuando entró en la oficina, lo primero que hizo fue redactar el informe de lo ocurrido el día anterior para su jefe.
Sueños inquietos le habían desvelado y en ellos confundía a Marisa con la rubia.
Y era su compañera la que salvaba al niño y luego le disparaban y salía corriendo, pisando cadáveres que alzaban las manos para agarrarla de los tobillos.
Menos mal que se despertó en ese momento, aunque tardó unos instantes en comprender que solo había sido un mal sueño.
Y es que él, además de policía, se consideraba un madrileño que había vivido con terror el ataque a su ciudad.
No era inmune a los sentimientos que les asolaban a todos.
No solo las víctimas tenían pesadillas, pensó cuando recordó lo que les había contado el dueño de la cafetería, Santiago.
Cuando terminó de redactar el informe del día anterior, dio a guardar y se lo envió rápidamente al correo del inspector jefe.
—¡Pero bueno! ¿Te has caído de la cama o qué? Y ¿se te ha olvidado que hoy es festivo? —le interrogó el inspector Ramírez, extrañado, porque él era el más madrugador de toda la brigada.
—No he dormido bien. Y por lo que veo en nuestra brigada no se tienen en cuenta esos detalles tan mundanos de los días libres —le confesó el aludido.
—El crimen no descansa, los delincuentes no saben de festivos —le dio la razón el inspector Ramírez.
A los pocos minutos y al mismo tiempo llegaron Daniel Hurtado y María Luisa Cuesta, que habían subido juntos en el ascensor.
—¿Alguna cosa? —preguntó como siempre.
—Sí, inspector, le he puesto los nuevos informes en su mesa —le respondió el inspector Ramírez.
—Y yo ya le he enviado por correo el interrogatorio de ayer —añadió Angus—. ¡Hola Marisa, qué temprano has venido!
—Pues no me gusta madrugar, pero como hay tantas cosas que hacer, me he puesto el despertador bien pronto.
—Angus, ya he hablado con el doctor Marín y os espera a los dos en el laboratorio —le informó el jefe—. Luego un agente os acercará al depósito donde tienen el autobús 14, cerca de Vicálvaro.
—Creo que esta mañana vendrán los testigos a hacer el retrato robot.
—Ya les atiendo yo y los llevo a la especialista. De todas formas, en cuanto que tenga los retratos os los paso por Whatsapp.
Enseguida llegaron al laboratorio, situado en el mismo edificio. Angus le presentó a Marisa.
—Encantado, ya me han dicho que vienes en plan espía. ¡Es broma, espero que no te moleste!
—Claro que no, pero ya quisiera estar en el departamento de los secretos —le contestó la joven, siguiéndole el juego, acostumbradísima como estaba al típico comentario. No se libraba ni con su familia.
—Pasando a otra cosa, y antes de que nos vayamos al depósito, ya tengo hecho el informe de la ropa. Os lo acabo de enviar a ti y a tu jefe, Angus.
» Pero te adelanto que el análisis de ADN aún tardará un par de días.
Por lo demás, sí os puedo decir que la hemorragia fue muy abundante, perdió bastante sangre.
No puedo averiguar si la bala o las balas salieron del cuerpo, pero en cualquier caso ha tenido que recibir ayuda médica en un periodo de tiempo muy corto.
Si ella misma se taponó y oprimió la herida pudo detener la hemorragia hasta llegar a su destino.
Porque con este tipo de pérdida, incluso se podría haber desmayado.
La pudo recoger un coche particular, si le llamó por teléfono.
O también, ¿os habéis preguntado si la recogió algún taxi?
—No se nos había ocurrido. Además, por un lado, además de taxis hoy en día puedes ir con esas compañías que les hacen la competencia a los taxistas y que te llevan más barato, con lo cual es difícil dar con ellos.
Y por otro, si llevaba un abrigo azul oscuro, es un color en el que la sangre puede quedar disimulada y no haber llamado la atención del taxista.
Pero estoy pensando que se puede preguntar en general si ese día subieron a una pasajera con las características de la nuestra.
Tristemente, fue un día fatídico, en el que todo el mundo recuerda lo que estaba haciendo, incluso años después.
Como el intento de golpe de Estado del 23-F, o los atentados del 11-M.
Gracias por la idea, doctor Marín. Son tantos los frentes que tenemos abiertos que a veces se nos escapa lo obvio.
—De nada, Angus. Ahora, si os parece, ya nos está esperando el conductor para llevarnos al depósito del CNI.
En breve se pusieron en marcha. El tráfico atrapó al coche oficial en sus redes y no lo devolvió a su destino en Vicálvaro hasta pasada hora y media. Tiempo que aprovecharon en animada charla, junto al conductor, sobre el último escándalo de corrupción en la ciudad.
El depósito de vehículos estaba en un solitario descampado, muy cerca de un vertedero municipal. Ninguno de ellos había estado nunca en el lugar.
—¡Qué mal huele por aquí! —se quejó Julio Marín, arrugando la nariz.
Todos asistieron, acelerando el paso. El agente se quedó
esperándoles en el vehículo, con las ventanas cerradas. Los demás se dirigieron a la entrada. Un vigilante salió de la garita de seguridad y les pidió la identificación. Ya estaba avisado de la llegada de los visitantes, por lo que les dejó pasar sin mayores problemas.
Dejaron atrás decenas de hileras de vehículos de todos los tamaños y condiciones y se dirigieron a un taller. En el fondo de este había una oficina. Salía de ella un hombre, al que supusieron había avisado el guardia de seguridad.
Se hicieron las presentaciones. Él se presentó como el jefe del taller, el señor Arturo Gutiérrez.
Sin más premura, les condujo a la zona a donde habían sido trasladados los cuatro autobuses víctimas del atentado.
Estaban alineados en un parking con techado de uralita, que los protegía de las inclemencias del tiempo.
El impacto de ver el terrible estado en el que habían quedado los dejó sin habla.
Eran despojos de chatarra acribillada por cientos de balas que herían profundamente la chapa.
Reventados los neumáticos, las llantas de las ruedas se incrustaban en el suelo de tierra.
Eso, junto con los cristales fragmentados, daba la impresión de que habían pasado por un bombardeo.
El autobús de la línea 14, comparando con el estado en el que se encontraban las líneas 27, 150 y 45, estaba notablemente menos deteriorado.
La causa más probable era porque entró el último en la plaza, los terroristas estaban colocados oblicuamente y contó además con la protección del coche que se interpuso en la trayectoria de las metralletas.
Ni siquiera tuvieron la curiosidad de observar los restos de las demás líneas y fueron directos al que les interesaba.
Aun considerando que era el mejor que se conservaba, les impactó subir, por la puerta de salida de los viajeros, que se encontraba abierta, y ver el interior. Parecían estar en zona de guerra, tal era el destrozo.
—¿Qué ha pasado con los objetos que los pasajeros
se dejaron en su huida? —le preguntó el doctor Marín al señor Gutiérrez.
—Los hemos recogido e inventariado y se los han llevado a nuestro laboratorio.
Sé que algunos de ellos los han recogido los dueños, como algún bolso, o cartera, algunas prendas como bufandas o fulares, algún móvil, en fin, de todo.
La documentación que se les cayó a los muertos y heridos fue determinante en su identificación.
De todas formas, algunas personas no quisieron recuperar sus objetos perdidos, sobre todo de los familiares fallecidos.
—Tenemos el inventario del contenido hallado en cada uno de los autobuses —les recordó Marisa hablando por primera vez. Estaba impresionada.
El doctor Marín se acercó a la zona habilitada para los coches de bebés y minusválidos.
Parecía mentira que alguien hubiera salido de allí con vida.
Se puso los guantes y sacó del bolsillo un pequeño kit, para tomar las huellas dactilares de las barras de sujeción cercanas a la salida, que eran de color amarillo.
—Ya sé que la desaparecida llevaba guantes, pero tampoco está de más, ya que estamos aquí, sacar las huellas de estas barras. Quién sabe si no los llevaba puestos hasta que consideró que iba a bajar pronto.
—Si fuera así —dijo el inspector Ondarreta—, quizá era que iba a bajar en la siguiente parada, la del Banco de España. Desde luego, no se pierde nada por comprobarlo. Aunque será difícil, lo normal es que haya un caos de huellas, es la barra de un autobús público.
—Eran las ocho de la mañana —añadió Marisa—. Si había salido de cocheras no hacía mucho, puede que las huellas fueran recientes. No sabemos el detalle con el que limpian el bus.
—Veremos si eso ayuda. También estudiaré las entradas de los proyectiles en la parte central del bus. Eso puede ser de alguna utilidad.
Angus echó un vistazo al suelo, por si hubiera caído un objeto que se les hubiera pasado a los de la científica del CNI, pero por más meticulosamente que miró no encontró nada.
—Podemos comprobar in situ la posición en la que cayeron la chica, la madre y el hijo —propuso Julio Marín—, según hemos visto en las cintas de vigilancia del autobús.
Lástima, no se veía muy bien, pero podemos intentarlo.
Y así lo hicieron. Antonio Gutiérrez se ofreció de voluntario para, desde fuera, a ametrallar el autobús. Pusieron un contenedor a modo de coche y se colocaron oblicuamente al vehículo.
Angus sería la madre y Marisa, su salvadora. El señor Gutiérrez apuntó, colocado ligeramente de lado respecto al bus.
—¡Al suelo, nos disparan! —gritó María Luisa Cuesta.
Angus intentó, en el aire, coger al bebé, hizo como que no podía, Marisa le apartó de un manotazo la mano, cogió a la criatura y se le echó encima al inspector, en el sentido de la marcha, es decir en dirección hacia Atocha.
Acabaron los dos en el suelo. El doctor Marín les recomendó que no se movieran mientras observaba la escena con el ceño fruncido.
—Con muchísima suerte le daría en las partes blandas del húmero.
Como los disparos impactaron en los cristales de la puerta, lo lógico es que llegaran al otro extremo del bus.
Veo algunas marcas de bala, que debieron de estar incrustadas en la chapa interior, pero se ve que los de la científica se han llevado los casquillos.
El caso es que, en principio, ninguna de las entradas de bala está a la misma altura que el hombro de Angus, pero claro, no sabemos exacta la posición correcta.
» Tendré que estudiar el inventario y su análisis.
Ya que tenemos identificada la sangre de la desaparecida, solo tenemos que encontrar una coincidencia con los casquillos.
Así, si las balas entraron y salieron del cuerpo lo sabremos.
Pero si se quedaron dentro del cuerpo no tendremos más que lo que conocemos ahora.
Como vuestro jefe me ha pasado también el dosier completo, a ver si encuentro el análisis hematológico de los casquillos. Ya os diré si hay coincidencias.
» Si os parece, voy a ver si consigo algunas huellas y a estudiar las trayectorias, que, según el vídeo, hemos visto que podrían haber herido a la joven. Redactaré un informe con todas las conclusiones, pero ya os adelanto que me va a llevar un tiempo.
—¡Jo, me duele todo, qué suelo más duro! ¡Y eso que he intentado caer bien, como en yudo! —comentó Angus estirándose dolorosamente, con exageración, mientras los demás se reían de su queja.
La verdad era que estaba secretamente satisfecho de haber tenido encima a su compañera.
Bueno, no estamos en el fin del mundo, pero desde aquí se ve...
Geena Davis
Thelma y Louise