5 Las cámaras de seguridad
El inspector Hurtado llamó a Angus y a María Luisa Cuesta y les puso en antecedentes de la conversación con el doctor Marín.
Ellos, mientras tanto, no habían desaprovechado la tarde. Aunque estaban esperando a que a la mañana siguiente fueran los testigos a hacer el retrato robot, se dedicaron a inspeccionar las grabaciones de las cámaras que daban a la plaza de Cibeles y alrededores.
Lo primero que hicieron fue visionar el contenido de las cuatro cámaras del autobús que les interesaba. Aunque venían incluidas las grabaciones de los demás vehículos implicados, no quisieron visionar algo tan terrible y que, en principio, poco les iba a aportar en su investigación.
El visionado de la cinta de las cuatro cámaras con que contaba el bus fue decepcionante en cuanto a que no aportaron poca más información de la que ya habían conseguido de los testigos.
La calidad era mala. Sí pudieron confirmar que la chica subió en la estación del metro de Rubén Darío.
Pero llevaba la cabeza baja y no se le veía con detalle.
Solo su pelo rubio y su estatura algo mayor que la del resto de las mujeres, le delataba.
Sí pudieron comprobar que se dirigió a validar su tarjeta de transporte, sin foto, en la máquina situada a la derecha según se entra.
Eso cerraba la vía de investigar si se la podría haber identificado a través de la tarjeta mensual.
Después, la vieron dirigirse a la zona central del vehículo, con la mala suerte, para ellos, que se colocó en un ángulo muerto de las dos cámaras de videovigilancia situadas en esa zona.
Por lo menos, aunque fuera duro de visionar, sí tuvieron una visión general del atentado.
«Acostumbrados como estamos —pensó Angus— a ver imágenes truculentas en todo tipo de películas, series o vídeos de las redes sociales, la realidad parece una película mal dirigida».
Las personas, en las limitadas imágenes de las cámaras de vigilancia de la empresa municipal de transportes, no parecían tener alma, solo figuras que se tiraban al suelo y después unos pequeños chispazos que rompían los cristales.
El sufrimiento, la muerte, la realidad de los crímenes no parecían ver reflejada su esencia en esas frías imágenes.
El resto del material resultó una labor agotadora, sobre todo para la vista.
Disponían de las grabaciones de Tráfico, de la Casa de América, del Ayuntamiento, de Correos, del Cuartel General del Ejército de Tierra, situado en el palacio Buenavista y del Banco de España.
La tarea hubiera sido ímproba si no hubieran buscado a alguien concreto.
Una chica rubia con abrigo azul no debía ser tan difícil de encontrar, y máxime cuando contaban con un lapsus de tiempo muy corto: el 17 de noviembre de las 8:00 a las 8:20, más o menos.
Con lo que las grabaciones a estudiar en tan pocos minutos no podrían suponer a priori tanto trabajo.
Pero no fue tan sencillo. Y eso que ahí las habilidades informáticas de María Luisa les sirvieron de mucho, porque hizo un corta y pega con los vídeos y los editó todos juntos, de tal manera que todos empezaban a las ocho. Juntó en otro archivo solo las grabaciones en las que aparecía el bus 14.
—Esto de momento, porque en cuanto la localicemos haremos un seguimiento de sus pasos con las demás cámaras. Primero nos tenemos que centrar en encontrarla —le explicó Marisa a un admirado Angus.
Presenciaron los dos juntos la tragedia desde el exterior de los cuatro autobuses, que sí que habían captado la esencia del horror.
Por más que hubiesen visto esas imágenes en todos los medios de comunicación no pudieron evitar que se les volviera a encoger el corazón ante la matanza.
Aun así, tuvieron que volver a verlas, en todos sus ángulos, para familiarizarse con los acontecimientos.
Había tal caos, tanta gente corriendo, los terroristas disparando a los autobuses, a los coches, a los policías, que tuvieron que recordarse que estaban ahí para buscar a una única persona.
Fue la cámara de la Casa de América la que les dio la primera imagen de ella, después de las de las cámaras de videovigilancia de la EMT.
No era nada clara porque estaba el autobús delante, pero pudieron observar que a las 8:07 minutos de la mañana salían los pasajeros del bus 14, tanto desde la puerta de delante como por la de detrás.
Se concentraron en esta última salida. Cuando en la grabación, vieron que comenzaban a salir los viajeros congelaron la imagen.
Salía junto a los demás, de las primeras personas en abandonar el vehículo.
Solo el pelo rubio la delataba. Los colores, en la cámara de seguridad, no se distinguían mucho, y más porque estaban tomadas desde arriba y ella estaba rodeada de gente.
—¡Creo que es ella! —exclamó emocionada
Marisa, mientras que congelaba la imagen y la señalaba con el dedo—. Pero vamos a ver si la vemos en más cámaras, porque tampoco tenemos la seguridad. Quién sabe cuántas rubias bajaron del autobús.
—Bueno, no creo que haya montones de rubias, tengo la impresión de que puede ser la que buscamos —la animó Angus.
—¡Es tan fácil ser rubia! —bromeó la funcionaria del CNI.
—A mí me gustan más las melenas pelirrojas —le respondió, rápido, su compañero.
—¡Vamos a lo nuestro! —le contestó ella, cambiando de tema, incómoda ante las miraditas de Angus—. Lo bueno ahora es que solo tenemos que inspeccionar a partir del minuto siete, después de las ocho.
Sin perder de vista a la persona con el pelo claro, vieron que se dirigía hacia el palacio Buenavista. Hasta ahí llegaba el alcance de la vigilancia de la Casa de América.
—¡Marisa, coge ahora la de Tráfico, a ver si vemos algo!
Enseguida seleccionó la cinta adecuada. Por lo visto, esa cámara de Tráfico en concreto estaba situada en una farola del paseo de Recoletos, justo cuando se adentra en la plaza de Cibeles.
Poco les aportó la cámara. La calidad, de blanco y negro, era muy deficiente y estaba enfocada lógicamente para controlar el tráfico y para pillar las infracciones de los conductores que circunvalaban la plaza.
Aun así, pudieron observar a la misma persona de cabello claro.
La policía estaba acordonando la zona y se veía ya una primera ambulancia.
Los pasajeros del autobús corrían apresurados, algunos incluso tenían que esquivar los cuerpos de terroristas y policías tirados en el suelo como muñecos rotos.
La chica sobrepasó todos los obstáculos y se dirigió hacia la calle de Alcalá.
A la derecha tenía la verja del Cuartel General del Ejército.
—Ahí ponen un belén muy bonito en Navidad —le comentó la joven funcionaria—.
Con unas figuras muy grandes. —Y sin cambiar de entonación volvió a comentar las imágenes que estaban viendo—.
Vamos a ver si reconocemos a alguien de la línea 14, aunque no sea la rubia, por si es algún testigo que podamos interrogar mañana.
—¡Cierto, es verdad! Volvamos al anterior de la Casa de América un momento.
Advirtieron los dos que un hombre muy alto y corpulento era la única persona coincidente entre las imágenes de ambas cámaras de seguridad. Tendrían que identificarlo.
Inmediatamente abrieron las fichas de los testigos.
—Aquí hay un tío que coincide: Mario Sánchez Carvajal. Mide 1,96, 130 kilos. Nacido en el año 1975. Mañana teníamos previsto ir a visitarle, ahora con más razón —indicó
Angus—. Físicamente, con la foto que se adjunta al expediente, no sabría decir. Se ven fatal los detalles.
—Vamos ahora a las grabaciones del Cuartel del Ejército— le dijo Marisa, mientras abría el vídeo.
En este volvían a aparecer Mario Sánchez y la joven, pero solo de refilón. Porque sabían lo que buscaban que, si no, no los hubieran visto. Confirmaban la impresión de que se dirigían hacia la calle de Alcalá.
—¿Marisa, tenemos imágenes de la confluencia de Alcalá con la Gran Vía?
—Las siguientes que tenemos son del Instituto Cervantes.
Las visionaron y no encontraron ninguna pista más. Había ángulos muertos y varias calles adyacentes por las cuales se podrían haber ido.
—De momento tenemos que parar la búsqueda —le dijo el inspector Ondarreta—. Tengo tan cansados los ojos que, aunque pasara la rubia en bolas ni la vería. No puedo más. Vámonos a casa, mañana será otro día.
—Estoy de acuerdo. Pero dime, ¿te puedo preguntar sobre una curiosidad que tengo?
—Claro que sí, Marisa.
—Desde que oí tu nombre te quería preguntar si es español o es diminutivo de algo, o un apodo familiar.
—¡Pues…! —suspiró Angus, que se lo había visto venir y se dispuso a contestar a la eterna pregunta de la gente que no le conocía—. Es el diminutivo de Angustias. Me lo puso mi madre porque lo pasó fatal en mi parto.
—¡Ja, ja! ¿Y se lo has perdonado?
—¡Todavía no, pero voy por buen camino! Lo ha compensado siendo una madre medianamente decente durante toda mi vida. ¿Por dónde vas? —le preguntó Angus, ya en la calle, para cambiar de tema.
—Yo cojo el metro.
—Yo el autobús.
Cada uno se fue en una dirección.
—Nos vemos mañana —se despidió la funcionaria con la mano. Iba riéndose disimuladamente mientras se acordaba del nombrecito.
— Hasta mañana, Marisa.
A Angus le daba pereza despedirse de su compañera ocasional.
Hacía tiempo que no sentía una atracción tan acusada por una mujer.
Era un joven optimista y animado al que le gustaba mucho salir con sus amigos hasta altas horas de la madrugada.
Era el alma de las fiestas y las reuniones.
Aunque si había que apuntarse a ir al campo, también disfrutaba.
Y si se trataba de viajar, le encantaba conocer nuevos lugares.
Iba siempre que sus días libres y su presupuesto se lo permitían.
En las relaciones sentimentales, había salido con alguna chica, sobre todo compañeras de su facultad de Derecho, pero no le duraban más de unos pocos meses.
En eso se sentía víctima de las mujeres, que no sabían apreciar lo que era el compromiso.
Que luego dijeran que los hombres eran los que huían de las relaciones estables.
Él estaba deseando tener novia formal y en un futuro formar una familia.
Pero las que a él le habían gustado no estuvieron por la labor.
Y las que lo estaban, a él no le habían llegado al corazón.
Típico problema de las flechas, que nunca habían ido en la dirección correcta.
Pensó en Marisa. ¡Casi una espía, qué morbo!
Le había atraído nada más verla, normal, era una chica muy atractiva.
Él a veces desconfiaba de las tías buenas.
Se lo podían tener muy creído y buscaban tíos muy bien colocados económicamente, y con buenos cuerpos de gimnasio.
Él se reconoció a sí mismo, y no se consideraba vanidoso, que el cuerpo que Dios le había dado y que él cuidaba lo imprescindible, no estaba mal.
Era alto y fibroso y moreno de piel y de cabello.
Pero en lo demás se creía del montón. Eso a veces le provocaba inseguridades respecto a sus relaciones sentimentales.
Tenía dos sobrinos a los que adoraba, y eso le había provocado el deseo paternal, hasta ahora ausente. Estaba en un momento de su vida en el que estaba receptivo a emparejarse.
Apenas conocía a Marisa, pero su corazón, antes que él se diera cuenta, había emitido unas señales claras.
No tenía ni idea de la vida de ella, si estaba casada o no.
Precisamente, se había fijado en que no llevaba anillo, pero hoy en día no significaba nada.
Desde los casados que no lo llevaban, hasta parejas que vivían juntas o que simplemente tenían una relación.
Tendría que investigar ese tema en concreto, vamos que para qué sirve ser policía si ni siquiera fuera capaz de averiguar ese simple dato.
También pensó que le podría pasar a Marisa lo mismo que a la inspectora Esther Alonso, que tenía un novio eterno y no daba ningún paso en una relación que no iba ni para adelante ni para atrás.
Más de una vez le había comentado a su compañera que estaba perdiendo el tiempo.
Que la veía aburrida, que no hacía planes con él.
Y ella no lo negaba. Si lo mismo le pasara a María Luisa Cuesta, a él no le temblaría la moral si tuviera que levantársela a algún novio anquilosado.
Hacía casi dos días que se habían visto por primera vez y ya estaba construyendo castillos en el aire. Él era de los de la botella medio llena pero estas fantasías sobrepasaban hasta a los más optimistas.
—Para el carro, Angus —se reconvino a sí mismo—.
Y hasta que le hagas la ficha sentimental, quieto parado.
Entre tantas elucubraciones ya había llegado a su apartamento de soltero, que mantenía ordenado.
Como odiaba planchar, lavar, fregar y todo lo que tuviera que ver con las labores del hogar, pagaba de mil amores, y consideraba que era el dinero mejor gastado, la ayuda de una asistenta, Claudia.
Esta era la misma que atendía la casa de su madre desde hacía años, por lo que tenía las llaves de su pequeño piso y todos los jueves, al volver del trabajo, se lo encontraba limpio y ordenado.
Y no es que manchara mucho, además él se hacía la cama todos los días.
Así, si alguna vez recibía visita femenina inesperada, no le pillaba en tan mala situación.
Quizás los miércoles fuera el peor día, porque Claudia llevaba sin pasarse por la casa seis días.
De todas formas, tenía que confesar que eso de las visitas inesperadas, desgraciadamente, no ocurría casi nunca.
Y no lamento que ese pendejo esté muerto. Solo lamento que lo mataras tú y no yo.
Geena Davis
Thelma y Louise