4 Sigue el interrogatorio a los testigos
La siguiente parada les llevó a la calle Sáenz de Baranda, cerca de la calle Ibiza.
En los bajos del edificio se encontraba la cafetería de la que eran propietarios una pareja de mediana edad, ocupantes de los asientos de delante de la zona para coches de bebé y sillas de ruedas de los minusválidos, del bus 14.
A pesar de haber leído sus declaraciones Angus quiso hablar personalmente con ellos. El campo de visión de estos dos testigos era privilegiado para haber observado lo ocurrido.
Habían quedado en el local del matrimonio, al que se dirigían precisamente a las ocho de la mañana del 17-N.
Angus y Marisa entraron en el restaurante. A esas horas se servían los desayunos a los oficinistas de los alrededores. Bandejas con cafés, churros, tostadas y bollería iban y venían por toda la cafetería. Se acercaron a la barra.
—Por favor, ¿Ana Gómez y Santiago Rivas? —preguntó al hombre que había detrás de la barra.
—Yo soy Santiago, mi mujer está en la plancha, ¿son de la policía? —Al ver que asentían, les avisó—: Un momento, que tengo que terminar de hacer estos cafés y voy a buscar a mi esposa. Avisaré a un camarero para que me sustituya.
Esperaron más de diez minutos, hasta que los vieron aparecer juntos. La mujer venía secándose las manos en un delantal. Se sentaron en la mesa más apartada de la gran pantalla de televisión.
—Todavía estamos muy nerviosos por lo ocurrido. No hemos podido volver a nuestro restaurante hasta hace un par de días. Aun así, ya se me ha quemado la tortilla de patatas y he roto una taza —les confesó Ana, que, aunque ya tenía las manos secas, seguía retorciendo el delantal.
—Bueno, les entretendremos lo imprescindible, señora Gómez —le prometió Marisa, mientras veía cómo Angus encendía la grabadora.
Estaba claro cuál de los dos en la pareja llevaba la voz cantante, porque el hombre, Santiago, no hacía más que asentir a las palabras de su mujer—.
Ya hemos leído sus declaraciones, lo que más nos interesa es saber si se habían fijado en la chica antes de que los mandara a tumbarse al suelo.
—Estábamos hablando entre nosotros, no habíamos sacado nuestros móviles, por lo que sí pudimos verla. Yo, casualmente, sí había reparado en ella porque un bebé precioso le hacía fiestas y le sonreía y ella no le hacía ni caso —comentó Ana—. ¡Dios mío, menos mal que lo salvó!
—Y a todos nosotros, cariño —apuntó su marido.
—Cierto, a todos nosotros. Ella estaba agarrada a la barra del bus, por lo que yo veía su perfil, tenía la nariz chata.
La chica no parecía ver al bebé, tenía la mirada perdida hacia el ventanal que daba al lado derecho del autobús.
Por eso, al mirar hacia adelante pudo verlo. Ver lo que iba a pasar…
—¿Llevaba una mochila en la espalda?
—¡Sí! —asintieron los dos a la vez. Y prosiguió la mujer—: De esas grandes, de estudiantes.
Me pareció muy pesada, porque los tirantes cedían hasta atrás.
Quedan fatal esas mochilas que por detrás les llegan al trasero.
Me recordó a cuando mis hijos iban al colegio.
No hay derecho que les hagan llevar tanto peso a los pobres, desde luego entre tantos libros y deberes, mis chicos tenían las espaldas destrozadas.
—¿Se acuerda del color?
—Era oscura, no podría decir si negra o azul marino —añadió Ana, mientras su marido asentía.
—Y ¿qué pasó después? —recondujo Angus la conversación.
—Es difícil de explicar. Todo ocurrió tan deprisa… Nos avisó, nos gritó que nos tiráramos al suelo, que nos atacaban. Mi marido y yo nos levantamos y nos arrojamos al pasillo central. Él encima de mí. Luego los disparos, el caos, el miedo…
—Cuando se levantaron al fin, ¿la vieron a ella?
—No, yo no me fijé —respondió la señora Gómez.
—Yo sí —dijo el señor Rivas, que hablaba casi por primera vez. Era de esos hombres callados que sólo lo hacía cuando lo consideraban necesario.
El inspector Ondarreta y María Luisa Cuesta lo miraban expectantes, animándole con la mirada a continuar.
—Bueno, yo, la verdad... —Y miró de reojo a su mujer— ...
ya me había fijado antes en la joven, era muy guapa, llamaba la atención.
El estilo me recordó a mi hija pequeña, tan dulce y rubia como ella, antes de que se nos fuera de casa.
Eso sí, de piel más pálida. Al contrario que otros jóvenes, nuestros dos hijos se han independizado demasiado pronto.
Yo, desde luego, no me he alegrado. Los echo de menos, hasta los problemas.
Así es que cuando nos pudimos levantar, preocupado, la busqué con la mirada.
Le devolvía el bebé a su madre. Se llevaba la mano al hombro, cerca del pecho, se manchó la mejilla de sangre.
—¿Llevaba guantes? —les preguntó Angus.
—¡Sí! —respondió Ana Gómez—. Oscuros. No me extrañó, porque, aunque el otoño estaba siendo suave, ese día en concreto hizo mucho frío.
—Y ¿qué pasó después, señor Rivas?
—Ella bajó tambaleándose por la salida, no la vi más. Ayudé a Ana a levantarse. Imaginé que la chica habría ido a pedir ayuda médica. Luego, no he podido olvidarla… todavía la oigo en mis sueños que nos gritaba, que nos tiráramos al
suelo. Pero en mis pesadillas no somos capaces de movernos y nos ametrallan… Veo una y otra vez los cadáveres, los heridos, el sonido de las sirenas...
Ana Gómez miraba sorprendida a su marido. Seguramente en todo el tiempo de vida en común no le había escuchado una parrafada tan grande.
—Ustedes hacen el mismo trayecto todos los días, ¿habían visto a la joven anteriormente a ese día?
—Creo que no —dijo la mujer.
—Me parece que no. —El marido contestó a la vez que Ana.
—Ya solo falta, y no les molestamos más, que nos den una descripción física lo más completa posible de la chica.
—Era rubia natural —añadió Ana.
—Y ¿eso cómo lo puede saber? —le preguntó Angus.
—Típica pregunta de hombre —le respondió la señora—.
Eso lo sabemos las mujeres al primer vistazo.
—Y les sonrió. Pero continúo—: Alta, delgada.
Llevaba un chaquetón de paño azul marino, con grandes botones negros en la parte delantera.
Aunque solo le vimos el rostro sí podría decir que era muy blanca de piel.
El inspector Ondarreta y María Luisa Cuesta se despidieron del matrimonio, no sin antes emplazar a la mujer a que se pasara por la brigada para ayudarles en la reconstrucción del retrato robot.
—¡Qué buena testigo nos ha tocado en suerte! —se admiró Marisa.
—Sí, nos tenemos que dar con un canto en los dientes, no es normal que la gente se acuerde de nada, más en un acontecimiento tan trágico.
Con Arancha también hemos tenido suerte, a pesar de las circunstancias, se acordaba de todo.
Y que no estuvieran con el dichoso móvil.
Si te parece nos vamos a la oficina, a ver si nos da tiempo a redactar el informe para el jefe.
Podemos terminar de estudiar el resto de las declaraciones de los testigos y así mañana seguir con los que estaban más cerca de nuestra desaparecida.
—¿Sabes?, Angus, al presentarme como policía he podido integrarme en los interrogatorios y desarrollar un trabajo de campo que me atrae.
He descubierto una nueva faceta profesional que me gusta mucho.
La verdad es que, cuanto conseguí mi plaza en el CNI, imaginaba una vida más aventurera.
Y aunque la criptología me encanta y hago un trabajo por el que pagaría, esta vertiente de estar en contacto con la gente se acerca más a la idea que yo tenía en mente, a mis expectativas.
Por eso, te quería dar las gracias por darme esta oportunidad.
—De nada, Marisa. Aunque no te creas que esto es todo el trabajo policial, que luego hay mucha tarea aburrida entre medias.
La verdad es que como compañera policía servirías, tienes mucho tacto e intuición con las preguntas.
Parece que nos complementamos, ¿verdad? —añadió el inspector, y no pudo evitar ruborizarse ligeramente, por lo que puso la vista al frente para que ella no se diera cuenta.
El inspector Daniel Hurtado comenzaba su jornada de tarde.
Hoy le había dado tiempo a ir a comer a casa unas judías verdes y bacalao con tomate, este último, especialidad de su mujer.
Comprobó su correo electrónico y vio que en la bandeja de entrada tenía el primer informe de la declaración de los testigos.
Leyó atentamente la transcripción de las grabaciones.
Se dio cuenta, ante el gusanillo de emoción que sentía, de que le hubiera gustado estar allí, en el cara a cara del interrogatorio de estos.
A veces, cuando el papeleo le inundaba tanto la mesa como el ordenador, echaba de menos el contacto directo con la gente.
Y eso que se le tenía por una persona poco comunicativa.
Se acordó, no podía evitarlo, del caso de Rosa Pardo, una mujer desaparecida hacía unos meses y que le había conmovido en lo más profundo.
Podía presumir de ser un marido absolutamente fiel en lo tocante a los hechos.
Sin embargo, el corazón y las emociones eran más difíciles de atar y vagaban libremente.
Le consolaba saber que ella estaba a salvo y recuperada y que su secuestrador estaba en la cárcel, donde se merecía, y esperaba que por largos años.
El juicio lo determinaría. Pero las pruebas eran incuestionables.
La lentitud de la justicia española le exasperaba, y aunque no se hubiera retrasado mucho en este caso, se le hacía eterno.
Dentro de no mucho sería llamado a declarar.
Ante la perspectiva sentía emociones contradictorias.
Por un lado, deseaba que al criminal le echaran la máxima pena prevista por la ley, y quería declarar para ayudar a ello, y por otro sabía que, lo más probable, era que tendría que ver de nuevo a su adorada Rosa Pardo.
Ya le había costado volver a instaurar la agradable rutina de su matrimonio, que le aportaba estabilidad y confort en su ordenada vida.
Y temía que ese frágil equilibrio conseguido con muchos esfuerzos por su parte, se viera alterado en el juicio.
Por su cabeza pasaron las imágenes de ella, casi moribunda en el apartamento en el que la encontraron y otra del leve beso en la frente que le dio en el hospital.
Se le escapó un suspiro. Menos mal que no le habían oído sus subordinados.
Desechó estos pensamientos e intentó centrarse en el caso actual del 17-N.
Una joven, posible estudiante, había sido herida y sin embargo no había acudido al servicio de emergencias.
Decidió que hablaría directamente con el laboratorio científico.
Le puso un correo electrónico al inspector Ondarreta, acusando recibo de su informe sobre los interrogatorios y le informó, para que no duplicara su trabajo, de que él en persona hablaría con el jefe del laboratorio de la policía, Julio Marín.
El doctor era un gran amigo suyo. Le llamó a su móvil personal.
—¡Daniel, colega, encantado de oírte! —le contestó el doctor Marín—. Menos mal que estuvimos tomando unas copas la semana pasada y pagaste tú, si no pensaría que, como casi siempre, quieres algo.
—Un poco de razón tienes. Pero en vez de unas copas, ¿podrías tomarte unas cañas conmigo en el bar de siempre?
—¡Hombre, claro, para eso soy también el jefe! Me lavo un poco y voy para allá.
—Nos vemos —estuvo de acuerdo Daniel, que se preguntaba qué se tenía que lavar su amigo, a saber qué estaba haciendo.
A los diez minutos se hallaban los dos sentados ante sendas cervezas y un plato de cacahuetes fritos.
—Pues al grano —le dijo su amigo y compañero.
—Para ti supongo que será sencillo, pero me gustaría que me explicaras qué heridas se pueden producir en un cuerpo según la trayectoria de una o varias balas, que no sean mortales, por lo menos en un principio, y que produzcan una gran hemorragia.
—Con solo esos datos…
—Te lo explicaré con más detalle. En el atentado del 17-N.
Unos cinco terroristas ametrallan un bus, pero ligeramente de lado, porque era el último autobús en entrar en la plaza y no estaba exactamente enfrente.
Además, se interpuso un coche en su trayectoria, por lo que el daño fue menor en el bus y, desgraciadamente, mayor para los ocupantes del coche.
—¡Ah, ya veo por dónde vas! Pero es imposible saber la trayectoria concreta si no sabemos la posición exacta y si son cinco a disparar y el autobús aún estaba en marcha, casi imposible de calibrar con precisión.
Y además tendríamos que saber al milímetro la posición de cada víctima.
Si un vehículo les hizo de pantalla, sirvió de barrera, que protegió la parte baja del bus.
Pero lo que me pides es poco menos que imposible.
Para hacerme una idea más fiable, tendría que verlo en persona.
—Ya sabía yo que eso solo pasa en las películas, que se ponen con unos láseres de colores aquí y allá y saben si le dio en la aorta o en el esternón.
Pero si quieres, arreglamos para que vayas al depósito donde tienen los buses en estudio.
Además, te mandaré las cintas de las cámaras de seguridad, de toda la plaza de Cibeles y también las del propio autobús que nos interesa.
—De todas formas ¿qué pintamos nosotros investigando el atentado?
—Te lo explico. Ya sabes que se vieron afectados cuatro autobuses, pero que en la línea 14 no hubo víctimas mortales.
Una joven dio la voz de alarma y todos se tiraron al suelo.
Pero esta chica resultó herida, creemos que de bala, al demorarse en tumbarse ella misma por salvar a un bebé.
Tanto la Comunidad de Madrid como la Asociación de Víctimas del 17-N quieren localizarla.
No ha dado señales de vida, según el Centro de Inteligencia Contra el Terrorismo y el Crimen Organizado, el CITCO, que es quien nos ha pasado el caso, y que la han buscado entre los fallecidos o heridos.
El caso es que, según ha declarado la madre del niño, la chica estaba tan empapada en sangre que se la transfirió a sus propias ropas.
Que, por cierto, el paquete ya te lo habrá enviado el inspector Ondarreta.
—¡Ah, sí, antes de venir para acá habían dado entrada a un paquete con ropa ensangrentada!
—Pues, por lo visto, comprobarás, por el volumen, que la herida ha de haber sido de consideración.
—Le podemos hacer también el análisis de ADN, pero si no tenemos nada con lo que compararlo tampoco servirá de mucho. ¿Tenéis alguna idea de por dónde entró la bala?
—Según otro testigo, se llevaba la mano a la zona situada entre el hombro y el pecho, más hacia el hombro... Y la vio salir por su propio pie.
—Si salió andando es que no le afectó al corazón, se hubiera quedado frita al instante.
Pero si entró en el hombro y salió, eso produce gran hemorragia, y aunque requiera asistencia médica inmediata si no quiere desangrarse, sí podría haberse ido de la zona cero.
De todas formas, ¿tenemos acceso al autobús de la línea 14?
—Sí, y han puesto a nuestra disposición los análisis efectuados a cada autobús. Yo te los mando y si hace falta que vayas al depósito donde lo tienen, puede ir Angus contigo.
—Y ver qué balas han entrado en la zona central del bus.
También se pueden buscar huellas dactilares de la barra en la que se agarró la chica.
—Desgraciadamente, no creo que pueda ser, han comentado los testigos que ella llevaba guantes.
Una hora después, los amigos se despedían con unas palmaditas en la espalda. Daniel subió a su despacho mientras que Julio Marín volvió al laboratorio.
El amor es una droga muy curiosa amigo mío y algunas veces un arma,
cuesta mucho tiempo sacársela de la sangre.
Hell´s Island