La heroína de Cibeles 3 Primera entrevista con la testigo principal #2
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3 Primera entrevista con la testigo principal #2

» Al pisar la acera me di cuenta de que estaba encharcada en sangre, mi chaquetón beige estaba oscurecido y lo que era peor, el pequeño abriguito de mi hijo, azul claro, también estaba lleno de sangre.

Salí corriendo, pidiendo ayuda, creía que él estaba herido.

En poco tiempo el lugar se había llenado de ambulancias e incluso estaban montando una carpa de asistencia a los heridos.

Veía pasar a algunas personas heridas, sin control.

Del autobús de al lado caía gente muerta por las puertas, que era atropellada por los que huían.

Arancha suspiró, la voz ronca, le faltaba poco, cogió fuerzas y siguió hablando:

—En el suelo, entre los muertos había también cadáveres de policías, y de otros hombres, algunos de ellos aún tenían las metralletas en las manos.

Los ojos abiertos de todos ellos miraban al infinito.

Después, cuando conseguí que un sanitario me atendiera, le llevé a mi niño, chillaba histérico.

Estaba convencida de que estaba malherido, lloraba desconsoladamente.

Le atendió en el mismo asfalto. La carpa aún la estaban montando y las pocas ambulancias que habían conseguido llegar en esos momentos estaban colapsadas.

Desnudó al bebé, y aún con el frío de la mañana, yo suplicaba que se diese prisa.

Ante mi alivio y asombro, el niño no tenía ninguna herida, ni una pequeña rozadura, nada.

El sanitario me miró y me preguntó si me dolía algo, si me encontraba bien, por si había sido yo la que había manchado al nene con mi sangre.

Pero me quité el chaquetón, que también se había manchado de vivo rojo, y me palpé el cuerpo.

Nada. Tampoco yo estaba herida. Entonces, recordé.

Y supe con certeza que a quien habían alcanzado en el tiroteo había sido a ella, a nuestra salvadora.

Y no una simple rozadura de los pequeños cristales.

Le di las gracias al chico, que se apresuró atender a otros heridos.

Yo sé, Marisa, inspector Ondarreta, que debí quedarme y buscarla, para ver si necesitaba ayuda, pero supuse que había ido a que la atendieran.

Yo no la vi salir del autobús, pero estoy segura de que salió por su propio pie.

Tenía tantas ganas de salir de allí, de aquella pesadilla, que con mi niño en brazos me fui y traspasé el perímetro que había acordonado la policía, no sin antes darles mis datos.

Dejé atrás el olor de la muerte, las luces titilantes de los coches de policía y las ambulancias, y tras andar no se aún cuántas calles, conseguí coger un taxi que me llevó a casa.

No me quiso cobrar, como hicieron todos los taxistas y ciudadanos ese día.

Cuando llegué me desnudé y me duché. Tenía el cuerpo amoratado, pero nada de importancia.

—¿Qué hizo con su ropa y la del niño? —preguntó Marisa, inspirada.

—Esto no me lo han preguntado sus compañeros. Ya sé que tenía que haberla lavado o llevado al tinte mi chaquetón, pero no he tenido valor, lo he guardado en una bolsa y lo he metido en el altillo del armario de mi dormitorio. Ahora me doy cuenta de que es importante, iré a buscarlo.

Cuando la madre desapareció Angus y Marisa se miraron con aprobación, era una suerte que no hubiera lavado las prendas.

Enseguida volvió con una gran bolsa de un conocido centro comercial y se la entregó a Marisa.

—Espero que sirva para encontrarla. Ojalá que esté bien.

Porque no solo salvó lo que más quiero en el mundo, sino al resto, a los demás que íbamos en el autobús.

Cuando me enteré de la cantidad de víctimas del resto de autobuses vi con total claridad lo afortunados que fuimos, ya sé que fue la casualidad, pero no es que no solo nos avisó, es que se jugó su vida por la nuestra.

Por favor, no paren hasta que la encuentren, necesito saber qué ha sido de ella, no solo para agradecérselo, tengo que creer que las heridas no eran tan graves, que está viva.

—Y ¿qué más datos nos podría contar? —preguntó Marisa.

—Haciendo memoria, sí puedo decir que se sujetaba a la barra del autobús, en la parte central, justo enfrente de donde se abren las puertas de salida.

Yo había colocado el coche en la zona de minusválidos y había accionado el freno, ya saben, como dicen las normas que hay en las paredes del bus.

Cuando entré, me alegré de comprobar que había sitio libre.

Algunas veces coincide que hay otro cochecito de niño y si hay mucha gente tengo que esperar al siguiente.

Pero me pasa pocas veces. La chica debió subirse en alguna parada posterior a la mía, que es Cuzco, de eso estoy segura.

Y si tienen en cuenta que estaba de pie es que pretendía bajarse pronto, pienso, porque había sitios libres.

— Por favor, intente visualizar cuándo pudo subir —le rogó Angus.

—No lo sé, creo que estuve sola tres o cuatro paradas, hasta Nuevos Ministerios, en la que sube más gente… No podría decir dónde subió, por más que me esfuerzo.

—Y antes de entrar en Cibeles, ¿se había fijado en ella?

—Casualmente, sí. Es habitual que la gente sonría al niño, y como el mío se queda con todos, va saludando con la manita, buscando que le hagan caso, pues esa mañana estaba muy espabilado y haciendo de las suyas.

Pero me fijé en que ella no hacía caso, es extraño porque es muy conquistador y todo el mundo responde, al menos con una sonrisa.

No sé si pensé que era algo antipática, que era de esas personas a las que no le gustan los niños.

Parecía ausente. No sabría definir la sensación que me dio.

—¿Estaba ella sola?

—Creo que sí, Marisa. Ahora que lo pienso, puede que fuera estudiante, no solo por su juventud, sino porque llevaba una mochila.

—¿Una mochila? —repitieron la funcionaria y Angus a la vez, que estaban muy coordinados a la hora de hacer las preguntas.

—Cuando se nos echó encima, la noté. Debía de pesar un quintal, porque nos aplastó y ella parecía delgada.

—¿Qué nos puede decir de sus características físicas?

— Era rubia, creo que, de ojos claros, la piel blanca.

Media melena, suelta. Sobre la altura, más o menos de la mía, que mido un metro setenta y dos y no suelo llevar tacones.

¡Ah, me acabo de acordar! Cuando nos tenía sujetos en el suelo vi la manga azul de su abrigo y una de sus manos, la derecha, se le veía enguantada, un guante fino del mismo color que el abrigo.

Creo que el guante era fino, de otra manera no habría podido abrir el cinturón del cochecito del bebé.

Respecto a la edad, en estas chicas jóvenes, no sé, tanto podría tener dieciocho años como veintidós, no sé.

—¿Parecía extranjera?

—No sabría decir, cuando nos gritó que nos tiráramos al suelo, no noté ningún acento en especial.

—Respecto al rostro, quizá se podría pasar por nuestra oficina, allí intentaríamos hacer un retrato robot.

—No sabría decirle, no me acuerdo como para poder describirlo al detalle. Son impresiones, un rostro que se me desdibuja.

—Pues por esto conviene que venga cuanto antes. Si pudiera ser esta tarde, se lo agradeceríamos. Pero le sorprendería saber cuánto recordamos sin darnos cuenta, y más en un suceso traumático. —Angus añadió—: ¿Algo más que recuerde que nos pueda servir de ayuda?

—Así de golpe, no les podría decir, desde luego que pensaré en ello.

—Muchas gracias por todo. —El inspector Ondarreta apagó la grabadora—. Sabemos el grandísimo esfuerzo que le ha supuesto volver a recordar.

—Otra cosa —le preguntó Marisa—, ¿se fijó en ella, es decir, la conocía de vista antes del atentado?

—No lo podría asegurar al cien por cien, pero no me sonaba. Ya sabes, sube y baja tanta gente del autobús que realmente puedes coincidir con alguien más de una vez y no fijarte.

Después de esta última cuestión, se despidieron amablemente de Arancha Martínez. El nene continuaba jugando en su corralito, ajeno a los dramas de los adultos. Ya en la calle, Marisa le comentó a Angus:

—Todo parece indicar que la chica es una estudiante normal y corriente.

O también, ¿se os ha ocurrido pensar que sea una emigrante sin papeles?

¿Y si es de algún país del este? Porque por la descripción física, aunque no sea seguro, no parece que sea magrebí, latina, turca o siria, por poner varios ejemplos.

—Eso supondría que fuera una persona en situación ilegal o con algo que esconder, es imposible saberlo con los datos que tenemos.

—Ya, pero si no, ¿por qué no iría a que la atendieran los servicios de emergencia, si estaba herida?

— Ahí está la pregunta del millón. La madre del cordero de todo el caso.

Por lo que estamos aquí tú y yo. He estado pensando —le confió Angus— que, si llevaba la mochila puesta en la espalda, tuvo que recibir algún tiro o tiros en el costado izquierdo.

Tenemos que hablar con el forense, para ver qué tipo de órganos pueden haber sido afectados.

Y que nos analicen la ropa en el laboratorio.

—Y ahora que tenemos una descripción más detallada, hay que volver a repasar la lista de heridos y fallecidos y también ver las cintas de seguridad.

Y el informe del bus 14. Necesitamos saber qué objetos se han encontrado, las balas que lo impactaron.

Los casquillos encontrados cerca de la zona central del bus.

La lástima es que llevara guantes, adiós a conseguir las huellas de la barra a la que se agarraba en el bus.

—Y no te olvides, todavía hemos de hablar con los demás testigos.

—Se nos acumula el trabajo —sonrió Marisa. Estaba emocionada de hacer ese tipo de investigaciones, tan alejadas de su vida laboral diaria.

—Vayamos en segundo lugar a ver a los próximos testigos, nos esperan.

Desconfío del hombre que pone límites. Si ha de tener cuidado de no beber

más de la cuenta es que cuando bebe no es de fiar.

El halcón maltés