3 Primera entrevista con la testigo principal
Martes, 5 de diciembre.
Al día siguiente amaneció con lluvia y viento.
El otoño climático, que se había hecho esperar después de tantos días soleados, hizo su brusca aparición. Tan solo un día realmente frío en el mes de noviembre y había sido el fatídico 17-N.
Daniel se tomó en pocos sorbos su café negro, de pie, como hacía siempre.
Hoy se pondría la gabardina, pensó al observar por la ventana cómo comenzaban a volar las hojas amarillas.
Y aunque no le gustaban los paraguas, si no era en casos de fuerza mayor, lo cogió del paragüero.
Era negro y enorme, antivuelco, como para albergar a una familia entera.
Cuando salió a la calle amainaba. Cómo no, por la ley de Murphy basta que se coja uno el paraguas y que ya no llueva en todo el día.
Aun así, el viento despeinó el pelo recién domado, que como empezaba a escasear, cuando llegó a la puerta del trabajo, le bastó con pasar la mano por encima varias veces para volverlo a poner en su sitio.
En la oficina, del personal de la brigada, fue el segundo en llegar, como siempre.
—¿Alguna cosa, inspector Ramírez?
—Sí, inspector jefe Hurtado. Tiene toda la documentación en su mesa, como siempre... ¿Ha parado ya de llover?
—Sí, justo cuando he salido a la calle con el paraguas. —Saludó con un ademán de la mano al inspector Ramírez.
Su despacho olía a limpio, todavía persistía el aroma del producto olor a pino con el que la señora de la limpieza acababa de fregar el suelo, aún un poco húmedo.
De un día a otro los papeles se habían reproducido sin control y comenzó a sumergirse en su estudio y firma en los casos que aún lo requerían.
Como recién nombrado director de la brigada de Investigación de Delitos contra las Personas, además de la sección de Homicidios y Desaparecidos, también llevaba las no menos importantes secciones de Secuestros y Extorsiones y de Delitos contra el Medio Ambiente y Dopaje.
Todo ello suponía una cantidad ingente de trabajo.
Sin embargo, siempre que podía, para salir de la monotonía que imponía bregar con tantas investigaciones sobre el papel, le gustaba involucrarse en algún caso de especial relevancia, al que hacía un seguimiento más directo, como era el atípico caso de la desaparecida del autobús 14.
Aunque no pisara mucho la calle, le mataba el gusanillo de la acción, que le recordaba sus años mozos.
Así pasaron las primeras horas de la mañana.
Por la rendija vio acercarse a Angus y a Marisa. Tocaron brevemente a la puerta y asomó la cabeza primero el inspector Ondarreta, seguido de la funcionaria del CNI.
—Inspector Hurtado, ¿se puede?
—Pasen, pasen.
—Ya se lo acabo de enviar por correo electrónico, pero aquí le traigo el listado y luego su clasificación por fichas individuales de los testigos del autobús 14, en las que hemos estado trabajando Marisa y yo hasta ahora.
Menos de los niños, tenemos fotos de todos y mucha información que no sabemos si es útil o no.
¡Qué tíos más grandes estos del CNI, lo que saben de todos nosotros, ya quisiéramos tener información tan completa!
No sé yo si es constitucional. ¿Eh?, compañera.
Creo que estos espías saben si cagamos o meamos y a qué hora y si estamos solos o acompañados.
¡Perdón, inspector. Perdón, Marisa! ¡No me he podido resistir a la bromita!
—No, si los que trabajamos en el CNI estamos ya acostumbrados al cachondeo —respondió la funcionaria, sonriendo.
El serio Daniel Hurtado estaba acostumbrado a reírse por dentro de las ocurrencias de Angus, así es que le clavó su mirada fija de siempre que le reconvenía por la grosería.
Aunque pensando en sus palabras, se preguntó, y no por primera vez, si existía la intimidad en este mundo tan vigilado por cámaras, por las aplicaciones de mensajería, por los correos electrónicos o por internet o por satélites o quién sabe Dios qué más medios.
Y en ámbitos que no se limitaban solo al mundo de la delincuencia o a los terroristas sospechosos sino a los propios ciudadanos.
A la funcionaria le debía de caer bien el joven porque se reía sin disimulo. Se notaba la buena sintonía entre ellos. Mucho mejor para una colaboración que no siempre estaba exenta de problemas, cuando se junta personal tan dispar, y que pudiera dar lugar a rencillas o celos profesionales.
—Lo primero, lógicamente, será ir a ver a la madre del niño que se quedó atrapado en el cochecito —continuó Angus—. Se llama Arancha Martínez. Y después a los viajeros más cercanos.
—De acuerdo, pónganse manos a la obra y ya me informarán.
Marisa llamó al telefonillo del portal. Quinto B. Contestó una voz femenina.
—¿Quién es?
—¿Arancha Martínez? Somos de la policía.
—¡Ah, sí, les esperaba, suban!
Con el sonido de la chicharra zumbando empujaron la puerta hasta que esta se abrió. Estaban en un bonito portal de un barrio de clase media en Sanchinarro, de nueva creación y que había acogido a familias jóvenes.
Los bloques de pisos eran nuevos y disponían de piscina.
Cuando salieron del ascensor vieron al ama de casa, que les esperaba bajo el dintel de entrada.
Se identificaron y entraron con la señora al piso.
Debía de tener unos treinta años. Era una joven alta y corpulenta, de cabellos castaños y pelo muy corto y rizado.
Les hizo pasar al salón. En un corralito infantil, un niño de unos nueve o diez meses jugaba tranquilamente con un rompecabezas de cubos que intentaba colocar en un tablero.
Balbuceaba cantarín en su propio lenguaje, cuya comprensión estaba vedada a las personas adultas.
—Perdonen, no les he ofrecido nada, es que todavía sigo muy nerviosa, ¿quieren tomar algo?
—No, gracias —respondieron los dos a la vez.
—Ya sé que es muy duro, pero le tenemos que pedir que nos cuente todo lo que pasó ese día —le pidió Angus, que siempre era muy zalamero con las testigos femeninas.
—Yo ya se lo he contado varias veces a compañeros suyos.
—Lo sabemos, Arancha, y hemos leído sus declaraciones, pero nuestro objetivo, como le dije por teléfono, es otro. Nos vamos a centrar más en la persona que le salvó —añadió Marisa, que se sentó junto a ella en el tresillo.
—Lo sé, pero me cuesta tanto, sobre todo por lo que le podría haber pasado a David —confesó la madre, mientras miraba cómo jugaba su hijo, feliz en su mundo infantil.
El inspector Ondarreta puso la grabadora encima de la mesita, ante el sofá.
—Si no le importa grabaremos la conversación.
—Por supuesto, lo entiendo. —Suspiró y con esfuerzo comenzó su relato—: Yo llevo a mi hijo a la guardería de mi trabajo todos los días y como no conduzco siempre cogemos el autobús.
Trabajo en una gran empresa de informática cerca de la plaza de Conde de Casal, por lo que al vivir en las inmediaciones del estadio Bernabéu, se puede decir que el autobús 14 me deja de puerta a puerta.
Ese día era viernes y estaba especialmente contenta.
No trabajaba por la tarde y mi marido y yo habíamos planeado una escapadita de fin de semana al pueblo de mis suegros, en la provincia de Soria.
Antes de irme al trabajo ya había dejado hecha mi maleta y la bolsa con todos los trastos de David, que son muchos.
¡Menuda se organiza para dos días ahora que tenemos al nene!
Angus se daba cuenta de que Arancha no terminaba de entrar en el tema que les interesaba, pero dejó que hablara de sus rutinas diarias para que se tranquilizara.
Prosiguió así un poco más, mientras con sus manos daba vueltas nerviosas a un muñeco del niño, un Minion que se llamaba Kevin, según reconoció el inspector, que tenía sobrinos.
—Bueno, el caso es que aquel día, no puedo decir que viera nada, realmente no me di cuenta de que algo pasaba hasta que aquella chica nos gritó que nos echáramos al suelo, que nos disparaban.
Al ver que todo el autobús se tumbaba, yo intenté coger al bebé, pero mis dedos no atinaban a abrir el broche del cinturón que lo sujetaba en el cochecito.
Ella, de un golpe, me retiró la mano y lo consiguió desenganchar a la primera.
Cogió al niño y se nos echó encima para arrojarnos al suelo.
Todo esto que cuento pasó en escasos segundos, más de lo que tardo en decirlo, pero lo que sí puedo decir es que, cuando intentaba arrancar a mi niño de su sillita, fueron los segundos más eternos de toda mi vida.
—Gruesos lagrimones corrían por las mejillas de Arancha, cuya voz temblaba al recordar los terribles sucesos, pero cogió aire y siguió valientemente con su relato—: Después, todo es muy confuso, realmente no sentí ningún dolor,
pero sí una sensación de irrealidad cuando sonó el ruido de los tiros que rompían los cristales del autobús, que nos bañaron a todos.
Pronto oímos más tiros, era ensordecedor, pero ya no nos caían a nosotros.
Aun así, permanecimos todos quietos, muy quietos y asustados.
Mi hijo comenzó a llorar, el pobre estaba aplastado entre ella y mi propio cuerpo.
La chica aflojó la presión un poco, pero continuó agarrándonos a los dos.
» Cuando, tras un tiempo interminable, que no sabría decir cuánto duró, se hizo el silencio aún más aterrador, algún pasajero del autobús, no sabría decir quién, pero era un hombre, se atrevió a levantarse poco a poco y pudo decir: «Se ha terminado todo, nos podemos levantar».
Hubo otro que preguntó: «¿Hay alguien herido?»
. La chica se levantó poco a poco y nos ayudó a incorporarnos.
Tenía a mi hijo en brazos y me lo entregó.
Yo solo le decía: «¡Gracias, gracias, gracias, por salvar a ni niño!»
. Ella llevaba un chaquetón azul oscuro y tenía el pelo rubio.
Llevaba falda larga también oscura, botas y guantes.
Una de sus mejillas estaba manchada de sangre.
En ese momento, los demás viajeros del autobús se ponían de pie, la mayoría con pequeños rasguños provocados por la caída al suelo o por algún fragmento de cristal del autobús.
Pero los cristales no habían supuesto mayor problema.
Estaban hechos de ese material moderno que hace que se fragmente en mil trozos, pero que no adquieren formas de puñales.
» Alguien accionó entonces la palanca de apertura manual del autobús y todos salimos en masa. Fuera nos esperaba aún más caos. Escenas dantescas. Me acuerdo que busqué con la mirada a la joven, pero creo que bajó antes que nosotros porque ya no la volví a ver.