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—¡Lo es! —respondió la joven, entusiasmada—. Llevo solo unos meses y no paro de aprender. Trabajar en lo que a una le gusta es un verdadero privilegio. Aunque a veces echo de menos contacto más directo con la gente.
—Desde luego. Como no disponemos de mucho espacio, le he habilitado un pequeño hueco con una silla y un ordenador en la mesa del inspector Angus Ondarreta, con el que va a trabajar. Y le puede acompañar en las entrevistas con los testigos, así tendrá una visión más completa de la situación.
—Gracias, eso es estupendo. La verdad es que no me ha dado tiempo todavía a estudiar a fondo la documentación que me han pasado, solo le he echado un vistazo superficial.
Supongo será la misma que tiene usted.
—Creo que sí, por lo que veo desde aquí —le contestó Daniel, observando que tenían las carpetas iguales los dos—.
Venga conmigo y le presentaré al inspector que le he comentado, a ver si ha llegado ya.
Ya verá que no tendrá problema en colaborar con él, es aparte de un buen profesional, una persona amable y entusiasta.
Salieron del despacho, Marisa primero, seguida por el inspector.
—Ya está en su puesto. —Y se dirigió a la mesa de despacho de Angus, que no los había visto, afanado como estaba con el ordenador.
—Inspector Ondarreta.
—Buenas tardes, jefe —saludó el aludido mientras levantaba la vista de la pantalla.
—Como ya le he comentado esta mañana, María Luisa Cuesta, del CNI, viene a colaborar con nosotros en el caso de la desaparecida del autobús línea 14. —E hizo las presentaciones.
—Encantada, llámame Marisa —insistió ella.
—Y a mí Angus, encantado. —Y luego se dirigió a su superior—. Como verá, he ordenado mi mesa y he habilitado un buen espacio para mi nueva compañera. —Y le señaló la silla y un ordenador que había colocados al lado de su sitio—. Provisionalmente valdrá —añadió sonriendo.
—Bueno, les dejo para que se vayan conociendo y tracen entre los dos las líneas de investigación. Ya me mantendrán informados. —Y dichas estas recomendaciones los dejó solos y se dirigió a su despacho.
Angus Ondarreta se quedó callado, hecho no muy habitual en él, mientras observaba de reojo a la funcionaria del CNI.
Le había parecido muy atractiva, no podía negarlo, eso saltaba a la vista.
Y tenerla tan cerca… Hacía tiempo que no se comía una rosca.
Vamos, qué menuda tentación le habían puesto al lado y él tendría que aparentar profesionalidad y seriedad, como su querido jefe, al que tanto admiraba y que era un dechado de corrección y saber estar.
De repente, se dio cuenta de que Marisa le estaba hablando.
—¿Decías? Perdona, es que se me había ido el santo al cielo —casi balbuceó.
—Que si ya has analizado la base de datos de los heridos y fallecidos, que me ha comentado el señor Hurtado que era lo primero que ibas a empezar —le explicó la chica, pensando que ese policía que le habían asignado parecía estar en Babia.
—Sí, ya he hecho un primer estudio. —Le enseñó la pantalla de su ordenador—.
He creado una base de datos con los heridos por un lado y los fallecidos por otro y otra de testigos que nos pueda interesar entrevistar personalmente.
Sobre todo, la madre del bebé y los pasajeros más cercanos a la desaparecida.
Nos queda mucho trabajo por delante, quiero hacer un croquis de nuestro autobús 14 con el lugar concreto en que estaba cada uno de los viajeros, pero hasta que no hablemos con los testigos no podremos dibujarlo.
—Me parece estupendo el trabajo que has hecho con tan poco tiempo. Si quieres, puedes poner en un directorio común toda la documentación y así podemos trabajar los dos en ella, indistintamente.
—De acuerdo, lo paso todo al directorio P, que está en red, y creo un subdirectorio nuevo, del que puedo colgar todos los archivos —le respondió Angus.
—Me parece genial. —Y propuso—: Lo podemos llamar Cibeles.
—Muy acertado.
Y así siguieron trabajando durante toda la tarde.
Un par de veces que Daniel Hurtado salió de su despacho, los encontró totalmente absortos en los ordenadores. Angus parecía más entusiasmado que de costumbre. Eso le hizo sonreír disimuladamente. La chica, sin proponérselo, ya se había ganado un admirador.
A última hora de la tarde recibió un correo electrónico de Angus, con un resumen de las primeras investigaciones.
No eran más que cifras de heridos, de fallecidos, y de sus ubicaciones en cada autobús.
Hasta había un croquis, dibujado más o menos con habilidad, del autocar, y con la posición y nombre de cada uno de los viajeros, resaltados en verde fosforito los que más interesaban.
Al final, una propuesta para que, al día siguiente, comenzaran a interrogar a los testigos.
Después, y ya disponiendo de más datos, querían analizar las cámaras situadas en todo el ámbito de la plaza de Cibeles.
Cerró el archivo. Luego leyó su correspondencia pendiente y dio por finalizada la jornada. Eran las ocho de la tarde. Carmen le esperaba en casa para cenar. Como siempre, iría en el coche de San Fernando, un ratito a pie y otro andando.
Lo imposible no puede haber sucedido; luego lo imposible
tiene que ser posible, a pesar de las apariencias.
Asesinato en el Orient Express