La heroína de Cibeles 2 #2
6%

2 #2

Los siguientes pasos serán interrogar a los testigos y estudiar el contenido de todas las cámaras de vigilancia, incluidas las más importantes para lo que nos interesa, las del propio autobús.

Este es un archivo al que podemos acceder.

También puede intentar conseguir listado de las llamadas de los teléfonos móviles, aunque no sabemos si podemos acceder a ellas, y si hay muchas.

Esa zona es muy sensible y puede que hayan colocado inhibidores de frecuencia.

Pero tenga usted en cuenta que nuestro punto de vista será totalmente diferente.

Nosotros no buscaremos terroristas. Pero, mientras tanto, necesito que esté hecho este trabajo preliminar.

Yo llamaré a nuestro contacto en el CNI, inmediatamente, para ver si se puede incorporar al equipo.

Es una experta informática, que nos ayudará con toda la abundante documentación que nos han facilitado. Espero que la trate como a un igual.

—De acuerdo en todo, jefe —respondió su subordinado, que había estado tomando notas de todas las sugerencias—. Por otro lado, ¿dónde ubicaremos a esa experta? Ya sabe que no queda ni un rincón libre en toda la oficina —preguntó Angus.

—Pues le pondremos un ordenador en su mesa, que es algo más grande que la de los demás, y tiene un ala a la derecha, así que ya puede ir despejándola de trastos y hacerle un hueco a María Luisa Cuesta. Ocúpese de que Informática le instale un ordenador y un teléfono.

—¿Trastos yo?, pero si son informes… carpetas, lo necesario para el cumplimiento de mi trabajo —protestó Angus, que era muy desordenado y cuya mesa provocaba escalofríos a cualquier persona con un sentido del orden medianamente desarrollado.

—Ya sabe a lo que me refiero —sonrió Daniel.

Ante el ademán de despedida del inspector jefe, que dio por terminada la reunión, el inspector Ondarreta se apresuró a salir de su despacho y ponerse manos a la obra.

El inspector Hurtado procedió a llamar al móvil de María Luisa Cuesta.

Marcó su número. A los dos tonos una voz joven, casi aniñada, le respondió con un «¿Sí?»

. Daniel Hurtado se identificó enseguida.

La funcionaria esperaba su llamada, por lo que no tuvo que dar más explicaciones.

Se pasaría esa misma tarde por la comisaría.

El resto de la mañana la empleó el inspector jefe en firmar montañas de informes, tanto en papel como en el portafirmas electrónico.

Lo de firmar electrónicamente aún le traía por la calle de la amargura, como a Joaquín Sabina.

Comprendía que cuando se hiciera a esa nueva aplicación todo sería más rápido y efectivo, pero todavía no le había visto la gracia.

Todo se andaría, pero pensaba que aún en la era de la informática, todavía la burocracia seguía ganando la batalla contra la eficacia y la celeridad.

En su hogar, Carmen le esperaba con la mesa puesta.

La semana pasada se había podido pasar por casa todos los días, haciendo religiosamente sus tres comidas y eso era un privilegio.

Esta semana que empezaba iba a ser distinta.

Advirtió a su mujer que tanta paz familiar llegaba a su fin.

Los días de puente, miércoles y viernes, días de La Constitución y de La Inmaculada, debían ser obviados como festivos inmediatamente y debía hacerse a la idea de que eran días normales y corrientes de trabajo y le comentó las novedades del próximo caso que le retendría en la oficina más de lo que

él hubiera deseado.

Pero las comidas procuraría cumplirlas, si le fuera posible.

«El Puntito», que era como coloquialmente se conocía a su esposa, por su pequeño y rechoncho aspecto en comparación con la estatura seca y alta de su marido, que era «la «I», amagó una mueca de resignación.

Estaba acostumbrada a esos horarios intempestivos de su pareja.

Últimamente Carmen lo compensaba apuntándose a diversas actividades, cada vez más relajantes, como el yoga y el taichí.

Por la mañana había conseguido formar parte de un grupito de mujeres y un único varón, un jubilado, que después de las clases se iban a tomar una caña y unas tapas al bar del centro cultural.

Eran momentos de relax y cotilleo que le agradaban sobremanera.

Nunca había trabajado fuera de casa y fue al terminar los estudios universitarios de Filología inglesa cuando se casó y a la espera de que vinieran los hijos, que nunca llegaron, atendió por diversas ciudades de la geografía española, donde a su marido le fueron destinando, las necesidades de este.

Hasta ahora le había bastado la educación recibida en una familia tradicional que le había preparado para atender a un marido y poco más.

Hacía tiempo que había dejado atrás una menopausia temprana y a veces sentía que sufría el «síndrome del nido vacío», que es la cosa más extraña que le puede suceder a un ama de casa, que ni siquiera había tenido hijos que le llenaran la casa de jaleo y compañía.

Lo peor de todo era que su madre vivía lejos y aunque fuera a verla frecuentemente, tampoco se quedaba tranquila de dejar a Daniel solo.

Y no es que no se fiara de la fidelidad de Daniel, ella era de las pocas mujeres que pondrían una mano en el fuego por él, sino que sabía que cuando no estuviera ella, comería cualquier cosa a salto de mata.

Si no tenía a nadie que le cuidara, a saber, cuántas veces dormiría en el sofá con algún caso entre las manos y la tripa vacía, o comiendo la comida de menú de la cafetería que hay enfrente de la comisaría, que a los estómagos más mayores no les sentaba bien.

Su marido siempre comentaba que le repetían las albóndigas.

Pues que se pidieran un filete, que eso no repite.

Pero claro, ella no tenía nada que hacer contra unas albóndigas grasientas y llenas de colesterol del malo; seguro que tanta grasa sabía mucho mejor que las que ella preparaba, cien por cien más sanas.

Ya sabía ella que él aprovechaba, cuando comía fuera, para saltarse alegremente la dieta.

Unos meses atrás, Daniel estuvo muy raro, cuando buscaba a una madre desaparecida, le pareció notar cierto distanciamiento en la relación.

Se había involucrado como nunca en ese caso, de tal manera que había parecido como ausente durante un tiempo.

Menos mal que gracias a su trabajo y al de su equipo pudieron encontrarla viva, aunque deshidratada y al borde de la muerte.

Se sintió muy orgullosa de él. Gracias a su tesón salvó la vida de la madre, que pudo reunirse con sus hijos pequeños.

Solo esperaba que esta nueva investigación no le absorbiera tanto como esa, era algo distinto a los casos que acostumbraban a tener en la brigada.

A veces pensaba que, en esos momentos, su marido casi se convertía en un extraño.

Ya de por sí era de un carácter difícil, no porque dijera una palabra más alta que otra, sino por todo lo contrario.

Siempre había sido un chico reservado, pero con la madurez esa introversión se había agudizado.

Y cuando estaba metido en algún caso más complicado, se metía aún más en su fuerte concha de tortuga.

Suspiró. A menudo deseaba haberse dedicado a la enseñanza, pero fueron ilusiones juveniles que ahora quedaban lejos.

Aun sabiendo que era una privilegiada, tenía un marido que la quería y ella a él, una madre, hermanas con las que congeniaba y un par de amigas, y una vida tranquila, no podía evitar sentirse, en ocasiones, un poco sola.

No se lo había comentado a Daniel, pero últimamente estaba pensando en ir al médico, al psiquiatra, al psicólogo o lo que fuera, no sabría definir qué ayuda necesitaba.

Ya había pasado la menopausia sin muchos sobresaltos, y aun así de vez en cuando y sin venir a cuento, sentía momentos de angustia.

Una especie de opresión en el pecho, que era a la vez un sufrimiento físico y emocional.

Carmen seguía adelante a pesar de esos momentos angustiosos y procuraba no hacerles caso y entonces limpiaba con más fervor la cocina o atacaba la tabla de la plancha, planchando todo lo que se le pusiera al alcance, incluyendo los trapos de cocina o los calzoncillos blancos clásicos de su marido.

En fin, habría que tener paciencia con el nuevo caso y esperar a que se resolviera pronto.

El inspector Hurtado volvió al despacho, su casa distaba de este caminando quince o veinte minutos, que empleaba para pensar y madurar los pormenores de los casos, con el rico cocido madrileño aun haciendo la digestión en su estómago.

Y eso que su mujer hacía tiempo que había suprimido de sus ingredientes, lamentablemente, el tocino y la morcilla, para que no le resultase pesado.

Al llegar se encontró con una joven desconocida que le esperaba ante la puerta de su despacho. Angus no había llegado aún.

—¿María Luisa Cuesta, supongo? —Y ante el asentimiento de ella se estrecharon las manos formalmente.

—Por favor, llámeme Marisa —dijo la muchacha, que aparentaba menos edad que la que le decía su ficha.

Era una chica con larga melena caoba, lisa, que ya imaginaba Daniel haría estragos en el personal masculino de la brigada. Tenía una sonrisa encantadora, en la que uno de los dientes, un paleto superior, estaba ligeramente torcido hacia arriba, lo que producía una sensación de picardía.

Hablaron de banalidades mientras le hacía pasar a su despacho y sentarse enfrente de él, que se acomodó en su viejo y cómodo sillón. Cogió el dosier del caso y, delante de ella, lo hojeó.

Ella también extrajo de su cartera su propia documentación.

—Marisa... Y me puede decir, ¿en qué está especializada? —le preguntó Daniel, para romper el hielo en esta primera conversación, aunque ya se sabía por encima su historial laboral.

—Claro, inspector Hurtado —le contestó con una sonrisa—.

He estudiado la formación superior de Informática, y antes de trabajar en el CNI, estuve en Tecnologías de la Información del antiguo Ministerio de Medio Ambiente.

En el propio CNI he estado primero de apoyo en Informática y ahora en Criptología.

—Pues esos conocimientos y experiencias nos van a ser de mucha utilidad en la búsqueda de la desaparecida. Además, supongo que usted estará familiarizada con las distintas bases de datos a las que nos han dado acceso. —Y señaló la primera página del informe.

—No de todas, estamos muy especializados y en mi destino actual de criptología más aún.

—Debe de ser un trabajo muy interesante.