La heroína de Cibeles 2
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En la Brigada de Investigación de

Delitos Contra las Personas

Lunes, 4 de diciembre.

Daniel Hurtado preguntó lo de siempre cuando entró en su pequeño despacho de la brigada.

—¿Alguna cosa? —interrogó al inspector jefe Ramírez, de la sección de Secuestros y Extorsiones.

—Sí, inspector jefe Hurtado, un caso relacionado con el 17-N. Lo tiene en su mesa.

Habían pasado ya diecisiete días desde el atentado, y había sido el Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), dependiente del Ministerio del Interior, el que se había encargado de las investigaciones.

El Centro lo integraban personal del Cuerpo Nacional de Policía, Guardia Civil, Vigilancia Aduanera, Instituciones Penitenciarias, Fuerzas Armadas y del Centro Nacional de Inteligencia.

El autodenominado grupo DAES, culpable de los atentados que asolaban Europa, se lo había atribuido, por lo que el inspector Hurtado se extrañó al ver la carpeta. En su portada rezaba el título de «Confidencial. Caso Cibeles.»

—¡Que no me moleste nadie! —dijo al aire a nadie en particular, refiriéndose a los demás policías de su brigada que trabajaban en una gran sala, y cerró su puerta.

Como no solía cerrarla habitualmente, porque le gustaba tenerla entornada, primero por ver lo que hacían sus subordinados y segundo por dar amplitud a su propio des pacho, ese solo detalle ya avisaba a los demás ocupantes de las mesas de alrededor de que necesitaba concentración.

Antes de abrir la carpeta supuso, sin lugar a dudas, que este sería un caso distinto.

En la primera página se le remitía a ampliar informes en determinadas bases de datos, de las que se le facilitaban las claves y datos de localización.

Un oficio acompañaba al resto de la documentación.

Era del secretario de Estado Director CNI, adscrito al Ministerio de la Presidencia, que en tono oficial le solicitaba que Homicidios y Desaparecidos, una de las secciones de la brigada que él dirigía, se encargase de encontrar a una joven.

Realmente no era una desaparecida en el sentido estricto de la palabra, pues nadie había denunciado su desaparición, pero sí una persona a la que la recién creada Asociación de Víctimas del 17-N buscaba, por un lado, y por otro,

el Gobierno de Madrid que quería concederle la Medalla al Mérito Ciudadano.

El informe que seguía a la presentación era un resumen de los hechos acontecidos el día 17 de noviembre.

En principio, el relato de lo acaecido no difería de lo que cualquiera hubiera podido leer en los periódicos o ver en los medios de comunicación o en las redes.

El ametrallamiento de los cuatro autobuses en Cibeles, la reacción de la policía, la cruenta batalla que había terminado con la vida de absolutamente todos los terroristas, que el cabecilla intelectual había muerto en un control de la frontera en Irún, y poco más.

Pero después de describir los hechos ya publicados, en una separata titulada «La pasajera del autobús 14», comenzaba la descripción de otros acontecimientos, apenas conocidos superficialmente por el resto de los ciudadanos.

Sí se había sabido, por diversos testigos, ante la ausencia de víctimas mortales en el último de los autobuses que había entrado en la plaza de Cibeles, que, gracias a una heroína anónima,

todos se habían arrojado al suelo pocos segundos antes de que las balas de las ametralladoras barrieran el frente del autocar.

Los demás conductores de los autobuses, metidos en su cabina protegida, también resultaron ilesos.

En sus investigaciones el CITCO había reproducido la secuencia de los hechos en cada uno de los autobuses y sin embargo no supo dar con la mujer que había dado la voz de alarma en el 14.

Contaban con una docena de testigos y prácticamente cada uno relataba una versión algo distinta, pero entre todos había unas coincidencias que daban una imagen de la heroína: era muy joven, de unos veinte a veinticinco años, rubia, más bien alta, complexión media.

Una descripción común a miles de jóvenes que no aportaba ningún dato original por el que comenzar a buscar, pensó Daniel.

Pero lo más extraño era que estaban seguros de algo: había resultado herida y puede que de gravedad.

Sobre la espalda de la madre que había salvado se había encontrado abundante sangre, que no era de ella.

Aun cuando lucía numerosos hematomas, la mamá no tenía ninguna herida que hubiera provocado ese derrame.

Incluso la ropa del bebé había resultado salpicada por las heridas, que se suponían eran de bala.

Después leyó un breve informe de todos los heridos, distribuidos por los hospitales en los que habían sido atendidos o ingresados, haciendo mención expresa al autobús o coches en los que viajaban cada uno de ellos.

Sesenta y seis heridos en total, de ellos treinta y seis varones.

El resto, treinta mujeres, de ellas había que descontar cuatro niñas y doce mujeres mayores de cuarenta años.

De las jóvenes, investigadas todas, ninguna cumplía el perfil de la pasajera que buscaban, en principio.

Se acompañaba también lista exhaustiva de los fallecidos, ninguno de los cuales pertenecía al autobús 14, como se había comentado anteriormente.

En este punto, el informe remitía a otra base de datos con el detalle exhaustivo de todos los heridos, los que habían sido

atendidos en la carpa que se instaló en Cibeles, y en los hospitales, con mención expresa a los que recibieron asistencia ambulatoria y los que se habían quedado ingresados, y de los fallecidos. En el informe de los muertos tampoco se encontró el más mínimo rastro de la joven.

Por último, se encomendaba a la sección de Homicidios y Desaparecidos la atípica búsqueda de la desconocida.

La persona de contacto, y que además de servir de enlace, se incorporaría a trabajar en el equipo de su sección sería un miembro del Centro Nacional de Inteligencia (CNI).

Lo presentaba su secretario de Estado Director y en las líneas siguientes aportaban sus datos, nombre, teléfono y correo electrónico.

Se trataba de la funcionaria María Luisa Cuesta López, de veintiocho años de edad, natural de Almagro, provincia de Ciudad Real, y que había estado destinada anteriormente en la Dirección de Apoyo a la Inteligencia, en la división contra el Terrorismo, sección de Informática.

Pertenecía por oposición al grupo A2, y provenía del antes llamado Ministerio del Medio Ambiente.

Actualmente trabajaba en el Centro Criptológico Nacional del CNI.

Vamos, una espía proveniente de los funcionarios de la administración civil, pensó Daniel, que no tenía mucha idea del trabajo que se cocía en el CNI.

Pero toda ayuda era bienvenida para un caso en el que tendrían que trabajar al revés de los demás de desaparecidos, primero había que averiguar la identidad de la persona, para luego poder buscarla.

Después figuraban una serie de teléfonos, fijo y móvil, y su dirección oficial de correo electrónico.

Era hora de llamar a uno de sus inspectores de confianza, Angus Ondarreta.

Con su eficiente inspectora Esther Alonso no podría contar, de momento.

Desde hacía una semana estaba metida de lleno en el caso de un niño desaparecido, quizás raptado por algún familiar, y tenía prioridad absoluta.

Esther había aceptado esa investigación con emoción contenida.

Aunque intentaba disimularlo, Daniel sabía de sus aspiraciones de ascenso a comisaria, su gran ilusión.

Y este tipo de casos con niño, si salían adelante, eran de los que servían para un mayor lucimiento profesional.

Angus no le había podido acompañar para resolver el caso porque el desarrollo de las investigaciones les había llevado a Cádiz.

Además del problema económico de la brigada para pagar doble dieta, no podía quedarse sin dos de sus mejores inspectores tanto tiempo.

Recordó que había visto a Angus en la oficina.

Se asomó por la puerta. Lo localizó ante su pantalla.

Le miraba atento, el inspector Ramírez le habría comentado la extraña carpeta que le había puesto en su mesa y Berta habría rematado la faena terminando de estimularle con palabras susurradas sobre el misterio que rodeaba el futuro caso.

Sonrió para sus adentros, manteniendo su serio rostro habitual.

—¡Inspector Ondarreta, a mi despacho, por favor!

Angus se había iluminado como las bombillas de un árbol de Navidad. En los casi dos años que llevaba con él en la brigada, no había perdido ni un ápice de entusiasmo. Cualquier caso que se saliera de la rutina era para el joven un premio extraordinario.

—Antes que nada, Angus, por favor, dígale a Berta que haga una copia más de este dosier.

Berta era la antigua telefonista, que había ascendido por medio de unos exámenes de funcionarización, a auxiliar administrativa y lo que surgiese.

Servía de gran ayuda en la redacción de muchos y tediosos documentos y en tener al día el archivo de la brigada, tanto en papel como en medios electrónicos.

Era una señora de mediana edad y buen carácter, muy apreciada por todos los inspectores y con paciencia de santo para aguantar las particularidades de todos ellos.

En breve, dispusieron de una copia para Ondarreta y entró en el despacho del inspector jefe.

Dado lo exiguo de su cubículo, solo tenía sitio para dos visitantes, en un par de sillones confidentes enfrente de su mesa.

Le indicó que se sentase en uno de ellos con un gesto de mano, señalándolo.

Su inspector se acomodó y abrió la carpeta.

Le hizo un breve resumen de lo que había leído, mientras hojeaba el material. Después le encomendó las primeras investigaciones.

—Lo primero que vamos a hacer, y para eso cuento con usted, es cotejar de nuevo todos los listados.

Vamos a empezar de cero. Angus, dedíquese a investigar a los fallecidos y a los heridos.

No quiero dejar ningún cabo suelto desde el principio.

Así se familiariza con los nombres de las víctimas.

Puede usar las bases de datos que nos han ofrecido, la copia en su ordenador y las amplía lo que haga falta, persona por persona.

Es imprescindible hacerse con fotos de todos y no descartar a priori a nadie, ni por edad ni por sexo.

Cuando lo tenga, se pasa por mi despacho.