La heroína de Cibeles 1 17-N
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La heroína de Cibeles

La heroína de Cibeles

Por Marta Maria Huerta Rodriguez

© inepub.com

1 17-N

El día en el que apareció como una heroína fue el tristemente recordado 17-N.

Los ocupantes del autobús 14, antes de pasar por la madrileña plaza de Cibeles, no sospechaban ni por asomo la tragedia que se avecinaba sobre la capital española.

Sabían, como casi todo el mundo, que el país estaba en alerta 4 por amenaza terrorista.

Los atentados en Bruselas, París, Berlín o Londres les habían impactado, pero eso no alteraba el día a día de los pasajeros de aquel autobús y de los demás que se vieron implicados.

Eran las ocho de la mañana del viernes y ya se veía a algunos jóvenes con la pequeña maleta de ruedas para el fin de semana.

Casi todos los viajeros del vehículo ocupaban sus manos en algún tipo de tecnología, ya fuera con sus móviles o libros electrónicos.

Ya era difícil adivinar qué libro escalaba al primer lugar del ranking de los transportes públicos.

Antes todo el mundo leía El código Da Vinci o Los hombres que no amaban a las mujeres, de la trilogía Milenium.

Cuando todo el pasaje va distraído en su repetido trayecto diario es difícil que alguno de ellos esté atento a lo que ocurre en los lugares por los que va pasando el autobús.

La rutina es ciega a los pormenores y es normal que la gente no se fije ni en los compañeros de asiento, o si van de pie y agarrados a la barra, en los que van tomando con ellos las curvas que va trazando el vehículo o frenando ante cualquier contingencia del tráfico.

Solo de vez en cuando, un detalle atrapa la atención del viajero, un joven con rastas u otro con el pelo de colores o piercings, o un señor o señoras muy mayores protestando porque nadie les cede su asiento.

Y fue gracias a una afortunada casualidad que todos los ocupantes del 14 pudieron salvar sus vidas. Desgraciadamente, en los otros tres vehículos —el 27, el 45 y el 150— no hubo nadie que diera la voz de alarma, lo que provocó gran número de víctimas.

Cuando comenzaban a entrar en la plaza de Cibeles, los cuatro autobuses coincidieron en el semáforo y parada anterior a la plaza.

A la altura de la fuente y justo enfrente del ayuntamiento de la ciudad.

Es hora punta en el paseo del Prado, que un metro más atrás adopta el nombre de paseo de Recoletos y medio kilómetro más, hacia la plaza de Castilla, se convierte en el famoso paseo de la Castellana.

El tiroteo se inició contra los cuatro autobuses azules cuando entraron en la plaza.

Una veintena de hombres armados con metralletas, colocados en los parterres de flores que hay enfrente de la fuente, se pusieron en línea y comenzaron a la vez a disparar cientos de tiros, arrasando chapas y vidas en pocos segundos.

Los tres primeros autobuses fueron los que recibieron el mayor número de impactos, sembrando el horror y la muerte entre los cristales.

Incluso los ocupantes de tres coches, que fatídicamente rodeaban la plaza, también fueron alcanzados por las balas.

El 14 entró segundos después, que también fueron determinantes. Al ser el último, habían subido menos pasajeros. Estos se habían acomodado en los autobuses anteriores, que hacían el mismo recorrido hasta Atocha. Cuando comenzó el baile mortal, una pasajera gritó a todos sus ocupantes:

—¡Al suelo, al suelo, nos atacan! ¡Al suelo, al suelo, nos atacan! —repetía una y otra vez. Y todos a una se tiraron sobre el negro piso del bus.

Sin embargo, en el medio del autobús, en la zona destinada a los minusválidos y a los carritos de bebé, se encontraba una mujer con su hijo, protegido el niño por el cinturón de seguridad de su propio cochecito.

La madre intentaba desabrocharlo desesperadamente.

La joven salvadora apartó las temblorosas manos de la madre, desabrochó el cinturón y cogió al niño del capazo.

Inmediatamente, echándose sobre la madre con el niño en su pecho, cayeron al suelo cuando ya los tiros de las metralletas impactaron contra el autobús.

Luego se supuso que alguna de las balas le debió de rozar a la heroína porque manchó con su sangre a la madre y al hijo.

Ya no cayeron más ráfagas hacia el 14, la policía que custodiaba el Ayuntamiento por un lado y el Banco de España, por otro, había reaccionado y se produjo un intenso tiroteo entre los terroristas y las fuerzas de seguridad.

Después, el caos se apoderó de la ciudad, cientos de personas huyendo a pie, las ambulancias que intentaban llegar a la zona cero, el hospital de campaña, la evacuación de los heridos y de los muertos.

El 17-N arrojó un trágico balance: setenta y cuatro pasajeros muertos, entre autobuses y coches, trece policías y los veinte terroristas también muertos, además de decenas de heridos.

Madrid, tocado otra vez por la desgracia, se sumió en otra depresión, de las mismas proporciones que aquel 11 de marzo de 2004.

Soy un hombre, y por lo tanto tengo a todos los demonios en mi corazón.

Charles Padre Brown

El martillo de Dios