La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo XI
94%

Capítulo XI

Cuando un hombre apareció en la puerta, Osborne, tomado por sorpresa, saltó emitiendo un gruñido como el de un animal y abrió el cajón del escritorio para agarrar su pistola. El otro ni se inmutó; simplemente se acomodó la máscara pálida que llevaba puesta.

—Descuide, hombre —dijo—, no vengo a lastimarlo. No es necesario que siga apuntando. Al fin de cuentas, estamos del mismo lado, ¿no?

El lobista no pudo responder, tampoco iba a disparar; simplemente lo observó, sabiendo lo que era. Se sentía cada vez más acorralado. Desafiar a la hermandad era poner una soga no solo en su cuello. El otro continuó:

—¡Vamos, vamos! Baje el arma.

El hombre dejó la pistola junto a la computadora, sin superar el nerviosismo inicial.

—No creo en la violencia —señaló el otro—, pero si después de todo rompe el acuerdo, no imagino el infierno que significaría para todos.

—Por supuesto, no faltaré a mi palabra —objetó con severidad—. El maestro lo sabe, así que tampoco faltará a la suya.

El de la máscara atravesó el salón de una manera muy particular, como si las zancadas que daba adelantaran sus piernas antes que el torso, un ademán que a Osborne le resultó llamativo. Luego se detuvo pesadamente frente a él.

—¿Lo tiene? —preguntó bruscamente.

El lobista extrajo una memoria del cajón; iba a entregársela, pero un segundo antes se detuvo.

—La muerte es buena... —dijo.

—Solo por ella alcanzamos la sabiduría —completó el visitante.

Tras una pausa, añadió.

—Serán días difíciles.

—¿Qué quiere decir? —preguntó el lobista extrañado.

—La verdad —explicó con voz serena—. He sido enviado especialmente aquí para asegurarme de que todo siga según el plan. Señor Osborne, ha servido bien a la hermandad.

El siguiente movimiento fue completamente inesperado: el sujeto pasó de la inmovilidad a una agilidad casi acrobática, tomó la pistola y le disparó en la sien.

Osborne cayó de golpe, como un madero sobre la mesa.

—Bueno, supongo que la reunión ha terminado —exclamó con cinismo el asesino, mientras guardaba la memoria en su bolsillo—. Será mejor que mantenga la puerta bien vigilada; cualquiera puede entrar con oscuras intenciones.

Luego, con una increíble imperturbabilidad, se volvió y echó a andar hacia la salida.

El lobista había comprobado una dolorosa verdad: en efecto, sirvió a los once y fueron meses de agonía para él, pero solo la hermandad iba a sacarlo del dilema en que se hallaba; poco menos podía esperar.

Siempre pensó que ninguno de sus actos se sostenía en el honor.

Con todo, no tuvo tiempo de saber que, al desprenderse de su compromiso, también redimió a Dale de su culpa.

Habían tenido tantas conversaciones sobre la situación que nada haría suponer algo distinto de un suicidio.

Las semanas siguientes se llevaron a cabo múltiples negociaciones en las que se acordó —durante el día y en las noches de fiesta en los clubes, con distintos líderes de los partidos tradicionales y de los grupos de poder independientes— la transición del poder.

En muchos casos, se trataba de simples sobornos y de la forma de encubrirlos lo suficientemente bien.

Se firmaron contratos con cada funcionario que ejerciera un cargo estratégico dentro de la administración: un abanderado, un secretario, un legislador y todo aquel que participara de una mesa electoral.

A cada uno se le garantizó el pago a su entera satisfacción, un incentivo a cambio de información para formalizar el acuerdo.

La otra opción era una condena a muerte y toda clase de suplicios para los familiares; lo uno no excluía lo otro: no iban a salvarse.

Tenían ambos pies bien metidos en el lodo

Extraoficialmente era lo que ocurría; ante el público, se presentaban como los cambios esperables en cualquier legislatura, en parte para superar la delicada situación del país y depurar el aparato burocrático.

Incluso se daban entrevistas y se hacían tomas de posesión formales y solemnes con el ministro o director de turno.

—¡Miren! ¡Qué amables y dispuestos se muestran todos! —exclamó con humor el maestro—. Creo que haremos de esta una gran nación; apenas hemos podido rescatarla de las garras de la injusticia. ¡Y cómo nos costó! —señaló.

—¡Sin duda! ¡Absolutamente! —aplaudieron los miembros de la camarilla—. No puede decirse con más precisión —intervino otro—. Tenemos un pasado, pero el futuro será prometedor, absolutamente notable —expresó con voz confiada.

—Deben entender algo, señores —habló con superioridad e indiferencia un ministro reunido con ellos—. No es lo mismo ser gobernado que gobernar —y añadió—: mantener las clases sociales donde están, ese siempre ha sido el programa. Asegúrense de no olvidarlo.

El comentario provocó la respuesta inmediata del maestro.

—Conozco bien el programa, mi apreciado señor —respondió con voz severa—.

No se equivoque: nos hemos elegido a nosotros mismos, no dependemos de una mayoría ni tenemos oponentes.

Tampoco precisamos de maniobras turbias; usted hoy, en esta recámara, responde a lo que pueda ofrecernos y no a una carrera destacada.

Cabe señalar, eso sí, que, en estos nuevos tiempos, no toleraremos que hombres infames pretendan exhibir sus fingidas cualidades. Recuerde que su poder y fortaleza vienen exclusivamente de la hermandad —y añadió:

—Usted ha demostrado ser un hombre fuerte en la contienda.

¡Un verdadero pitbull! Sabe lo limitado que es el grupo de ministros, aunque casi siempre son los mismos, o los mismos detrás de ellos.

De vez en cuando, por supuesto, podemos presentar un nuevo miembro; en esta ocasión hemos pensado en usted; puede ser una de las figuras destacadas del gabinete.

Sí, tiene cualidades, puede gestionar una crisis, como ya lo ha hecho.

Sin embargo, es una lástima que aún no entienda su lugar en todo esto, ¿sabe?

Los intereses del país son primero, y el país pronto será la hermandad.

Los demás aclamaron sus palabras con un creciente frenesí, lo cual sorprendió al invitado. ¿Cómo pretendía cuestionar un poder semejante? Entonces, con modestia, se disculpó por su cinismo.

Una noche, durante un mitin público, el mismo sujeto cayó inconsciente en medio de una trifulca provocada por algunos ciudadanos furiosos, quienes reclamaban ante el escandaloso incremento de los impuestos.

La falta de subsidios a las cosechas, el deterioro de las vías, el desbordamiento de canales de aguas residuales.

En medio de las agitaciones, el gobierno se hundió en la controversia, cada vez más desprestigiado.

La hermandad encontró en ese momento la plataforma social que esperaba; tenían todas las posibilidades de cautivar al pueblo.

—¡Es cuestión de aprovechar la inconformidad! —repetía siempre el maestro—. Resulta más sencillo de lo que parece.

Fue entonces cuando emergieron las figuras de destacados banqueros, empresarios y personas de diversas disciplinas, completamente ajenas a la política, como candidatos de una nueva coalición reformista.

Estos, en el fondo, solo eran hombres corruptos y sin escrúpulos, controlados por la camarilla y completamente indiferentes en lo que respecta a los asuntos ciudadanos.

Provenían de una clase social desconectada y ajena, cuya tarea era participar en las elecciones generales, primarias y especiales, ejercer su influencia cualquiera fuera la nominación y sumergirse por completo en la vorágine de sobornos y ardides políticos.

Paradójicamente, fue el boca a boca lo que les dio mayor visibilidad.

Esta vez, la comunidad estaba segura de que se acabaría el sufrimiento, el desempleo y los hogares perdidos; simplemente, detestaban a la clase gobernante tradicional.

Sentían que debían limpiar aquel establo político con ínfulas aristocráticas.

Una noche se reunió la camarilla. Se tomaría una decisión importante.

—Esta asamblea —comenzó diciendo el maestro— no tiene por qué ser larga, aunque sí decisiva.

Hemos tenido el honor de compartir con los mejores hombres y mujeres; también hemos elegido a espléndidos representantes en posiciones de alto poder, cargos que hasta hace pocos meses estaban ocupados por usurpadores y pícaros.

Como saben, las circunstancias nos favorecen ampliamente. El pueblo ha hablado —señaló.

Todos escuchaban sus palabras con solemnidad.

—La crueldad innecesaria y cualquier cosa que se le parezca me repugna —comentó—; si bien lo que hemos logrado no es una tarea sencilla, exige firmeza —hizo una breve pausa, tras la cual prosiguió—: Mis hermanos, nos corresponde esta noche elegir, entre los mejores, al hombre que representará el destino de esta nación.

Si alguno propone un nombre, lo someteremos a votación. Si nadie lo hace, solo podré pensar...

¿Debo, acaso, rendirme a mis sentimientos y entregarme a este deber cívico?

Como saben, no estoy acostumbrado a los entramados de la política; nunca he participado de una nominación.

La cuestión es: ¿hay otros como nosotros?

Como colectivo, no hemos practicado una vida de privilegios; sin embargo, en ese punto, me encuentro obligado a dar respuesta a la cuestión.

Mi deber no es otro: todas nuestras pequeñas renuncias, nuestro ascetismo, nos han traído hasta aquí.

«A esta ruptura abierta, cruda y pública», afirmó.

No es una responsabilidad que pueda evadir.

Luego comenzó a ir en silencio de un lado a otro de la recámara, inmerso en reflexiones. Finalmente, se detuvo.

—Creo que hablo por todos al decir que es usted quien debe representarnos, maestro —se escuchó una voz de mujer, seguida de un estruendoso aplauso.

—¿Todos secundan esta propuesta? —confirmó el líder.

Los demás asintieron.

—Con los hombres y mujeres de este país tengo un compromiso —dijo con voz conmovida—. Cuentan con nosotros, y no estamos solos en este asunto. Hemos logrado agrupar una fuerza significativa. Hagamos esto con la valentía que corresponde.