La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo XI #2
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Capítulo XI #2

Discutieron durante un buen rato el asunto; se reunieron durante varios días, elaboraron planes y activaron sus conexiones políticas.

En las calles circulaban rumores de que en las próximas elecciones participaría un desconocido—un hombre ajeno a la política tradicional, tan diferente que se podía afirmar con seguridad que nunca había existido un candidato como él.

Los medios de comunicación, en sus transmisiones vespertinas, comenzaron a preguntarse de quién se trataba; buena parte de las noticias eran sobre él. Hasta que finalmente se anunció:

«Para sorpresa de la ciudadanía acostumbrada a los nombres tradicionales, anoche el misterioso candidato presidencial radicó su inscripción y competirá junto a viejos conocidos en las próximas elecciones».

En el sótano del club Aethelgard, frente a los suyos, el maestro se sacó la máscara, dejando apreciar el semblante de un hombre de mediana edad cuyos rasgos y porte le favorecían enormemente.

Esa noche pronunció uno de los mejores discursos jamás escuchados: en cuanto quedó establecido quién era el nuevo candidato, las noticias y las calles estuvieron fuera de control.

Los ciudadanos decentes estaban seguros de que la nominación era la línea divisoria entre la gestión corrupta que habían conocido durante años y una administración limpia, honesta, capaz y profesional, a la que toda persona de bien podía aspirar.

Estaba decidido, no era necesario plantearse otra opción; esa era la candidatura que los representaba en un momento tan crítico para los asuntos del país.

La corrupción y la incompetencia descarada serían erradicadas: sobre eso versaban sus elocuentes discursos.

—¡Nos levantaremos y comenzaremos un nuevo orden! —exclamaba en la plaza pública—, limpiando nuestras ciudades del peor horror que han conocido y haciendo todo lo posible para recuperar nuestras calles del crimen y la fechoría.

Los principales medios de comunicación no tardaron en convertirse en aliados incondicionales del movimiento.

—Erradicaremos el desempleo, el narcotráfico y la violencia, defenderemos a las familias y las tradiciones —invitaba con firmeza—.

Recuperaremos la seguridad. Hago un llamado a toda la comunidad, a los que creen en la vida, para que acompañen este nuevo gobierno, iniciando así las reformas necesarias.

Por primera vez en la historia, profesionales, docentes, científicos, amas de casa, las clases medias y altas, los menesterosos, se posicionaban de forma tan contundente al lado de un candidato. Era sorprendente.

Cuando las elecciones terminaron y un nuevo gobernante se encaminó hacia el asiento presidencial, el expresidente Taylor, que aspiraba a su segundo mandato, reconoció, con un sentimiento de humillación, que había subestimado lo que el poder cívico podía lograr.

Fue una derrota aplastante. Esa misma noche, en su reconocimiento ante el sorpresivo triunfo del nuevo candidato, afirmó:

—En política no existen eruditos. Le deseo muchos éxitos al nuevo presidente y que mantenga la línea que la sociedad ha elegido.

Luego se despidió discretamente. La mejor opción del gobernante saliente fue aquel discurso suave y ambiguo, de tal manera que dejaba en la mente del electorado la sensación de seguir siendo una opción de poder.

Después de todo, de nada le servía ser ofensivo con su rival, aunque sabía perfectamente de quién se trataba.

De cualquier modo, seguía confiando en su talento y en el poder acumulado a lo largo de los años.

Creía que, con tenacidad y tras dejar esa impresión institucional, aunque un poco falsa, iba a volver a acariciar el poder en cualquier momento.

En su hora fatídica, confiaba en que lo mismo creyeran los ciudadanos, quienes, por su parte, frente a las pantallas, solo pensaban que hacía el ridículo.

Cabe señalar que, con el paso del tiempo, la tiranía aumentó y ahora se exhibía en todas sus formas a pleno brillo del día.

El gobierno, uno de los más infames de los últimos años, estuvo dispuesto a mostrar su fortaleza ante cualquier muestra de inconformismo.

El presidente no ocultaba su aire de superioridad; lejos de disimularlo, alardeaba de ello.

—Hice esto y aquello —gritaba frente a las cámaras, en las calles, a lo largo de los campos.

Proclamaba manifiestos, expedía todo tipo de decretos absurdos y grupos de personas lo ovacionaban a dondequiera que iba, mientras él sonreía y se mostraba satisfecho.

En los clubes, sus agentes, manchados de sangre, seguían llamándolo el maestro.

El pueblo sentía que tenía derecho a estar indignado porque, de pronto, se encontró completamente excluido de las decisiones del gobierno.

Sus reclamos eran ignorados, sus mítines sofocados sin compasión, los medios informaban todo tipo de falsedades, noticias irrelevantes y tediosas. La gente estaba completamente alterada.

Durante toda su vida habían confundido las señales.

¿Algún día encontrarían a alguien que en verdad los representara?

, se preguntaban unos a otros. Mientras las atrocidades aumentaban, los aplausos al nuevo gobierno pronto se fueron apagando: las ovaciones iniciales dieron paso a expresiones cada vez más feroces.

A medida que se aprobaban decretos asfixiantes, entre las sonrisas y el entusiasmo del pasado se abrió la puerta a una furia incontenible.

En su despacho, el presidente se vio obligado a firmar la Ley de Insurrección. Mientras gritaba:

—¡Rodarán cabezas! ¡Rodarán cabezas, sí! —con una voz que sonaba como un grito despiadado.

Fin