La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo X #2
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Capítulo X #2

La trágica imagen de la joven decapitada seguía presente en su mente, y sus pensamientos transitaban sobre el peligro inminente que lo acechaba.

Quería moverse, correr, hacer cualquier cosa menos permanecer inmóvil; sin embargo, estaba indefenso, completamente sujeto a la silla, con un sudor copioso brotando de su frente.

Podía escuchar la respiración de esa criatura casi sobrenatural que, apenas unos minutos antes, le había enseñado una cabeza dentro de una botella como si nada.

No podía dudarlo ni por un instante: si no era la de Dale la que estaba exhibida, era, simplemente, porque él se hallaba en esa recámara oscura.

Cuando, al fin, pudo incorporarse, prometió servir a los intereses de la hermandad, revelar las fuentes de diversos sobornos y los beneficiarios de los mismos (no solo políticos, sino magistrados, fiscales y directores de diversos organismos).

Esto era opuesto a la discreción que lo caracterizó durante años; con todo, resultaba una concesión necesaria.

Uno de los hombres con máscara lo acompañó al ascensor.

Fue obligado a retroceder cuando la puerta se abrió, mientras el guía revisaba su interior.

El aparato subió los tres niveles; entonces, se detuvo de golpe.

Sentía el cuerpo como si lo hubieran molido a golpes.

Un sensor encendió las bombillas apenas salieron.

Al final de ese corredor, entraron de lleno al salón de baile.

El lobista se adelantó hacia la puerta, hasta donde lo acompañó el de la máscara.

Ante él, se extendía la ciudad de Gray Oaks.

Levantó la cabeza y sintió el viento que silbaba y cambiaba de dirección, dando paso a la lluvia que se anunciaba en la forma de una tenue neblina, aunque el cielo seguía despejado.

Unos pasos adelante, sobre la acera, se detuvo a observar los árboles, las ramas y las hojas agitadas.

Aquí y allá, alguien avanzaba presuroso.

Siguió adelante, sintiendo el propio crujir de sus suelas en el suelo húmedo.

—¡Mierda, Dale! —exclamó con enojo—. ¡Mierda, qué fue lo que hiciste! Acabas de mandar todo al infierno.

Entonces cayeron las primeras gotas. Habría querido lanzarse a una camioneta que pasaba por la avenida y morir sobre el pavimento, el problema es que esa posibilidad estaba descartada.

A la mañana siguiente, comenzó a redactar una lista. En cada nombre se detenía un instante con expresión consternada.

Los informes presentados a la hermandad mencionaban a legisladores, directores de departamentos y comisionados; cada proyecto y el nombre del congresista encargado de impulsarlo, así como los aspectos legales y turbios alrededor de este.

En la vida pública, la existencia de esa clase de hombres no sorprendía a nadie; otro asunto era que alguien tan inhumano como el maestro accediera a esa información privilegiada, aprovechándola para su propio beneficio, lo cual debería preocupar a todos.

El lobista estuvo tan inmiscuido en los asuntos nacionales y locales como para conocer de sobra los gabinetes, lo que se dijo en cada cena, los acuerdos con grupos diplomáticos, incluso las historias familiares.

Una herencia aquí, un desliz allá. Los nombres mantenidos lejos de los reflectores y los medios de comunicación comenzaron a aparecer.

Nadie mejor que Osborne para alcanzar popularidad en aquellos círculos de poder.

Gracias a su propio esfuerzo, logró mantenerse por décadas y ganar una mediana autoridad.

Por eso le dolía tanto: su situación era difícil.

Para colmo, no podía morir. Reflexionaba sobre esa posibilidad, sabiendo que su propia vida era la garantía para conservar la de Dale.

Le resultaba inaudito estar atrapado en medio de un complot semejante. Meses antes habría sido impensable; ahora, la hermandad le había declarado la guerra a todo el estamento.

La información revelada supondría la derrota para muchos hombres poderosos.

Se trataba de un juego demasiado obvio y también peligroso.

Su mente y su cuerpo se mantenían en un estado de máxima alerta a fuerza de pastillas, aguardando ser emboscado o salir en la primera plana de las noticias tras un extraño incidente en lo alto de unos escalones, al borde de la acera.

Eran demasiados los frentes que estaban abiertos.

Para mantenerse en contacto con el maestro, tenía un teléfono encriptado y una ubicación exacta desde donde comunicarse.

Las puertas de los clubes estaban completamente cerradas para él.

La paranoia lo llevó a cargar una pistola consigo.

Cada vez que daba vuelta al cerrojo de la puerta, imaginaba que del otro lado esperaba una trampa.

Imaginaba a un grupo de asesinos esperando.

Revisaba cada noche si la habitación, en efecto, estaba vacía y sin señales de haber sido ocupada recientemente.

Examinaba el escritorio, las lámparas y ventanas en busca de cámaras o cualquier otro dispositivo de grabación.

Pero, a expensas de esas inquietudes, sabía que debía mantenerse vivo.

Si algo le ocurría, acabarían con Dale enseguida.

Sus pensamientos no solo surgían del pánico, sino del afecto.

Eran movidos por el temor de que un acto repentino acabara con la existencia de ambos.

Estaba condenado a seguir por él, aunque careciera de todas las virtudes personales.

Quienes habían sido sobornados comenzaron a hablar entre ellos. Nadie entendía con exactitud lo que pasaba, pero estaban seguros de que se trataba de una rata que entendía perfectamente todos sus movimientos. Era todo: debían hallarla.