Capítulo X
La historia que todos contaban sobre la hermandad era la de un grupo de personas adineradas que, de algún modo, movían las cuerdas del poder más allá de Gray Oaks.
La historia encontraba, sin embargo, múltiples discrepancias, decenas de versiones de los mismos hechos.
En ellas aparecían y desaparecían de repente sus miembros.
Nadie sabía a ciencia cierta lo que venía sucediendo en la ciudad.
Una sola prueba valdría más que todos los supuestos para entender lo que hacían.
Mientras tanto, se seguía hablando de toda clase de crimenes, sótanos a los que se llegaba a través de ascensores y escalones.
Luego estaban los clubes, de los que a las cinco de la mañana comenzaban a salir en formación un sinnúmero de personas drogadas, para regresar a sus refugios oscuros y confiables.
Pero, aunque se revisara minuciosamente cada rincón de los edificios, buscando una conexión con esas historias y los comportamientos inusuales de sus dueños, jamás se encontraría nada, simplemente rumores sobre personas que habían entrado allí para nunca salir.
Mientras tanto, la situación en Gray Oaks seguía empeorando.
Los traficantes campeaban a sus anchas. Se decía que la hermandad era quien pagaba para mantener su poder criminal y las narices del gobierno fuera de las calles.
Por supuesto, nada sobre ellos se mencionaba en las noticias; de cualquier modo, la ciudadanía estaba preocupada y temerosa.
El crimen se convirtió en un negocio lucrativo y quienesquiera que lo dirigieran seguían enriqueciéndose rápidamente, adquiriendo tanto poder que pronto controlarían el condado, acaso el país, si es que no lo hacían ya.
Seguramente, más de uno intentó resistir su poder y despertó solo para descubrir que no podía hacerlo.
La protección era sumisión. Existir en Gray Oaks era cargar con un tributo del que nadie conocía su paradero, pero que, a lo largo de los años, absorbía buena parte de las ganancias del ciudadano común y las empresas.
Todos estaban obligados a pagar y se conformaban con, al menos, poder seguir viviendo.
La hermandad era apenas distinguible. Nadie sabía cómo habían obtenido su poder; como es de suponer, ninguno se atrevía a negarlo. El hecho es que simplemente dictaban quién debía servir o morir.
Sin embargo, fue el muchacho Dale Osborne quien, sin pretenderlo, halló una fisura inesperada.
Meses después de dejar el Black Meridian casi moribundo, una noche que ahora parecía distante regresó liderando una asonada en compañía de los pandilleros del este.
Hasta ese día, nadie se había atrevido a desafiar el poder de los once.
Lamentablemente, la proeza le costó la cabeza a un gran lobista, quien fue aplastado despiadadamente sin ninguna posibilidad de oponérseles.
Si algo se rumoreaba sobre los once era que nadie se atrevía a molestarlos ni interferir en sus planes. ¿Se equivocó Dale? ¡Absolutamente!
—Fue una fanfarronería del muchacho —se quejó el propio señor Osborne— cuando mencionó a uno de sus colegas la forma en que más de dos tercios de quienes creía cercanos y a los cuales había llenado tantas veces los bolsillos lo habían lanzado a las fauces de aquel monstruo, impidiendo vetar una partida en el presupuesto.
Hasta ese día creyó poder influir y mover los votos a placer, frenar y promover cualquier ley.
Frente a la hermandad, sin embargo, reconoció el insignificante poder que tenía.
De modo que, sin pensarlo demasiado, aceptó servirles.
Con la poca reputación que le quedaba, se puso enteramente en sus manos.
Con todo, ¿qué le impedía a la hermandad ir tras el muchacho?
Es difícil creer que su cabeza no siguiera en la lista tras lo sucedido.
La mayoría habría dudado del acuerdo, excepto que el miedo casi siempre basta para persuadir de las propuestas más inconvenientes. Sin ningún poder, estaba completamente envuelto en esa trama, sin saber lo que vendría a continuación.
Con todo, le alivió seguir con vida después de que el maestro se entretuviera blandiendo una afilada espada de acero frente a él; la reunión que habían sostenido resultaba difícil de olvidar y terminó por garantizar su compromiso con los Snout.
Así era como recordaba aquellos eventos: el que llevaba la máscara se levantó y lo que había sido silencio por largo rato se volvió una disertación. Los demás miembros querían oír lo que tenía para decir, de modo que no tardó en empezar.
—Usted, señor Osborne, ha estado en la mesa junto a importantes legisladores, pero a partir de esta noche nosotros seremos su gobierno.
Creo que lo disfrutará. Confiaremos en su palabra.
No le pedimos mucho a cambio, teniendo en cuenta las circunstancias.
Por ahora, su muchacho estará bien. Recuerde, estamos de su lado.
Simplemente necesitaremos cada registro de las transacciones que realizó, los sobornos, pero, más importante, cada palabra pronunciada por esos dignos hombres que lideran la nación.
Los otros diez comenzaron a aplaudir.
—Permítame enseñarle algo —exclamó casi emocionado, mientras se acercaba a un recipiente cubierto por una lona. Acto seguido, tiró de ella.
Y, a medida que la retiraba, el contenido comenzó a cobrar forma.
Al destapar por completo el recipiente de vidrio de unas once pulgadas de diámetro, se reveló una monstruosa escena: la cabeza de una mujer sumergida en alguna clase de líquido incoloro.
Parecía tan preservada que podía reconocerse en ella un bello semblante.
Aquello provocó un sobresalto en el lobista, quien se fue de espaldas hacia el respaldo de la silla.
En medio del desconcierto, los demás comenzaron a vitorear.
Osborne permaneció en silencio, al borde de la inconsciencia, pálido y temblando de horror, mientras el maestro observaba al grupo.
Enseguida se aproximó a él y, tras una breve pausa, se sentó de nuevo, tomó una de las espadas que estaba sobre la mesa y comenzó a darle vueltas. Entonces, con una voz tranquila, dijo:
—Me disculpo, señor Osborne. Es inexcusable haberlo tomado así, por sorpresa.
Es completamente natural su reacción —continuó hablando completamente controlado—.
No sabía cómo interpretaría esto. La mayoría de los crímenes son posibles por ingenuidad o exceso de confianza, pero no se desanime.
No lo hago responsable por no reconocer la naturaleza de Dale.
Él simplemente responde a una admirable tendencia humana.
—¿Qué haremos entonces? —dijo, como interpelándolo—.
El pobre desdichado, responsable de lo que acaba de ver, ahora está muerto; no pudo soportar la idea de tal atrocidad.
¿Qué piensa usted? Es solo una cabeza cercenada, ¿verdad?
A veces las personas pierden la cabeza por distintos motivos.
¡Imagínese, algo tan natural en la Edad Media!
Sin embargo, a usted lo protege algo: las conexiones que hizo durante su vida, pero, sobre todo, el instrumento clientelista en el que terminó convirtiéndose.
Eso, señor Osborne, es astucia —y continuó—debo reconocerlo, usted no es el tipo de hombre que parece.
Hay algo tan peligroso como la muerte, ¿sabe qué es? La codicia.
Demostraba una gran habilidad para la elocuencia.
Su franqueza era desconcertante. Al admitir que un crimen tan terrible no tenía ninguna importancia para ellos, le señalaba su propia condición en aquel juego.
Elegía las palabras con tanta habilidad que ni siquiera parecía estar intimidándolo.
Todo lo opuesto: le ofrecía la autonomía para tomar sus propias decisiones.
Por supuesto, se trataba de una farsa. Apenas había llegado a esa recámara, sus posibilidades se habían reducido por completo.
De hecho, la formalidad de la visita solo consistía en ratificar lo que ambos sabían.
—¿Qué es más valioso para usted que la vida misma? —preguntó—. ¿Qué puede ofrecer a esta hermandad, señor Osborne?
El hombre hizo un ademán, sin responder.
—Bueno, digamos que usted ha venido a comprobar su valor y debe hacerlo de la forma correcta. Tiene un propósito específico: servir a los once —dijo observándolo con atención—. A veces, el conocimiento implica culpa, pero también redención —comentó con voz despreocupada.
—¡El conocimiento es redención, el conocimiento es redención! —corearon los otros.
—Así que recuerde siempre el motivo de esta visita, el asunto en particular que lo trajo aquí, no como una idea vaga, señor Osborne, sino como una premisa de vida.
El lobista reflexionó durante un instante. No tenía que ahondar en los hechos que lo tenían allí. Luego asintió.
—Parece que tenemos un acuerdo —señaló el otro—. Podemos dar por terminada esta reunión. Le aseguro que ambos hemos ganado. No podíamos dejar las cosas como estaban, ¿verdad? —y añadió—. Ha hecho bien al presentarse ante nosotros esta noche.
Hizo un gesto y le señaló la puerta.
Osborne escuchó con todos sus sentidos alerta, casi creyendo que sus oídos le mentían, pero no era así.
Esa voz como un susurro escalofriante lo estremeció.
Paralizado por el miedo, incapaz de moverse, observaba la máscara siniestra, sin saber quién aguardaba del otro lado.
Frente a los gestos invisibles, dudaba que se tratara de un ser humano.
Había estado junto a los políticos más corruptos del país, capaces de las peores atrocidades.
Sin embargo, por primera vez sentía un temor tan insoportable y una profunda aprensión ante un peligro inminente.