La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo IX
78%

Capítulo IX

—Seguramente, de haber sabido que su muchacho Dale estaba con los Basement Kings, lo habría mencionado, ¿verdad? —dijo el maestro con tono firme, pero no violento—. De lo contrario, no estaríamos teniendo esta conversación.

—Al principio lo presentí, aunque jamás pensé que ideara algún tipo de complot contra la hermandad —respondió la voz del otro lado de la línea—.

Últimamente... ya sabe, después de lo que pasó.

Sin embargo, le aseguro que no existe conexión entre él y esa organización criminal.

Cuando me enteré, traté de hacerlo entrar en razón.

En verdad, aún me cuesta creer que se haya asociado con esa banda. Él no sabe que yo lo sé.

La hermandad debe saber que mantengo mi palabra. Por supuesto, cuando decidí formar parte, ese fue el acuerdo. Pero, como comprenderá, no puedo simplemente decírselo. No tiene idea de mi relación con los Snout.

—¿Tiene la información, señor Osborne?

—En efecto, la tengo... del líder de la pandilla y también de su jefe. Obtuve los mensajes que compartieron y tenían una referencia al asesinato de un tipo. Puedo enviárselos ahora mismo. Creo que es la prueba de quién está detrás de esto.

—Entiendo —comentó el otro—. No me está diciendo nada nuevo.

Con obstinación, el hombre siguió mencionando lo que sabía, aun cuando reconocía la dimensión de la situación en la que se hallaba.

Se deslizaban por su cabeza toda clase de ideas; hacía rato había advertido que era demasiado tarde.

El asedio de la pandilla del este lo dejaba en una posición incierta, atrapado entre lo que creía saber de la hermandad y lo que se decía de ellos.

Ningún escenario resultaba alentador. En el fondo, temía aquel poder casi sobrenatural, tan terrible que lo obligaba a cargar con una culpa que, sin ser suya, debía admitir. La inquietud se volvía insoportable.

En la habitación silenciosa, frente al escritorio, parecía olvidar su propio nombre y sus dignidades.

La voz al otro lado de la línea no le resultaba desconocida.

Dale acababa de abrir una puerta que todo hombre debería mantener cerrada y a través de la cual dejaba pasar la más terrible certeza: solo le quedaba obedecer lo que la hermandad dispusiera.

Allí donde la razón intentaba reconstruir los eventos, el remordimiento provocaba una profunda herida.

Pretender ofrecerle refugio ni siquiera dependía de él; por eso buscaba desesperadamente resarcirse.

Se sentía fuera de sí mismo, descubriendo que, de abrirse más, esa puerta conduciría a una inevitable muerte.

A menos que ofreciera algo a cambio.

De esa convicción surgió precisamente la siguiente pregunta.

¿Qué pasaría si...? Los hombres más poderosos de la ciudad no necesitaran pasar a licitación abierta el proyecto de infraestructura más grande de los últimos años en Gray Oaks, porque existía un candidato idóneo para adelantar las obras.

Solo debía convencer a las personas adecuadas de que era la decisión correcta.

Fue explícito y estaba dispuesto a hacerlo. Sin embargo, no se encontraba en una buena posición y, a menos que la mayoría lo apoyara, se jugaba su autoridad y la vida de Dale. Tenía buenas intenciones y, de ser necesario, movería algunas fichas aquí y allá.

Por el cambio instantáneo en el tono del maestro que escuchaba del otro lado del teléfono, el sujeto supo que había dado en el clavo.

De momento, por supuesto, no era más que un juego de simulación.

—Bueno, tendrá que contarme su plan en detalle, por supuesto, no por teléfono.

El pobre infeliz sintió un ligero escalofrío al escucharlo. A un auricular de distancia, era lo más cerca que quería estar de la hermandad. La paciencia no era precisamente una cualidad de los once.

—Sí, por supuesto —confirmó—. La falta de aire le parecía de lo más natural—. Me alegra que hayamos tenido esta conversación.

—Debería —señaló el interlocutor—. Le ha conseguido unos días a su muchacho.

—Sí, si lo desea, podemos reunirnos —evadió el asunto con voz nerviosa.

—La próxima semana estaré en Abyss Drop. Lo espero a las siete.

—A esa hora está bien —susurró el aterrado hombre.

—Muy bien, señor Osborne. Hasta entonces.

El pecho le saltaba con furia, lleno de horror. Llamó a Dale y le ordenó que se marchara de la ciudad, específicamente que desapareciera. Por si algo no salía bien.

Osborne comprendió que, independientemente del resultado de la entrevista, la tarea de mantener a Dale vivo recaía sobre él. Sin embargo, no tenía un plan alternativo en mente.

A la hora y el día acordados, esperaba en la puerta de Abyss Drop. El portero, un corpulento exboxeador, lo saludó con respeto.

El hombre mencionó el motivo de su visita.

—Déjeme verificar —dijo el otro, observándolo con curiosidad. Luego sacó su teléfono para enviar un mensaje.

—Oh, sí —dijo con voz ronca, volviendo la atención al visitante—. El señor lo espera.

A la hermandad le convenía mantener sus instalaciones apartadas y, más aún, con un diseño que permitiera conectar las plantas inferiores con las superiores.

Los once miembros accedían por un angosto pasillo al final del cual aguardaba un ascensor; esta misma ruta siguió el visitante.

El sótano tres era el destino que buscaba.

Al abrirse las puertas, fue recibido por uno de los hermanos, quien usaba la máscara y llevaba el atuendo distintivo. Tenía motivos de sobra para estar aterrado, pues, en realidad, Dale había cometido una ligereza imperdonable.

—¿Cómo está, señor Osborne? —dijo el maestro—. Me alegra verlo. Siéntese junto a nosotros —añadió, invitándolo a la mesa donde aguardaban los demás.

Estos simplemente asintieron al verlo.

—Bueno —continuó el líder—, parece que viene a contarnos su plan.

—Sí, en efecto —dijo el hombre, sintiendo como el sudor se le deslizaba por la frente mientras se recostaba en el respaldo de la silla.

Por supuesto, no era un lobista de alto nivel. Lo mismo estaba sobreestimando su influencia que fanfarroneando, pero no lo creía. Se sabía capaz de cerrar un acuerdo. Solo le preocupaba que otros intereses desconocidos se estarían moviendo y cuál era el margen de control que tenía.

De modo que llevó la conversación hacia medios de comunicación y campañas políticas.

De manera astuta, se ubicó en el centro de una gran red de sobornos, halagos e intrigas que permitirían sellar el acuerdo.

Además, su ventaja consistía en estar mezclado con los legisladores y compartir con ellos en los pasillos y cafés del Capitolio.

Con todo, Osborne no encajaba en ninguna categoría.

Podía ser influyente o irrelevante por igual.

Si bien mostraba audacia combinada con conocimiento de los mecanismos diseñados para repartir dinero y distribuir proyectos, por los cuales con frecuencia se embolsaba una suma considerable, la diferencia esta vez consistía en que el fracaso no era una opción.

—¿Quiere algo de beber? —preguntó el maestro, aproximándose a una jarra en el centro de la mesa.

—No. Se lo agradezco —gruñó el hombre—. No acostumbro... desde hace un par de años.

—Bueno, en ese caso —señaló el otro—, probablemente sepa algo que nosotros no. Nos interesa escucharlo.

—Por supuesto, señor. Se trata de la revitalización vial de la ciudad.

El de la máscara asintió.

—Ahora bien, ¿qué pasaría si un miembro de la mayoría veta la asignación presupuestal hasta que la agencia municipal encuentre un licitante idóneo...?

El otro se echó hacia adelante rápidamente.

—¿Se refiere a que conoce a alguien con el cargo adecuado para mover el asunto internamente?

—Sí —señaló el hombre.

—Muy bien, Osborne —fue la respuesta—. Unos billetes no serán problema.

Aun así, no ofreció ninguna garantía ni explicación plausible de cómo lo haría. El hombre se sentía aturdido, estupefacto. Una sensación de terror se apoderó de él.

En ese punto, reconocía la necesidad de mostrar resultados, aunque tuviera que presentarse ante el mismísimo presidente para instarlo a entregar los contratos a sus aliados. Debía, más allá de toda perturbación, aparecer con una solución en las siguientes semanas.

Tan pronto como abandonó el club, se puso en contacto con algunos colegas.

Debido a su reputación y al hecho de que el Congreso celebrara sesiones por esos días, encontró la oportunidad que buscaba.

Durante alrededor de una semana estuvo moviendo el asunto, mientras las compañías licitantes aguardaban con creciente ansiedad una resolución.

Motivados por intereses opacos, algunos legisladores comenzaron a considerar el aplazamiento.

Cuando se programó la votación final del presupuesto, la tensión en el Capitolio alcanzó un tono dramático.

Sorpresivamente, los representantes a favor de firmar y aprobar las partidas fueron mayoría y el destino de Osborne pareció quedar sellado por esa decisión.

Incluso después de que el presidente anunciara el final de la sesión, cuando el salón quedó en silencio, el lobista permaneció sentado, cabizbajo. Finalmente, se incorporó y tomó su teléfono para hablar con Dale.

En ese momento, la secretaria entró sigilosamente y le susurró algo al oído. El hombre pareció avergonzado, respondió algo ininteligible y se marchó a toda prisa.

Conmocionado, se dirigió al centro de visitantes. Sus pasos eran vacilantes, como si presintiera una gran tragedia.

—Dale —dijo con voz temblorosa—, ha sucedido algo. No puedo explicártelo. Si no te he llamado en los siguientes días, no intentes contactarme.

Interrumpió la comunicación abruptamente y enseguida se comunicó con el maestro.

—Señor, el resultado fue inesperado —expresó—.

Hace unos minutos, los representantes decidieron aprobar el presupuesto.

Quienes nos acompañaban debatieron hasta el límite de las posibilidades; al parecer, una misteriosa llamada, en los últimos minutos, cambió el resultado de la votación.

Exigí hablar con el presidente, pero no tengo comunicación directa con él.

Tiene que haber alguna forma de solucionar este problema.

Por supuesto, siempre se puede hacer algo más, aunque, dadas las circunstancias, exigirá más tiempo.

El silencio del maestro indicaba que algo inusual estaba sucediendo.

Transcurrieron unos segundos. El lobista contuvo la respiración, con la atención fija en el aparato, esperando una respuesta que no llegaba.

De repente, la voz del otro lado volvió a escucharse por el altavoz, muy distante. Desbordado por la ansiedad, Osborne tomó nuevamente el teléfono y lo llevó a su oído.

—Hace un par de años —comenzó diciendo el maestro, tras la pausa—, había un tipo... aunque es una historia que prefiero contarle personalmente. Lo espero el sábado en el club.

En Gray Oaks existe una hermandad que no necesita fuerzas sobrenaturales para ejercer su control; le bastan la vigilancia, el miedo, la corrupción y esa particularidad de los seres humanos que les hace preferir las mentiras antes que una verdad capaz de destruirles.

Por eso, la decisión de Osborne era como la de tantos otros: habían llegado a creer que decidían sobre aquello que fue resuelto desde mucho antes.

Toda la barbarie que ejerciera la hermandad para someter a sus súbditos no era más que la misma tendencia cruel y destructiva que la humanidad ha ejercido siempre. El poder, a lo largo de los siglos, permanece inalterable.

La tortura del lobista no consistía en el empalamiento ni el látigo; solo estaban prolongando su agonía.

Era un hombre sometido a un poder que lo superaba, un servidor que formaba parte de una comunidad que hábilmente digería los recursos de la nación: sanguijuelas burocráticas a las que un generoso Estado, sostenido por un ejército inagotable de menesterosos, alimentaba.

Sin embargo, esta vez terminó atrapado en la soga por azar, no por elección.

En efecto, se produjo un cambio notable en él —no tanto físico como mental—, en la forma de comportarse.

De ser maravillosamente ágil y enérgico, se volvió completamente apático.

Sus alargados dedos habían desaparecido de los bolsillos de los congresistas; acorralado, su reputación se fue al traste.

Osborne estaba tan hundido en el lodo que no había lugar para una negociación con la hermandad, pero además su peso político no era tan sustancial para soportar el impasse del veto presupuestal.

No se trataba, por supuesto, de un inconveniente menor: sus principales clientes habían salido despavoridos.

Tanto para su prestigio como para su fortuna, fue un golpe terrible.

Dale era ambicioso, a veces indolente, alineado con otras necesidades. El ingenuo siempre creyó que inhalar polvo y consumir pastillas lo llevaría a algún lado. No, no tenía sentidos muy agudos, ni siquiera para las actividades ilícitas.

El lobista comenzó a sentir un hondo resentimiento; con su inteligencia y determinación, era absurdo encontrarse envuelto en esa trampa, urdida por la hermandad —y además a causa de las imprudencias de su muchacho—, lo hacía reclamar con frustración: «¡Él se lo buscó!».

Pero la compasión del vínculo directo era superior a la sensación de enojo que le causaba, de modo que esperó lo que fuera que la vida le deparara.

La política siempre fue su interés más absorbente y, una vez terminados sus años universitarios, se había dedicado de lleno a ella.

Se volcó completamente para ganarse la vida y ascender.

A los jóvenes de su posición social nada les resulta sencillo.

Sin embargo, ofreció lo mejor de sí mismo; al mismo tiempo, nunca fue alguien que se conformara con la mediocridad.

Para él, un salario mensual era el trayecto más rápido a la mendicidad. Quería poder y solo la política iba a dárselo. Así que se convirtió en secretario de un congresista, no por dinero sino por información, y durante años sirvió dentro y fuera del cargo, en el resplandor y la oscuridad.

La inteligencia discreta lo llevó a un lugar donde alguien de su condición jamás llegaría. Saber cómo moverse fuera de las convenciones, influir en personas más poderosas que él, resultó más inesperado y provechoso de lo que imaginaba.

Su error fue cambiar de perspectiva: dar cabida, en su fortaleza de bienes materiales, al compromiso, a un interés genuino por otros.

Un heredero jamás manejaría bien una fortuna si se le pone tan cerca de la tiranía.

Al muchacho lo cubrió de bienes, pero fue incapaz de enseñarle que la ambición, bien dosificada, es la clave de cualquier logro.

¡Cómo pudo ceder ante la propuesta de un desconocido y, en medio de una absoluta irreflexión, ponerse en el sendero de la hermandad!

La sociedad que, a pesar de su resistencia, lo tenía atrapado, terriblemente controlado. Todo lo que le quedaba era la servidumbre y no la cambiaría por la vida de Dale.