La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo VIII #2
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Capítulo VIII #2

Solo diez minutos después, el caos sacudió la esquina de Glintrock Road y la 39, a dos calles del club.

La pelea entre los Zephro Boys y Basement Kings alcanzó proporciones alarmantes.

Enconado por lo sucedido semanas antes, Dale Osborne logró convencer a la banda del este de iniciar una reyerta que no era asunto suyo.

El primer golpe lo dieron ellos; la sangre en la camiseta de Grid despertó la furia de sus compañeros, quienes abalanzaron sobre los agresores.

—¡Reacciona! —le gritó alguien a Orville, que estaba aturdido en el suelo—. Le disparé a uno, pero no creo que muriera. ¡Esto es un verdadero desastre!

El hombre se levantó a regañadientes, con un dolor insoportable en las costillas.

—Tú estás al mando —gruñó otro—. Nos has metido en un lío, hombre. ¡Esto es culpa tuya!

En una esquina, Osborne había subido en un vehículo con placas oficiales. No era normal que un delincuente de poca monta fuera transportado en un auto como ese. Era el reclamo que le hacían los otros.

Gates les ordenó que se alejaran de la calle.

Entonces se adentraron por un callejón angosto.

De pronto, sonó un silbido agudo. Era el hombre de la máscara que custodiaba el Fever Garden, les hacía señas desde el extremo opuesto.

Cuando se acercaron, resonaron cuatro disparos directamente sobre ellos.

El pasadizo quedó anegado de sangre. Grid gritaba y se retorcía de dolor, haciendo un esfuerzo por levantarse, pero poco después murió.

Orville, sin preguntar, siguió al secuaz de la hermandad.

Poco después bajaban por unos escalones estrechos hasta llegar a un sótano oscuro.

Al final de este aguardaba una puerta que conocía.

—¡Vamos, jefe! —exclamó el muchacho cuando fue presentado ante el maestro—. No sabíamos a qué nos enfrentábamos, ellos nos tomaron por sorpresa.

—Siempre debemos cuidar nuestros pasos. Una noble intención es, en ocasiones, la forma más rápida de caer al infierno.

Sé que hubo bondad en tus actos y haré lo que se debe para evitar tu sufrimiento.

Somos nosotros quienes decidimos cómo actuar en situaciones como esta, ya se trate de las bandas rivales o de cualquier otro asunto.

Debiste informarnos. ¿Ahora sabes por qué los segundos al mando no toman decisiones?

En ese momento entendió que todo terminaba.

La Recámara se hallaba prácticamente desierta, excepto por los muebles anticuados y aquel símbolo en el muro, junto a las espadas de acero brillante.

Se sentía solo dentro de ella; sin su pandilla no era nadie.

El maestro vagaba de un lado a otro de la habitación, observándolo con extrañeza detrás de la máscara.

Advertía en aquel reflejo la visita de la muerte y la sensación de soledad que trae consigo.

Había prometido sufrir en silencio, porque en el fondo anhelaba un descanso que él mismo se había negado.

Aparentemente, en vano había servido a la hermandad, año tras año.

El grupo esperaba sentado en sus grandiosos sillones, observando cómo se desvanecía la noche.

En cualquier momento entraría el sol por la pequeña abertura que oficiaba como ventana.

Los minutos envejecían y se desvanecían, al igual que su propia existencia.

Salvo por eso, no discutía la decisión del maestro; lo cuidó, le dio su primer empleo, por eso lo veneraba.

La idea de haberle fallado era lo que le atormentaba.

Sabía que ser derrotado no tenía cabida en una organización como esa, y por eso anhelaba el cierre definitivo.

Por eso, cuando se anunció el final, lo encontró preparado.

Uno de los que aguardaba en las sillas tomó un viejo libro y comenzó a cantar en una lengua desconocida. Gates se sintió estremecido y, con un suspiro, recordó sus pequeños días de grandeza. ¡Ojalá pudiera regresar el tiempo!, pensó.

¡Recuerdos! Era todo lo que le quedaba en esa bóveda oscurecida, casi siniestra, y, sin embargo, nada podía reclamarle al hombre de la máscara, alguien a quien consideraba su padre.

Se despedía del vínculo más genuino que había conocido.

La solemnidad del momento indicaba que también para él líder se trataba de una dolorosa partida.

Mientras vagaba por sus pensamientos, se preguntaba qué habría hecho distinto con su existencia, adónde podía haber ido.

Estuvo al servicio de los Snout desde los diecinueve años.

Pocas veces había regresado a casa sin cumplir con el deber exigido por quienes se sentaban en los sillones bermejos; muchas veces en silencio, durante semanas, meses y años.

No, no estaba frente a un desconocido. Conocía el compromiso.

Las normas de la hermandad habían sido las suyas: no cometer ninguna falta, aniquilación del pasado, reserva absoluta, aceptación del castigo, la bondad de la muerte y respeto a la jerarquía.

Los años le habían inculcado el sentido del sacrificio; no contaba con intereses personales, solo con el cumplimiento irrefutable del deber, lo que le causaba un dolor profundo que no podía combatir ni superar.

¿Por qué el silencio del maestro? Mientras aguardaba impaciente la muerte, él lo sabía.

En su vago gesto reconocía una imagen, el silencio de un padre. Una larga conversación en ese momento no tenía ningún sentido. La puerta seguía cerrada, no se abriría para que saliera, nadie lo esperaba afuera ni tampoco alguien se enteraría de lo sucedido.

Eso era todo. Sobraba cualquier explicación. Inclinado de rodillas como estaba, se encontraba en el umbral de algo que temía descubrir, una noche oscura, un abismo de silencio. Era lo justo.

Entonces, la mano derecha del maestro se alzó en el aire y, por un instante, pareció vacilar. Luego, con fuerza, duramente, descargó la espada. La cabeza salió despedida para luego rodar por el suelo. Orville Gates se había ido.