Capítulo VIII
Era una noche calurosa, de esas en las que no ocurre nada, sin noticias políticas ni siquiera novedades sobre la guerra en Europa. Los miembros de las pandillas morían de aburrimiento en los sofás de los clubes, por la naturaleza excesivamente tranquila de los acontecimientos.
Como sucedía habitualmente, los Zephro Boys esperaban en el Fever Garden por algo refrescante, algún crimen, una pelea, un enfrentamiento en plena calle, en fin, ¡algo! Para no sentir que en Gray Oaks no quedaba absolutamente nada por hacer.
Mientras los cinco sujetos, abandonados al tedio, aguardaban como si estuvieran de vacaciones, quejándose por no estar haciendo algo que valiera la pena, en otros clubes se cometían los delitos comunes que no despertaban especial interés entre las clases acomodadas.
Sin embargo, algo estaba a punto de cambiar y convertirse en uno de esos momentos en que el caos explota sin previo aviso.
El grupo observaba a las jóvenes que llegaban al club en busca de diversión y adrenalina, mientras ellos seguían quejándose por la falta de acción.
Desde la cabina de sonido, una voz femenina dio la bienvenida al público.
Todos corrieron al centro de la pista y el ambiente se llenó de risas y música.
Había toda clase de hombres y mujeres que gritaban, bebían, bailaban y esnifaban... al son de la ensordecedora música.
—Bueno, señores, será mejor que busquemos ocuparnos —sugirió uno de ellos.
Otro suspiró hondamente. Los demás levantaron la cabeza.
—Si pasara algo interesante —añadió alguno más.
—¿Cómo qué? —preguntó el primero.
—¡Qué sé yo! Una nueva droga o algo —gruñó el compañero.
—¿Ahora? —replicó el que le hablaba—. Hombre, sabes que dentro del club es delicado.
—¡Por todos los cielos! ¡Qué calor! —dijo bostezando el quinto—. Deberíamos salir un rato.
—Pero ¿a qué?
—Bueno, a consumir algo.
—Es sencillo decirlo —intervino otro—. ¿Con qué excusa nos vamos? Le decimos al grandote —añadió, señalando al hombre en la puerta—: «¡Oye, vamos a drogarnos, ya venimos!».
El silencio se extendió entre ellos.
—Ya deja eso... —protestó el primero y cambió enseguida de tema—. El domingo estuve en la zona este... —explicó, como dudando—. Parece que un tal Dale Osborne ha estado haciendo preguntas.
—¿Quién?
—Parece ser un Wanksta. Dicen que no es de Oaks —explicó.
Todos observaron al que hablaba y uno de ellos preguntó:
—¿Y de qué va?
—Algo relacionado con el Black Meridian.
—Bueno, podemos averiguar —indicó un compañero.
—Ya lo mencioné con uno de los señores —comentó—. Me dijo que el maestro era quien decidiría.
—¡Vamos, hombre! Puede ser algo formidable. A veces hay que tener iniciativa —insistió aquel, un joven gordo con gorra, hundido en su asiento mientras bebía una cerveza.
El otro alzó la cabeza.
—¿Qué?
—Que si ese tal Osborne es un problema...
—¡Cálmense, muchachos! —interrumpió—. Sí, podemos averiguar con discreción, solo eso.
Los otros se mostraron satisfechos.
—¿Qué vamos a beber?
—Vodka —indicó el que permanecía más callado.
—¿Vodka? —repitió incrédulo el que habló antes—. Yo tomaré una cerveza. ¡Ustedes pidan lo que quieran!
—Cambiando de tema, ¿es cierto que conoces al maestro? —preguntó el más nuevo del grupo.
—Sí. Aquí mismo. He hablado algunas veces con él —dijo, golpeándose el pecho con orgullo.
—¿Y hace cuánto...?
—Años —añadió, sin dejarlo terminar. Llevó la mano derecha al bolsillo, como para enseñarles algo, pero se contuvo—. En este tiempo he aprendido mucho de él. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada, es interesante lo que se dice.
—¡No vuelvas a decir eso! —le reclamó con tono enérgico—. Nada de lo que se cuenta en la calle debe importarnos, ¿sabes? Son comentarios sin ton ni son —concluyó, observándolo fijamente—. Suenas como un puto poli...
El muchacho guardó silencio enseguida.
—No somos los encargados del club, solo estamos aquí para vigilar. Así que pongan atención a lo que sucede y guarden sus preguntas. Una salida en falso puede costarnos la vida —ordenó con voz seria. Luego levantó la botella—. ¡A su salud, muchachos!
Después comenzaron a hablar sobre cosas menos interesantes, algunas historias lejanas, lo que pasó y vivió cada uno. Todos reían, asentían con la cabeza.
—Es cierto, muchachos. Así es la cosa —volvió a hablar el que parecía tener mayor rango—. Es como un equipo de soccer: yo soy su capitán, nuestro lugar está dentro de la cancha y un verdadero capitán debe ser discreto. Aquí se mueven más billetes de los que ustedes gastarían en varias vidas.
Los demás se observaron extrañados.
—Tenemos un poco de eso, ¿acaso quién necesita más? Todos ganan buen dinero, ¿no?
—Sí, no vamos a quejarnos —corroboraron.
—Ya lo ven —añadió—. Si no nos dicen mucho, es mejor. Saben que podemos organizar grandes cosas, venir al club y recibir el dinero.
Los demás movieron la cabeza en gesto de aprobación.
Entonces sacó del bolsillo un gran fajo de billetes.
—¿Lo ven? ¿Qué les parece? Con esto tengo suficiente —dijo, y luego se acercó a la mesa—. Señores, yo puedo contarles cosas, pero es algo que no necesitan conocer. Los encargados del club, por supuesto, tienen sus negocios, cosas de locos, tan extraordinarias que ni llegamos a imaginarlas.
—Esperen —hizo una pausa—. Puedo mostrarles algo.
Enseguida buscó en el bolsillo de su pantalón una bolsita que contenía unas píldoras y la vació en la mesa.
—¿Ustedes creen entender de drogas? ¿Saben el valor de estas pastillas? —resopló—. Mucho, muchísimo dinero. Estas las llevo de muestra.
Los demás suspiraron.
—¿Quieren saber quiénes son los asociados de la hermandad? —dijo, alargando las palabras—. Las personas que tienen tanto dinero como para pagar lo que hay en esta bolsa, y cosas todavía más exclusivas.
Hubo un largo silencio.
Después de la pausa, se dirigió al novato:
—Ya sé que tú no me conoces; aun así, te voy a dar el mejor consejo de tu vida: no preguntes nada, ¡donde quiera que vayas!
¡A ninguno de nosotros! Simplemente observa y reporta.
Sé que quieres demostrar tu valor. Aun así, te daré un consejo: disfruta de tu dinero, ¿comprendes?
Compra lo que quieras, un auto, una casa.
Puedes venir conmigo cuando quieras y pedirme un consejo —y continuó—, pero compórtate siempre de manera honrada con quien está poniendo ese dinero en tus manos.
El joven parecía un poco agobiado, si bien lo escuchaba atento.
—¡Ajá! Gracias por decirlo —habló al fin—. Comprendo lo que me dices. ¡Al fin de cuentas, tú tienes más experiencia que yo! Y eso cuenta.
—¡Qué quieres decir, hombre! ¡Eso no! No se trata solo de experiencia. Si me das un auto, debo saber conducir; si no sé hacerlo, aprendo. Si quieres preguntar por mí, pregunta en cualquiera de los clubes. Pero debes saber a quién preguntar...
El muchacho sacudió la cabeza.
El otro prosiguió.
—Tampoco es sobre gente culta o experiencia. Es sentido de supervivencia. Hay cosas que se callan y preguntas que no se hacen —gruñó el hombre—. Si ustedes le van con cuentos a la persona equivocada... ¿Comprendes?
El compañero asintió.
—La gente de la que les hablo no es como nosotros.
Son empresarios, banqueros, políticos —dijo—.
Yo sé que la mayoría viene a un club como este a gastar dinero y drogarse.
Ustedes pueden verlo. Pero quien se sienta al lado...
—señaló con el índice de la mano derecha— puede ser la persona más poderosa que conocerán en su vida.
Este no es un club de música y bebidas, es un centro de operaciones, donde encontrarán a la gente más rara que hayan visto —dijo con voz muy baja—.
¿Y saben qué? No van a querer relacionarse con ellos y tampoco quieren tener un negocio como este.
—Es muy cierto —comentó uno.
—¡Lo es! Porque los verdaderos criminales no se ven como nosotros. Aquí viene gente muy rica, muchachos, grandes comerciantes. ¡Carajo! —exclamó.
Como sea, pueden ver entrar un día al presidente de este país y tendrán que convencerse a ustedes mismos de que no es él. ¡No, no puede ser él!
—Tienes mucha razón —certificó otro de ellos—. No debe importarnos qué hace aquí, si es presidente de una compañía o si construye avenidas y cosas parecidas.
—¡Ya lo creo! —validó el compañero—. Tendrá buenos motivos y montones de dinero.
Los demás lo escuchaban pensativos.
—Cómo vuela el tiempo —exclamó luego, observando su reloj—. Los acompañaré a la salida. Me alegro de haber tenido esta charla. Si alguno quiere dar un viaje, conozco un tipo confiable, a solo dos cuadras.
Orville Gates, el líder de los Zephro Boys, se disponía a seguir hablando cuando, con expresión desconcertada, se llevó el teléfono al oído para escuchar un mensaje de voz.
El tintineo del aparato hizo que todos permanecieran junto a él, como por un impulso aprendido, esperando alguna orden.
En el callejón trasero, el sonido se escuchaba distorsionado, mezclado con el ronquido enérgico de las pistas finales que venían del club. Iban a ser las cinco.
El hombre escuchó con atención. Era un experto en detectar problemas y su experiencia le decía que sus compañeros aún no debían ir a dormir.
Con un gesto de preocupación, echó a andar silenciosamente por el pasadizo, deteniéndose primero frente a Grid, su lugarteniente, y luego avanzó hasta el fondo, junto a un contenedor de desperdicios.
Por un momento examinó con atención a sus compañeros. Sabía que su liderazgo dependía de su capacidad para ganarse el respeto; por eso, aunque se mostraba preocupado por el mensaje, no quería precipitarse.
—Bleak, de la zona este, está pensando en tomar el club por sorpresa —murmuró mientras regresaba a donde aguardaban los otros.
De repente, sonó el timbre de su teléfono y respondió de inmediato.
—¿Sí? —dijo—. ¿Qué? ¿Estás seguro? ¡Mierda! ¡Date prisa! —su voz sonaba ahogada.
—¡No podemos movernos de aquí! —ordenó—. ¡Será mejor que estemos atentos, no sabemos a qué nos enfrentamos!