La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo VII
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Capítulo VII

Al otro lado de la calle, en la avenida Tymber Drive, se encuentra The Last District.

Este club fue durante mucho tiempo el cuartel general de la pandilla Vokshari, un lugar famoso por sus constantes peleas callejeras.

Aunque el lúgubre distrito todavía es frecuentado por individuos temidos en su propio entorno, el local funciona bastante bien; tanto así, que desde allí se controla buena parte de los negocios criminales de la ciudad mediante un elaborado sistema de influencias y sobornos.

Para sus propietarios, el poder político es clave.

Esta alianza no solo mantiene a raya a los competidores, sino que ha hecho que muchos identifiquen el lugar como un club privilegiado donde un favor se paga con otro.

Por eso, el local vive asediado por jóvenes ambiciosos y por fracasados que, de vez en cuando, hallan la fortuna necesaria para salir del abismo.

Sin embargo, para un negociante mediocre, todos los proyectos suelen ser pésimos: es propio de los soñadores creer que hacer negocios con el demonio no tiene consecuencias.

De cualquier modo, resulta sencillo persuadir a la gente; es casi una vocación.

En ello, la hermandad Velvet Snout tiene todas las de ganar.

Sus armas son cuentas inagotables, reputación, todo tipo de artimañas y un conocimiento sórdido de la ciudad.

Todo respaldado por una gran astucia, una absoluta falta de escrúpulos y los privilegios que les otorgan sus contactos en las altas esferas del poder.

No hay verdadera recompensa para los optimistas que se acercan a la puerta, desesperados por impresionar a los once y ganar sus favores. Esa oportunidad suele ser una entre un millón y, aun así, donde la oscuridad gobierna, los límites suelen perderse.

Frente al gigantesco local, la acera resonaba con el golpeteo de los tacones en la noche.

Promotores, vendedores y oportunistas se agolpaban a la entrada, ejemplificando a la perfección la decadencia de Gray Oaks.

El lugar era el portal a otro universo: una suerte de farmacia musical donde comprar todo tipo de drogas bajo un espectáculo a la altura de los mejores eventos globales.

Cualquiera que lo visitara por primera vez quedaba impresionado.

Era un sitio magnífico, lujoso como ningún otro, con un escenario capaz de albergar a la banda de moda, zonas exclusivas y las bebidas del momento.

¡Muchas cosas habían sucedido en su interior!

Desde crímenes sin sentido hasta la proliferación de perversiones y vicios de todo tipo.

Era el escenario ideal para un viaje sin límites, a costa de una enorme cantidad de billetes y la exposición a horrores indescriptibles.

Cabía esperar que alguien sensato no se rindiera a tales placeres; sin embargo, otros con menos inclinación reflexiva disfrutaban plenamente de la amplia variedad de alucinógenos.

Al final del día, nadie se iba sin probar algo.

Así pues, los compañeros Luca Ryan, Nathan Carr y Helen Hopkins pusieron rumbo al club y entraron entre bromas, sin imaginar la forma en que saldrían de allí. Uno de ellos no lo conseguiría.

Cuando pasaron la puerta, se dirigieron a un lugar privado.

Allí había unos cómodos sillones reclinables dispuestos en círculo, y los tres se dejaron caer apresuradamente sobre ellos.

El lugar estaba diseñado para complacer a los clientes de una forma que no les habría pasado por la cabeza un instante antes.

—¡Vaya lugar! —exclamó ella, maravillada, mientras se erguía en su asiento.

Ryan, el anfitrión, por ser quien conocía previamente el establecimiento, abrió un frasco y extrajo unas diminutas pastillas.

—Esto, compañeros —dijo—, será el mejor viaje de sus vidas. Llegó el momento de divertirnos. No necesitamos nada más durante las siguientes horas.

Casi como una ceremonia de iniciación, depositó el pequeño comprimido en la mano derecha de cada uno y señaló:

—Dado que es su primer vuelo, tomemos antes un trago.

Helen se removía en su silla con nerviosismo. No era muy locuaz, pero dijo:

—Bueno, pienso que deberíamos hacerlo todos juntos.

—¡Vamos! Por supuesto que sí —asintió Nathan, un joven delgado y muy alto que no superaba los veinticinco años.

—Vale, hagámoslo ya y vemos a dónde nos lleva este barco —confirmó Luca—. ¡Un momento! —dijo antes de tragarse la suya—. A la cuenta de tres: uno, dos...

En pocos minutos empezaron a sentir el efecto.

—Lo percibo todo simultáneamente, desde diferentes ángulos.

Soy parte de todo lo que me rodea, estoy dentro de ustedes y ustedes dentro de mí —exclamó Ryan—.

No necesito esforzarme. Puedo ir cada vez más lejos y retroceder, en medio de estas extrañas curvas y ángulos que se forman a mi alrededor.

¿Saben que el tiempo es curvo? —continuó—. Es muy extraño.

—Shhh... —interrumpió Helen—. Vuelve aquí, hay un enorme reptil agazapado bajo la silla. ¡Oh, es tan repugnante! ¡Está allí, Nathan! No dejes que se me acerque.

—Quédate quieta. ¿Dónde está? —preguntó el compañero con gesto aterrado.

—Ha desaparecido debajo de tu asiento. Su cola se mueve ligeramente —comentó, perdida en la alucinación.

—¡Por todos los cielos! ¿Cómo voy a salir de aquí? ¡Dime que ya se fue! Por favor.

—Las formas son cada vez más simples, como moléculas a mi alrededor —habló Luca, completamente ajeno al horror de los otros dos—. Se mueven en medio de estas formas tan singulares. No lo puedo comprender —concluyó, y se mantuvo en silencio, completamente abstraído en lo que creía observar.

Invadida por el estremecimiento, Helen buscaba debajo de la silla, gesticulaba y agitaba los brazos.

—¡Se está acercando! ¡Oh, qué horror! —exclamó con un grito que le desgarraba la garganta.

—¡Hey! ¡Cálmate! —habló de nuevo Ryan—. ¿Quieres que intervenga?

Llevó ambas manos rápidamente a sus mejillas y se las agitó, como para apartar el espejismo.

—¡Todavía no! —exclamó la joven—. Sigue ahí, está justo delante de ti.

—Veré lo que es —respondió él con gran determinación, como si no tuviera miedo.

Pero un sudor copioso le empapaba la frente y su semblante palideció de terror.

—Hay algo que no logro distinguir. Viene hacia acá, su forma es la de una máscara. ¡Es inverosímil! —balbuceó, conteniendo el aire.

Fue entonces cuando los demás se percataron de que alguien, en efecto, se acercaba. De golpe, estuvo frente a ellos. Helen estaba a punto de desmayarse. Ryan se volvió hacia ella.

—Creo que nos descubrieron —chilló, lleno de pánico y temblando horriblemente.

Mientras intentaba defenderse, escarbando el aire con las manos, las fuerzas lo abandonaron y cayó de espaldas sobre el asiento.

El recién llegado arrastraba los pasos por el suelo. No era un hombre. No tenía labios ni una boca que dejara ver unos dientes, solo un alargado pico.

—¡Luca! —gritó la mujer desesperada—. ¡Luca! ¿Me oyes? Pídele que se vaya.

Respondiendo a la súplica, el compañero intentó hablar.

En lugar de eso, comenzó a emitir sonidos roncos que se asemejaban al ladrido de un perro y a sacudirse horriblemente en la silla.

El de la máscara se inclinó, lo agarró por la cintura y lo sacudió con violencia.

Los acompañantes estaban horrorizados, pero no se atrevían a moverse de sus lugares.

El hombre volvió la atención hacia un costado y llamó a alguien.

—¡Wheeler, ven aquí! Sujétalo de las piernas.

—Ustedes dos, ¡acompáñennos! —ordenó el recién llegado—. No hay nada aquí que pueda lastimarlos. ¿Entienden?

Luca continuaba sacudiéndose involuntariamente, mientras la locura comenzaba a desaparecer del semblante de sus compañeros. Luego se puso azul y, acto seguido, se desplomó de forma grotesca, con el gesto contraído.

—Vamos —murmuró el joven desgarbado que asistía al de la máscara.

Tras dejar atrás el salón, quienes llevaban a Ryan los guiaron por una escalinata, al final de la cual había lo que parecía ser un alargado pasillo, y se encontraron con un ascensor.

—¿Qué estamos haciendo? ¿Luca va a estar bien? —le susurró la mujer al oído a su compañero Nathan.

Antes de que pudiera responder, ya estaban dentro de la estructura de metal. Sus puertas se cerraron de golpe y comenzó a descender. Los jóvenes se notaban desorientados, pero seguían creyendo que los auxiliaban. Ella intentó calcular el número de pisos. Uno, dos... tres.

El ascensor se detuvo bruscamente. Contuvieron el aliento y salieron. Observaron perplejos. Todo alrededor no era más que un enorme salón, con un grupo de personas sentadas en sillas junto a una pared, donde se encontraba tallado un extraño símbolo iluminado por una deficiente bombilla.

Los que sostenían el cuerpo de Luca, uno de las manos y el otro de los pies, lo dejaron en el suelo.

—La droga es el mismísimo demonio... —exclamó en ese preciso momento una voz que resonó como un trueno.

A continuación, uno de los miembros del grupo se incorporó y comenzó a moverse hacia el centro del salón donde esperaban, deslizándose silenciosamente hasta que finalmente estuvo frente a ellos.

Su semblante estaba cubierto por una máscara idéntica a la que llevaba el otro. Entonces continuó diciendo:

—Pero no fue eso lo que mató al señor Ryan, sino su complicidad. Será una noche que van a recordar. De cualquier manera, todo error trae consigo un aprendizaje.

Sus palabras golpearon con fuerza a la joven que, retrocediendo como si quisiera escapar, se apartó de él, preocupada y ansiosa.

—¿De qué habla? ¡Luca no está muerto! —exclamó, llena de pavor—. ¡Por favor, deben pedir asistencia médica! ¡No está muerto! —gimoteó con la expresión perdida.

El hombre se inclinó hacia adelante, agarrándola de los brazos. La chica temblaba terriblemente. Entonces susurró con una voz ronca:

—Helen, Helen... es un acto terrible, indescriptible, cometido por ustedes dos que, en principio, pudo evitarse.

La voz de la joven se convirtió en un grito mientras, superada por el terror, intentaba explicar que ellos no eran los responsables.

—¡Es mentira! —jadeó—. ¡Tiene que ser mentira! ¡No, no! No puede estar muerto, es imposible. ¡Es mentira!

Sus gritos estaban llenos de terror. Entretanto, Nathan permanecía en silencio. Simplemente se movía con gesto histérico de un lado al otro de la habitación, sacudiendo la cabeza y, eventualmente, con los labios temblorosos, murmuraba:

—No lo hicimos, nosotros no lo hicimos. Deberíamos llamar a un médico.

—Tranquilos, estoy aquí —dijo con firmeza el hombre—. No hay nada que temer. Un médico no será de ayuda —continuó, mientras señalaba algo que aparentemente ellos no lograban aceptar—. Son eventos inesperados y, sin embargo, inevitables.

La muchacha observó por primera vez el cuerpo desde que llegaron a la recámara. Era terrible. Tenía el semblante pálido y la iluminación, que no era iluminación del todo, lo cubría con un gesto macabro.

—Todos los cuerpos mueren —prosiguió el que hablaba—.

¿Acaso no es así? La vida se va en un instante; no podemos estar seguros de cuánto tiempo respiraremos.

Lo que importa ahora es que ustedes salgan del trance en que están metidos.

Pueden confiar en nosotros. La hermandad limpiará esta mancha de sus vidas.

El acto que llevó a la muerte a su compañero —afirmó con convicción—, como yo lo entiendo, es bastante sencillo: esto o ser entregados a las autoridades. La decisión es suya.

Helen observó la habitación: paredes grises, un salón sin muebles, un techo alto, tan desnudo como el suelo, aquel hombre que parecía un autómata...

y un símbolo junto a dos espadas. ¿Qué lugar era ese?

Le aterraba, pero sabía que no podía irse.

Parecía una alucinación, nada más distante de la realidad, y para ese momento tenía la certeza.

Si Luca estaba muerto, no había forma de asegurarlo. Eso era lo que decía el hombre de la máscara, y ella se daba cuenta de que no podía contradecirlo. Ni siquiera intentaban ayudarlo. De pronto, rompió a llorar. Nathan temblaba. Estaba pálido. Imaginaba toda clase de horrores.

—Esto no me gusta, se está saliendo completamente de control —susurró al oído de la joven—. Así que aceptamos lo que dice este hombre y ¿eso es todo?

—¿Qué podemos hacer? —se estremeció ella—. Nada. No sabemos lo que puede pasar, no podemos decir simplemente que nos equivocamos.

Sus propias palabras le provocaron un violento escalofrío.

Tras esos minutos de deliberación, volvió a hablar el extraño.

—Sé que es una decisión difícil. De todas maneras, son lo suficientemente inteligentes, pero además tendrán que ser audaces. Cada quien elige su final y no creo que este sea el de ustedes —sugirió—. En este punto deben elegir.

—Si dejamos de hacerlo —preguntó Nathan—, ¿qué pasaría?

—Simplemente no podemos hacer que su responsabilidad desaparezca, ni tampoco mantenerlos fuera de los muros. ¡Qué demonios! ¿Es lo que quieren? —exclamó con voz desconcertada—. La hermandad es la salida.

—¡La hermandad es la salida! ¡La hermandad es la salida! —comenzaron a repetir los que estaban en las sillas, bajo un fulgor parpadeante.

A Nathan le dolía la cabeza. No poder encontrar expresiones humanas detrás de las voces lo inquietaba sobremanera.

Aquellos destellos, los gritos horribles, el cuerpo de Luca...

la sensación era insoportable. Lo observó fijamente, perplejo.

La imagen era horrorosa, cada vez más definida.

No podía comprender cómo habían llegado a eso.

Se encontraba tirado boca arriba, como si en cualquier momento fuera a incorporarse y, en medio de una enorme carcajada, a soltar que se trataba de la peor broma.

Quiso creerlo, aunque la muerte ciertamente lo envolvía.

Entonces, en su cabeza resonó una voz, a pocos pasos de Helen y la máscara resplandeciente de su guía, pero no era ninguno de ellos.

—Simplemente hazlo. ¡No tienes escapatoria! —la voz era suave, casi compasiva.

Al volver su atención, se encontró con Wheeler, que le hablaba.