Capítulo VI
Si bien podían esperarse incidentes similares ante el consumo descontrolado de toda clase de sustancias, Wheeler resultaba más impertinente que los demás.
Se excusaba diciendo que la próxima vez tendría más cuidado y trataba de explicar que se encontraba débil, enfermo a causa de un incidente del pasado que le provocaba un gran sufrimiento.
Un instante después, en medio del caos y de la iluminación automatizada, sus esfuerzos resultaron inútiles y cayó dormido en una silla.
Durante toda la madrugada, su conducta fue la misma.
Sin embargo, ese día en particular, las cosas llegarían más lejos de lo pensado.
Mientras dormía, algo lo sacudió violentamente.
Durante un rato apenas reaccionó; estaba sumido en un profundo sopor, hasta que por fin abrió los párpados de par en par.
Ante él emergió la grotesca figura de un hombre con una máscara y un atuendo propio de un festival de disfraces.
Respirando agitadamente, se golpeó las mejillas para asegurarse de que no estaba soñando.
—¿Qué ocurre? —preguntó, incorporándose.
—Se lo diré cuando se recupere, señor Wheeler —respondió el otro.
—Me gustaría saberlo ahora —insistió.
—En ese caso, sígame —señaló el enmascarado.
—¿Adónde?
—No muy lejos.
—Escuche, estoy cansado y, si no es para tanto, dejaré el local y pediré un auto. Apenas son las tres. Además, ni siquiera soy uno de los últimos clientes —explicó.
—Supongo que aún no comprende; no se lo estoy pidiendo —replicó aquel, sin dejarlo terminar.
—¿Qué quiere, hombre? —dijo con voz suave—. Déjeme ir.
—Solo sígame, ya se lo dije —respondió el sujeto con voz ronca.
—No lo haré. No sé quién es usted —contestó consternado, pensando que se trataba de algún tipo de demonio emergiendo en medio de la noche.
—Vamos, señor Wheeler, no haga un espectáculo. Usted ha sido convocado a una importante cita. Debe reunirse con alguien y también debe saber que esto es lo último que le diré.
A regañadientes, Weston obedeció.
—Venga conmigo —fueron sus últimas palabras.
Luego avanzaron en silencio por un costado del club, hasta llegar a un pasadizo conectado con otro más angosto. En uno de sus lados había una puerta oculta y, detrás de ella, una hilera de escalones.
Rodeados por una profunda oscuridad comenzaron a descender: uno, dos, tres niveles. Se sentía estremecido; en otro momento habría escapado, pero, aletargado como estaba, apenas podía razonar y continuó con pasos vacilantes.
Al final de los escalones llegaron a un sótano desierto que parecía haber estado en desuso durante generaciones.
Le recordó a una alcantarilla, lóbrega y húmeda.
El guía encontró un interruptor y una tenue iluminación cubrió el recinto, dejando al descubierto una puerta en una sólida pared de ladrillo. La abrió y lo invitó a pasar primero.
—¿Qué es este lugar? —preguntó nervioso.
Pero el acompañante no diría nada más.
En la pared del fondo, como una escena fantasmal, había once sillas alrededor de una mesa y, junto a ella, diez figuras de características aterradoras, iguales al primero, ciertamente acordes con aquel nivel subterráneo.
El muro estaba cubierto por un extraño diseño circular con forma de llaves y, a los costados, dos espadas.
El símbolo, fuera lo que fuese, parecía grabado desde hacía mucho tiempo.
—Muy bien. Si gusta, puede acercarse, señor Wheeler —dijo uno de los hombres que esperaba junto a la mesa.
Eran aproximadamente treinta y dos pies.
Le daba la impresión de haber descendido a las profundidades mismas del infierno.
Las piernas apenas le respondían; sin embargo, obedecía mansamente, como si aquellos extraños ejercieran sobre él un poder irresistible.
Su cuerpo apenas conseguía moverse, pero su mente le ordenaba avanzar.
Con gran esfuerzo, se apartó del marco de la puerta y echó a andar, indeciso, hacia el centro de la estancia.
Con cada paso, el temor crecía. Cuando estuvo a dos pasos del hombre, un violento estremecimiento le sacudió el cuerpo. Aturdido, incapaz de retroceder, sintió que caería de rodillas. Temblaba de pies a cabeza.
—Esta recámara ha sido el último lugar que han pisado muchos —dijo con calma el que lo había llamado—. Puede ser su caso; aun así, no se preocupe, señor Wheeler, la decisión es toda suya.
—¿Qué quiere decir? —exclamó alarmado.
—Seguro que lo entiende —señaló—. Probablemente habrá escuchado de nosotros. Da igual cómo quieran llamarnos —continuó—. Por su propia cuenta, usted ha descendido al abismo más profundo y se ha refugiado en la pequeña caverna de sus adicciones. Puede caer aún más bajo o hacer algo por su vida.
Weston retrocedió horrorizado.
—No se inquiete —prosiguió el hombre, dando un paso al frente y hablando con tono firme—. Aunque indigno, tengo confianza en usted, en que, en el fondo, no quiere lastimarse más de lo que ya ha hecho.
El aterrado visitante guardaba silencio.
—A sus espaldas aguarda una salida o una sentencia de muerte —prosiguió el de la máscara—. Es preciso elegir una de ellas. Debo advertirle, intentar escapar de nosotros sería completamente absurdo. Sé que aún tiene anhelos; mi recomendación es que se levante y nos siga.
Entonces lo agarró por los brazos. Resistirse habría sido no solo necio, sino mortal; lo entendió enseguida. Simplemente no podía oponerse a ellos.
—Ahora puede marcharse, señor Wheeler. Pronto sabrá de nosotros. Creo que, a pesar de todo, usted es un hombre de palabra; desde luego, a veces no bastan las buenas intenciones —concluyó, señalando al hombre que aguardaba en la puerta—. Ha tomado la decisión correcta.
Él simplemente asintió.
En un instante, fue llevado de vuelta por los angostos escalones y la puerta que conducía al club se abrió de nuevo.
Eran las cinco y ya no quedaba nadie en el salón.
Al abandonar el local, sintió que el aire y las horas sin consumir lo habían recompuesto; a pesar de todo, se sentía muy agotado.
Con una idea demasiado simple y, al mismo tiempo, aterradora, había oído alguna vez hablar de la organización llamada la Hermandad, pero hasta ese día creyó que se trataba de una leyenda urbana: un grupo de hombres y mujeres presumiblemente tan poderosos ante quienes el resto de la sociedad eran simples piezas, fichas para mover aquí y allá.
De pronto, se hallaba frente a una revelación que habría preferido evadir.
Entendía perfectamente su lugar: sería apenas un peón admitido sin conocer siquiera la verdadera naturaleza de la organización.
Era demasiado tarde. De ser ciertos los rumores, todo apuntaba a que controlaban Gray Oaks y estaban relacionados con asesinatos, tráfico y chantaje.
Tenía buenas razones para obedecer. Aunque no lograba comprender en absoluto por qué lo habían elegido, solo pudo concluir que, a pesar de los años difíciles, quería seguir viviendo y, por abominable que le resultara la organización, estaba dispuesto a servirles.
Durante el viaje de regreso a casa, sus reflexiones fueron cada vez menos alentadoras.
No podía quitarse de encima la sensación de estar en medio de algo muy peligroso.
Cansado y hambriento, apretó los dientes y continuó.
Era el precio a pagar por ser un adicto, se reclamó a sí mismo.
Cada uno de sus pasos, como era de suponer, lo había llevado hasta allí.
No era alguien perverso ni un asesino, pero en ese preciso instante la oscuridad lo alcanzó y, sin pretenderlo, encontró alguna utilidad en él.
Estos pensamientos le hicieron rememorar su primer contacto con los opioides.
Fue una noche cuando sintió un violento dolor de muelas, a causa de un incidente casero al comer un puñado de palomitas mientras veía una película.
Por accidente, mordió un grano duro que quedó al fondo de la bolsa y la fuerza del impacto en el diente provocó una fisura inesperadamente dolorosa que empeoró con el transcurrir de las horas.
Alrededor de la medianoche saltó de la cama y hundió la cabeza en el agua, para luego volver a dormir.
Sin embargo, a la mañana siguiente, el dolor era todavía más agudo y se había extendido por toda la cabeza.
En medio de su tormento, tuvo que salir en busca de asistencia médica.
Nada le proporcionaba un instante de alivio y, al tercer día, un compañero de clases le habló de los opioides, recomendándole un sitio donde conseguir unas pastillas por un precio absurdo.
El sufrimiento era inimaginable, de modo que no se lo pensó mucho.
Era una tarde de jueves, lluviosa, y nada altera más los dolores que el descenso de la temperatura en Gray Oaks.
El trayecto a su casa lo llevaba por una calle diagonal al club Nocturne 9, precisamente el sitio señalado por el compañero.
Allí aguardaba una figura delgada con impermeable, en medio de la niebla, frente a un edificio de ladrillo marrón de dos pisos, simplemente otro lugar lúgubre en una calle monótona.
Permanecía rígido, absorto en una tarea a la que parecía entregarse por completo.
Wheeler bajó la cabeza, pues intuyó vagamente que el hombre observaba hacia el otro lado de la calle, donde él se encontraba.
A pesar de una llovizna incipiente, de vez en cuando aparecía un transeúnte en aquella intersección; ocasionalmente, alguno avanzaba con sigilo y se acercaba al hombre del impermeable.
Weston continuó abstraído frente a la silueta del edificio.
Ahora la impresión era precisa: ambos se observaban.
Pensó que lo mejor era acercarse. Fue en ese momento cuando un lujoso vehículo se detuvo, acaparando toda la atención del otro.
El recién llegado añadía un toque de opulencia a la desolación de la escena.
Bajó la ventanilla, hablaron durante un par de minutos y el coche volvió a ponerse en marcha.
Un ademán del hombre rompió de manera inesperada la atmósfera de misterio. Hacía rato había notado su presencia, de modo que le hizo una seña para que se acercara. Al instante, el joven estuvo a su lado.
—¿Qué haces? —preguntó con voz seria.
Aunque la pregunta parecía lógica, Wheeler se sobresaltó un poco. Le resultaba extraño encontrarse en una situación como aquella.
—¿Es usted el señor Ramsey? —preguntó con tono nervioso, buscando iniciar una conversación.
Un gesto áspero de aquel reveló su sorpresa. Todo era desconcertante. Naturalmente, no estaba nada familiarizado con esa clase de transacciones.
El hombre lo observó fijamente. La niebla, la lluvia, los ladrillos, un auto que pasaba: todo se impregnaba de un toque de irrealidad.
—¿Quién eres? ¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó con insistencia.
—Es posible que alguien a quien conoce me haya hablado de usted —dijo, tan incómodo que las palabras apenas salieron de su garganta.
El vendedor se inclinó ligeramente hacia él, con un gesto de burla en los labios.
—Tienes miedo, ¿no? —observó—. No debes ser un infiltrado, no lo pareces. ¡Lárgate de aquí!
Wheeler temblaba de nervios; pese a ello, no tenía intención ni afán de marcharse. El dolor lo impulsó a insistir.
—Es Ramsey, ¿verdad? Solo quiero comprar.
—Tal vez sí —dijo el otro con molestia—. ¿Qué sabes de mí aparte de mi nombre?
—No mucho. Soy estudiante y un compañero me dijo que tal vez usted tenga algo para el dolor.
—Me temo que no tengo nada para ofrecerte. Si tienes dolor, deberías ir donde un médico —respondió—. Parece que te has tomado muchas molestias para nada. Ahora vete de aquí.
—Tiene razón, por supuesto. Usted no me conoce y es normal estar a la defensiva —señaló el muchacho con voz segura.
Incluso sonrió—. Lo entiendo, existen códigos que desconozco, pero estoy dispuesto a pagar lo que pida.
Por favor, necesito algo que haga desaparecer este dolor. No podré soportar otra noche así.
—¿Entonces tienes un dolor que va a matarte? —preguntó rápidamente Ramsey—. Lo que voy a darte puede matarte antes. ¿Lo sabes?
En lugar de responder, Weston formuló otra pregunta.
—¿Cómo puede estar tan seguro de eso? Le aseguro que tengo las mejores razones para aceptar lo que me ofrezca.
El hombre lo observó con expresión de desconcierto y sonrió levemente.
—Hay maneras de averiguar si el demonio existe y me estás pidiendo que te enseñe una de ellas —señaló misteriosamente—. Esto terminará por afectar los cables de tu cabeza, muchacho. Te venderé un par solo por esta vez. Debes ser más astuto que esto.
Wheeler movió ligeramente la cabeza en señal de aprobación.
—¿Tienes el dinero? —preguntó bruscamente mientras le entregaba un par de comprimidos.
—¡Oh, sí, por supuesto! —asintió, extendiéndole todo lo que llevaba consigo.
—Entonces, ¿cómo...?
—Simplemente bébelo con agua —se adelantó el otro, sin dejarlo terminar la frase.
Cuando volvió a su casa, apenas tomó una de las pastillas, se sintió bastante menos afectado.
—Debo admitir que no me lo esperaba —se dijo a sí mismo—. Parece ser más potente de lo que imaginaba, pero la situación lo exigía.
Quince minutos después, el dolor punzante y agudo había desaparecido por completo. Sin embargo, el alivio no vino solo: lo golpeó con bastante fuerza. Sintió una euforia repentina, seguida de una pesadez extrema en los párpados y una somnolencia que lo derribó en la cama.
Estaba cayendo en una trampa. No sería la primera vez.
La experiencia fue suficiente para hacer que le apeteciera volver a probar.
Creía poder controlarse y terminó confiando plenamente en aquel medicamento prodigioso, sin cuestionar sus efectos.
Al fin y al cabo, no existían motivos para dudar de su efectividad, y terminó consumiendo cuando se presentaba la oportunidad, sin importar el motivo.