La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo V
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Capítulo V

Apenas entró al vestíbulo, el timbre del teléfono lo sobresaltó.

Era la tercera llamada. Un número desconocido siempre lo alarmaba.

Con rapidez, alcanzó la puerta, sostuvo unos segundos el pomo y finalmente le dio vuelta.

Entró a la oficina, puso el cerrojo y, tan rápido como pudo, descargó el aparato en el escritorio, no sin antes silenciarlo.

Hacía semanas que su paranoia había aumentado.

Desde aquella extraña noche, nada fue igual.

Temía que alguien conociera la situación y estuviera pensando en delatarlo.

Se aferró a los reposabrazos de la silla y luego levantó la tapa de la computadora.

Tenía una lista interminable de informes por revisar, una pesadilla de datos con los cuales justificaba su elevado salario, aunque en el fondo sabía que solo era una excusa para servir a la hermandad y, bajo ninguna circunstancia, podía defraudar su confianza.

Lo ocurrido esa noche jamás debía ser revelado; por eso, el teléfono, vibrando y resonando, aumentaba la tensión.

Le temblaban las piernas y le palpitaba el pecho.

Nervioso, volvió la atención hacia la puerta, imaginando que en cualquier momento se abriría.

Estaba desesperado. No había mayor pesadilla que haber cometido un crimen del que no tenía evidencia, sobre todo tratándose de una horrible decapitación.

Se reconocía fatalmente vinculado con la camarilla y le repugnaba la naturaleza de sus actos.

No por ello dejaba de aterrarle la idea de ser señalado por aquella atrocidad.

Recordar a Susan resultaba en extremo doloroso.

Habían sido compañeros de universidad y, tras graduarse, nunca perdieron contacto.

Su comunicación era frecuente. Podía decirse que, en principio, era poco más que una amistad, pero la cercanía y sus inusuales gustos la convirtieron en algo más.

Ahora simplemente le quedaba la hermandad y no les tenía ninguna confianza.

Por la misma razón debía ser cauteloso, cuidar con quién hablaba.

Al fin, el teléfono dejó de mostrar la llamada entrante.

Respiró aliviado y aprovechó para desabrocharse el cuello de la camisa; sentía que lo estaba ahogando.

Tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla para recuperarse, conteniendo un largo suspiro de frustración.

Las imágenes en su cabeza no le daban tregua.

Recordaba el club, con su oscura reputación, el extraño carácter de los once y la depravación de sus conductas.

Lo habían empujado a renunciar a su vida esa noche, a cambio de aquel puesto.

Los imaginaba en la siniestra recámara, con sus máscaras grotescas cubriéndoles el semblante, los trajes medievales, el color bermejo de las sillas, el símbolo de las llaves y las espadas.

Era el infierno y jamás debió traspasar sus puertas.

Un escalofrío lo invadía al recordarlo, sobre todo el despertar en su cama a la mañana siguiente, sin ningún rastro de ella.

Se desabrochó el segundo botón de la camisa mientras volvía su atención a la pantalla de la computadora.

Sin duda, habían evaluado su carácter. Sabían de sus ambiciones, conocían de lo que sería capaz; así y todo, aquel acto tan violento traspasaba todo límite.

Era la parte que recordaba con alguna precisión; por lo demás, su mente se esforzaba en olvidar esa noche.

La condición despiadada que le permitía estar sentado en esa silla; sobre aquel horror se sostenía su nombramiento, un cargo que para ese momento resultaba completamente decepcionante.

De ningún modo era necesaria tanta crueldad.

Si tan solo Susan le hubiera hecho caso. En lugar de eso, siempre estaba buscando las emociones que ofrecía la vida nocturna en Gray Oaks. Sin embargo, nada anticipaba las cosas terribles que aguardaban en el Aethelgard y los métodos de la hermandad para dar rienda suelta a sus intrigas.

Simplemente quedaba una cosa por hacer: volver a ese sótano y averiguar la verdad que su mente le revelaba a medias, dejándolo en un oscuro abismo.

Decidió visitar el club esa noche. Al llegar, se encontró con el administrador y, tras saludarlo, concluyó que aquel sabía lo que sucedía.

Tras un prolongado silencio, las palabras brotaron agitadas desde su garganta.

—¿Qué hay en el sótano? —gritó—. ¡La mantienen allí!

—No sé de lo que hablas —respondió el hombre, ignorando su reclamo—. De cualquier modo, te advierto que no hay nada en el sótano que sea de tu incumbencia.

Un ademán de enojo se dibujó en el semblante de Larry, mientras observaba hacia el pasillo que llevaba al ascensor oculto.

—Eres un tipo listo —dijo en voz baja el empleado—. Por tu propio bien, es mejor que te vayas. Estás hablando sin sentido.

—¿Acaso los Snout pensaron que simplemente se saldrían con la suya?

Sus músculos se tensaron y, cuando iba a continuar, se llevó las manos a la cabeza, perturbado por los horribles recuerdos.

—¡Lo sé, lo sé! —gritó—. ¡Sé lo que hice!

Cayó de rodillas, atormentado por su crimen. El otro se apresuró a sujetarlo, pues en ese estado era impredecible.

—Si no te vas ahora, no tendré opción... —dijo con seriedad, ayudándolo a incorporarse y empujándolo hacia una silla—. Llamaré a emergencias. Quiero ayudarte, pero tendrás que calmarte.

—Tienes razón; tal vez sea lo mejor —dijo, observándolo fijamente. Parecía calmado.

Sin embargo, de súbito, su exaltación volvió.

—He hecho algo horrible, jamás podré perdonarme. Te aseguro que no fue intencional. Actué bajo su poder. Soy un simple instrumento.

Estaba demasiado conmocionado. Entonces recordó a Susan, las súplicas que le taladraban los oídos, la forma en que gritaba su nombre, la espada descargándose de golpe y la sangre brotando.

Mientras la cabeza rodaba por el suelo, escuchó la puerta entreabrirse y, en ese preciso momento, vio a un joven escapando hacia las escaleras del sótano.

Sin embargo, a la mañana siguiente, tras levantarse de la cama, lo primero que halló fue la carta de la compañía. Se sentía dentro de aquel sueño extraño y aterrador que no bastaba para explicar lo sucedido.

Conteniendo la respiración, se hundió en un sillón y fijó la atención en la mesa.

Para un observador casual, se trataba simplemente de alguien esperando compañía o pensando qué bebida pedir.

Nadie sabría que se hundía en una terrible oscuridad sin fondo.

Estaba allí, en el rincón del local, sin hablar.

Los recuerdos lo perseguían como si dieran vueltas sobre sí mismos: imágenes de cabezas alineadas, de las que oía su respiración ronca; el reflejo del suelo ensangrentado. Finalmente, se hundió en el abismo.

Ya no podía reconocer dónde estaba. Solo quedaba la pesadilla: el crimen orquestado por la codicia; el asesinato que había cometido. Simplemente para despertar muy tranquilo, aunque ciertamente cansado, a la mañana siguiente.

El administrador le lanzó un gesto. Se mostraba impaciente…

No era una historia formidable. La masticó lo suficiente como para convencerse de ella y servir a la hermandad en una de sus organizaciones fachada.

No había sensación más desagradable que someterse a un poder como ese, en medio de las alucinaciones que apenas le permitían descansar por las noches y de sus anhelos de grandeza.

De lo que había sido alguna vez, nada quedaba.

Al descargar aquella espada, su existencia simplemente había acabado.

Todo sería más sencillo si pudiera recordarlo.

La agonía se acrecentaba con la duda y los recuerdos difusos.

Por agobiante que resultara, la droga que consumió esa noche y el sentimiento de culpa le impedían tener una imagen precisa de esa noche.

Pero, estando en el Aethelgard, nada de eso importaba.

El colapso estaba a la vuelta de la esquina y, finalmente, lo alcanzaría.

De todos modos, se sentía muerto desde hacía tiempo.

El administrador arrugó la nariz. No le convenía la tensión que despertaba el visitante.

El aire seguía enrarecido y pronto comenzarían a llegar los clientes.

Estaba decidido a solucionarlo. No era su culpa, por supuesto, y tampoco pensaba asumir las consecuencias.

En cualquier momento aparecería el emisario de la camarilla.

Era importante mantener las apariencias, de modo que tomó a Larry del brazo derecho, echó un vistazo alrededor y lo condujo a empujones hacia la salida.

—¡Por todos los cielos! Debes tranquilizarte. Ve a casa, toma algo, dúchate y métete en la cama. No diré nada. Pero aléjate de aquí si quieres seguir con vida.

Larry entendió el gesto. No intentó resistirse. Dio media vuelta y se escabulló hacia la calle casi de inmediato. El otro no lo siguió, por supuesto; no tenía ningún motivo para hacerlo. Conocía el motivo de su conducta errática, pero, por más razones de peso que tuviera, no era asunto suyo.

—¡Mierda! —se quejó, aunque no con enojo.

Seguía buscando en su cabeza algo que pudiera haberle dicho al desdichado para hacerlo sentir mejor.

—La hermandad no debe saberlo o tomará medidas drásticas—murmuró.

Volvió a observar alrededor. No, simplemente no podía comentarlo con nadie. Descargo el paño que llevaba sobre el respaldo de una silla, con expresión desconcertada, y se dejó caer bruscamente sobre ella, como si lo hubieran golpeado. Solo esperaba no meterse en problemas.

—¡Oh, vaya! ¿Dónde están todos? —lo sobresaltó una voz a sus espaldas.

El tono era alegre. Era uno de los hombres de seguridad, que había llegado temprano.

Apenas un par de horas después, el local era un caos. Prácticamente todos estaban ebrios o drogados.

A esa misma hora, Rogers se encontraba sentado en el suelo, en medio de la sala de su apartamento, bajo la iluminación tenue de la calle que entraba por la ventana. Se sentía sofocado. Reconocía la insensatez de haber ido al club. Para los Snout no existía más ley que la de la fuerza y el terror.

Sabía que todo era una farsa, una burla mantenida para dar apariencia de orden en una ciudad controlada por ellos. Esa era la razón de aquellas normas. ¡Ingenuo! ¿Qué pretendía yendo a ese lugar? Suspiró hondamente, sintiendo todo el peso de la frustración.

Llevaba más dinero encima del que tocaría en toda su vida. Con todo, solo un pensamiento le daba vueltas: un recuerdo que ni siquiera parecía verdadero.

Permaneció inmóvil. Sentía un miedo creciente y no se le ocurría nada mejor que esperar. Durante unos minutos continuó así, sumido en sus pensamientos, hasta que la somnolencia se apoderó de él. Allí mismo se recostó y, poco después, se quedó dormido.

Entonces soñó.

En medio de aquel sueño, estaba de regreso en la recámara con los once miembros de la hermandad. Gradualmente, sus sentidos se acostumbraron al lugar, iluminado por un suave resplandor. No lograba percibir sus límites; parecía ensancharse hasta convertirse en una amplia llanura.

Entonces apareció Susan, con la atención puesta en el suelo, acurrucada y en silencio. Una ráfaga de viento lo envolvió y lo hizo temblar. Le pareció que transcurría un largo rato. Durante ese tiempo apenas experimentó alguna emoción. Ahora, sin embargo, pensamientos oscuros invadían su cabeza.

¿Qué era lo que iba a hacer?

Al instante, el adormecimiento desapareció. Estaba de nuevo despierto, rodeado de una inmensa soledad, una oscuridad lúgubre que le provocó una desolación indescriptible.

—Hubo un tiempo —dijo, hablando consigo mismo— en que anhelaba estatus y fortuna, sin avergonzarme en absoluto.

Si de algo me sirviera la protección ofrecida por la hermandad, sus influencias, su poder político y empresarial...

Pero esa época se ha ido para siempre. Aquel grupo privilegiado, en apariencia tan respetable, del que cualquiera consideraría un honor formar parte, es la oscuridad que abriga la ciudad.

Algunos afirman que tienen parentesco con las familias más acaudaladas del país, que incluso ostentan títulos nobiliarios y mantienen poderosas conexiones con las élites.

De todos modos, ¿alguien sabe quiénes son si mantienen oculta su identidad ante todos?

Concluyó el monólogo con un hondo suspiro.

Larry había evitado deliberadamente el conflicto y la violencia a lo largo de su vida.

Fue un adolescente tranquilo y un estudiante aplicado en la universidad, siempre ocupado en sus propios asuntos y procurando no inmiscuirse en los de los demás.

Sin embargo, ahora enumeraba la larga lista de sus faltas.

Seguramente habría logrado cumplir su gran objetivo: trabajar incansablemente y enriquecerse. Tenía un talento excepcional para las finanzas que bien pudo aprovechar y, quién sabe, aquella fortuna habría llegado pronto si la muerte de Susan no hubiera truncado sus planes de ese modo.

Bien sabía que, cuando la posición social de un hombre es impuesta por otros, sin dejarle lugar a opinión ni voto, su naturaleza suele ser la menos adecuada para el puesto que se le exige.

Los once lo entendían. Habían notado su talento, aunque no era suficiente para traspasar los límites impuestos por su poder.

Por eso lo habían puesto a prueba y, como un ingenuo, había caído en la trampa.

La noche era cálida, pero Larry temblaba. Se incorporó, dejó el apartamento y subió al coche. Media hora después se encontraba al borde de la acera, frente al Aethelgard, observando a los visitantes agolpados en la entrada, ansiosos por alcanzar el interior.

Se abrió paso entre una mezcla de espaldas sudorosas y expresiones ruidosas. Era demasiado tarde para dar marcha atrás. En la puerta saludó al guardia y avanzó por el salón hasta una de las últimas sillas.

No quería menospreciar a los once. Tenía la certeza de que podían disponer de su existencia como quisieran, con todo, llevar a cuestas el peso de la culpa se había vuelto insoportable.

Incluso si nada de lo que recordaba había sucedido o era cierto, dar por terminado aquel asunto compensaría la experiencia aterradora y el alto precio pagado por su codicia.

Pidió una botella de vodka, compró una pequeña cantidad de polvo blanco y dos píldoras a un vendedor aficionado. Con el transcurrir de los minutos, aceptó por completo el carácter inevitable de su decisión. Se había convertido casi en una necesidad.

Tenía consigo la dosis adecuada para su mortal despedida.

Era el mejor arreglo que obtendría: dar por terminada su existencia en el mismo lugar donde la pesadilla había comenzado.