La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo IV #2
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Capítulo IV #2

En el interior del Velvet Riot, un ascensor ubicado en un pasillo tenuemente iluminado se detuvo bruscamente.

Conducía a una cámara subterránea oculta bajo el sótano.

Al llegar, uno de los once extraños se plantó frente a una enorme puerta y giró un dial con la forma de dos antiguas llaves dobladas sobre sí mismas hasta formar un círculo.

Se escuchó un leve clic. El que iba delante de los otros empujó la pesada puerta de metal y cada uno fue ingresando.

Afuera, el conductor se notaba estupefacto.

Al descender del camión, encontró un ambiente opresivo en la calle.

Buscó explicar algo que no era responsabilidad suya con voz estremecida, sin poder encontrar las palabras adecuadas.

En ese momento, dos paramédicos se abrieron paso entre la multitud.

Con tantos curiosos alrededor del sitio donde yacía la víctima, tenían dificultades para reconocer el cuerpo.

Los primeros en llegar al lugar del accidente, entre ellos los invitados a la celebración, tomaban fotos con sus teléfonos mientras murmuraban entre sí.

La joven asistente comenzó a increparlos con voz furiosa.

Poco después, la ambulancia se abrió paso, dispersando a la multitud.

En una sala alta y escasamente iluminada, con techo y paredes desnudas, había once asientos cubiertos de terciopelo bermejo al fondo, sobre una plataforma elevada. Allí se sentaron los Snout.

Tras un breve silencio, una voz severa dijo:

—Proceda, gran maestro.

—¡Hermanos! —habló el líder con una voz atronadora—. Todos sabemos quién era Hicks. Abandonó sus principios y fue su propia conducta la que lo llevó a tan trágico final.

Se hizo un profundo silencio.

Luego elevaron sus voces en una especie de consenso:

—¡Solo la muerte es buena! ¡Solo la muerte es buena!

Acto seguido, el que hablaba añadió:

—Quien prevalece en sus principios no será llamado a la tierra de los muertos.

Luego comenzó a recitar palabras en algún lenguaje desconocido, de sonido casi fantasmal.

—Nuestro pacto menciona explícitamente que, al igual que nosotros, nuestros aliados están cubiertos por el poder de la túnica y la máscara.

El señor Hicks se convirtió en un problema al desafiar este principio —continuó—, siempre husmeando, buscando oportunidades de las que otros ni siquiera habían escuchado.

No necesitamos aliados así. Una simple advertencia no bastaba.

Una semana antes hicimos una generosa donación y, como ya saben, terminó en sus cuentas privadas.

No toleraremos tales conductas. De todos modos, ya está solucionado —concluyó casi eufórico.

En la avenida, las opiniones estaban divididas sobre lo ocurrido.

El conductor, un hombre delgado, permaneció unos minutos sin decir una palabra.

Luego subió de nuevo al asiento del conductor y arrancó el motor.

Le temblaban tanto las manos que apenas conseguía mantenerlas sobre el volante.

Inclinado sobre este, aceleró a toda velocidad, distanciándose rápidamente, y dobló en la primera esquina, pensando en el atropello y en una voz que resonaba en su cabeza:

—…Todo parecerá un accidente. No tengo la menor duda, señor Beasley —dijo—, de que es un conductor temerario y, probablemente, sea su mejor opción si no quiere acabar en el fondo de una zanja.

Pero no será solo esta vez; ahora debe su sumisión a la hermandad, es todo lo que no puede ofrecernos a cambio de su vida. Una vez hecho, nos informará.

Se removió en el asiento, arrastrando una gran ansiedad consigo.

Con la atención fija en el parabrisas, hizo un ademán y apretó los dientes con fuerza.

No conseguiría huir ni esconderse de los demonios que lo controlaban.

En su lugar, pensó en inhalar polvo mortal; puso un poco en el tablero del auto y lo aspiró con fuerza, dejando escapar una bocanada de aire.

Rápidamente notó el efecto y, en el retrovisor, pudo ver su semblante demacrado.

Una patrulla pasó por su lado y, en el acto, se agachó en el asiento.

—No… no puedo seguir… con esto —suspiró hondamente—. Aun así, no es algo que yo decida —admitió con aflicción—. Es probable que haya sido una idea absurda, pero, Beasley, ¿cómo terminaste metido en esto? ¡Desde luego, no a propósito! —se dijo a sí mismo.

El sonido del motor y el rechinar de las llantas se ahogaban en medio del tráfico. De vez en cuando, se fijaba en la avenida y aceleraba un poco más, mientras se aferraba frenéticamente al volante como si quisiera arrancarlo.

—Era necesario, ¿no? —exclamó finalmente, casi sin aliento.

Avanzó por una calle tranquila y no se detuvo hasta llegar al centro, frente al edificio Baltic Warehouse.

Sintió alivio al salir del camión. Entró a la destartalada habitación, adornada con afiches antiguos de bandas de rock.

Su atención se centró en los dientes amarillentos de Bowie.

Luego se sentó al borde de la cama con apatía.

No quería ver las noticias; era cierto, aquel hombre estaba muerto.

El pecho se le agitaba con fuerza y el sudor le cubría la frente.

Recostó pesadamente la cabeza en la almohada, tomó su teléfono y marcó un número.

Sus manos temblaban. Una voz ronca se oyó del otro lado.

—¡Está hecho! —informó débilmente.

—Estoy seguro de que sí —dijo el líder de la hermandad, con ese singular aire de certeza que le resultaba repugnante. Sonaba satisfecho—. Será mejor que vaya a descansar. ¿Ya vio las noticias?

Beasley sacudió la cabeza.