Capítulo IV
Al congresista Hicks le daban pavor las máscaras.
Cualquier tipo de disfraz que ocultara el semblante le generaba un profundo terror.
Para él, las celebraciones que adoptaran semejante performatividad eran un completo despropósito; preferiría quedar atrapado en un ascensor que asistir a un carnaval, celebración o festival donde se utilizaran.
Si pasaba por el escaparate de una tienda donde las exhibían, de inmediato se estremecía y desviaba la atención hacia otro lado.
La sensación podía durar todo el día, atormentarlo incluso en la noche, colándose en sus sueños en forma de terribles pesadillas que lo torturaban hasta el amanecer, dejándolo paralizado del miedo.
Las circunstancias exactas alrededor de la aparición de aquella fobia eran bastante confusas, a veces se sentía como si hubieran ocurrido ayer.
Recordaba tener unos seis años. Se encontraba en un parque con su padre; emocionado, y algo tenso a la vez, puede decirse que inquieto, mientras se aferraba con fuerza al hombre.
De repente, apareció un grupo de personas frente a ellos.
Vestían trajes coloridos, exagerados; caminaban sobre zancos.
Se oían carcajadas, alaridos y bramidos que al pequeño le resultaron monstruosos.
Los asistentes se abrían paso para verlos de cerca entre empujones y codazos, intentando alcanzar los primeros lugares; en un momento, sintió que se sumergía en una total oscuridad.
Entre el tumulto, se soltó del padre y fue arrastrado por la multitud frenética, sudorosa, que se pisoteaba unos a otros, hasta terminar rodando por el suelo.
Entonces de la nada salió aquella máscara horrible, pálida como el mármol, con un enorme pico y una sonrisa que se arqueaba a los extremos de forma demencial. El sujeto se inclinó sobre él con su horroroso gesto, y el ambiente festivo se convirtió en alaridos de pavor.
No recordó nada más hasta que regresó a las manos de su padre, quien le reclamaba histérico por haber desaparecido de ese modo.
A partir de ese día, despertó muchas veces entre gritos, envuelto en sudor a causa de las pesadillas, sintiéndose cada vez más agotado.
Los padres estuvieron muy preocupados las primeras semanas, pero terminaron por olvidarse del incidente; sin embargo, él jamás lo hizo.
En su memoria permaneció el recuerdo de la máscara grotesca y le parecía, incluso siendo adulto, que se ocultaba en un rincón del cuarto, esperando a que se durmiera para entonces salir de la oscuridad y atormentarlo de nuevo.
De modo que el simple escaparate de una tienda le provocaba una crisis de pánico; hasta una publicidad en la televisión, un desfile callejero.
Una vez estuvo a punto de desmayarse cuando a una productora de cine se le ocurrió promocionar su más reciente película, «Plaster Grin», con un espectáculo de máscaras en las calles de Gray Oaks, y se encontró de frente con el desfile al doblar una esquina.
Ese temor lo acompañó desde la infancia hasta la vida adulta y parecía, a pesar de la terapia recibida, ajeno a todo intento de racionalización.
Por más argumentos que tuviera, estaba tan metido en el fondo de su cabeza que se resistía a salir de ella, como si fuera una parte inamovible de su personalidad.
Los esfuerzos de su terapeuta por hacer de la experiencia algo comprensible resultaron infructuosos.
El impacto, a esa edad tan temprana, convirtió el hecho en algo totalmente desproporcionado respecto de su verdadera naturaleza.
El miedo iba más allá de la sensación física.
Haber sido empujado y casi pisoteado era un dolor mucho menor que la angustia mental provocada por la máscara frente a él.
La respuesta del padre, a quien el niño se aferró con fuerza en busca de seguridad, tampoco fue la apropiada.
En lugar de seguridad y protección, halló nerviosismo y reclamos, cayendo en un abismo de densas tinieblas.
Entonces, el horrible disfraz, con su risa extraña, quedó como el núcleo de lo sucedido ese día.
Así lo explicó el profesional:
—La máscara representa la pérdida de la seguridad —señaló—. Simboliza un peligro capaz de hacerle perder la estabilidad y la protección. Los miedos que habitaban dentro de una mente tan sugestionable adquirieron esa forma. Señor Hicks, esa máscara le recuerda que es vulnerable.
Pese a sentirse mejor al encontrar una explicación científica al fenómeno y poder identificar la causa de su fobia, en ello no residía el remedio.
Si bien mitigaba el temor hasta cierto punto, la inquietud nunca se disipó por completo.
El miedo seguía arraigado en lo profundo de su ser y lo acechaba continuamente durante la noche.
Hicks era un político que podía considerarse razonablemente exitoso, seguramente por la falta de límites en algunos asuntos.
Su particular temor no se trasladaba a otros ámbitos de la vida pública, y su tendencia a aceptar recursos sin conocer su procedencia no era un problema al momento de intercambiar favores.
No se quejaba de cómo le iba. De nada servía fingir una ética más elevada que la de sus colegas.
Sus cualidades admirables, aunque modestas, habían servido a su comunidad, y era constante en lo que hacía.
Tal vez su problema era su predilección por la comida, la bebida y algunas otras cosas que ofrece la noche.
En los últimos años, su situación mejoró notablemente gracias a la gestión de algunas licencias y se sentía bastante satisfecho.
Tenía un gran apartamento en el sector más exclusivo de la ciudad, una oficina amplia y ordenada, una asistente que le prestaba excelentes servicios oficiales y extraoficiales.
Siempre y cuando estuviera abierto a nuevas posibilidades, la seguridad financiera estaría de su lado. Era lo que pensaba.
Nunca le mencionó a la mujer su pavor por las máscaras.
Era una situación que le incomodaba y le parecía una necedad mencionarlo con alguien que no fuera un experto, incluso exponiéndose a que se riera de él.
Después de todo, era algo extraño de explicar a cualquiera.
No, no tenía ningún sentido hablar de ello.
Si la asistente hubiera sabido lo que ocurriría, jamás lo habría invitado a celebrar su cumpleaños en el club Velvet Riot ni organizado algo tan extravagante.
En verdad, la idea era pasar un buen momento con sus amistades más cercanas.
Encargó un gran pastel con glaseado de frambuesas; quería que fuera una sorpresa cuando llegara.
De repente, a la joven se le ocurrió una idea.
Le pidió al administrador que, por tratarse de una persona reconocida, reservaran el local por un par de horas para ellos.
El hombre le sugirió usar una temática de disfraces; lo mejor era que el establecimiento se encargaría de toda la logística.
A ella le pareció estupenda la propuesta.
—Apagaremos la iluminación y cada uno llevará una máscara para sorprenderlo cuando llegue —dijo con voz entusiasmada—. Será muy divertido; por un momento no sabrá quiénes son y eso hará que el momento sea aún más memorable.
El empleado asintió con una sonrisa.
Los invitados estuvieron de acuerdo con la iniciativa.
Incluso alguno propuso que, en lugar de poner las velas sobre el pastel, las sostuvieran frente a sus semblantes cubiertos con los disfraces.
Permanecerían en silencio y, cuando el congresista entrara, gritarían al unísono, tomándolo desprevenido.
La idea fue aprobada por unanimidad. A las ocho, completamente a oscuras dentro del club, todos llevaban máscaras grotescas, contenían la respiración y alistaban las velas.
Quince minutos después, el coche del político se detuvo a un lado del local.
Llegó un poco tarde; se le habían acumulado algunas tareas en la oficina y se sentía más cansado de lo usual.
Hicks apagó el motor. Para cuando bajó, ya era demasiado tarde.
No podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir. Desde los seis años no había experimentado un horror semejante. En un instante se enfrentaría a una conmoción que superaría todas las expectativas.
Tras unos segundos de vagar a tientas por la calle, se preguntó por qué no había iluminación en el lugar. Estaba a punto de alcanzar la entrada, pero todo en el interior eran tinieblas; apenas se distinguía un tenue resplandor. Al avanzar, tropezó con la puerta, que enseguida se abrió.
De pronto, todo estalló en gritos que se sintieron como un golpe en los oídos.
Varias personas salieron precipitadamente del fondo, sosteniendo velas en sus manos, y el local brilló.
Para él, nada de eso resultó normal. El pavor fue indescriptible; sin embargo, lo más aterrador resultó que, en el lugar donde todavía gobernaba la oscuridad, sobre la pared del fondo, aparecieron once máscaras terroríficas que no parecían estar con los demás.
Brillaban con un fulgor propio, casi sobrenatural.
Eran diferentes, de una forma muy siniestra, con alargados picos, totalmente pálidas, y las personas que las llevaban vestían algún tipo de capuz medieval.
Por un instante, el congresista quedó paralizado, sin pronunciar palabra.
Luego comenzó a gritar, corrió hacia la salida y siguió dando alaridos.
La celebración se ahogó en la garganta de los sorprendidos invitados, quienes, absortos, guardaron silencio.
Apagaron las velas, se quitaron las máscaras, pero era demasiado tarde.
Hicks se precipitó alterado por la avenida, agitando las manos y gritando, hasta que un camión lo golpeó y lo lanzó con fuerza sobre el pavimento, varios pies más adelante.
Los frenos del vehículo rechinaron al detenerse bruscamente.
Cuando la asistente y los demás invitados se acercaron, descubrieron que el golpe había sido fatal. No había nada que pudieran hacer.