La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo III
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Capítulo III

Era una tarde de invierno cuando Juliette Fairmont y Dale Osborne se reunieron en un café del centro.

Había poca gente. Él estaba absorto en su comida, ajeno al entorno, cuando escuchó la voz de ella, casi como un susurro.

Levantó la cabeza y observó su semblante, los labios finos que apenas se movían al hablar y, en cierto modo, le pareció una belleza casi inhumana.

—¿Cuántos días estarás en la ciudad? —preguntó con amabilidad.

Habían pasado tres meses desde su último encuentro.

Se habían conocido en el último año de universidad y acostumbraban volver a ese local siempre que él l visitaba.

Estuvieron alrededor de una hora más, con una taza humeante sobre la mesa.

A Juliette la rodeaba un aire misterioso que solía desconcertarlo.

Disfrutaba hablando sobre temas perversos, masoquismo, ingeniosas cámaras de tortura medievales; el dolor le resultaba casi placentero.

Osborne no era tan expresivo al respecto; prefería centrar su atención en lo que ella decía, en las descripciones específicas, al límite de lo grotesco.

El deleite con el que hablaba lo sorprendía.

Hasta entonces se inclinaba por considerarla una joven extravagante.

Así y todo, le pareció que tras sus reflexiones se disimulaba un profundo dolor, una singular pena.

Solo entonces notó su gesto tenso, como si se esforzara por llevar sus palabras hasta los límites del pudor humano.

Para ese momento, justo al terminar de comer, ya había mencionado deliberadamente la existencia de un club llamado Black Meridian.

—Iré esta noche con amigos —dijo de repente—. ¿Quieres venir con nosotros?

Su propuesta lo sorprendió. Pensó que se trataba de simple cortesía.

Poco más podía decir de las cualidades que él mismo tenía para visitar un lugar como ese, pero le pareció desconsiderado negarse a esa bellísima y atenta mujer.

Por lo tanto, tuvo que suponer que existía alguna conexión emocional entre ellos y que, con todo y su carácter, deseaba introducirlo en su círculo de amistades.

Fueron esa noche en su auto al exclusivo suburbio de Sovereign Hills.

En el trayecto esperaba oír algún comentario sobre el grupo; sin embargo, la charla esta vez fue más superficial, casi correcta, sobre una gran variedad de temas.

De cualquier modo, no le preocupaba demasiado.

Se detuvieron en una calle lateral, entre avisos de clubes nocturnos y una gran cantidad de coches.

Se bajaron y, tras pasar la fila de vehículos que esperaban, los recibió a la entrada un portero absurdamente alto, quien, con un gesto, los invitó a seguir.

En el vestíbulo se reunieron con un pequeño grupo de hombres y mujeres vestidos de forma extravagante, con abrigos brillantes, gafas y pantalones de cuero. Juliette se mostró alegre al saludarlos. Uno de ellos se acercó observándolo con curiosidad.

—Debe ser por mi ropa —pensó Dale, quien llevaba un traje informal de calle.

Otro se inclinó hacia la joven y ella soltó una carcajada en respuesta a un comentario que resultó ininteligible. Tras intercambiar saludos cordiales entre ellos, Juliette hizo un ademán como presentándolo.

El joven los siguió a corta distancia mientras se adentraban en el local.

La música era estridente y el volumen se volvía extremo hacia el centro de la pista, donde se concentraba el efecto de los parlantes.

Incluso con lo singulares que parecían, Dale pudo notar en ellos diversión, simpatía, aprecio, pero también cierta ambigüedad.

Por un instante temió haberse equivocado al aceptar la invitación.

Aquella irrealidad no lo hacía sentirse del todo a gusto; se sentía completamente fuera del control de la situación.

Se sentaron muy cerca de la pista. Él se acercó, justo a tiempo para oír a la chica decir:

—¡La diversión esta noche será mortal!

La multitud dentro del club se hizo más densa.

Osborne, con las manos húmedas, respiraba cada vez más nervioso mientras se apoyaba ociosamente sobre la silla.

El club se llenaba con las criaturas de la noche que pasaban al lado de la mesa, en busca de dónde acomodarse.

Su gesto brillaba de excitación. Corredores de bolsa, empresarios, políticos, celebridades y jóvenes de la alta sociedad con las narices empolvadas se daban cita en el lugar.

Hombres mayores con chicas jóvenes y aburridas se veían por doquier.

El más estrafalario de los amigos de Juliette tomó el control y empezó a repartir píldoras entre el grupo. Cuando llegó el turno de Dale, sonriendo, le ofreció una. A él le pareció descortés negarse.

—¡Es lo que hacen aquí! —pensó.

A los pocos minutos se sintió intoxicado, aunque no lo suficiente para perder la perspectiva.

Notaba una conexión inusual entre todos, más de lo que a primera impresión parecía.

Eran artistas en su mayoría, ajenos a cualquier recato.

De sus labios brotaban los comentarios más mordaces.

Admiraba la capacidad que tenían de exponer las ideas más bizarras; eso sí, probablemente en la mañana no recordaría nada.

El golpe de la droga siguió aumentando. Las voces, los relatos y la música comenzaron a sonar extraños.

Apenas era capaz de ordenar las ideas. Era como atravesar una puerta que conducía a otro nivel mental, en el que pronto se sumergió por completo.

Vio gente tumbada sobre los asientos, reflejada en los espejos, sin ninguna consideración por las normas y con total desfachatez, dispuesta a desvestirse allí mismo.

Lo invadía una extraña emoción de miedo y placer.

De pronto, Juliette se acercó con el torso desnudo y, con un impulso frenético, le subió la camisa.

Sentía la piel cálida. Era un deleite insoportable, un éxtasis más allá de lo humano.

No iba a resistirse a un placer semejante.

No sintió ninguna vergüenza de envolver las manos alrededor de su pecho, pero en algún lugar de sus pensamientos temía que lo rechazara al tocarla de ese modo, mientras le besaba el cuello con un vigor inesperado.

La lujuria del momento era indescriptible.

Se rindió completamente a la tiranía de las pasiones.

La sangre en sus venas corría como un torrente incontrolable bajo los pliegues de su camisa desabotonada; los cuerpos se juntaban con una ferocidad primitiva.

Podía sentir los muslos de la chica entre los suyos, mientras le tapaba la boca para ahogar sus gritos y sentía la embestida que la desgarraba al abrirse paso entre su intimidad.

Cuando su cuerpo anunció el fin del placer, se sintió adormecido, sin siquiera poder afirmar si aquel placer feroz, tan poderoso, en verdad ocurrió o era una disociación de su mente.

La joven permanecía cerca de él, pero, una vez apaciguado el furor, nada parecía tener sentido.

Para ese momento, el resto de los acompañantes se ocupaba en esnifar polvo blanco; en cambio, él prefirió agudizar los sentidos y se llevó una bebida a la boca.

Luego esperó, como absorto en un sueño. Apenas oía las palabras que pronunciaban los presentes.

De los parlantes escapaba el riff de «Seven Nation» y sintió que ese sonido, los objetos y las personas que lo rodeaban lo impregnaban con sus formas y aromas.

Entonces comenzó a animarse de nuevo y le pareció que el resplandor del local era perfectamente natural.

Minutos antes habría concluido que dormía, excepto que los colores y todo lo que lo rodeaba parecía genuino, aunque en extremo distorsionado.

Era como llevar gafas tridimensionales. Las palabras sonaban precisas, cual proposiciones matemáticas: eran verdaderas o falsas, pero nunca ambas a la vez, ligeramente adornadas de solemnidad, al igual que las rimas de la canción que resonaban en sus oídos y que, a la vez, podía saborear.

Eran sabores cítricos, de frutas, y venían de todas partes.

Esa sensación, completamente nueva, lo llenó de felicidad, tanto que sintió gratitud hacia Juliette y su grupo, mientras seguía recostado, completamente estático en el sillón.

Por cierto, estaba plenamente consciente de dónde se encontraba; sin embargo, no era dueño de su propia voluntad y su estado de ánimo indudablemente seguía alterado.

Mientras el club brillaba con magníficas tonalidades, alzó la cabeza y se encontró con una figura que ocupó toda su atención.

Estaba frente a él, completamente rígida.

Notó que vestía un traje antiguo y tenía el semblante cubierto por una singular máscara pálida, con una nariz alargada, similar a la de un ave carroñera. Despertó de inmediato su curiosidad.

Intentó mover su cuerpo para ir al cuarto de baño, ubicado al otro extremo del salón. Necesitaba refrescarse con un poco de agua. Iba a pararse cuando tropezó con el extraño y estuvo a punto de caer.

—¡Fíjate por dónde vas! —reclamó con una voz aguda, apartándolo.

Dale hizo un gesto mientras se abría paso indeciso, observando nerviosamente su inusual aspecto.

Continuó sin detenerse, concentrando toda su atención en esquivar a la multitud que ocupaba la pista. Daban vueltas, se precipitaban como un torrente, danzaban frenéticamente, se acercaban de manera perversa. En algún punto, todo eso le resultó amenazante.

Se había alejado lo suficiente de su mesa cuando, desde atrás, escuchó:

—¡Sálvate! ¡Sálvate!

Dio la vuelta sorprendido, pero, en medio de aquel caos, era imposible saber quién las había pronunciado. En la pista formaban un solo organismo.

Minutos después tenía la mano derecha sobre el pomo de la puerta, que sostenía una placa marcada con la palabra «HOMbrES». Su mente seguía desorientada. Abrió, se sentía inquieto, pensaba que algo no andaba bien. Lo notaba como un palpitar en su pecho.

Entró tambaleándose y se detuvo frente al orinal.

A cada lado lo acompañaba un hombre de aspecto colosal, ambos vestidos con trajes idénticos al del sujeto junto a la pista y con las mismas máscaras extrañas.

Orinó profusamente y, cuando terminó, uno de ellos se aproximó desafiante.

Acto seguido, comenzó a recibir una lluvia de insultos y exclamaciones inesperadas: gritos, amenazas, risas.

Sentía el miedo creciendo en su interior. Intentó escapar. No sabía lo que pasaba. Bueno, tal vez sí lo entendió en ese momento.

Ni siquiera estuvo cerca de alcanzar la puerta cuando los hombres lo interceptaron, dispuestos a darle un castigo ejemplar. Uno de ellos lo tomó por los pulgares y se los dobló de una forma en extremo dolorosa.

—Si quieres desafiar a un hombre —dijo uno de ellos de forma despectiva—, primero debes estar a su altura.

Ahora entendía perfectamente a qué se refería. Pertenecían a la hermandad Velvet Snout y seguramente lo matarían.

Lo golpearon hasta casi perder el conocimiento.

Se encogió en el suelo, gimió, se arrastró.

Intentó inútilmente protegerse. Sentía la sangre en su boca y algo desgarrarse dentro de él.

Todo estaba a punto de terminar; eso pensaba mientras temblaba indefenso.

Retrocedía de espaldas a la pared, tratando de contener la furia insoportable de aquellos hombres.

Su memoria se desvanecía por momentos y la adrenalina se apoderaba de él, solo para volver a sentir cómo el cuerpo se le hacía añicos, hasta que finalmente se arqueó en una esquina, sangrando y empapado de sudor.

—Si vuelves por aquí, ¡te mataremos! —le lanzó uno de los hombres.

Un instante después sus pensamientos parecieron desvanecerse.

—¡Hey, hombre! ¿Te encuentras bien? —escuchó decir a alguien mientras lo sacudía—. Debes ir a un hospital.

Se sentó recostado en el muro, observando de un lado a otro, intentando recomponer sus recuerdos.

Los golpes y los cortes eran cada vez más visibles en su piel.

¿Cuánto tiempo había pasado? Las ideas parecían flotar inconexas, demasiado dispersas y mezcladas para organizarlas.

Recordaba a Juliette, a los hombres golpeándolo, poco más que eso.

Entonces comenzó a vomitar.

—Bebiste demasiado hombre, ¿me oyes? es mejor que te vayas —comentó aquella voz masculina.

Como pudo, se apoyó en la pared hasta ponerse de pie y salió tambaleándose del baño.

En el pasillo oyó voces que se acercaban. Era ella. Venía acompañada por uno de los extraños. Cuando la vio, cayó de bruces jadeando. Ella simplemente se quedó parada observándolo.

Pensó que lo golpearían de nuevo.

—¡Vaya que lo molieron a palos! —comentó el que la acompañaba.

En un instante, varios curiosos se agolparon a ambos lados.

Dos hombres se acercaron, rodeándolo por la cintura, para ayudarle a levantarse. Aturdido, intentando llenar sus pulmones de aire, con un esfuerzo tremendo comenzó a avanzar pesadamente hacia el interior del club. Se dio cuenta de que se hallaba al límite de sus fuerzas.

Toda la atención estaba puesta en él cuando pasó junto al extraño y la joven, sin decir una palabra. Los hombres que lo sostenían seguían a su lado, pero pronto concluyeron que no había necesidad de seguir cargándolo.

—Pide un taxi y ve a tu casa —dijo alguien con voz compasiva—. El aire fresco te hará bien.

Sacudió la cabeza intentando despejarse; sin embargo, la confusión y las náuseas se hicieron mayores.

Simplemente quería hundirse, dejarse llevar por el sueño.

Tardó alrededor de quince minutos, en medio de arcadas, en alcanzar la salida.

Afuera, el brillo tenue de las farolas iluminaba las calles de Gray Oaks.

Esperó hasta que vio un taxi acercarse. Le hizo señas. Apenas el vehículo se detuvo, abrió la puerta y subió.

—Conduce, por favor —dijo casi susurrando.

El conductor lo observó con aprensión.

—¿Está enfermo? —gruñó mientras ponía el motor en marcha.

—Estoy bien. Por favor, sácame de aquí —pidió con voz inexpresiva. Bajó la ventanilla para sentir el aire y se recostó en el respaldo del asiento.

—¿A dónde, señor?

Entonces supo que algo terrible sucedía. Sus recuerdos habían desaparecido, simplemente se habían ido. ¡No había rastro de ellos!

No recordaba la dirección. Permaneció allí, observando al conductor con gesto de horror, sin saber qué decirle. Minutos después exclamó, desconcertado:

—Mejor llévame al hospital.

El taxista avanzó rápidamente y, dando vuelta al volante, tomó el carril derecho, dejando atrás Sovereign Hills.

Sentado en su asiento, con una singular mezcla de sentimientos, Osborne solo recordaba la llegada al club con Juliette y reunirse con el grupo. La ansiedad crecía. Más allá del dolor de los golpes, lo peor era no saber quién era ni qué hacía en ese sitio.