La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo II #2
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Capítulo II #2

Acto seguido, se deslizó por el borde de la cama, entrando oblicuamente en ella. Intentaba tranquilizarse, pero los ruidos de afuera, metiéndose en su cabeza, no se lo permitían.

Media hora después estaba parado en la entrada de Cráter y Fango, con la atención fija y ánimo febril, buscando a Rodgers.

Catalina se levantó al verlo entrar.

—¡Así que! —dijo, con una singular sonrisa dibujada en los labios—. Finalmente has regresado... Llegué a dudar de que lo harías. Han pasado ¿qué? Dos días... desde que el jefe te mandó llamar.

—He estado ocupado—respondió con impaciencia—. Y no tenía mi teléfono. Por eso vine directamente a resolver ese asunto, como debe ser.

—Bueno, ¡ven! Siéntate y hablemos. Rodgers viene en un momento, pero... no importa... llegaste a tiempo.

—¿A tiempo? ¿Qué dices? ¿A tiempo para qué? Dime —preguntó, avanzando un par de pasos—. ¿Qué es lo que sucede?

Observó alrededor.

—Prácticamente vives aquí... Ya deberías saberlo.

—¡Vives tú! Yo solo estuve una noche en el lugar equivocado.

—¿No te parece suficiente? —dijo con voz de indiferencia—. Si no consigues solucionarlo, morirás aquí. Al menos, es un mejor lugar para morir que la calle.

—¿Morir? —La voz del hombre tembló—. ¿Morir? ¡No, no! La Hermandad debe entenderlo. En verdad, no sé nada; esa noche ni siquiera presté atención a lo que sucedía.

—No te engañes —lo interrumpió ella—. Ahora préstame atención... observa la pista y deja de decir necedades.

Bajo el resplandor de las lámparas, fijó su atención en la figura que meses antes le pareció demacrada, cuando en realidad se ocultaba tras una máscara.

—Te han observado desde el primer día que pasaste por la puerta —señaló la joven, rompiendo el silencio—. Deben ser ¿qué? Seis meses. Yo llevo más de dos años y jamás me pasó algo como eso.

De repente, extendió las manos y tomó las de Beasley, que se agitaban inquietas entre las suyas, dándole un apretón firme.

—Querido, ayúdate. Es lo mejor que puedes hacer —dijo conmovida—. Lo que hayas presenciado, ni siquiera debías estar allí.

—Sí, lo sé —respondió con un poco más de firmeza—.

En todo caso, no sabía lo que hacía. ¿Acaso crees que fue a propósito?

—tragó saliva—. ¿Qué quería provocar...?

¿Una situación como esta? Pasaron apenas dos días; en cualquier caso, decidí venir por mi cuenta.

¡Querida, no soy ingenuo! Sé que simplemente no hay escapatoria.

El gesto de Catalina se suavizó.

—¿Así que estás dispuesto a hacer lo que te pidan? —dijo casi con severidad.

—¿Crees que no debería? ¿Acaso tengo otra salida? —habló con voz muy baja.

—No, no, supongo que no. ¡En qué lío te has metido! Bueno, si haces lo que te pidan, ya pasará; ¡solo será el siguiente nivel del juego, aun así, probablemente vivas los siguientes meses en el infierno!

—El hombre que los dirige... —Una expresión curiosa apareció en su semblante, pero al mismo tiempo un ademán de terror.

—¡Ni lo intentes! —lo interrumpió ella con seriedad—. Si vas a caer cuesta abajo, no voy a caer contigo. No sé nada de la Hermandad. Desde que dejé mi casa he vivido bajo la protección de Rodgers y ni siquiera él junta dos frases que tengan relación con quiénes son o lo que hacen.

Un suspiro escapó de los labios del hombre.

—¡Por todos los cielos! —se quejó—. Catalina, ¡al menos puedes tratar de ayudar! Pídele a Rodgers que interceda. A ti te hará caso.

Ella sacudió la cabeza.

—No puedo hacerlo —dijo en voz baja—. Es demasiado peligroso. Aunque... creo que estar cerca de la muerte cambia por completo la perspectiva. Sin embargo, ahora mismo quien puede ayudarte eres tú mismo. Debes estar dispuesto a hacer cualquier cosa.

—Me temo que debo pedirte algo importante. Quiero que... —habló lentamente, como para captar su atención— me des un poco. No quiero estar limpio cuando me reúna con ellos.

La joven lo observó con incertidumbre.

—¿Harías eso por mí? —preguntó.

Cuando terminó de drogarse, Catalina lo condujo por un pasadizo oculto hábilmente tras una pared, al fondo del club, prácticamente indetectable, que conducía a una escalinata.

—¡Por todos los cielos! —exclamó—. ¿A dónde lleva esto?

—Aquí es donde empiezas a averiguarlo —dijo ella con voz serena.

—Bueno, vamos entonces —invitó Beasley.

—¿A dónde? —objetó ella.

—Al lugar de la reunión, por supuesto.

Ella se acercó, hablándole muy cerca.

—A partir de aquí sigues solo.

Bajó con cautela los escalones que llevaban a un sótano, donde esperaba el hombre con el traje medieval y la máscara.

Resultó bastante obvio que lo aguardaba.

Proyectaba una silueta grotesca. En el tercer escalón dudó, pero al final siguió descendiendo rápidamente hasta quedar frente al extraño, mientras jadeaba intentando recuperar el aire.

Incluso bajo el tenue resplandor, resultaba una imagen reveladora.

Habría sido difícil determinar su edad, cubierta como estaba su cara por la máscara y vistiendo aquel singular traje.

Lo mismo podía tener treinta años que ochenta; sin embargo, algo juvenil en su postura sugería una historia diferente.

El fulgor opaco de la lámpara enmarcaba la máscara pálida y, al observarlo directamente, por primera vez se le ocurrió que también podía tratarse de una mujer.

Más allá de la puerta que acababa de atravesar y los siete escalones que contó, la figura lo condujo por un vestíbulo de cemento, lúgubre, que llevaba a otra puerta.

Quizás no tenía razón para temer, se dijo a sí mismo, mientras avanzaba sin detenerse a pensar en el aspecto sórdido del lugar, tan diferente al resto del edificio, casi desolado.

El hombre o mujer que lo guiaba se detuvo en medio del umbral.

Beasley lo observó indeciso, sin saber si detenerse también o continuar, hasta que el otro le hizo un gesto.

De repente, frente a él apareció un amplio salón, perfumado y decorado con tonalidades bermejas y doradas. En la pared del fondo notó un extraño símbolo incrustado: dos antiguas llaves dobladas de forma circular, junto a un par de espadas. Era raro y atractivo a la vez. El metal resplandecía.

Una sacudida mental lo sacó de su abstracción y lo devolvió al crudo presente, recordándole la situación en la que su distracción lo había puesto.

—Por todos los cielos —murmuró—. Catalina, debiste acompañarme.

—La muerte. No hay nadie que tenga poder sobre ella —dijo alguien al emerger de las tinieblas, acompañado por otros nueve.

Llevaban trajes y máscaras exactamente iguales al primero, quien enseguida vino a reunirse con ellos.

Sus manos temblaban y el sudor le bañaba la frente.

El que habló continuó diciendo:

—Nadie debe saber lo que ocurrió esa noche, señor Beasley. Lo entiende, ¿no? —señaló, acercando sus manos que terminaban en dedos alargados—. Aunque el final de la existencia bastaría como garantía de silencio, quiero darle una oportunidad.

—¡Se lo aseguro, no sé nada! Solo recuerdo estar desorientado, cada vez peor —respondió con angustia—. Bajar a un sótano y volver a subir, nada más. Después de eso, desperté en mi cama y al día siguiente recibí la noticia de que debía reunirme con ustedes.

—¡Pobre! De modo que no recuerda nada. ¡Ah! ¡No lo niegue! —dijo el hombre, agarrándolo por el cuello con ambas manos—. ¡No lo niegue! ¡Díganos lo que vio! No es posible que simplemente lo haya olvidado.

—¿Negarlo? Debe creerme, por supuesto que no lo hago. ¡Solo le digo lo que recuerdo! —respondió con dificultad—. Créame, si supiera algo, se los diría.

Casi con suavidad, y hasta con simpatía, puede decirse, el maestro, como le llamaban los otros, liberó su garganta.

—¿Acaso la oscuridad o quizá las drogas le impidieron verlo? ¿Es lo que dice? Debe saber que, en este lugar, la mentira es muerte.

—¡La mentira es muerte! ¡La mentira es muerte! —repitieron los otros.

Ladeando un poco la cabeza, Beasley esperaba, escuchando y pensando lo que iba a responder.

Fue cuando recordó todo. Las imágenes de esa noche volvieron a agruparse, dejando atrás toda memoria difusa. El pasado volvió a configurarse con una nitidez horrorosa. Morir o revelar lo que sabía era lo que le quedaba por hacer.

Un sonido de pasos apurados, ansiosos. Efectivamente, algo terrible había sucedido en aquel lugar, el mismo donde ahora estaba.

La mujer gimiendo, el sonido de los pasos de los hombres al pasar por su lado, sin percatarse de su presencia, la forma en que la cargaban, inmovilizándole las piernas y las manos, para luego precipitarse por esa escalinata horrible.

No, no debió entrar allí jamás ni presenciar aquella escena grotesca, en extremo violenta.

La otra puerta se abrió y la lanzaron al suelo.

Era tan joven. Tras unos minutos, sin mediar palabra, uno de los extraños, rodeado por otros, pero que, a diferencia de estos, no llevaba la máscara, portando una espada igual a las que descansaban ahora en la pared del fondo, le desprendió la cabeza de un solo tajo.

Fue cuando uno de ellos se percató de su presencia.

Él se detuvo indeciso antes de salir corriendo.

La máscara alargada no permitía reconocer su semblante.

—¡Ven aquí, muchacho! —escuchó una voz llamándolo.

Una voz inesperadamente familiar.