La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo II
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Capítulo II

La observaron, dividieron, inhalaron por la nariz y sintieron un golpe de poder y euforia.

A Beasley le pareció horrible y sorprendente al mismo tiempo.

Su atención seguía puesta en los restos de polvo blanco sobre la mesa.

Rodgers, el plug del local, se encontraba parado junto a él con gesto impaciente.

—¿Y bien? —preguntó.

—Bien, ¿qué? —.

—¿Qué te pareció?

—Es buena —dijo él.

Esa noche, en la discoteca, quiso más y de nuevo se sintió lleno de energía.

En esa época no tenía ningún propósito y mucho menos iba a escuchar consejos. Si la gente lo hiciera, no habría cómo sostener el treinta por ciento de la economía local, por más que ello implicara persecuciones, corrupción y muerte.

Quienes nunca han estado en la ciudad creerán que es un lugar lúgubre, lleno de peligros y bandas criminales.

Eso solo significa que obtuvieron la información de forma parcial a través de las noticias; de cualquier modo, no es para tanto.

Podría resultar útil saber que también está lleno de personas dispuestas a divertirse y orientar a los visitantes, con una familiaridad que hace que no se sientan extraños.

La mayoría de esos peligros son inexistentes.

Sin embargo, la parte más emocionante y agitada de la noche siempre esconde trampas que pueden hacer caer a los más desprevenidos.

La recomendación era la misma para todos: ser siempre cautelosos, porque tropezar en un lugar así suponía para muchos perderse para siempre.

Y Beasley, que estaba muy orgulloso de sí mismo, había cometido su primer error, aunque seguía convencido de estar manejando todo de forma muy adecuada.

Al igual que él, la mayoría de clientes simplemente buscaba subir rápidamente por el ascensor mágico del desenfreno, donde disfrutar de todas las maravillas y la variedad que ofrecía Gray Oaks y sus noches.

El descenso, por supuesto, podía resultar muy doloroso para quienes se dejaban llevar por su majestad blanca, pero, en el fondo, a nadie le importaba.

La consumían las celebridades, los millonarios y los políticos.

Los barcos y las lanchas llegaban y partían de cada puerto cargados con ella y, en unas pocas ocasiones, salía en las noticias el informe oficial de un decomiso.

No era motivo de orgullo para la gente del común.

Esa no era la voz de la ciudad pobre, que se esforzaba cada día por sobrevivir.

Tampoco era entrañable ser señalados por el resto de la humanidad.

Sin embargo, los demonios existen y también a ellos les aterraban profundamente, porque, más allá de la fascinación que causa en algún consumidor asiduo, en medio de risas y casi exclusivamente a partir de su propia simpleza, lo que acarreaba era negligencia estatal, soledad y muerte, a niveles que ni siquiera se pueden describir.

La versión completa de Gray Oaks era demasiado amplia.

Tocaba dimensiones financieras, criminales, sociales, artísticas, así como la cotidianidad humana, doméstica y personal de todos.

Si levantaban la cabeza y observaban el cielo, podían darse cuenta de que la lluvia era un polvo blanco, en medio del cual corrían por igual obreros, oficinistas, marginados, pordioseros, en busca del sustento, porque la riqueza derivada de la majestad blanca se hallaba muy lejos de alcanzarlos a ellos.

En una cuadra lúgubre del centro de la ciudad, junto a hoteles destartalados y precarios comercios, se elevaba con sus tres niveles la discoteca Cráter y Fango, que albergaba toda clase de visitantes extraños: pseudo hippies, influenciadores, deportistas retirados, funcionarios corruptos, adictos, prostitutas, delincuentes de poca monta, hombres y mujeres aparentemente normales.

En el interior, a eso de las once, Beasley se hallaba completamente drogado.

Veía en las mesas jovencitas con atuendos ajustados, cabellos teñidos, moviendo las caderas; jóvenes lampiños, observándolas apasionadamente; en la puerta de acceso alguien vendía opiáceos; en el escenario, la banda interpretaba una canción de Powerman. Todos le resultaban extravagantes.

La vida afuera también seguía, ajena al caos. Alguien paseaba a su perro por allí; un mendigo intentaba sacarle unas monedas. Los asaltantes no se acercaban porque era del vecindario. La violencia no se ejercía entre los suyos: ese era su código.

Afuera, una comunidad sobrevivía como podía; adentro, el poder lo ejercía la Hermandad Velvet Snout.

En el local, las fantasías del licor y las píldoras seguían su curso. El animador gritaba:

—¡Esto es Cráter y Fango!

Y, en medio de ese fango, crecía una flor tímida, delicada, pero sometida al peso de aquel abismo despiadado.

Era Catalina. Ella no distribuía la mercancía personalmente; era una especie de lámpara para atraer a las polillas que se acercaban al dealer en busca de la majestad blanca y otras sustancias.

Los cautivaba con su belleza, se arremolinaban y agitaban las alas.

Si querían que les entregaran el pedido en la mesa, ella era la encargada.

En las noches de tinieblas lo iluminaba todo.

Era una tarea exigente; pese a ello, siempre sonreía. Le apodaban la luciérnaga.

Cuando cumplió quince, su padrastro intentó violarla.

La madre no iba a dejar a su marido; tenía un plan todavía más oscuro para ella.

De modo que escapó y terminó en aquel sector marginal del centro, donde todos la conocían y hasta la protegían.

A pesar de su belleza, nadie se le acercaba. Rodgers no lo permitiría.

—¿Sabes quién soy? —le preguntó cuando se conocieron.

Ella sonrió. Por supuesto que lo sabía. En el ámbito de la noche se hablaba sobre quiénes eran sus jefes.

Era un tipo alto y corpulento al que la mayoría reconocía cuando lo veía acercarse con su singular forma de andar, lanzando las piernas hacia adelante como si las proyectara antes que el resto de su cuerpo.

Se decía que había matado antes y volvería a hacerlo, de ser necesario, de modo que la mayoría le temía.

Y digo la mayoría porque nadie jamás consigue el respeto absoluto.

El caso fue que terminó acompañándolo en las discotecas. Aquel tipo duro controlaba la distribución en la zona; era justo lo que necesitaba para sentirse segura.

En medio de la pista, el horror tomó forma concreta para Beasley por primera vez esa noche, producto de la paranoia.

La discoteca se volvió irreconocible, un viaje que lo embarcó por extrañas regiones fuera de su cabeza.

Se encontró en medio de semblantes desconocidos que lo observaban sin compasión y se inmiscuían en lo que hacía.

No era exactamente como sucedía; sin embargo, era el nivel de conciencia en el que se hallaba.

Provocaba que todo fuera tan desagradable que, en lugar de disfrutar el momento, comenzó a sentirse profundamente nervioso.

El mentón se le movía descontroladamente de un lado para otro.

La explicación de su conducta caótica estaba razonablemente asociada a lo que había consumido.

De pronto, se encontró frente a una figura vestida con un gugel medieval.

Al principio le pareció que la iluminación del lugar lo hacía verse pálido, hasta que esa palidez le resultó aterradora.

Era horrible, como si hubiera muerto. Fue entonces cuando entendió que llevaba puesta una máscara de la peste que le cubría el semblante.

La forma de su cuerpo era vaga, indefinible. Sintió un temor paralizante. Movía unos dedos largos frente a él mientras le hablaba. El sonido que salía de su garganta era en exceso cruel de escuchar, haciéndole rechinar los oídos, pese a que ni siquiera entendía lo que decía.

Solo se le ocurrió pensar que era algún agente de una organización desconocida.

Las voces se mezclaban en la pista, los cuerpos se agitaban frenéticamente a su lado.

En un instante, las formas volvieron a ser muy definidas.

Estaba jadeando, a punto de ahogarse. Alguien le tocó la espalda.

Se volvió para ver quién era y la distinguió al instante: los labios carnosos y el gesto resplandeciente solo podían pertenecer a Catalina.

El extraño ya no estaba.

Ella lo acompañó de nuevo a la mesa. Los efectos de la droga comenzaron a ceder ante la monótona realidad. Se sentó y, diez minutos después, sudaba profusamente, pero se había tranquilizado.

Esa noche no tuvo más interés en inhalar aquella sustancia blanca ni en explorar sus efectos.

Había tenido suficiente de las alucinaciones que la acompañaban.

Con la memoria nublada, bebió hasta quedarse sin dinero.

Sus nervios se tensaban y destemplaban por igual luego del golpe de dopamina experimentado.

A las tres de la mañana se marchó aturdido y cansado.

Al llegar a casa no podía creer cómo le había afectado los sentidos.

Sin embargo, también recordaba la singular frescura y el vigor que experimentaba.

En la pequeña habitación donde se hospedaba, en el piso seis del edificio Baltic Warehouse, gobernaba el silencio.

Hasta el fulgor de la bombilla trastabillaba con un molesto efecto, mientras el distante rugido de los autos en la avenida y las voces en los callejones se filtraban monótonos, traídos por el viento.

Como si esperara a alguien, se sentó en una silla junto a la ventana. Permaneció muy quieto observando la ciudad, con las manos sobre los muslos, en actitud expectante. Sería una noche larga y tediosa. Intentar dormir no tenía sentido.

Se inclinó hacia adelante y se tocó el dedo medio del pie derecho, que se había descalzado poco antes. Lo empujó y se formó una ligera hendidura que enseguida desapareció. Luego hizo lo mismo con los dedos de ambos pies.

—Estaré bien —murmuró—. Si alguna vez vuelvo a probarla, estaré bien.

Para ese momento ya llevaba varios meses consumiendo diferentes clases de drogas.