Capítulo I #3
—Nunca damos más orientaciones de las necesarias.
Usted ha entrado en este edificio con un objetivo personal; manténgase firme en él y puedo decirle que su vida cambiará mucho en los próximos años.
Ha sido elegido bajo circunstancias excepcionales; sin embargo, todavía no ha conseguido nada más que la oportunidad de demostrar su valía y compromiso.
No se preocupe por las especulaciones; usted mismo podrá resolverlas en breve —apuntó con firmeza, con una voz que recordaba un gruñido.
El muchacho seguía ansioso, incapaz de contener su impaciencia; la situación le resultaba cada vez más incómoda, sobre todo cuando sus anfitriones comenzaron a hablar en un idioma completamente desconocido.
Aunque prestaba atención a aquellas extrañas palabras y frases, estas no sonaban a ningún dialecto conocido.
—¿Por qué sigo aquí, señor? Quisiera irme ahora—habló con seriedad—. No los conozco en absoluto.
El grupo subestimó su reclamo.
—Toda persona a quien se le ofrece una gran oportunidad tiene derecho a dejarla pasar.
De cualquier forma, no creo que sea su caso —señaló el acompañante—.
Su presencia aquí es responsabilidad suya, no nuestra.
Le ofrecemos aquello que desea a cambio de una pequeña renuncia; seguramente no rechazará la oferta cuando se la presentemos.
Desde luego, estamos dispuestos a recibirlo como uno de los nuestros, pero no sea ingenuo: un gran avance exige compromiso.
Quien hablaba permaneció en silencio por un momento y luego reanudó:
—¿Hasta dónde está dispuesto a llegar? ¿Qué es para usted tan valioso como esta Hermandad? —señaló con su expresión indescifrable—. ¿Qué puede ofrecernos?
El joven se estremeció.
—Será mejor salir de aquí —dijo—. No estoy interesado.
—No, no tan rápido... Usted es un tipo listo y puede obtener lo que siempre ha buscado.
Transcurrieron apenas unos segundos y, justo antes de responder, fue invadido por la angustia.
Un horrible grito lo sacó de sus pensamientos. Se dio la vuelta con un sobresalto violento y se encontró con Susan, a quien dos hombres llevaban agarrada por los brazos y la garganta.
—¡Larry! ¡Por todos los cielos! ¿Qué es esto? —gemía retorciéndose, gruñendo, alzando y agitando los brazos.
Retrocedió de un salto, dejando escapar un grito. Aquello ya no era un sueño, sino una terrible pesadilla. Se precipitó en medio de la oscuridad, pero apenas pudo avanzar unos pasos cuando sintió que unos enormes brazos lo sujetaban, mientras la joven seguía gimiendo con expresión aterrada.
—¡Ah! —gritó, volviéndose hacia ellos—. ¿Qué les ocurre? ¡Déjenla ahora mismo, desgraciados!
—¡Ayúdame! —gritaba ella.
—Sí, ustedes dos... —dijo el que más hablaba—. Esta idea no es nuestra. ¿No fue acaso el señor Rogers quien señaló su total determinación?
Los demás asintieron y uno de ellos se levantó para tomar una de las espadas de la pared. Enseguida, los otros dejaron sus asientos y se dirigieron hacia el muchacho, rodeándolo; dos de ellos le apuntaban con armas.
La joven se sacudía desesperadamente, segura de morir. Aturdida, hacía un gran esfuerzo por zafarse. A la Hermandad le daba lo mismo. Su actitud, sin ser deliberadamente explícita, se hacía cada vez más violenta.
—¡No, no! —repetía; sus pies se arrastraban, tropezaban, golpeaban el suelo y caía de nuevo, extenuada.
Era una locura inexplicable. A Larry lo invadió la sensación de que las paredes se estrechaban; el sonido repercutía dentro de la bóveda; los gritos se volvían aterradores, formidables.
Ahora ella sollozaba sin esperanza, consciente de su destino, en medio de la multitud de máscaras. Vencida, apenas podía reaccionar.
Desconcertado, él resoplaba, pateaba y forcejeaba para zafarse de los hombres encargados de sujetarlo, hasta que consiguió soltarse y, jadeando, se acercó a ella.
—Tranquila. No tengas miedo —susurró, buscando tranquilizarla.
Pero, superado por la incertidumbre como se encontraba, entre tanta confusión, entendió lo que sucedería.
—Señor Rogers, antes de que el sol salga y se refleje sobre esa claraboya —señaló una pequeña abertura en lo alto de una de las paredes—, usted deberá tomar su decisión —explicó el guía.
Acto seguido, le descargó la espada en las manos.
El joven se puso pálido, intentó decir algo; en lugar de eso, solo balbuceó una frase incoherente mezclada con pavor. Sintió impaciencia por salir de esa pesadilla; por despertar con la cabeza hundida en la almohada y ahogar así la abominación que presenciaba.
Temblaba de horror; aun así, algo en él cambió. Sintiéndose desfallecer, dejó caer pesadamente los párpados.
—¡Por todos los cielos! ¡Basta ya! —gimió—. Esto... es monstruoso...
En ese momento, se sumergió en la oscuridad como si no llegara aire a sus pulmones.
Observó la diminuta abertura y se fue hundiendo en pensamientos confusos, en un estado letárgico.
Al despertar, se hallaba en su cama; extendió la mano derecha buscando el cuerpo de Susan al lado suyo, pero no estaba.
Sobre la mesa de noche encontró una carta de bienvenida de la compañía a la que había aplicado para el cargo de gerente.
Entonces recordó aquella lóbrega estancia y unas voces repitiendo: «¡Solo la muerte es buena! ¡Solo la muerte es buena!