Capítulo I #2
—¿Y qué somos nosotros? —preguntó ella, dando un sorbo a su bebida.
—Es muy sencillo —respondió él—: una minoría privilegiada.
—¡Oh! —añadió ella, yendo en dirección a la pista—. Y se nos da bastante bien disfrutar esos privilegios, ¿verdad?
—Sí, desde luego, nos tomamos el asunto muy en serio —añadió con sarcasmo. Para ese momento, ella ya iba demasiado lejos y no lo escuchó.
Mientras bailaban, sintió que todo daba vueltas y vio de nuevo al hombre de la capucha, pero esta vez junto a ellos.
—Bueno... Parece que sí estoy demasiado ebrio —pensó—. Eso, si aún no he enloquecido.
—¡Por supuesto que no! No lo ha hecho —habló el de la máscara, sacando una bolsa de su bolsillo—. Pruebe una de estas —dijo, casi metiéndole por la fuerza una píldora en la boca.
Lo hizo con total serenidad y entonces el salón empezó a moverse mucho más rápido.
—No te preocupes —señaló el del disfraz—. Es completamente normal.
Al instante, se encontró transitando por habitaciones desconocidas.
Ya no había pista ni mesas; tampoco Susan lo acompañaba.
Se precipitaron por varios pasadizos, similares entre ellos, y finalmente llegaron a un inesperado ascensor con puertas de acero y un símbolo de dos antiguas llaves dobladas de forma casi esférica.
A continuación, subieron y, tras un par de minutos, el elevador se detuvo con un golpe sordo.
Cuando las puertas se abrieron, los esperaba una enorme habitación abovedada, envuelta en la semioscuridad, al final de la cual se hallaban dispuestas once sillas revestidas en terciopelo bermejo y, encima de ellas, una lámpara alargada, casi tanto como la hilera de asientos.
Aquello calificaba como una de las escenas más curiosas de la noche; la iluminación poco adecuada apenas permitía distinguir los detalles. Sumido en la confusión y con una sensación de temor creciente, sin saber a dónde ir, se dirigió al hombre.
—¿Qué ocurre? —preguntó con voz indecisa—. ¿Qué es este lugar?
—Ya lo sabrá —se volvió hacia él con una expresión apenas reconocible tras el disfraz, y le vino a la mente la idea de hallarse frente a una entidad casi inhumana; convencido de alguna terrible maquinación de su parte, y, por si fuera poco, parecía demasiado físico como para ser una ilusión.
Sacudió la cabeza con aire perplejo y reflexionó durante unos segundos.
Pero lo que vendría a continuación lo dejó atónito.
—¡El señor Rogers! —anunció quien lo guiaba.
De súbito, apareció frente a ellos una camarilla conformada por hombres y mujeres. Al fijar la atención, ellos tenían la misma apariencia. En aquella habitación, además de lo descrito, algo le inquietó sobremanera: en el muro colgaban un par de espadas de verdugo.
—Le pedimos excusas por estas formalidades —dijo el guía—; como entenderá, debemos ser muy estrictos.
Sintió miedo y suplicaba por el fin de la pesadilla; el grupo le inspiraba horror.
Cuando estuvieron frente a él, le envolvió una inquietud intolerable.
No se atrevía a preguntar nada más; imaginaba que, si decía algo inapropiado, terminaría siendo un cadáver bajo aquel techo abovedado.
Era escalofriante imaginar a esas personas reunidas con el simple y morboso interés de sorprenderlo, ¡a él!
, un tipo tan común y corriente como cualquier otro, y, por más que lo pensaba, no acertaba por qué lo hacían.
Comenzaba a sentirse más sobrio en ese momento; con todo, arrastraba una ligera pesadez.
A medida que transcurrían los minutos, aquel misterioso encuentro se convertía en un motivo de sufrimiento.
Además, lo trataban como si fuera de su propiedad.
Obligado a escucharlos en plena oscuridad y verlos aparecer de repente cuando menos lo esperaba, ya no podía soportar aquella situación. Necesitaba una explicación.
—Oh, disculpe, pero ¿qué hacen? ¿Quiénes son ustedes? —preguntó, convencido de estar soñando y de encontrarse dormido en algún rincón del club, con Susan intentando despertarlo. Aun así, el asunto no dejaba de resultar singularmente extravagante.
Los once, incluido su guía, se dejaron caer sobre los sillones.
—Ahora, mi apreciado señor, estamos bastante cómodos —expresó con calma el sujeto—. Se preguntará por qué lo trajimos, ¿no? Es natural sentir cierta inquietud cuando uno se adentra en terrenos desconocidos. Basta decir esto: usted mismo nos ha convocado. Bueno, tal vez no lo recuerde de ese modo.
—En primer lugar, no sé de qué habla —indicó el invitado—. ¿Qué quiere decir con eso de haberlos convocado?
—¡Ah, no sabe de qué se trata! O tal vez lo ha olvidado —sonó su voz ronca—. Profundizaré un poco más en la cuestión. ¡No vaya a sentir esto como algún tipo de imposición! ¡Odiamos hacer las cosas de manera arbitraria!
El visitante sacudió la cabeza. El otro continuó:
—La respuesta es bastante sencilla. Hace unos meses usted aplicó para un cargo de gerente en una de nuestras compañías; en la entrevista aseguró, según sus propias palabras, “estar dispuesto a sacrificar lo que sea por la organización...”. Ese momento ha llegado.
El invitado lo escuchaba con interés; de todos modos, no se atrevía a preguntar nada más.
Aquellos personajes, vestidos de forma tan inusual, no hacían parte de su cotidianidad, aunque resultaba curioso cuánto sabían sobre los pormenores de la entrevista.
Si sabían todo aquello, no hacía más que confirmar su sospecha. ¡Sí, debía ser un sueño!
—Señor, nuestro tiempo es limitado; por lo tanto, tendrá que decidir pronto —indicó, sin señalar nada más sobre las intenciones del grupo—.
Ha dicho usted que su mayor anhelo es ser contratado y nosotros queremos hacerlo, por supuesto, si es usted alguien digno de emplear y está interesado en tener el mejor futuro posible.
—Todavía no entiendo qué es... —iba a decir.
Pero el otro lo interrumpió con impaciencia: