La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9) Capítulo I
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La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9)

La Hermandad Siniestra (Anatomía de un Monstruo 9)

Por G.R. Mann

© inepub.com

Capítulo I

¿Qué es la Hermandad Velvet Snout? No existe una respuesta precisa. Las múltiples versiones sobre su naturaleza y miembros convierten su existencia en un motivo constante de controversia. Cualquier intento de investigarla está restringido; resulta prácticamente imposible.

La palabra snout deriva del neerlandés snute; la raíz imita el sonido del resoplido o la acción de olfatear.

Se les ha descrito como una poderosa comunidad de políticos, empresarios y millonarios con presunta injerencia en cada decisión global.

Cualquiera puede concluir algo: no es ninguna anomalía.

Desde los primeros años de la humanidad, a veces hombres, a veces mujeres, bajo ciertas condiciones, adquieren tanto poder que llegan a convertirse en la causa de toda disposición social, temporal o permanente.

De hecho, prácticamente no hay lugar donde no metan sus alargadas narices, si bien tal vez no exista certeza y algunos le llamen una simple leyenda.

Mientras las autoridades lo consideran una invención, en otros escenarios, aunque parcialmente, se habla de un poder cuyo alcance no se limita a una elección superficial aquí o allá, y, en algunos casos, inexplicables muertes y desapariciones apuntan a su existencia.

Esto quizá resume todo cuanto se conoce sobre el alcance y los crímenes atribuidos a la misteriosa organización. Entretanto, los más escépticos seguirán afirmando que se trata de otra psicosis irracional, la cual terminó por afianzarse y ganar seguidores.

Por supuesto, cabe señalar que monstruos siempre han existido; basta con sacudir un poco y alguno termina por aparecer. Por tanto, cualquier idea, por extraña que parezca, merece ser considerada.

Ahora bien, dejando de lado el escepticismo y acudiendo a los argumentos, se rumora que la mayoría de estos hombres y mujeres, a quienes se les conoce simplemente como los Snout, son importantes.

¿No es razonable suponer su influencia, voluntaria o involuntaria, también en la justicia?

Es decir, si alguno de ellos es acusado, rápidamente se demostrará la ausencia de pruebas, calificando el asunto de equívoco o de rencilla política, lo cual, sea dicho, la gente siempre prefiere creer.

Bueno, esto puede ser así cuando no existe suficiente evidencia capaz de demostrar el proceder criminal de estas personas.

De modo que, tomando por cierta su existencia, la prioridad es saber cómo operan, cuáles ideas defienden y hasta qué punto consideran el poder un derecho para actuar a su voluntad, siempre y cuando las víctimas no estén en capacidad de defenderse.

Teniendo en cuenta la reserva en torno a los Snout, uno de los sitios donde encontrarlos era el club Aethelgard, un edificio victoriano en el suburbio de Sovereign Hills.

Majestuoso y caótico en su estructura, combinaba la opulencia con toda clase de caprichos estéticos.

En los círculos de la alta sociedad, se le describía como el refugio exclusivo donde los millonarios se reunían para financiar proyectos absurdos, subastar obras de arte, celebrar eventos y debatir excentricidades.

El establecimiento no solo se advertía excesivo, sino perfecto para olvidarse de lo que ocurría tras los densos muros y la neblina gris de Gray Oaks.

Era como ingresar en un sueño: un lugar bullicioso, repleto de comida, bebidas, bailes y risas, donde el pudor parecía no existir y había matones apostados en cada esquina.

Todo estaba envuelto en una escenografía acorde con semejante derroche, iluminada por enormes lámparas de techo.

Se respiraba hedonismo puro; sin embargo, resultaba difícil saber si, tras la singular fachada, en efecto se refugiaban los miembros de Velvet Snout con sus extravagantes hábitos.

Sobre aquella singular irrealidad caía el peso de las tinieblas.

El lugar parecía tan aislado como un barco en medio del océano, a pesar de alzarse a pocas calles de la comisaría.

La actitud de los presentes, en cualquier caso, mostraba, la supremacía social que detentaban.

Su jerga y su descarada frescura rayaban en la ilegalidad y alteraban a Larry Rogers, cuyo semblante proyectaba una mueca de desdén.

Un hormigueo le recorría los nervios. La impresión era de lo más particular.

—¿Quieres irte? —preguntó Susan Kim con sarcasmo.

El hombre simplemente guardó silencio, sobrepasado por el caos. Podía hacer cientos de cosas diferentes; a pesar de todo, allí seguía con una sensación repugnante, casi a punto de vomitar.

La chica lo invitó a bailar con un gesto, pero estaba tan alterado que ni siquiera le prestó atención.

—¿De verdad? —se quejó—. ¿Sabes? Tú siempre eliges los lugares y resultan ser los peores... Deja ya esa actitud y vamos a disfrutar.

—Te pido disculpas —dijo él con voz ronca—. Olvidé por completo el propósito de hoy: dejar de lado las convenciones.

Por primera vez, se le dibujó una sonrisa en los labios.

—Eso sí, no esperes que me comporte como esta gente.

Ella lo observó fijamente, entornando los párpados mientras sonreía.

—No, no lo espero —indicó—. De cualquier forma, te tomarás en serio lo de disfrutar esta noche. ¡Harás exactamente eso!

—¿Perdón? ¿Acaso alguna vez he dejado de hacerlo? —preguntó él tranquilamente.

Sin esperarlo, empezó a sentir un curioso placer mientras la seguía en dirección a la pista.

—¡Está excelente!, ¿verdad? —señaló ella, elevando mucho la voz por el sonido de los altavoces.

—¿Lo dices en serio? —respondió perturbado—. Hay muchos tipos de establecimientos, pero prefiero reservarme la opinión. Sabes a lo que me refiero.

Ella frunció el ceño y objetó bruscamente:

—Tu estilo no va con este tipo de cosas.

Él dejó escapar una carcajada sonora y rodeó con sus brazos su figura delgada y atlética; pese a su propia resistencia, le gustaba compartir con ella, incluso ante lo absurdo y excesivo de Aethelgard.

Se dirigieron a un rincón y siguieron intercambiando opiniones.

Él provenía de una familia acomodada y, a pesar de sus aires y modales a veces superficiales, en el fondo consideraba aquello una ostentación innecesaria.

Ella, por su parte, defendía con vehemencia aquella exageración; se apasionaba al elogiar la estructura, la decoración y el lujo excesivo.

Luego decidieron que lo mejor sería mezclarse y disfrutar de la noche, la euforia y las bebidas.

Pronto el recinto se convirtió en un océano agitado: el sudor de los cuerpos se sumaba a la música frenética, el retintín de los cristales y los gritos ahogados.

La joven, con su vestido ceñido y las mejillas ruborizadas, saltaba y reía a carcajadas.

Las botellas rodaban por el suelo, las parejas se acariciaban sin decoro y los restos de distintas sustancias se acumulaban por todas partes.

De vez en cuando, una voz histérica irrumpía entre el bullicio.

Los invitados tropezaban, derramaban sus bebidas y reían con un frenesí apenas contenido.

El ruido era ensordecedor y el caos se apoderaba del ambiente, mientras todos parecían dispuestos a exprimir la noche al máximo.

De pronto, a unos pasos de los escalones que llevaban a la planta superior, Larry notó una figura rígida e inmóvil, vestida con un gugel medieval y una máscara de la peste cubriendo su semblante. Apareció de forma abrupta y, con un gesto algo dubitativo, daba la impresión de saludarlo.

Él, completamente ebrio, devolvió el saludo con algo más de informalidad.

—Te está esperando —escuchó la voz de su compañera—. Puedes ir si quieres.

—Por supuesto, espera... ¿qué? —se volvió hacia ella con gesto de sorpresa.

Ella lo escuchó extrañada, como si no entendiera nada. Por su ademán, comprendió que esperaba una respuesta seria, pero en ese momento no tenía ninguna. Tras una pausa, con voz suave, lo invitó:

—¿Vamos por una bebida?

Él asintió con una sonrisa desconcertada y, acto seguido, volvió su atención hacia donde estaba la figura, pero había desaparecido.

—Cariño, dime... ¿viste a alguien parado junto a los escalones con este tipo de prenda extraña? —preguntó.

Pensativa, la muchacha observó el lugar colmado por cientos de personas y respondió:

—Lo siento, no sé de qué me hablas. Sería imposible distinguir a alguien en medio de este ambiente —señaló con calma, a expensas de ser demasiado obvia—, pero ¿puedes describirlo? Tal vez lo encontremos por ahí.

—Sí. En absoluto —asintió, y repasó brevemente o, mejor, inventó una descripción omitiendo por completo el disfraz, con el temor de provocar las risas de ella; a pesar de las circunstancias, quería mostrarse lo suficientemente sensato.

—Bueno, nada más creí ver a un hombre saludándome del otro extremo del salón —dio por concluido el relato.

—¿En serio? —manifestó ella—. ¿Pero no lo has vuelto a ver desde ese momento?

—No, y, a decir verdad, no tengo ningún interés en hacerlo —sonrió ruborizado—. ¿Vamos? —cambió enseguida de tema.

Aun así, no pudo borrar aquella imagen de su cabeza.

—¡En serio! Un tipo con una máscara —pensó para sí mismo, intentando acudir al sentido común—. Estar aquí es aventurarse a estas cosas. Debe ser simplemente la bebida. ¡Muy bien! Ni siquiera sé qué tan ebrio estoy.

Mantuvo su expresión habitual hasta que volvió a abrir los labios:

—¿Qué vas a beber? —preguntó con aire despreocupado—. Yo solo tomaré un whisky.

—Oh, un vesper está bien —indicó ella.

El resto de la conversación resultó completamente desorganizado con la llegada de otros clientes.

—¡Disculpa, disculpa! Sí que la estamos pasando bien, ¿no? —exclamó uno al pasar, tropezándolos—. Siempre suele ser así, excepto que hoy el caos es total —señaló en referencia al club.

—¡Sí, una verdadera pesadilla! —asintió el otro.

—Y esto no es nada, te lo aseguro —continuó el recién llegado—. Estás a punto de vivir la experiencia más emocionante de tu vida. ¡Ahí llega mi bebida! Los veo luego —se despidió.

—Debes admitir el exceso, digamos; casi una desproporción entre lo que sucede afuera y dentro de los muros de este local —mencionó el joven.