La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 14 La Última Noche De Octubre #3
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Chapter 14 La Última Noche De Octubre #3

En algún momento de aquella noche superé los cincuenta mil seguidores.

Solo me enteré porque Maya me escribió:

«50 MIL».

Respondí con tres emojis.

Y volví a trabajar.

Cerca de las nueve entró un hombre de casi setenta años.

Sin disfraz.

Sin bolsa.

Sin ningún interés aparente en comprar nada.

Se detuvo delante de la fotografía de Morgana.

Se quedó allí.

No lo interrumpí.

Después de unos minutos se acercó al mostrador.

—Tu tía era una mujer difícil.

Sonreí.

—Eso he oído.

El hombre volvió a mirar la fotografía.

—Una vez debería haber escuchado a Morgana.

Todo mi cuerpo se detuvo.

La frase.

La misma que había leído antes de conocer la tienda.

Lo miré.

La pregunta apareció de inmediato.

«¿Fue usted?»

Solo tenía que preguntar.

El hombre se ajustó el abrigo.

—Buenas noches.

La pregunta llegó hasta mi boca.

No salió.

—Buenas noches.

Caminó hasta la puerta.

Sonó la campanilla.

Y se marchó.

Theo apareció a mi lado unos segundos después.

—¿Qué pasa?

Miré hacia la puerta.

—Nada.

Entrecerró los ojos.

—Ese «nada» es nuevo.

—Estoy experimentando.

Theo sonrió.

No pregunté.

Poco después, Ruth puso una bolsa debajo del mostrador.

—Voy a comer algo sentada antes de demandar a mi propia sobrina por explotación.

—No soy tu sobrina.

—Mejor todavía.

Apareció Theo.

—Quédate aquí diez minutos.

Ruth lo miró.

Después a mí.

—Id.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Desapareced.

—¿Otra vez?

—Hoy es Halloween. Llevas aquí todo el día.

—Estoy trabajando.

Ruth señaló la puerta.

—Ahora son nueve minutos.

Theo ya estaba cogiendo mi abrigo.

—Habéis creado una asociación.

Lo cogí.

—Vale.

Theo abrió la puerta.

El sonido entró antes que nosotros.

Y, durante unos segundos, me quedé quieta.

Salem había desaparecido dentro de su propio Halloween.

Las calles estaban tomadas.

Luces naranjas, moradas y blancas cruzaban las fachadas.

La música llegaba desde más de un sitio a la vez.

Un grupo vestido de esqueletos bailaba en mitad de la calle.

Una mujer con unas alas enormes pasó junto a nosotros.

Dos hombres llevaban máscaras de lobo.

Un niño sentado sobre los hombros de su padre agitaba una escoba pequeña en el aire.

Olor a azúcar.

Manzana.

Comida caliente.

Humo.

Café.

El viento tiró de mi pelo.

Sujetando el sombrero.

Theo se rio.

—Ahora lo entiendes.

Miré alrededor.

La ciudad que me había parecido exagerada el primer día había conseguido encontrar nuevos niveles de exageración.

—Dijiste que no estaría aquí para verlo.

Theo me miró.

—Ya me lo has recordado hoy.

—Quiero aprovechar mientras tengo pruebas.

—Me equivoqué.

Me detuve.

—Repítelo.

—No.

—Theo.

—Una vez ya ha sido suficiente.

Me reí.

Seguimos andando.

No fuimos lejos.

No podíamos.

Diez minutos en Salem aquella noche podían traducirse en veinte metros.

Pasamos junto a un grupo de vampiros.

Después junto a una familia vestida como personajes de un circo antiguo.

Una mujer ofrecía dulces a un niño disfrazado de murciélago.

En lo alto de un edificio parpadeaban unas luces.

En algún punto más lejano oí una sirena.

Mi móvil vibró.

Se quedó en el bolsillo.

Theo me cogió de la mano.

Andamos un poco más.

Entonces me di cuenta de que aquella era la última noche.

Mañana volvería.

Universidad.

Mi familia.

Maya.

Mi vida.

Miré a Theo.

—¿Vas a pedirme que me quede?

Ni siquiera fingió pensarlo.

—No.

Me detuve.

—Vaya.

Theo también se detuvo.

La gente seguía pasando a nuestro alrededor.

Lo miré.

—Llevas un mes entero intentando ganar libertad. No voy a ser el hombre que te pida renunciar a ella justo cuando la has conseguido.

Me quedé callada.

—¿Y nosotros?

Theo miró nuestras manos.

Después a mí.

—Tú vives en Nueva Jersey.

—Sí.

—Yo vivo en Massachusetts.

—Correcto.

—Existen carreteras.

—Está demostrado.

Sonrió.

—Entonces...

—¿Entonces qué?

—Nosotros.

Theo apretó mis dedos.

—Ya lo iremos descubriendo.

Me acerqué un poco más.

—¿Y no vas a pedirme nada?

Esta vez lo pensó.

—Sí.

—¿Qué?

—Vuelve.

Se me encogió el corazón.

Sonreí.

—Volveré.

Theo me besó.

En mitad de Salem.

En medio del ruido, los disfraces y la música.

Cuando se apartó, mi sombrero volvía a estar torcido.

Lo colocó bien.

—Nueve minutos —dije.

—¿Los has contado?

—Ruth sí.

Empezamos a volver.

Todavía íbamos de la mano.

Cuando entramos otra vez, Ruth miró el reloj.

—Once.

Volví al mostrador.

La caja de galletas seguía abierta.

La flor de Vivian permanecía junto a la fotografía.

La taza devuelta estaba un poco más atrás.

Cosas que no estaban allí aquella mañana.

Más tarde, los turistas empezaron a disminuir.

Un poco.

Pero las personas que entraban empezaron a cambiar.

Una señora vino sola.

No compró nada.

Miró una lámpara cerca de la pared.

—Morgana siempre dejaba esa encendida.

Señalé.

—¿Esa?

—Esa.

La encendí.

La mujer sonrió.

—Mejor.

Se marchó.

Entre una visita y otra, algunas personas dejaron flores. Otras se quedaron unos minutos delante de la fotografía. Una se llevó un libro sin decir nada sobre Morgana.

Después entró una mujer con un pequeño paquete de café.

—Para Morgana.

Me detuve.

Se dio cuenta.

—Perdón.

Miró la fotografía.

—La costumbre.

—Puede dejarlo.

Lo puso junto a las demás cosas.

Antes de salir, se detuvo en la puerta.

—Me alegro de que hayas abierto.

—¿Por qué?

Pareció no entender la pregunta.

—Morgana siempre abría.

Y salió.

Miré la puerta.

Después el cajón.

La carta estaba allí.

«Si sigues en Salem el 31 de octubre, no cierres la tienda antes de medianoche».

No necesitaba abrirla.

Ruth se marchó a las once.

Se detuvo en la puerta con el abrigo cerrado hasta el cuello.

—Mañana a las nueve.

—¿Vas a venir?

—Sabrina.

—Vale. Mi encargada.

Ruth sonrió.

—Tu casi encargada.

—Has aceptado el sueldo.

—Todavía podemos renegociarlo.

—No.

Se rio.

Miró la tienda.

Después a mí.

—Te queda bien estar ahí detrás.

Me detuve.

Ruth abrió la puerta antes de que pudiera responder.

Y se llevó unos chocolates.

—Feliz Halloween.

—Feliz Halloween.

Se marchó.

Theo se quedó.

El movimiento disminuyó todavía más.

Entró una señora solo para dejar una tarjeta sobre el mostrador.

—¿Quiere que se la entregue a alguien?

—No.

Miró la fotografía.

—Ella lo sabe.

Antes de que pudiera preguntar nada, se marchó.

Cogí la tarjeta.

No la abrí.

La dejé junto a la flor.

Theo lo vio.

No comentó nada.

A las once y cincuenta y tres, la tienda se quedó vacía.

Por primera vez en horas, oí los relojes.

Tic.

Tac.

Otro más lejos.

Tic.

Tac.

Fuera, Salem seguía completamente despierta.

La gente pasaba.

Reía.

Gritaba.

Música.

Miré el móvil.

11:54.

Theo estaba apoyado en el mostrador.

—Seis minutos.

—Lo sé.

—¿Estás nerviosa?

—No.

Levantó una ceja.

—Un poco.

—¿Por qué?

—Morgana escondió una llave dentro de una muñeca, un compartimento detrás de un espejo, dinero dentro de un reloj y me pidió específicamente que mantuviera la tienda abierta hasta medianoche en Halloween.

Theo lo pensó.

—Dicho así...

—Gracias.

11:57.

Entró una última persona.

Una señora bajita.

Abrigo negro.

Sin disfraz.

Caminó hasta la fotografía.

Dejó delante una pequeña manzana.

La miré.

La señora vio mi expresión.

—Le gustaban.

—¿Las manzanas?

—Decía que no.

Sonreí.

Claro.

La mujer tocó ligeramente el mostrador.

—Gracias por abrir.

—De nada.

Salió.

Sonó la campanilla.

11:59.

Me quedé quieta.

Theo también.

Miré hacia la puerta.

El ruido fuera aumentó.

Algunas personas empezaron a contar.

Diez.

Nueve.

Mi corazón se aceleró.

Ocho.

Siete.

Theo me miró.

Seis.

Cinco.

Cuatro.

Tres.

Dos.

Uno.

La calle explotó.

Gritos.

Aplausos.

Música.

Campanas en algún lugar.

Cogí el móvil.

00:00.

Esperé.

Nada.

Miré los relojes.

Nada.

El techo.

Nada.

Theo siguió observándome.

Un minuto.

00:01.

Sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

—Estabas esperando algo.

—No.

—Sí.

—Cállate.

Theo se rio.

Miré el mostrador.

La caja abierta de galletas.

La flor blanca de Vivian.

La taza devuelta después de dieciséis años.

El café.

Las flores.

La tarjeta cerrada.

La manzana.

La fotografía de Morgana riéndose en medio de todo.

Ninguna de aquellas cosas estaba allí aquella mañana.

Algunas personas habían entrado sin comprar nada.

Otras no se habían quedado ni cinco minutos.

Miré el cajón.

No necesitaba sacar la carta.

Fui hasta la puerta.

Giré el cartel.

«CLOSED».

Theo apareció detrás de mí.

Fuera, Halloween continuaba.

Dentro de la tienda, octubre había terminado.

Apoyé la frente un instante contra el cristal frío.

Theo me cogió de la mano.

Por primera vez, cerrar aquella puerta no pareció marcharme.

A la mañana siguiente, Salem estaba cansada.

La calle que pocas horas antes apenas tenía espacio para que pasara una persona estaba casi vacía.

Los empleados recogían las barreras.

Un hombre barría la acera.

Había vasos olvidados junto a una papelera.

Algunos disfraces sobrevivían.

Un vampiro sin maquillaje tomaba café mirando el móvil.

Una bruja con chaqueta deportiva llevaba los zapatos en la mano.

Las calabazas seguían en las entradas.

Las telarañas.

Los esqueletos.

Las luces apagadas.

Pero el volumen había desaparecido.

Caminé por Essex Street escuchando mis propios pasos.

—Qué raro.

En la cafetería, el chico me miró.

—¿Lo de siempre?

Esta vez no discutí.

—Lo de siempre.

Empezó a prepararlo.

—¿Te vas hoy?

—Sí.

—¿Vuelves el año que viene?

Me detuve.

—Antes.

Asintió como si esperara esa respuesta.

Cogí el café.

—Hasta luego.

—Hasta luego.

No «buen viaje».

No «adiós».

Hasta luego.

Me gustó.

Cuando volví, Theo ya estaba en la tienda.

Claro.

Dos cafés sobre el mostrador.

Miré el vaso que llevaba en la mano.

Después los suyos.

—Tenemos un problema logístico.

—No sabía que ibas a salir.

—Ahora tengo dos.

—Uno para el viaje.

—Excelente solución.

Ruth llegó poco después.

Dejé sobre el mostrador el juego de llaves que había mandado copiar.

—Entrada.

Las cogió.

—Trasera.

Cogió la otra.

—Y no las pierdas.

Ruth me miró.

—Trabajaba aquí antes de que tú aprendieras a andar.

—Eso no responde.

—Sabrina.

—Vale.

Guardó las llaves.

—No me llames cada dos horas.

—Una vez al día.

—No.

—Ruth.

—Un mensaje.

—Dos.

Cogió el bolso.

—Te devuelvo las llaves.

—Uno.

—Hecho.

Sonreí.

—Excelente gestión.

—Vete antes de que cambie de idea.

Bajé a buscar mis cosas.

La habitación parecía más pequeña.

No porque hubiera cambiado.