La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 14 La Última Noche De Octubre #4
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Chapter 14 La Última Noche De Octubre #4

Porque ahora sabía dónde estaba todo.

La taza sobre la mesita.

Mi cargador junto a la cama.

El abrigo en el armario.

La ropa dentro del cajón.

Todo el mes repartido en pequeñas cosas.

Metí la última ropa en la mochila.

El portátil.

Los cargadores.

La fotografía de Morgana y mi madre entre dos páginas de un cuaderno.

El sobre de Rowena dentro del bolso.

Después cogí el libro de Morgana.

Me quedé unos segundos sujetando la cubierta oscura.

Lo abrí por la página de la noche anterior.

«Para dejar ir sin borrar».

Y, debajo:

«Llévate lo que no necesita una dirección».

Lo cerré.

Lo metí en la mochila.

Por último, cogí el sombrero.

Theo estaba en lo alto de la escalera cuando subí.

Lo miró.

—Eso viene conmigo.

—Me lo imaginaba.

Puse el sombrero encima de la mochila.

Theo cogió la correa.

—La llevo yo.

—Puedo.

—Lo sé.

No solté.

Él tampoco.

Miré nuestras dos manos en la misma correa.

—Esto se va a poner incómodo.

—Para ti.

Solté.

—Ha ganado la caballerosidad.

Theo cargó la mochila.

Ruth estaba detrás del mostrador cuando pasamos.

—Tienes mi número.

—Por desgracia.

—Si pasa algo...

—Te llamo.

—Y las ventas...

—Las registro.

—Y si alguien quiere una pieza por encima de...

Ruth levantó una mano.

—Vete.

Cerré la boca.

Sonrió.

Fui hasta la puerta.

Me detuve.

Miré hacia atrás.

Bellamy Antiques & Curiosities.

Relojes.

Muebles.

Libros.

La fotografía sobre el mostrador.

La flor de Vivian dentro de un vasito con agua.

La taza devuelta.

La muñeca seguía ausente del escaparate, pero Theo había prometido solucionar aquel problema de reputación.

Ruth ya estaba abriendo un cajón.

Como si aquella mañana fuera simplemente otra mañana.

Quizá lo fuera.

—Sabrina.

Me giré.

Theo sujetaba la puerta.

Salí.

La campanilla sonó sobre mi cabeza.

Esta vez no cerré con llave.

Ruth estaba allí.

La tienda seguiría abierta.

Caminamos hasta la estación.

Salem me había parecido enorme cuando llegué.

Aquella mañana reconocía el camino sin pensar.

Theo caminaba a mi lado llevando mi mochila.

Nuestras manos se encontraron a mitad de camino.

Ninguno de los dos comentó nada.

En la estación había más gente marchándose que llegando.

Aquello parecía mal.

Theo dejó la mochila a mi lado.

—Avísame cuando llegues.

—Mi madre va a decirme lo mismo.

—Tu madre parece inteligente.

Cerré los ojos.

—Insistes en estropear los buenos momentos.

Sonrió.

—Funciona.

El tren todavía no había llegado.

Había tiempo.

Y yo ya había aprendido a no intentar llenar todos los silencios solo porque existían.

Theo se acercó un poco más.

—Vuelve.

Sonreí.

—Ya te respondí ayer.

—Estoy comprobando los hechos.

—Volveré.

Me besó.

Despacio.

Sin clientes llamando.

Sin móviles sonando.

Cuando se apartó, apoyó la frente contra la mía.

—Vas a perder el tren.

—¿Ahora quieres que me vaya?

—Quiero que vuelvas.

Se me encogió el corazón.

—Vale.

La voz por megafonía anunció la llegada.

Cogí la mochila.

Theo me sujetó la mano una vez más.

Después la soltó.

Subí.

Encontré un sitio junto a la ventana.

Dejé la mochila a mis pies.

El sombrero en el asiento de al lado.

El tren empezó a moverse.

Theo seguía en el andén.

Levanté la mano.

Él también.

Después la estación quedó atrás.

Salem empezó a desaparecer por la ventana.

El primer día había llegado con un mapa abierto en el móvil y una semana entera planificada.

Ahora sabía llegar a la tienda sin pensar.

Sabía qué escalón crujía.

Dónde guardaba Morgana el romero.

Y quién aparecía con café.

Miré el sombrero en el asiento de al lado.

Sonreí.

Me estaba marchando.

Pero ahora sabía el camino de vuelta.

EPÍLOGO

Mi madre se quedó mirando el sobre demasiado tiempo.

Yo acababa de llegar a casa. Mi mochila seguía junto a la puerta, mi padre ya me había preguntado dos veces si de verdad había comido durante el viaje y el sombrero negro de Theo seguía enganchado por el ala a mi mochila.

Le tendí el sobre.

—Esto es tuyo.

Mi madre miró su propio nombre escrito con la letra de Morgana.

Después me miró a mí.

—¿Lo has abierto?

—No.

Sus ojos se detuvieron en mi cara.

—¿Ni siquiera lo intentaste?

—Mamá.

—Estoy preguntando.

—No.

Lo cogió.

No le pregunté cuándo pensaba abrirlo.

No le pregunté qué creía que había dentro.

Y, cuando mi madre desapareció por el pasillo llevando lo último que su hermana le había dejado, me di cuenta de que ni siquiera estaba intentando imaginarlo.

Aquello era suyo.

A la mañana siguiente apareció en la puerta de mi habitación.

—Lo he leído.

Cerré el portátil.

—Bien.

Esperó.

—¿No vas a preguntar?

—¿Quieres contármelo?

Mi madre se quedó callada.

—No.

—Entonces no hace falta.

Algo cambió en su rostro.

Pequeño.

Pero se quedó allí.

Llegó hasta la puerta.

Se detuvo.

—Cuando vuelvas a Salem...

Levanté la vista.

—Avísame.

Se me encogió el corazón.

—¿Quieres ir?

Tardó.

—Quizá.

Sonreí.

No hice que pareciera más grande de lo que era.

—Vale.

El miércoles, el profesor Grant pausó mi reportaje.

Otra vez.

Solo que, esta vez, no tenía el pelo metido en la boca y no hablaba como si la cadena fuera a explotar antes de que terminara la frase.

En la pantalla, una historiadora de Salem terminaba una respuesta.

Grant retrocedió unos segundos.

—¿Por qué cortaste aquí?

—Porque después empezó a hablar de una experiencia personal.

—¿Era interesante?

—Mucho.

—¿Habría mejorado el reportaje?

Lo pensé.

—Quizá.

—Entonces, ¿por qué lo cortaste?

Miré la imagen congelada.

—Porque esa parte no era mía.

Grant permaneció en silencio un momento.

Después dejó el mando sobre la mesa.

—Por fin has aprendido dónde parar.

Maya giró la cara hacia mí.

Sonreí.

—A veces.

Grant casi sonrió también.

—Sigue practicando.

Le pagué a Theo su diez por ciento aquella misma semana.

El acuerdo era el acuerdo.

Treinta segundos después de la transferencia, mi móvil vibró.

«Theo: ¿qué es esto?»

«Yo: tu 10 %»

«Theo: Sabrina»

«Yo: Theo»

«soy tu novio»

«¿y?»

Tardó casi un minuto.

«nada»

Sonreí.

Exactamente.

El coche llegó unas semanas después, cuando por fin pude utilizar el dinero de la herencia.

No compré el sedán plateado de cinco mil novecientos dólares.

Espero que encontrara a alguien.

El mío era azul oscuro, tenía pocos años, un kilometraje razonable, aire acondicionado que funcionaba y cuatro puertas exactamente del mismo color.

Yo había elegido el color.

Theo nunca volvió a oír el final de aquella historia.

El día que recogí las llaves, me senté al volante y estuve unos segundos sin arrancar.

Mío.

No prestado.

No dependía de trenes.

De autobuses.

De que alguien me llevara.

De nadie.

Era mío.

Hice una foto.

Abrí los Stories.

Me detuve.

Los cerré.

Se la mandé primero a Theo.

«Yo: lo he comprado»

La respuesta llegó rápido.

«bonito»

«¿solo bonito?»

«¿llega hasta Massachusetts?»

Miré a través del parabrisas.

Sonreí.

«vamos a descubrirlo»

Tres días después, lo descubrí.

Bellamy siguió abierta.

Ruth se convirtió en encargada de verdad, con sueldo, horario y una cantidad de autoridad que sigo considerando excesiva.

Algunos fines de semana iba yo a Salem.

Otros, Theo venía.

Algunos planes salían mal.

Otros empezaban un viernes por la noche porque alguien decidía conducir.

Descubrimos que echarse de menos no mataba.

Solo era incómodo.

Las pociones también continuaron.

Pocas.

A veces alguien entraba pidiendo un ritual y salía después de hablar sin que ni siquiera abriéramos el libro.

Otras veces me ponía el sombrero.

Ruth estableció rápidamente los límites de su propio contrato.

«Ruth: mujer quiere ritual de prosperidad»

«Yo: dile que voy el sábado»

«Ruth: ha preguntado si no puedo hacerlo yo»

«Yo: ¿y?»

«Ruth: yo gestiono antigüedades. la brujería espera a la propietaria»

Justo.

A finales de enero, después de pagar alquiler, sueldo, restauraciones, impuestos y todo lo que una tienda parecía inventarse solo para seguir existiendo, todavía había beneficios.

Llamé a Carol.

Renové por un año más.

Bellamy no era un museo de Morgana.

La gente seguía entrando por la puerta.

Mi madre volvió a entrar unos meses después.

Se quedó delante de la fotografía de ella con Morgana tanto tiempo que nadie dijo nada.

Después vio el libro.

—¿Sigues haciendo esas cosas?

—Algunas.

—Nada de brujería, Sabrina.

—Tú misma dijiste que no tengo el sexto sentido de tía Morgana.

—Precisamente eso me preocupa. Sigues usando esas recetas como si pudieras pedir prestado el suyo.

Me quedé mirándola.

—No creo que funcione así.

—Yo tampoco.

—Perfecto.

—Eso no significa que puedas seguir.

Mi padre, detrás de nosotras:

—Creo que perdiste esa discusión hace meses.

Ella lo miró.

Después a mí.

—La tienda la acepto.

Sonreí.

—Eso es progreso.

—Las pociones, no.

—Aun así.

Se marchó aquel día quejándose de mi sombrero.

Pero volvió a Salem.

Era suficiente.

Casi un año después de aquel primer octubre, estaba en una acera de Manhattan con un micrófono en la mano.

Me había graduado unos meses antes.

En la foto, mi padre aparecía gritando, mi madre lloraba mientras negaba que estuviera llorando, Maya intentaba colocarme bien la toga y Theo me miraba como si acabara de hacer exactamente lo que esperaba de mí.

El trabajo tardó un poco más.

Currículums.

Pruebas.

Entrevistas.

Algunos noes.

Hasta que llegó el sí.

Reportera de calle.

Nueva York.

Exactamente donde le había dicho a Grant, casi un año antes, que quería estar.

En la calle.

El productor habló por el pinganillo:

—Treinta segundos.

El viento me empujó el pelo pelirrojo hacia la cara.