La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 14 La Última Noche De Octubre #2
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Chapter 14 La Última Noche De Octubre #2

—La casa se ha vendido. El lunes firmo la entrega definitiva.

—¿No querías venderla?

—Sí.

—¿Necesitas venderla?

—También.

—Entonces, ¿qué te lo impide?

Miró la llave.

Tardó.

—Cada vez que pienso en entregarla, siento que estoy dejando a mi madre allí.

Me quedé callada.

—Sé que no tiene sentido.

—Yo no he dicho eso.

Levantó los ojos.

—Quiero marcharme sin sentir que estoy abandonando algo.

Mi mirada fue hacia el libro de Morgana.

Esta vez mi mano no fue directamente hacia él.

—¿Viviste en esa casa?

—Desde los seis hasta los diecinueve.

—¿Tu madre siguió viviendo allí?

—Hasta que murió.

—¿Todavía tienes cosas tuyas allí?

—Algunas.

—¿Te las vas a llevar?

—Las que quiero, sí.

—¿Y el resto?

Respiró.

—Eso es lo que no sé hacer.

Cogí el libro.

—Ahora sí podemos buscar.

La mujer se acercó.

Lo abrí.

«Amor».

Pasé.

«Dinero».

Pasé.

«Protección».

«Verdad».

Después:

«Despedidas».

Me detuve.

La palabra parecía haber estado esperando todo el mes.

Pasé algunas páginas.

«Para cuando no hubo tiempo de decir adiós».

No.

«Para cerrar lo que todavía pide una respuesta».

Seguí.

Entonces lo encontré.

«Para dejar ir sin borrar».

Mi dedo se detuvo en la página.

—Es este.

La mujer se inclinó.

—¿Qué dice?

—Primero voy a leerlo entero.

Esperó.

Leí.

Agua templada.

Sal.

Romero.

Lavanda.

Una vela blanca.

Dos tiras de papel.

Y la llave.

Sencillo.

Las instrucciones, no tanto.

—Quédate aquí.

Bajé a la cocina.

Theo apareció en la escalera antes de que llegara al armario.

—¿Necesitas ayuda?

—Romero, lavanda, sal, vela blanca.

—¿Despedidas?

Me detuve.

—¿Cómo lo sabes?

—Has puesto una cara diferente al abrir el libro.

—Mi cara se está volviendo demasiado informativa.

Abrí el armario.

Cogí el romero.

Después la lavanda.

La sal estaba en la balda inferior.

Fue entonces cuando Theo miró hacia el fondo.

—Espera.

Todo mi cuerpo lo supo.

—No.

—¿Es ese?

—No sé de qué hablas.

Theo señaló el enorme tarro de cristal escondido detrás de los más pequeños.

El líquido oscuro seguía allí.

La cosa clara y alargada también.

Exactamente igual que el segundo día.

—¿Nunca lo has abierto?

Cogí la sal.

—No.

—¿Después de un mes?

—Tengo límites.

Theo me miró.

—¿Desde cuándo?

Cerré el armario.

—Octubre ha sido transformador.

Empezó a reírse.

Pasé junto a él.

—No vamos a abrirlo.

—Yo no he dicho que quisiera.

Me detuve en el primer escalón.

—Has preguntado.

—Curiosidad.

—Peligroso.

Theo levantó una ceja.

—Ahora la usas tú.

—Sigue sirviendo.

Subí.

La mujer seguía cerca del mostrador.

Ruth atendía a otro cliente mientras yo organizaba los ingredientes sobre una pequeña mesa lateral.

Puse un cuenco de cerámica en el centro.

Vertí agua templada.

Encendí la vela blanca.

La llama se reflejó en la superficie.

La mujer dejó la llave al lado.

Abrí el libro.

Cogí dos tiras de papel.

Las puse delante de ella.

—En la primera, escribe «Lo que se queda».

Frunció el ceño.

—¿Lo que dejo?

Miré el libro.

—No. Pone «lo que se queda».

—¿Qué diferencia hay?

Lo pensé.

—Creo que vas a descubrirlo.

Cogió el bolígrafo.

Escribió el título.

En la otra tira:

«Lo que me llevo».

La mujer se quedó mirando las dos.

—¿Qué escribo?

Leí la instrucción.

—«No ayudes».

—Tu tía era económica.

—Sobre todo con las respuestas.

Sonrió.

Empezó por el primer papel.

Escribió rápido.

Una línea.

Otra.

Después dos más.

Lo dobló.

Cogió el segundo.

Tardó.

El movimiento de la tienda continuaba a nuestro alrededor.

La campanilla de la puerta.

Voces.

Ruth diciendo un precio.

Theo moviendo una pieza.

Fuera, música.

Gente.

Un niño gritando de alegría o de terror.

En Salem aquel día era imposible saberlo.

La mujer siguió mirando el papel.

Después empezó a escribir.

Muy despacio.

No intenté mirar.

Mientras lo hacía, puse una pizca de sal en el agua.

Después romero.

Lavanda.

El olor subió.

Fresco.

Limpio.

Terminó.

Dobló el segundo papel.

—¿Y ahora?

—Lee los dos.

Me tendió uno.

—¿Para ti?

—No.

La respuesta salió inmediata.

Me miró.

—Solo para ti.

Abrió el primero.

Leyó.

Después el segundo.

Apretó los labios.

Se le humedecieron los ojos.

No lloró.

Volvió a cerrar los papeles.

Consulté el libro.

—Ahora la llave.

La metió en el agua.

El metal se hundió.

La luz de la vela temblaba sobre él.

Leí la siguiente instrucción.

—«Sujeta lo que te llevas».

Se quedó con el segundo papel en la mano.

—¿Y el otro?

Seguí.

Me detuve.

—«Quema lo que se queda».

Levantó los ojos.

—¿No debería ser al revés?

—Yo también lo he pensado.

Volví a mirar la página.

—Al parecer, mi tía no está de acuerdo.

La mujer soltó una pequeña risa.

Extendió el primer papel.

—¿Quieres que lo haga yo?

Lo pensó.

Después negó con la cabeza.

Volvió a cogerlo.

Acercó una esquina a la vela.

Lo sostuvo hasta que la llama creció y lo dejó caer en el pequeño cuenco de metal que había colocado al lado.

El papel se oscureció.

Se curvó.

Se convirtió en ceniza.

Se quedó mirándolo hasta que desapareció el último trozo.

El otro seguía cerrado en su mano.

Saqué la llave del agua.

La sequé con un paño.

Se la entregué.

—Ahora esto vuelve a ser solo una llave.

La cogió.

La miró.

—No lo parece.

—Espera al lunes.

Sonrió.

Pasé el dedo por la página.

Había una última frase abajo.

La letra de Morgana era más pequeña allí.

La leí primero para mí.

Después levanté la vista.

—Hay una cosa más.

—¿Qué?

Leí:

—«Llévate lo que no necesita una dirección».

La mujer se quedó completamente quieta.

Miró el papel que sujetaba.

Después la llave.

—Esa mujer era irritante.

Sonreí.

—Mucho.

Se rio, todavía con los ojos brillantes.

Guardó el papel en el bolso.

La llave también.

—¿Cuánto te debo?

—Cien.

Pagó.

Esta vez no sentí nada extraño al cobrar.

La mujer guardó el móvil.

—¿Tú crees en esto?

La pregunta ya había aparecido otras veces aquel mes.

Miré el cuenco.

El agua con romero y lavanda.

Las cenizas.

El libro.

—No sé si creo en las pociones.

Esperó.

—Pero estoy empezando a creer bastante en lo que ocurre alrededor de ellas.

La mujer sonrió.

—Me gusta eso.

—A mí también.

Salió.

Sonó la campanilla.

Me quedé unos segundos delante de la mesa.

Cerré el libro.

Pasé una mano por la cubierta.

Y me di cuenta de algo que no esperaba.

No quería que aquel fuera el último ritual que hiciera.

Todavía no sabía si creía en las pociones.

Quizá esa ya no fuera la pregunta más interesante.

Guardé el libro.

Fuera, la luz empezaba a desaparecer.

Y Salem volvió a cambiar.

Las calabazas se encendieron.

Los escaparates cobraron luz.

Los disfraces se volvieron más elaborados.

La música subió.

La calle también.

Muy pronto apenas quedaba acera.

Solo gente.

Algunas personas se detenían delante de la tienda solo para hacer fotos.

Otras entraban.

Compraban.

Preguntaban por Morgana.

Preguntaban por mí.

Preguntaban por las pociones.

Una adolescente pidió hacerse una foto conmigo.

Acepté.

Otra preguntó si podía grabar la tienda.

—La parte de delante, sí.

—¿Y el resto?

—No.

Asintió.

Sin discutir.

Me gustó.

Una niña me preguntó:

—¿Eres una bruja de verdad?

Miré a Theo.

Cruzó los brazos.

—Cuidado con la respuesta.

Volví hacia ella.

—Todavía lo estoy investigando.

La niña pareció satisfecha.

—Vale.

Extendió el cubo.

—Trick or treat.

Mi móvil vibró dentro del bolsillo.

No lo miré.

Poco después entró un señor con traje marrón, corbata naranja y un sombrero que parecía haber sobrevivido a más octubres que yo.

Pasó un rato observando un marco pequeño.

Después se acercó al mostrador.

—Tú eres la sobrina.

—Esa parte ya se ha hecho bastante conocida.

Sonrió.

—Morgana me prestó dinero una vez.

Me detuve.

—¿Mi tía?

—Sí.

—¿Cuánto?

El hombre lo pensó.

—No me acuerdo.

—¿Cómo que no se acuerda?

Apoyó las dos manos en el mostrador.

—Porque veintidós años después recuerdo más lo que me dijo.

Mi curiosidad se despertó de inmediato.

—¿Qué le dijo?

Sonrió.

—Eso sí lo recuerdo.

Esperé.

—«El dinero no lo soluciona todo. Pero a veces compra el tiempo que necesitas para descubrir qué hacer».

Me quedé mirándolo.

—¿Le ayudó?

—En aquel momento, no.

—Claro.

Se rio.

—Después.

Compró el marco.

Se marchó.

Apunté la venta.

No apunté la historia.

Poco después de las siete entró Vivian Crowley.

La reconocí incluso antes de que llegara completamente a la luz.

Abrigo color vino.

Pelo recogido.

Postura impecable.

Una sola flor blanca en la mano.

Ningún bolso lo bastante grande como para contener quince mil dólares.

Excelente señal.

Vivian recorrió la tienda con la mirada.

Se detuvo al verme.

Sus ojos bajaron hasta el vestido.

Después al sombrero.

—Interesante.

—¿Eso es un cumplido?

—Todavía lo estoy decidiendo.

—Vale.

Se acercó al mostrador.

Dejó la flor delante de la fotografía de Morgana que yo había puesto allí aquella mañana.

Me detuve.

Vivian acomodó el tallo.

—Pensaba que no os caíais bien.

—No nos caíamos bien.

Miró la fotografía.

Morgana se reía.

El mechón blanco atravesaba su pelo oscuro.

Vivian tardó un poco.

—No necesitaba quererla para echarla de menos.

La frase llegó sin peso.

Por eso se quedó.

—¿Echas de menos discutir con ella?

Vivian me miró.

—Sobre todo eso.

Me reí.

Ella también.

Un poco.

Su mirada fue hacia el cajón donde guardaba el libro.

Después volvió a mí.

Ninguna oferta.

Ninguna pregunta.

—Feliz Halloween, Sabrina.

—Feliz Halloween, Vivian.

Se giró.

—Vivian.

Se detuvo.

—¿Sí?

—Creo que Morgana también echaría de menos discutir contigo.

Vivian lo pensó.

—Probablemente.

Abrió la puerta.

—Nunca lo admitiría.

—Me lo imagino.

Sonó la campanilla.

Desapareció entre la multitud.

La flor se quedó.

Más tarde entró una mujer de pelo gris y bufanda roja llevando una pequeña bolsa de papel.

—Esto era de Morgana.

La dejó sobre el mostrador.

La abrí.

Una taza blanca.

Una pequeña muesca en el borde.

—¿Le prestó una taza?

—No.

La mujer sonrió.

—Me mandó llevarle café a una persona a la que yo no quería visitar.

—Eso parece más probable.

—Nunca se la devolví.

—¿Hace cuánto?

—Dieciséis años.

Miré la taza.

—¿Y ha decidido devolverla hoy?

Se encogió de hombros.

—Todos los días treinta y uno pienso en ello.

—¿Por qué hoy?

Me miró.

—Porque la puerta estaba abierta.

Aquello se quedó conmigo.

Se despidió.

La taza quedó junto a la flor de Vivian.