La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 14 La Última Noche De Octubre
89%

Chapter 14 La Última Noche De Octubre

Me desperté el treinta y uno de octubre con alguien corriendo por encima de mi cabeza.

Abrí los ojos.

Por la pequeña ventana cerca del techo vi dos pares de botas cruzando la acera.

Después una capa negra.

Después unos pies diminutos con zapatillas naranjas.

Cogí el móvil.

7:18.

Pasó otro grupo.

—¿Vosotros no dormís?

Me senté en la cama.

El ruido de la calle ya llegaba hasta el sótano.

Voces.

Algo arrastrándose.

Un claxon.

Música a lo lejos.

Una sirena en algún punto más distante.

Me quedé unos segundos escuchando.

Entonces lo recordé.

Treinta y uno.

Salí de la cama.

Me duché, me recogí el pelo y me puse vaqueros, camiseta negra y la chaqueta que, después de un mes en Massachusetts, ya había aceptado que era demasiado fina.

Mi madre nunca se enteraría de aquella victoria.

Subí.

La tienda estaba a oscuras.

Encendí las luces.

Pasé entre los muebles.

El reloj que había devuelto Martin seguía detrás del mostrador.

Quieto.

Lo miré.

—Hoy no.

Cogí las llaves y fui hasta la puerta principal.

Antes incluso de abrir, me detuve.

Había gente fotografiando la fachada.

Una mujer con un vestido verde largo posaba delante del escaparate.

Un hombre con toda la cara pintada de calavera sostenía dos bebidas y esperaba.

Tres niños con sombreros de bruja corrían por la acera.

Más adelante, unas barreras impedían el paso de coches por algunas calles.

Los empleados organizaban estructuras.

Las fachadas estaban todavía más decoradas que el día anterior.

Calabazas.

Luces.

Esqueletos.

Fantasmas.

Telarañas.

Flores oscuras.

Las hojas secas corrían por el suelo entre decenas de pies.

Abrí la puerta.

Entró el frío.

Sonó la campanilla.

Salem ya parecía estar en medio de algo a lo que yo acababa de despertarme.

Me quedé en la entrada.

A principios de mes, cuando Theo me había llevado a conocer la ciudad por primera vez, le pregunté cómo se ponía aquello el día treinta y uno.

Me respondió:

«Tú no estarás aquí para verlo».

Miré la calle.

Estaba.

Cogí el móvil.

Abrí la cámara.

—Día treinta y uno.

Giré hacia la ciudad.

Un hombre vestido de vampiro pasó cargando una caja de donuts.

Volví a enfocarme.

—Vine a Salem para vender una tienda.

Miré la fachada detrás de mí.

—No me preguntéis cómo hemos llegado hasta aquí.

Lo publiqué.

Guardé el móvil.

Dos segundos después, lo saqué otra vez.

—Ah. Y feliz Halloween.

También lo publiqué.

La primera persona entró antes de que girara el cartel.

Me miró.

Después miró «CLOSED».

—Puedo volver luego.

—Ahora ya has entrado.

Me giré.

«OPEN».

—Listo.

La tienda se llenó rápido.

Tan rápido que, cuando Theo apareció con dos cafés, tuvo que pedir permiso para atravesar la puerta.

Consiguió llegar al mostrador.

Dejó mi vaso delante de mí.

—Buenos días.

Lo cogí.

—Dijiste que hoy no estaría aquí.

Theo se quitó la chaqueta.

—¿Qué?

—El día tres.

Lo pensó.

Entonces se acordó.

—Ah.

—Te equivocaste.

—Eso parece.

—Me gustaría disfrutar del momento.

—Disfrútalo.

—Puede tardar en volver a ocurrir.

Theo sonrió.

—Buenos días, Sabrina.

—Muy buenos.

Se inclinó sobre el mostrador y me besó.

Una mujer que examinaba una caja de madera a pocos metros hizo un pequeño:

—Ah.

Cerré los ojos.

Theo se apartó.

La miré.

—Buenos días.

—Buenos días.

Siguió sonriendo.

Theo se fue al fondo.

—Lo has hecho a propósito.

—No.

—Mentiroso.

Su voz llegó desde lejos.

—Trabaja.

Sonreí.

Y trabajé.

Ruth llegó poco después.

Se detuvo en la puerta.

Miró la tienda llena.

Después a mí.

—No.

—Todavía ni has entrado.

—Exactamente.

—Es Halloween.

—Sé qué día es.

Se quitó el abrigo.

—Déjame la caja.

—Vale.

—Tú atiendes.

—Vale.

—Y no desapareces para grabar vídeos cuando haya quince personas esperando.

—Yo jamás haría eso.

Ruth me miró.

—Hoy.

—Vale.

Antes de las diez empecé a entender por qué Theo había llamado tranquilo al principio de octubre.

Salem no estaba llena.

Estaba desbordada.

La gente pasaba delante del escaparate sin interrupción.

Algunas iban disfrazadas de cosas que reconocía.

Otras, no.

Brujas.

Vampiros.

Esqueletos.

Personajes históricos.

Novias muertas.

Piratas.

Una familia entera de fantasmas.

Un hombre vestido de langosta tardó casi diez segundos en conseguir entrar por la puerta.

Lo miré.

—¿Necesitas ayuda?

—Estoy bien.

Se giró de lado.

Pasó.

—Excelente.

Una niña me señaló.

—Tú eres la chica de Instagram.

Su madre pareció avergonzada.

—Perdona.

—No pasa nada.

La niña miró hacia el mostrador.

—¿Dónde está la muñeca?

Me detuve.

—Recuperándose.

—¿Se ha muerto?

Theo respondió desde el fondo:

—No.

La niña pareció aliviada.

Lo miré.

Vendimos una lámpara.

Dos broches.

Una caja pequeña.

Tres libros.

Una señora compró un reloj después de que le garantizara que aquel, concretamente, nunca había sido devuelto por actividad paranormal.

Se rio.

No le conté el resto.

Cuando me di cuenta, mi café estaba frío y se me había olvidado comer.

Theo apareció con un sándwich.

—Come.

—Estoy trabajando.

—Sigues después.

—Tengo una clienta.

La mujer delante de mí levantó una mano.

—Yo espero.

La miré.

—No ayudas.

Se rio.

Di dos mordiscos mientras envolvía un marco pequeño.

Ruth pasó.

—¿Eso es comer?

—Está en proceso.

Ruth se encogió de hombros.

—Déjala.

La miré, agradecida.

—Cuando te desmayes, aprenderás.

Los dos siguieron trabajando.

A media tarde, la tienda por fin respiró durante unos minutos.

Yo estaba detrás del mostrador sumando una venta cuando sonó la campanilla.

Entró una mujer de unos sesenta años con una caja blanca atada con cordel.

No miró las estanterías.

Vino directa hacia mí.

—Tú eres Sabrina.

—Sí.

Dejó la caja sobre el mostrador.

—Para vosotros.

La miré.

—¿Qué es?

—Galletas.

—Me cae bien usted.

Sonrió.

—A Morgana también.

Mi mano se detuvo sobre el cordel.

—¿Se las traía?

—Todos los días treinta y uno.

Miré la caja.

—¿Todos los años?

—Desde hace bastante tiempo.

—¿Le gustaban?

La mujer hizo una mueca.

—Se quejaba de que tenían demasiado azúcar.

—Eso no parece que le gustaran.

—Después se comía cuatro.

Me reí.

—Eso sí parece que le gustaban.

Miró alrededor.

Su expresión cambió un poco.

—Está diferente.

—¿Para mal?

—No.

Lo pensó.

—Vivo.

Aquello me pilló desprevenida.

Tocó ligeramente la tapa de la caja.

—Guárdate una antes de que Ruth se las coma todas.

Desde la caja:

—Te he oído.

La mujer se rio.

—Era la idea.

Se marchó sin comprar nada.

Abrí la caja.

Apareció Ruth.

—No toques.

—Me ha dicho que guarde una para mí.

—Una.

Cogí dos.

Ruth me miró.

—Las consecuencias educan.

Me detuve.

—¿Conoces a mi padre?

Ya estaba volviendo a la caja.

—No.

Theo empezó a reírse.

Cuando pude mirar otra vez el móvil, horas después, los Stories tenían miles de visualizaciones y mi bandeja de mensajes parecía haber renunciado a funcionar con normalidad.

Había preguntas sobre la tienda, sobre Salem, sobre mi ropa, sobre Theo y, en una cantidad preocupante, sobre la muñeca.

Sonreí.

Guardé el móvil.

La cola delante del mostrador era más urgente.

Poco después entró otra mujer.

Pelo blanco.

Pintalabios color vino.

Una capa negra que parecía más antigua que un disfraz.

Miró mi sombrero colgado detrás del mostrador.

—Todavía no te lo has puesto.

—Todavía no.

—Tu tía se lo pondría.

—¿Eso es ánimo o amenaza?

Sonrió.

—Depende.

Pasó unos minutos revolviendo algunas cajas.

Después señaló una pulsera pequeña.

—¿Cuánto?

Le dije el precio.

Pagó.

Mientras la envolvía, dijo:

—Morgana me dijo que no me casara con mi primer novio.

Levanté la vista.

—¿De la nada?

—No exactamente.

—¿Le hizo caso?

—No.

Esperé.

Guardó la tarjeta.

—Me casé.

—Ah.

—Tenía razón.

—Ah.

La mujer empezó a reírse.

Yo también.

—¿Cuánto duró?

—Dieciocho meses.

—Eso parece suficiente para que dijera «te lo advertí».

—Nunca lo dijo.

Me detuve.

Mi madre había dicho lo mismo sobre el accidente.

Nunca lo dijo.

La mujer cogió la bolsa.

—Solo me preguntó si quería seguir perdiendo el tiempo.

—Eso parece peor.

—Lo era.

Salió todavía riéndose.

Me quedé mirando la puerta.

Aquella tarde, Morgana empezaba a aparecer de una forma distinta.

No en notas.

No en objetos escondidos.

En frases que la gente todavía recordaba décadas después.

Más tarde, Ruth decretó que tenía quince minutos para cambiarme de ropa.

—Quince —repitió cuando fui hacia la escalera.

—Te he oído.

—Tú gastas cinco hablando con el espejo.

—Eso pasó una vez.

Theo la miró.

—Habla con varios objetos.

—Traidor.

Bajé.

El vestido estaba colgado en el armario.

Negro.

Largo.

El mismo que había usado en el primer ritual con Marianne.

Aquella vez me lo había puesto porque quería parecer alguien que sabía lo que estaba haciendo.

Ahora me quedé unos segundos mirándolo.

Lo cogí.

Me lo puse.

Recogí parte del pelo pelirrojo detrás de la cabeza y dejé el resto suelto.

Pasé delante del pequeño espejo de la habitación.

Me detuve.

Morgana había llevado aquel vestido.

Lo sabía.

Pero el rostro reflejado allí era el mío.

Cogí el sombrero.

El de Theo.

Me lo puse.

La punta cayó un poco hacia un lado.

—Perfecto.

Subí.

Ruth fue la primera en verme.

Se detuvo con una hoja en la mano.

Me miró.

—Morgana llevaba ese vestido.

—Lo sé.

Volvió a recorrerme con la mirada.

—En ti queda diferente.

Miré hacia abajo.

—¿Eso es bueno?

—Mucho.

No dijo nada más.

Volvió a la caja.

Theo estaba cerca del escaparate.

Cuando me vio, se detuvo.

No dijo nada.

Esperé.

Siguió mirándome.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Theo se acercó.

Ajustó ligeramente la punta torcida del sombrero.

—Sigue siendo peligroso.

Sonreí.

—Sigues usando esa palabra.

—Sigue sirviendo.

—Ve a trabajar.

Me besó en la frente.

Se fue.

Mi sonrisa tardó un poco más en desaparecer.

Sonó la campanilla.

Entró una mujer sosteniendo una llave.

No una llave moderna.

Era larga, de metal oscurecido, con una cabeza redonda.

Debía de tener unos cuarenta años.

Abrigo gris.

Pelo castaño recogido.

No parecía asustada.

Parecía cansada.

Esperó a que terminara con otro cliente.

Después dejó la llave delante de mí.

—Necesito algo para poder entregar esto.

La miré.

—¿La llave de qué?

—De la casa de mi madre.

Esperé.

—Murió en junio.

Mi sonrisa desapareció.

—Lo siento.

—Gracias.

Pasó la punta del dedo por el metal.