La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 13 El Clic Que Era Para Mí #3
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Chapter 13 El Clic Que Era Para Mí #3

—Muy bueno.

—¿Lo querías?

—Sí.

Esperé.

Se dio cuenta.

—Antes.

—¿Antes de qué?

La chica miró hacia la calle.

—Antes de conseguirlo.

—¿Y ahora?

—Ahora parece lejos.

—Chicago ya estaba lejos cuando enviaste la solicitud.

Me miró.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué ha cambiado?

Silencio.

Por primera vez desde que había entrado, no miró el libro.

—Se ha vuelto real.

Asentí.

—Mejor.

—¿Mejor?

—Ahora estamos hablando de lo importante.

Frunció el ceño.

—¿No vas a hacer el ritual?

Miré el libro.

—Ahora sí.

Lo cogí.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿En serio?

—No te emociones tanto. En esta parte sigo siendo becaria.

Se rio.

Fue la primera vez.

Abrí el libro.

«Amor».

Pasé.

«Dinero».

Pasé.

«Protección».

Después:

«Verdad».

Me detuve.

Había varias páginas marcadas con pequeños trozos de papel.

Leí los títulos.

«Para ver lo que se está ocultando».

No.

«Para cuando dos historias parecen verdaderas».

Casi.

Pasé la página.

Entonces lo encontré.

«Para separar el miedo del deseo».

—Creo que es este.

Se acercó.

—¿Qué dice?

—Espera.

Primero lo leí entero.

A principios de mes, probablemente habría empezado a buscar los ingredientes antes de llegar al final de la página.

Esta vez leí hasta la última línea.

La receta era sencilla.

Un cuenco con agua.

Romero.

Una hoja de laurel.

Dos tiras de papel.

Una vela blanca.

Y una instrucción entre paréntesis:

«No le digas a la persona qué debe escribir».

Miré la página.

—Claro.

—¿Qué?

—Mi tía sigue dándome órdenes después de muerta.

La chica no supo si estaba bromeando.

—Quédate aquí.

Fui hasta el armario del fondo y cogí la caja donde Ruth había organizado parte de las hierbas.

Romero.

Laurel.

Una vela corta.

Volví.

Entonces me detuve.

Faltaba una cosa.

Miré el perchero junto a la escalera.

El sombrero negro estaba colgado allí.

La chica siguió mi mirada.

—¿Te lo vas a poner?

—Ahora estoy obligada.

Cogí el sombrero.

Me lo puse.

Sonrió.

—Te queda bien.

—Gracias. Me lo regaló mi novio.

La palabra salió sin tropezar.

Me gustó.

Abrí un cajón y saqué dos tiras pequeñas de papel.

Las dejé delante de ella.

—En una, escribe lo que pierdes si te vas.

Cogió el bolígrafo.

—¿Y en la otra?

—Lo que pierdes si te quedas.

Levantó la vista.

—¿No debería ser lo que gano?

Miré el libro.

Morgana lo había escrito exactamente así.

—No.

—¿Por qué?

—Yo también quiero saberlo.

Se quedó mirando los dos papeles.

Después empezó.

En el primero escribió rápido.

Lo dobló.

El segundo le llevó mucho más tiempo.

Mientras pensaba, encendí la vela.

Puse agua en el cuenco.

Froté el romero entre los dedos y dejé caer algunas hojas.

El olor subió de inmediato.

Fresco.

Intenso.

La hoja de laurel quedó flotando en el centro.

Theo apareció en la puerta del fondo con una caja pequeña en las manos.

Se detuvo al verme con el sombrero.

Miró el cuenco.

Después la vela.

—¿Trabajo serio?

—Mucho.

—¿Debería preocuparme?

—Siempre.

Hizo un pequeño gesto de saludo a la chica y volvió a desaparecer.

Ella me miró.

—¿Él cree en esto?

—No.

—¿Y tú?

Miré el agua.

—Depende del día.

Sonrió.

Terminó el segundo papel.

—¿Y ahora?

Consulté el libro.

—Sujeta los dos.

Los sostuvo.

Leí la siguiente instrucción.

—«Léelos solo para ti».

Abrió el primer papel.

Leyó.

Después el segundo.

Su rostro cambió.

Poco.

Pero cambió.

—No tienes que contármelo.

Siguió mirando los papeles.

—Ahora elige uno.

—¿Cuál?

—El que quieras dejar de cargar hoy.

—¿No el que quiero que ocurra?

—No.

Tardó un poco.

Después me entregó uno de los papeles.

No miré.

Lo puse en un pequeño cuenco de metal y acerqué una esquina a la llama.

El papel se oscureció.

Se curvó.

Se convirtió en ceniza.

La chica lo observó en silencio.

Leí la última instrucción.

—Ahora el otro te lo quedas.

Le entregué el papel que había sobrado.

—¿Solo eso?

Miré el libro.

—Hay una frase más.

—¿Cuál?

Leí:

—«Si después de esto todavía necesitas preguntar, espera tres días antes de decidir».

Parpadeó.

—¿Esa es la parte mágica?

—Creo que esa es la parte irritante.

Se rio.

Cerré el libro.

—A Morgana no le gustaba mucho dar respuestas.

—Ya me he dado cuenta.

Me quité el sombrero.

—Yo también tardé.

La chica dobló el papel y lo guardó en el bolso.

Cogió la tarjeta de la empresa que había dejado sobre el mostrador.

Se quedó mirándola.

—¿Crees que debería irme?

La pregunta llegó por fin.

Dos semanas antes quizá habría buscado otra página.

Algo que pareciera una respuesta.

Esta vez no.

—Creo que te presentaste a ese puesto por algún motivo.

Esperó.

—Y te dio miedo por otro.

—Eso no responde.

—Lo sé.

Soltó una risa corta.

—Eres una bruja pésima.

—Mi novio dice algo parecido.

—¿Y he pagado por esto?

—Por la experiencia completa.

Se volvió a reír.

Después se puso seria.

—Creo que ya sabía cuál de los dos papeles quería quemar incluso antes de escribirlo.

—Entonces quizá el ritual haya funcionado.

—O quizá ya lo sabía.

—También es posible.

Guardó la tarjeta en el bolso.

Antes de salir, se detuvo en la puerta.

—Si me voy, volveré en diciembre para contártelo.

—Si te quedas, también puedes volver.

Sonrió.

—Es verdad.

La campanilla sonó cuando salió.

Me quedé mirando la puerta unos segundos.

Después volví a abrir el libro.

En la parte inferior de la página había una frase de Morgana que no había leído en voz alta.

«Ningún camino viene sin perder algo. La pregunta es qué elección te permite seguir reconociéndote después».

La leí dos veces.

Cerré el libro.

Cerca de las siete, el movimiento por fin empezó a disminuir.

Ruth se marchó poco después.

Theo guardó las herramientas.

Fuera, Salem seguía ruidosa.

Gente disfrazada.

Música.

Risas.

Las calles parecían estar ensayando para el día siguiente.

Giré el pequeño calendario junto a la caja.

«30 de octubre».

Abrí el cajón.

La carta de Morgana estaba allí.

La saqué.

Theo se acercó.

Ya me sabía casi todo de memoria.

Mis ojos fueron directamente a la última parte.

«Si sigues en Salem el 31 de octubre, no cierres la tienda antes de medianoche».

Theo leyó por encima de mi hombro.

—Mañana.

Doblé la carta.

—Mañana.

La guardé otra vez.

Miré el calendario.

Mañana era día 31.