La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 10 La Historia Que No Era Mía #3
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Chapter 10 La Historia Que No Era Mía #3

Se detuvo con la mano en el pomo.

—Mi hija sabía que el matrimonio se había terminado. No sabía lo de la otra familia.

Abrió la puerta.

—Ahora lo sabe.

Sonó la campanilla.

Salió.

Me quedé quieta detrás del mostrador.

Cogí el móvil.

El vídeo había desaparecido de mi perfil.

Los mensajes, no.

«¿Por qué lo has borrado?»

«Yo lo guardé».

«¿Alguien tiene el vídeo?»

Una página local ya había compartido un fragmento.

Alguien había hecho una captura.

Se me revolvió el estómago.

Podía borrar el mío.

No podía borrar el resto.

Cerré la aplicación.

Theo se acercó y se detuvo al otro lado del mostrador.

—Puedes decirlo.

—¿El qué?

—Que me lo advertiste.

Silencio.

—Que la gente que te sigue no necesita verlo todo.

Levanté la vista.

—Dilo.

—Ya lo has entendido.

Tragué saliva.

—Eso es peor.

—Lo sé.

Theo cogió un vaso, lo llenó de agua y lo dejó delante de mí.

Bebí.

Ruth apareció poco después del mediodía cargando dos bolsas.

—He traído...

Se detuvo al verme.

—¿Qué ha pasado?

Yo estaba sentada detrás del mostrador.

El cuaderno gris delante de mí.

Lo empujé hacia ella.

—¿Sabías que esto existía?

Ruth miró la cubierta.

—Sí.

—¿Lo leías?

—No.

—¿Nunca?

—No era mío.

La respuesta dolió por un motivo completamente distinto.

Pasé la mano por la cubierta.

—¿Morgana lo guardaba todo?

Ruth se quitó el abrigo.

—No todo.

—Entonces, ¿por qué esto?

Se sentó.

Miró el cuaderno.

—Algunas personas entraban aquí cargando con demasiadas cosas.

Esperó un instante.

—A veces necesitaban dejar una parte en algún sitio y marcharse sin ella.

Miré el cuaderno.

—Y yo la he vuelto a sacar a la calle.

Ruth no me corrigió.

Pasé un dedo por el borde de la cubierta.

—Quería pedirle perdón de verdad.

—Ya se lo pediste.

—No de esa manera.

Ruth me observó.

—¿Sabes cómo hablar con ella?

—Quizá.

Abrí la boca.

Pensé.

—No me des su número.

Ruth esperó.

—Pregúntale primero si quiere hablar conmigo.

Algo cambió en su expresión.

Casi nada.

—Se lo preguntaré.

Asentí.

Había decenas de páginas en aquel cuaderno.

Decenas de iniciales.

¿Quién era M.?

¿Qué había pasado con A.?

¿R. había vendido el anillo?

Mi dedo llegó al borde de la página siguiente.

No la pasé.

Cerré el cuaderno.

Lo guardé en el cajón.

Pasé el resto de la tarde sin publicar nada.

Atendí a clientes.

Respondí mensajes sobre piezas.

Trabajé.

Por primera vez desde que había llegado a Salem, no sentí la necesidad de apuntar la cámara hacia nada.

Más tarde hice una videollamada con Maya.

Tardó menos de treinta segundos.

—¿Qué ha pasado?

Se lo conté.

Todo.

Maya se quedó callada.

—Pensé que lo había anonimizado.

—Lo sé.

—No lo había hecho.

—No.

Respiré.

—El vídeo era bueno.

—Lo era.

—Eso lo hace peor.

Maya hizo una mueca.

—Un poco.

—Gracias.

—¿Quieres que te mienta?

—No.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

—¿Y el reportaje? —preguntó.

Miré el ordenador.

—Va a cambiar.

—¿A qué?

—Todavía no lo sé.

—Grant va a preguntar.

—Probablemente.

Maya asintió.

No intentó solucionarlo.

Después miró hacia algún punto fuera de la pantalla.

—Por cierto... ¿cuándo vuelves?

La pregunta me pilló desprevenida.

Miré la tienda.

El cajón donde había guardado el cuaderno.

El libro de Morgana.

Las piezas todavía repartidas por todas partes.

La mesa seguía allí.

La cómoda estaba casi terminada.

Al otro lado del escaparate pasaban turistas con sombreros, capas y máscaras.

Theo estaba cerca de la vitrina ajustando un marco.

—No lo sé.

Maya volvió a mirarme.

—¿No lo sabes?

—No.

—¿Vas a quedarte más tiempo?

Miré el calendario colgado detrás del mostrador.

—Hasta el día treinta y uno.

Maya abrió mucho los ojos.

—Sabrina.

—Lo sé.

—Tu madre va a volverse loca.

—Bastante.

—Grant va a querer hablar contigo.

—Probablemente.

—Has pasado de una semana al mes entero.

—Esa parte ya la he notado.

Me observó.

—¿Quieres quedarte?

La pregunta era sencilla.

Miré a Theo.

Se dio cuenta y levantó la vista.

Después miré Salem al otro lado del escaparate.

—Sí.

Maya sonrió.

—Entonces al menos ahora estás diciendo la verdad.

Sonreí un poco.

—Por desgracia.

—Llama a tu madre.

—Mañana.

—Llámala hoy.

—Mañana.

Maya empezó a reírse.

—Eso se te ha pegado del restaurador.

—Estoy contagiada.

Colgamos.

Me quedé un rato mirando el calendario.

Día 31.

Esta vez no parecía lejano.

Parecía una decisión.

Cerramos la tienda a las seis y media.

Ya había oscurecido.

Theo guardó la última herramienta.

Giré el cartel hacia «CLOSED».

—No me voy.

Me miró.

—¿No?

—No.

Esperé un instante.

—Voy a quedarme hasta el día treinta y uno.

Su expresión cambió.

Muy poco.

Pero cambió.

—¿Estás segura?

Lo pensé.

—No.

Theo sonrió.

—Excelente comienzo.

—Pero quiero quedarme.

—Hasta Halloween.

—Hasta Halloween.

—¿Tu madre lo sabe?

—Ese es un problema para mañana.

—Valiente.

—Estoy creciendo.

Theo apoyó una mano en el mostrador.

—¿Por la tienda?

Una semana antes habría respondido deprisa.

Dinero.

Piezas.

Alquiler.

Coche.

Ahora lo miré a él.

Después a la calle.

A Salem.

Al lugar donde Morgana había pasado tantos años.

Al cajón donde había una historia que yo no tenía derecho a haber contado.

Volví a mirar a Theo.

—También.