La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 10 La Historia Que No Era Mía
62%

Chapter 10 La Historia Que No Era Mía

Lo primero que vi el domingo por la mañana fue un mensaje de Theo.

«Theo: no puedo dejar de pensar en ti»

Me quedé mirando la pantalla.

Lo leí otra vez, solo para asegurarme de que mi cerebro todavía medio dormido no había añadido palabras por su cuenta.

No lo había hecho.

Mi corazón ya parecía bastante más despierto que yo.

El mensaje había llegado hacía tres minutos.

Escribí:

«Yo: ¿eso es una queja?»

Los tres puntitos aparecieron casi de inmediato.

«Theo: todavía no»

Sonreí.

«Yo: entonces cuidado»

«Theo: ¿por qué?»

«Yo: puede que haya hecho una poción»

Esta vez tardó un poco.

«Theo: eso suena a amenaza»

«Yo: quizá»

Dejé el móvil sobre el pecho.

Dos segundos después, lo cogí otra vez.

«Theo: ¿café a las nueve?»

Fruncí el ceño.

«Yo: después de ese mensaje, ¿vas a fingir que vienes por el café?»

«Theo: no»

Apareció otro mensaje antes de que pudiera responder.

«Theo: también quiero volver a besarte»

Madre mía.

Dejé el móvil boca abajo.

Funcionó durante aproximadamente dos segundos.

Volví a cogerlo.

«Yo: demasiado directo para antes de las ocho»

«Theo: puedo esperar hasta las nueve»

Me reí sola.

«Yo: trae café»

«Theo: eso ya estaba implícito»

Dejé el móvil junto a la almohada y me quedé mirando el techo.

La noche anterior, Theo me había besado dos veces.

Yo ni siquiera había salido de la cama y él ya había dejado claro que quería volver a hacerlo.

El problema era que yo también quería.

Mucho.

A las nueve y cuatro, sonó la campanilla.

Theo entró con dos cafés.

Yo estaba detrás del mostrador intentando parecer una persona que definitivamente no había releído sus mensajes cuatro veces.

Quizá cinco.

Dejó mi café delante de mí.

—Buenos días.

—Buenos días.

Theo se quitó la chaqueta.

Yo lo miré.

Él me miró.

Su mano encontró mi cintura.

Y, antes de que pudiera pensar en algo inteligente, Theo me besó.

Sin dudar.

Como si besarnos en mitad de una mañana de domingo ya fuera una cosa que hacíamos.

Yo todavía sujetaba el vaso cuando se apartó.

—Ah.

Theo sonrió.

—¿Qué?

Cogí el café con las dos manos, principalmente porque una de ellas necesitaba hacer algo.

—Estoy actualizando las reglas.

—¿Tenemos reglas?

Se rio y fue hacia la mesa de trabajo.

Me quedé mirándolo.

Eso era lo que había cambiado.

Theo podía simplemente llegar.

Y besarme.

Di un sorbo al café.

Me gustaban las nuevas reglas.

La tienda se llenó antes de las diez.

Una pareja compró dos candelabros pequeños.

Una mujer pasó veinte minutos eligiendo entre tres broches para llevarse exactamente el primero.

Un hombre compró un grabado que Theo ya había tasado y etiquetado el día anterior.

Empezaba a sospechar que la confianza era la mitad del comercio.

Cerca de las once, una señora bajita, con abrigo morado, señaló una caja en una estantería alta.

—¿Tu novio puede coger eso para mí?

Yo estaba rellenando una etiqueta.

—Sí.

Theo levantó la vista.

La señora señaló.

—Esa, cariño.

Él me miró.

Después cogió la caja y la dejó sobre el mostrador.

—¿Esta?

—Esa misma.

La clienta la abrió.

Dentro había pequeños adornos de metal.

Terminé la etiqueta.

Solo entonces mi cerebro retrocedió unos segundos.

Tu novio.

Sí.

Cerré los ojos.

Theo sonrió.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

La señora levantó uno de los adornos.

—Este es bonito.

—Mucho —respondí.

Cuando por fin salió, Theo volvió hacia el mostrador.

—¿Tu novio?

—Estaba trabajando.

—Entiendo.

—Necesitaba la caja.

—Y yo podía cogerla.

—Exactamente.

Theo inclinó la cara y me besó.

—¿Sigo contratado?

Mi cerebro tardó un segundo.

—Ve a trabajar.

Se rio.

Poco después de comer, entró una mujer sola.

Debía de tener poco más de treinta años.

Chaqueta vaquera.

Ojeras.

El móvil apretado en una mano.

Se quedó cerca de la puerta antes de acercarse.

—¿Eres Sabrina?

—Sí.

—¿Morgana era tu tía?

—Sí.

Asintió.

—Quería algo para protegerme.

Mi primera reacción fue mirar el cajón.

No lo abrí.

—¿Protegerte de qué?

Apretó más el móvil.

—De una persona.

Eso lo cambió todo.

—¿Le tienes miedo?

Dudó.

—Un poco.

Theo trabajaba al fondo de la tienda.

No se acercó.

—¿Quién es?

—Mi ex.

—¿Te ha amenazado?

—No exactamente.

—¿Qué significa «no exactamente»?

Desbloqueó el móvil.

Mensajes.

Muchos.

—Terminamos hace dos meses. No lo acepta.

—¿Aparece en tu casa?

—Dos veces.

—¿En el trabajo?

—Una.

—¿Le has pedido que pare?

—Sí.

—¿Y sigue?

Asintió.

Solo cogí el móvil cuando me lo ofreció.

Leí algunos mensajes.

Nada decía claramente:

«Voy a hacerte daño».

Pero había insistencia.

Reproches.

«Solo quiero hablar».

«No puedes fingir que no existo».

«He visto tu coche».

Me detuve en ese.

Le devolví el teléfono.

—¿Lo sabe alguien más?

—Mi hermana.

—¿En tu trabajo?

—No.

—¿Tiene llave de tu casa?

—No.

—¿Conoce alguna contraseña?

Lo pensó.

—Algunas antiguas.

—Cámbialas todas.

Me miró.

—¿Eso forma parte del ritual?

—Todavía no he llegado al ritual.

La mujer se quedó callada.

—Guarda los mensajes. No borres nada. Avisa en tu trabajo de que no debe entrar. No quedes con él a solas.

Asintió despacio.

—Y si vuelve a aparecer o te amenaza, esto deja de ser asunto del libro de mi tía. Buscas a alguien que pueda protegerte de verdad.

—¿La policía?

—Si hace falta, sí.

Solo entonces abrí el cajón.

Busqué en «Protección».

Encontré una receta corta.

Sal.

Romero.

Hilo negro.

Una piedra oscura.

Y una frase:

«La protección empieza por las puertas que todavía pueden cerrarse».

Debajo, había instrucciones que parecían menos mágicas de lo que prometía el título.

«No responder».

«Cambiar accesos».

«Avisar a personas cercanas».

«Registrar».

«No aceptar encuentros a solas».

Miré a la mujer.

—Mi tía está de acuerdo conmigo.

Soltó una risa nerviosa.

—¿Eso es bueno?

—Para mí, mucho.

El ritual duró menos de veinte minutos.

Cuando salió, se llevaba una bolsita con sal, romero y la piedra.

Pero también había cambiado dos contraseñas, avisado a su hermana y prometido hablar con su encargado en cuanto llegara al trabajo.

Theo se acercó al mostrador después de que se cerrara la puerta.

—Ni siquiera abriste el libro al principio.

—Necesitaba saber si estaba en peligro.

Asintió.

Solo eso.

Mi móvil vibró.

Sonreí antes incluso de mirarlo.

Theo se dio cuenta.

—No soy yo.

—Ya lo sé. Estás aquí.

—Entonces, ¿por qué has sonreído?

Miré la pantalla.

—Al parecer, mi sistema nervioso ha empezado a considerar cualquier notificación una posibilidad romántica.

Theo se rio.

Era Maya.

Mucho menos romántico.

«Maya: propuesta de reportaje mañana»

Mi sonrisa desapareció.

—Excelente.

—¿Ya sabes qué vas a hacer? —preguntó Theo.

—Tengo a Morgana.

—Muy amplio.

—Tengo Salem.

—Más amplio todavía.

—Te tengo a ti.

Theo me miró.

—No.

Me reí.

—Estoy bromeando.

—Eso espero.

Abrí el portátil.

Cerramos poco después de las seis.

Salimos a comer.

Nada planeado.

Nada que nadie hubiera llamado oficialmente cita.

Lo que, teniendo en cuenta la cantidad de besos de aquel día, empezaba a parecer simplemente un problema de vocabulario.

Salem estaba todavía más llena.

Las aceras parecían más estrechas.

Más disfraces.

Más colas.

Más luces.

Pasó una mujer vestida de novia fantasma.

Un niño llevaba una escoba más grande que él.

Un grupo se reunía cerca de un guía para empezar otro tour nocturno.

Theo caminaba a mi lado.

Nuestras manos se rozaron una vez.

Después otra.

A la tercera, él cogió la mía.

Miré hacia abajo.

No dije nada.

Seguí caminando.

Theo también.

Solo fue eso.

Y, aun así, algo dentro de mí se puso absurdamente feliz al ver nuestros dedos entrelazados en mitad de una calle de Salem.

Pasamos delante de un cartel con la programación del mes.

Mi mirada fue directa al final.

31 de octubre.

—Esto debe de ponerse imposible.

Theo siguió mi mirada.

—Se pone.

—Imposible de verdad.

—También.

—¿Cuánta gente?

—Mucha.

—Respuesta muy específica.

—¿Quieres estadísticas o comida?

—Las dos cosas.

—Comida primero.

Seguimos caminando.

Volví a mirar el día 31.

La semana anterior estaba segura de que estaría en casa mucho antes.

Ahora quería saber cómo terminaba todo aquello.

No dije nada.

Solo apreté un poco más la mano de Theo.

El lunes, Emily mandó un mensaje a las tres y diecisiete de la tarde.

«Emily: entrevista terminada»

Llegó otro inmediatamente.

«Emily: ha ido muy bien»

Después:

«Emily: y mi antigua jefa ha respondido»

Me levanté del suelo, donde estaba separando libros.

—Theo.

—¿Mmm?

—Puerta uno.

—Eso no significa nada para mí.

—Emily.

Le enseñé la pantalla.

—La entrevista ha ido genial.

—Bien.

Otro mensaje.

«Emily: tomamos un café mañana»

Levanté dos dedos.

—Puerta dos.

Theo los miró.

—Una entrevista buena y una antigua jefa que ha respondido.

—Tú puedes destruir cualquier momento.

—¿Ha conseguido trabajo?

—Todavía no.

—Entonces todavía no tenemos resultado.

—Tenemos movimiento.

Asintió.

—Eso sí.

Cinco minutos después:

—Dos puertas.

Theo me lanzó una bola de papel.

La esquivé.

—Trabaja.

Mi propuesta para Grant seguía abierta en el portátil.

Escribí:

«Cuando la magia es solo otro nombre para el valor».

Me quedé mirándolo.

Lo borré.

Después:

«Morgana Bellamy: ¿bruja, consejera o una mujer que sabía hacer preguntas?»

Ese me gustó más.

Se lo envié a Maya.

«Maya: el segundo»

«Yo: has respondido rápido»

«Maya: porque el primero parece una charla motivacional»

«Yo: agresiva»

«Maya: productiva»

Envié la idea a Grant con unas líneas explicando el enfoque.

La respuesta llegó casi una hora después.

«Buen enfoque. Ahora averigua qué sostiene la historia más allá de tu impresión».

Justo.

Necesitaba saber quién había sido Morgana para la gente.

No bastaba con oír que escuchaba.

Necesitaba entenderlo.

El martes empecé a buscar.

El cuaderno estaba en la segunda planta.

Yo buscaba antiguos registros de la tienda.

Facturas.

Proveedores.

Correspondencia.

Cualquier cosa que me ayudara a ordenar fechas.

Dentro de un armario bajo encontré una caja con carpetas.

Impuestos.

Recibos.

Pedidos.

Papeles administrativos.

Al fondo había un cuaderno gris.

Fino.

Cubierta sencilla.

En la primera página:

«2003–2007».

Lo abrí.

Las páginas tenían fechas, iniciales y frases cortas escritas con la letra de Morgana.