Chapter 9 Mi Tía Podía Tener Razón #2
Pero parecía que podría estarlo.
Sonrió.
—Me gusta.
—A mí también.
Pagó cien dólares antes de marcharse.
Esta vez discutí poco.
Muy poco.
Cuando Theo volvió, yo estaba guardando la pirita.
—¿Habéis terminado?
—Hemos terminado.
Miró el sombrero sobre la mesa.
—¿Y?
—Tiene tres caminos.
—Ya los tenía antes.
—Ahora va a usar los tres.
Theo asintió.
—Eso parece útil.
Levanté la cabeza.
—Acabas de elogiar una poción.
—He elogiado su currículum.
—Demasiado tarde.
Cogí el móvil.
—Queda registrado.
—Sabrina.
—«Theo Hawthorne admite eficacia parcial de ritual Bellamy».
—Yo no he dicho eso.
—Estoy documentando los hechos.
—Acabas de inventarte la mitad del titular.
Guardé el móvil.
—Detalles.
—Tu profesor estaría preocupado.
—No hace falta involucrar a Grant.
Aquella noche salí a comprar comida.
Sola.
Theo había ido a cenar con sus padres y Ruth pasó rápidamente por la tienda a media tarde antes de desaparecer otra vez.
Podría haber pedido algo.
Preferí caminar.
En cuanto salí, me di cuenta de que Salem había vuelto a cambiar.
O quizá era yo la que miraba de otra manera.
Las aceras estaban más llenas.
Pasaban parejas con capas negras.
Un grupo entero llevaba sombreros de bruja iguales.
Un niño disfrazado de fantasma lloraba de la mano de un hombre vestido de vampiro porque algo se le había caído al suelo.
Hacía más frío.
Metí las manos en los bolsillos.
Los olores a azúcar, manzana, café y comida caliente se mezclaban en el aire.
Una cola doblaba la esquina delante de una tienda.
Al otro lado de la calle, un tour nocturno avanzaba detrás de un guía con una pequeña linterna.
Más adelante había música, luces naranjas y moradas en los escaparates y demasiada gente para un viernes cualquiera.
Salem parecía subir el volumen a medida que avanzaba octubre.
La primera noche, todo aquello me había parecido un decorado.
Ahora empezaba a reconocer lugares.
La esquina donde Theo había comprado el sombrero.
La tienda donde nos habíamos parado.
El camino hasta la cafetería.
La calle más rápida para volver.
Compré sopa, pan y sidra caliente.
La mujer que atendía miró primero mi pelo pelirrojo.
Después mi cara.
—Bellamy.
—Esto empieza a ser inquietante.
Se rio.
—He visto tus vídeos.
—Genial.
Puso la tapa a la sidra.
—¿Vas a quedarte hasta Halloween?
La pregunta me pilló desprevenida.
—No.
La respuesta salió automática.
—Qué pena.
Cogí el vaso.
—Solo me quedo hasta la semana que viene.
—Octubre mejora cada día.
—Eso parece publicidad.
—Es Salem.
Pagué y seguí caminando.
Más adelante, un cartel anunciaba eventos para las siguientes semanas.
Pasé de largo.
Retrocedí dos pasos.
Halloween.
Día 31.
Cuando llegué, aquella fecha estaba tan lejos que ni siquiera formaba parte de mi vida.
Me iría mucho antes.
Según el plan actual, todavía me iría.
Faltaban algo más de tres semanas.
Seguí caminando.
Pero la idea me acompañó hasta la tienda.
Por primera vez, me pareció un poco injusto no ver cómo se ponía Salem al final.
El sábado empezó ruidoso.
Antes incluso de girar el cartel hacia «OPEN», ya había tres personas fuera mirando el escaparate.
—¿Eso está permitido? —pregunté.
Theo miró por la ventana.
—Has abierto una tienda en Salem un sábado de octubre.
—He heredado una tienda.
—Ellos no saben la diferencia.
Abrí.
Durante las dos horas siguientes, casi no me senté.
Turistas.
Vecinos.
Una mujer buscando pendientes.
Un hombre que quería mapas antiguos.
Dos adolescentes preguntando si la muñeca del escaparate estaba a la venta.
—No.
Fue mi respuesta más rápida de la mañana.
Una de ellas señaló el pequeño sombrero negro que llevaba la muñeca.
—¿Tiene Instagram?
—Todavía no.
Theo habló detrás de mí:
—No le des ideas.
Las dos se rieron y salieron.
—Podría crearle uno.
—No.
—Estás limitando mi crecimiento.
—Estoy protegiendo a la sociedad.
Cerca del mediodía, el movimiento por fin dio una tregua.
Las dos últimas clientas salieron juntas, llevándose una caja pequeña y una bolsa.
Durante unos segundos, solo quedamos Theo y yo en la tienda.
Sonó la campanilla.
Levanté la vista.
Entró Marianne.
La reconocí de inmediato.
Pero casi no parecía la mujer que se había sentado delante de mí el domingo.
Pelo arreglado.
Maquillaje ligero.
Abrigo claro.
Ojos vivos.
Atravesó la tienda casi corriendo.
—Ha vuelto.
—¿Quién?
Marianne me miró como si acabara de suspender una prueba extremadamente sencilla.
—¡Mi marido, Sabrina!
—¡Ah!
Theo levantó la vista del mueble en el que estaba trabajando.
—¿Ha vuelto?
—Anoche.
Marianne me abrazó.
Ni siquiera tuve tiempo de decidir si devolverle el abrazo.
Simplemente pasó.
—Apareció en casa.
Me aparté un poco.
—¿Apareció cómo?
—Llamó al timbre.
—Vale.
—Abrí.
—Vale.
—Estaba llorando.
—Menos vale.
—Dijo que había cometido un error.
Mi mirada encontró la de Theo.
Estaba escuchando.
Claro que sí.
—¿Terminó con la otra mujer? —pregunté.
—Dijo que sí.
—¿Le crees?
Marianne dudó.
Me gustó eso.
—Quiero creerle.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
Acercó una silla.
—Hablamos durante horas.
—¿De qué?
—De todo.
—Marianne.
—De todo de verdad. Cómo empezó. Lo que él sentía. Lo que yo no vi. Lo que él no dijo. La otra mujer. Yo. Él.
—¿Y habéis vuelto?
Marianne se quedó callada.
—No lo sé.
—¿No?
—Ha vuelto a casa.
—Eso no responde.
—Lo sé.
Sonrió.
—Quizá tu familia me esté contagiando.
—Eso es grave.
—Durmió allí.
—¿En el sofá?
Marianne se quedó demasiado quieta.
Mi cerebro lo entendió antes que yo.
—Marianne.
Bajó la voz.
—Nos acostamos.
Abrí mucho los ojos.
—¡Marianne!
—¿Qué?
Theo se dio la vuelta.
Sus hombros se movieron.
—Querías saber si había funcionado.
—No necesitaba el informe completo.
Theo, todavía de espaldas:
—Yo lo necesitaba todavía menos.
Marianne empezó a reírse.
Yo también.
Levanté las dos manos.
—Se acabó la consulta.
Theo cogió una herramienta.
—Me voy al fondo.
Marianne volvió a reírse.
Cuando conseguimos parar, su expresión cambió.
—No sé qué va a pasar ahora.
Asentí.
—Eso importa.
—Lo sé.
—Ha vuelto. Pero todavía tenéis que decidir si queda algo que reconstruir.
—Sí.
Mi mirada fue hacia el cajón.
Recordé lo que Morgana había escrito.
«Nadie vuelve porque se le obligue».
«El ritual abre una puerta».
«Cruzarla es decisión de quien está al otro lado».
Él había cruzado.
El resto seguía siendo elección de los dos.
Marianne abrió el bolso.
—Y te debo dinero.
—No.
—Sí.
—Marianne...
Ya tenía el móvil en la mano.
—Dije quinientos.
—Dijiste si volvía.
—Ha vuelto.
La notificación apareció en mi teléfono.
500 USD recibidos.
Me quedé mirando la pantalla.
Marianne guardó el móvil.
—Lo prometí.
—Madre mía.
Desde el fondo de la tienda:
—No empieces.
Me giré.
Theo ni siquiera estaba mirando.
—Si hago una poción al día...
—Sabrina.
—...me compro el coche sin vender una sola silla.
Marianne se rio.
Theo volvió a aparecer.
—No funciona así.
—Tú no lo sabes.
—Exactamente.
Marianne se quedó un rato más.
Cuando se marchó, volvió a abrazarme.
Esta vez estaba preparada.
—Gracias.
—Yo no hice que volviera contigo.
—Lo sé.
Se apartó.
—Creo que por eso funcionó.
Me quedé mirándola.
—Tu tía nunca prometía exactamente lo que le pedíamos.
—Todo el mundo sigue contándome cosas sobre Morgana después de que haya muerto.
Marianne me observó durante unos segundos.
—Es extraño.
—¿El qué?
—Que estés conociendo a tu tía ahora.
La frase se quedó entre nosotras.
Marianne me tocó el brazo.
—Perdón.
—No pasa nada.
—Si descubro algo, volveré.
—¿Sobre el matrimonio?
Sonrió.
—Sin detalles.
—Gracias.
Salió.
Sonó la campanilla.
Fui hasta el cajón.
Abrí el libro.
Encontré la receta.
«Haz que vuelva en siete días».
El marido de Marianne había aparecido el viernes por la noche.
Antes de que terminara el plazo.
Cerré el libro.
Theo siguió trabajando.
Me quedé sonriendo.
El movimiento no disminuyó hasta casi las siete de la tarde.
Cuando giré el cartel hacia «CLOSED», todavía había gente pasando delante de los escaparates.
Salem parecía no haber recibido la noticia de que las tiendas cerraban.
Las luces de colores atravesaban el cristal.
Desde la calle llegaban risas.
Sonaba música en algún lugar más adelante.
Un grupo disfrazado pasó por la acera.
Cerré la puerta con llave.
Theo estaba guardando las herramientas.
Esperé a que cerrara la caja.
—Entonces, ¿sigues pensando que todo ha sido coincidencia?
Theo levantó la vista.
—Sí.
—¿Todo?
La calle seguía ruidosa al otro lado del cristal.
Dentro de la tienda, no.
Theo se quedó mirándome.
—Todo, no.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué no?
Dejó la caja sobre la mesa.
Vino hacia mí.
Yo todavía esperaba una respuesta cuando Theo me cogió de la mano.
Miré nuestros dedos.
Después a él.
Su otra mano encontró mi cintura.
—Theo...
Me atrajo hacia él y me besó.
No tuve tiempo de imaginar cómo sería.
Ni de compararlo con el casi beso del domingo.
Ni de pensar en lo que debía hacer.
Simplemente lo hice.
Agarré su abrigo y le devolví el beso.
La mano de Theo se mantuvo firme en mi cintura y la mía subió hasta su nuca.
Durante unos segundos, Salem siguió ocurriendo al otro lado del escaparate sin contar con nosotros.
Cuando Theo se apartó, no fue demasiado.
Mi corazón latía demasiado deprisa.
Todavía me sujetaba la mano.
—Eso no es una coincidencia —dije.
Theo sonrió ligeramente.
—Son ganas.
Mi corazón se aceleró aún más.
Sonreí.
Tiré de su abrigo.
—Hazlo otra vez.
Y lo hizo.