La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 7 La Semana Que No Iba A Ser Suficiente #3
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Chapter 7 La Semana Que No Iba A Ser Suficiente #3

—Lo dejaré desactivado.

—Muy desactivado.

—No hay grados.

—Hoy sí.

Dejó la pieza en una estantería detrás del mostrador.

Miré mi cuenta.

Había empezado la mañana con 2.881 dólares después del pago de Kelsey.

Ahora volvía a estar en 2.456.

Sin que se hubiera cerrado ninguna de las negociaciones de aquella mañana.

—He trabajado toda la mañana y soy más pobre que cuando me desperté.

Theo volvió a la mesa.

—Pasa.

—No debería.

—El comercio no es una máquina.

—Sería mejor si lo fuera.

—Quizá.

—Mi idea era sencilla.

Theo ni siquiera levantó la cabeza.

—Ese fue el primer problema.

—Gracias.

A las cuatro y media, Ruth no apareció.

A las cinco, volvió la mujer de la lámpara.

No la compró.

A las cinco y veinte, un comprador dijo que quería la cómoda si Theo la restauraba antes.

—¿Cuánto tardarías? —pregunté.

Theo examinó la pieza.

—Una semana.

Lo miré.

—Claro.

El comprador se marchó diciendo que esperaría.

Me quedé mirando la cómoda.

Una semana.

Hasta ella necesitaba más tiempo del que yo tenía.

A las cinco y cuarenta vendí dos objetos pequeños por 210 dólares.

Mi cuenta subió a:

2.666 USD.

Era dinero.

Pero no parecía suficiente.

Mi móvil vibró.

«Maya: guion entregado»

Miré.

«Yo: ¿lo hemos entregado?»

«Maya: lo he entregado yo»

«Yo: equipo excelente»

«Maya: ¿sigues volviendo mañana?»

Me detuve.

Mañana.

Miércoles.

Mi último día.

No respondí.

Sonó la campanilla.

Levanté la vista.

Entró una mujer.

Cincuenta y pocos.

Abrigo largo color vino.

Pelo castaño recogido con absoluta perfección.

Botas oscuras.

Demasiado elegante para alguien que acababa de atravesar una Salem mojada, llena de chubasqueros, turistas y sombreros puntiagudos.

Entró sin prisa.

Me miró.

Después miró la tienda.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

Recorrió algunas estanterías.

No preguntó precios.

No miró etiquetas.

Parecía buscar algo.

Theo estaba al fondo, hablando por teléfono.

La mujer se detuvo delante de una bandeja de broches.

Eligió uno pequeño, con forma de rama.

Lo llevó hasta el mostrador.

—¿Cuánto?

Consulté la etiqueta.

—Ochenta y cinco.

Asintió.

Mientras lo envolvía, dijo:

—Tú eres Sabrina. La hija de Rowena.

Mi mano se detuvo.

—Sabes quién soy.

—Sí.

Levanté la vista.

—¿Y tú eres...?

—Alguien que conoció a tu tía.

—Eso no reduce demasiado las opciones en Salem.

Apareció una pequeña sonrisa.

—No.

Seguí envolviendo el broche.

—¿Amiga?

Inclinó la cabeza.

—Morgana habría utilizado una palabra menos amable.

Mi atención aumentó.

—¿Cuál?

Su sonrisa cambió.

—Depende del año.

Me detuve.

Aquello era mucho más interesante.

—Eso necesita una explicación.

—Algunas historias mejoran cuando no empiezan por el final.

Recorrió la sala con la mirada.

—¿Has encontrado algo escrito a mano?

Mi mano se quedó inmóvil sobre el papel.

—¿Algo que Morgana escribiera para ella misma?

La miré.

—¿Por qué?

La mujer acercó la tarjeta.

—Curiosidad.

El datáfono confirmó el pago.

Le entregué el paquete.

—Vivian Crowley.

—Sabrina Bellamy.

Vivian guardó el broche.

Salió.

Sonó la campanilla.

Me quedé mirando la puerta.

Theo volvió unos segundos después.

—¿Quién era?

—Vivian Crowley.

Se detuvo.

Solo un instante.

—¿Vivian Crowley?

—Sí.

Miró hacia la puerta.

—¿Qué quería?

—Compró un broche.

—¿Solo eso?

—Y me preguntó si había encontrado algo escrito a mano por Morgana.

Theo me miró.

—¿Qué cosa?

—No lo dijo.

Nos quedamos unos segundos en silencio.

—¿La conoces?

—De vista.

—¿Eran amigas?

Theo hizo una mueca.

—No lo parecían.

Sonrió.

Volvió al fondo.

Mi móvil vibró.

«Maya: ¿Sabrina?»

No respondí.

Cerré la tienda poco después de las seis.

Theo estaba al fondo buscando una caja cuando empecé a ordenar las cifras.

Cobrado:

2.666 USD.

Reservado:

1.320 USD.

Miré la segunda línea.

Reservado.

Antes lo habría sumado.

Ahora no.

Theo me había estropeado eso para siempre.

Abrí el anuncio del coche.

5.900 dólares.

Lo cerré.

Volví a abrirlo.

Nada había cambiado.

Me faltaban 3.234 dólares.

Y mañana se suponía que tenía que marcharme.

Miré la tienda.

Seguía llena.

Menos algunas tazas.

Una vitrina.

Varios objetos pequeños.

Un reloj que había salido y regresado.

La cómoda seguía allí esperando una restauración que tardaría una semana.

Entonces oí el sonido.

Una sola campanada metálica.

Corta.

Me detuve.

Miré hacia atrás.

El reloj de Martin.

Miré el móvil.

6:42.

Caminé hasta la pieza.

La palanca seguía en la posición en la que Theo la había dejado.

Desactivada.

—¿Theo?

—¿Sí?

Miré el reloj.

Nada.

—Nada.

Esperé.

Silencio.

Quizá algún muelle se hubiera quedado tensado cuando había manipulado el mecanismo.

Solo eso.

Volví al mostrador.

Mi móvil vibró.

«Maya: contesta».

Esta vez no cerré el chat.

Mañana era mi último día.

Miré alrededor.

Pensé.

Miré a Theo al fondo de la tienda.

Después el móvil.

—Creo que no va a dar tiempo.

Theo levantó la cabeza.

—¿El qué?

Bloqueé la pantalla.

—Nada.

Pero no era nada.

Por primera vez desde que había llegado a Salem, el problema no era averiguar cuánto valían las cosas de Morgana.

Era que me estaba quedando sin tiempo para descubrir todo lo demás.

Una semana no iba a ser suficiente.