Chapter 8 El Día En Que No Me Fui
El miércoles llegó con una mochila a medio hacer, 2.666 dólares en mi cuenta y una convicción muy frágil de que todavía podía resolver mi vida antes de que terminara el día.
Había doblado la mitad de la ropa la noche anterior.
La otra mitad seguía repartida entre la silla, la cómoda y un rincón de la cama que fingía no ver.
Miré la mochila abierta.
Después el móvil.
«Maya: ¿vuelves hoy?»
Lo pensé.
«Yo: esa es la idea»
La respuesta llegó inmediatamente.
«Maya: “esa es la idea” ha entrado oficialmente en tu vocabulario»
«Yo: influencia de mi madre»
«Maya: influencia de Salem»
No respondí.
Abrí mi cuenta.
2.666 dólares.
Después el anuncio del sedán plateado.
5.900 dólares.
Seguía estando muy lejos.
—Hoy.
Se lo dije a nadie.
—Hoy soluciono esto.
Cerré la mochila.
No del todo.
Pero lo suficiente para mantener la mentira.
Subí.
La tienda estaba en silencio.
El reloj devuelto seguía en la estantería detrás del mostrador.
Lo miré.
—Hoy te quedas quieto.
No respondió.
Excelente comienzo.
Giré el cartel hacia «OPEN».
Cogí el móvil y abrí la lista de personas que habían preguntado por piezas durante los últimos días.
Mandé mensajes.
Respondí ofertas.
Bajé dos precios.
Subí uno.
Volví a fotografiar una mesa porque, al parecer, la primera foto no transmitía su potencial emocional.
A las nueve y cuarto ya estaba negociando con tres personas al mismo tiempo.
A las nueve y veintidós, sonó la campanilla.
Theo entró.
Un café en cada mano.
Lo miré.
—Estás creando un patrón.
—Me estoy dando cuenta.
Cogí el mío.
—Eso puede generar expectativas.
—Peligroso.
Lo miré.
—Sigue funcionando.
Se quitó la chaqueta.
Mi mirada pasó por su pelo oscuro, todavía un poco húmedo por la llovizna.
Volvió al café.
Mucho más seguro.
—Hoy es mi último día.
Theo me miró.
—Lo sé.
—Entonces tenemos que vender.
—También lo sé.
—Mucho.
—Esa parte me la imaginaba.
Fui hasta una mesa grande de madera oscura junto a la pared lateral.
—Empezamos por esta.
Theo se detuvo.
—No.
Cerré los ojos.
—Madre mía.
—¿Qué?
—Ahora dices «no» antes de que termine las frases.
—Eficiencia.
—Eso debería gustarme.
—No te va a gustar.
Pasé la mano por el borde de la mesa.
—Viene un hombre a verla a las diez.
Theo se acercó.
—¿Cuánto has puesto?
—Dos mil ochocientos.
Asintió.
—Bien.
Me detuve.
—Has dicho «bien».
—Sí.
—¿Estoy mejorando?
—Despacio.
El comprador llegó a las diez y siete.
Traje azul marino.
Paraguas caro.
Reloj probablemente más caro que mi futuro coche.
Se llamaba Daniel y hablaba poco.
Me cayó bien de inmediato.
La gente que hablaba poco empezaba a parecerme económicamente relevante.
Examinó la mesa durante casi diez minutos.
Abrió las extensiones laterales.
Pasó los dedos por una pequeña marca en la madera.
Se agachó.
Miró la estructura por debajo.
Theo permaneció cerca, pero no intervino.
Yo intenté parecer una propietaria perfectamente tranquila ante la posibilidad de vender casi tres mil dólares antes de comer.
Daniel se levantó.
—Mil doscientos.
Mi corazón hizo algo desagradable.
—¿Perdón?
—Pago ahora.
Ahora.
Miré a Theo.
No dijo nada.
Volví a Daniel.
—La he anunciado por dos mil ochocientos.
—Lo he visto.
—Y me ofreces mil doscientos.
—Sí.
Excelente.
Miré a Theo.
—¿Si acepto?
Me miró.
—Es tuya.
—Eso no ayuda.
—Me has preguntado si puedes aceptar. Puedes.
—¿Y crees que debo?
—No.
Daniel esperaba.
Crucé los brazos.
—¿Por qué?
Theo tocó ligeramente la madera.
—Porque restaurada y con la procedencia confirmada, esta mesa supera los tres mil.
Mi cerebro empezó a hacer cuentas.
2.666 dólares.
Más 1.200.
3.866 dólares.
Me faltarían poco más de dos mil para el coche.
Y podía recibir aquel dinero en menos de cinco minutos.
—Podría salir de aquí hoy con mil doscientos más.
Theo asintió.
—Podrías.
—Es casi la mitad de lo que todavía me falta.
—Y también son casi dos mil dólares que vas a dejar sobre la mesa porque tienes prisa.
Silencio.
Miré a Daniel.
No parecía especialmente conmovido por mi desarrollo personal.
—Mil cuatrocientos —ofreció.
Mi cerebro gritó.
Pensé en la vitrina.
En el silencio.
En el hombre aumentando la oferta.
No hablé.
Daniel esperó.
Theo también.
Respiré.
Seguí callada.
Daniel volvió a mirar la mesa.
—Mil setecientos.
Podía aceptar.
Quería aceptar.
Mucho.
Pensé en el dinero entrando.
Después pensé en lo que estaba dejando atrás.
—No.
Daniel levantó la vista.
—Gracias por la oferta. Pero no puedo venderla por ese precio.
Me observó durante unos segundos.
—Dos mil.
Me detuve.
Theo no se movió.
Dos mil.
Madre mía.
Ahora la diferencia era menor.
Casi respondí.
Me contuve.
—Dos mil cuatrocientos.
Daniel sonrió ligeramente.
—Negocias rápido.
—Estoy aprendiendo a no hacerlo.
Se rio.
Miró a Theo.
Después a mí.
—Me lo pensaré.
Mi sonrisa desapareció.
—Esa frase me persigue.
Daniel cogió el paraguas.
—Si me decido, me pondré en contacto.
—Vale.
La campanilla sonó cuando salió.
Me quedé mirando la puerta.
Después me giré hacia Theo.
—Acabo de rechazar dos mil dólares.
—Sí.
—¿No vas a decir nada?
—¿Sobre qué?
—Eso ha sido crecimiento personal.
Theo cogió una caja de la mesa de al lado.
—Enhorabuena.
Esperé.
—Ha sido muy poco entusiasta.
—¿Quieres que aplauda?
—Un poco de reconocimiento habría sido elegante.
—Casi aceptas mil setecientos.
—Eso no invalida mi trayectoria.
Empezó a caminar.
—Claro.
Fui detrás.
—¿Y si no vuelve?
—Puede pasar.
—Theo.
—¿Querías que mintiera?
—A veces.
—No encaja demasiado con el libro que estás usando.
Me detuve.
—No uses la brujería contra mí.
Sonrió.
Ruth apareció a las diez y cincuenta y tres.
Miré el reloj.
Después a ella.
—Has venido.
Ruth cerró el paraguas.
—Dije que quizá.
—¿Eso significa que he ganado?
—Significa que tenía dos horas libres.
Aparté una caja del camino.
—Me sirve.
Ruth ni siquiera preguntó qué tenía que hacer.
Entró detrás del mostrador.
Abrió un armario.
Sacó un rollo de papel grueso que yo no tenía ni idea de que existía.
—¿Dónde estaba eso?
—En el armario.
—He buscado.
—Has buscado mal.
Abrió otro cajón.
Etiquetas.
Cordel.
Papel de seda.
Una pequeña caja con tarjetas antiguas de la tienda.
Me quedé quieta.
—Acabas de encontrar en cuarenta segundos cosas que llevo casi una semana buscando.
—Porque yo trabajaba aquí.
Cogió una lista de compradores guardada detrás de una carpeta.
Casi se me cayó la mandíbula.
—¿Qué es eso?
—Gente que compraba a Morgana.
—¿Existe una lista?
Ruth me miró.
—En Salem también existe el papel.
—Hoy todo el mundo está contra mí.
Se puso las gafas.
Recorrió los nombres.
—¿Quién está comprando vajilla?
Señalé una pila.
—Nadie.
Ruth cogió el teléfono.
Marcó un número.
—¿Harriet? Soy Ruth.
Me detuve.
Giró una taza y comprobó la base.
—Tengo seis piezas que probablemente querrás ver.
Me quedé mirándola.
Theo pasó cargando una caja.
—¿Dónde estabas hace seis días?
Ruth colgó.
—Viviendo mi vida.
Theo se rio.
—Eso no tiene gracia.
Ruth ya estaba moviendo otra cosa.
—Esta silla no va aquí.
—¿Por qué?
—Porque quien entra choca con ella con el bolso.
—Nadie ha chocado.
Me miró.
—Llevas aquí seis días.
Cogió la silla.
La cambió de sitio.
—Morgana ponía esa lámpara en el escaparate cuando llovía.
—¿Por qué?
—El cristal luce mejor cuando el cielo está oscuro.
Miré la pieza.
Después la ventana.
Salem estaba gris.
Ruth colocó la lámpara junto al cristal.
La diferencia fue inmediata.
—Vale.
Pasó junto a mí.
—Eres aterradoramente eficiente.
—Lo sé.
Fui detrás.
—¿No quieres quedarte hasta que cerremos?
—No.
—¿Media jornada?
—No.
—¿Un café?
—Ya he tomado.
—Eres difícil.
—Morgana decía lo mismo.
Me detuve.
—¿Lo decía?
Ruth se dio cuenta.
—A veces.
—¿Qué más decía de ti?
—Sabrina.
—Una pregunta.
—Tú nunca haces una.
Cerré la boca.
Ruth siguió caminando.
Diez minutos después, una señora llamada Harriet entró, compró cuatro piezas de vajilla y reservó otras dos.
185 dólares.
Cobrados.
Mi saldo subió a 2.851 dólares.
Miré a Ruth.
—Retiro todo lo malo que he pensado de ti.
—Eso parece temporal.
—Mucho.
Poco después, un hombre vino a recoger una mesita.
Pagó 260 dólares.
3.111 dólares.
Empecé a respirar mejor.
Ruth estaba envolviendo una pieza cuando preguntó:
—¿No te ibas hoy?
Mi mano se detuvo sobre el móvil.
—Sí.
Ruth miró alrededor.
—Ah.
—No hagas «ah».
—No he hecho nada.
—Has hecho un «ah» lleno de juicio.
—Ha sido observación.
—Peor.
Cogió la cinta.
—¿Y te vas?
—Todavía no lo sé.
Ruth me miró.
No comentó nada.
Claro.
Salem.
Cerca del mediodía, una mujer vino a recoger un joyero que había anunciado la noche anterior.
Mientras lo envolvía, preguntó:
—¿Vas a abrir el sábado?
Mi respuesta salió automática.
—Sí.
Me detuve con la cinta en la mano.
La mujer no se dio cuenta.
—Perfecto. Mi hermana llega el viernes y quiero traerla.
—Vale.
Pagó 120 dólares.
Salió.
Me quedé mirando la puerta.
Sábado.
Acababa de decir que estaría allí el sábado.
Theo estaba ajustando una bisagra.
Ruth ordenaba papeles.
Ninguno de los dos dijo nada.
—¿Lo habéis oído?
Theo:
—¿El qué?
—Nada.
Fui a guardar el dinero.
A la una y cinco, Ruth se puso el abrigo.
—¿Ya se han acabado tus dos horas?
—Han sido más de dos.
—Podrías considerarlo una señal para quedarte.
—No lo considero.
—¿Mañana?
Ruth cogió el paraguas.
—Quizá.
Cerré los ojos.
—Esto empieza a ser personal.
Sonrió.
—Hasta mañana, Sabrina.
—¿Eso ha sido un «sí» disfrazado?
Ruth abrió la puerta.
—Ha sido un hasta mañana.
Salió.
Sonó la campanilla.
Me quedé mirando la puerta.
Quizá.
Hasta mañana.
Empezaba a entender que esas dos expresiones significaban prácticamente lo mismo cuando las usaba Ruth.
A las dos recibí una oferta de 320 dólares por un armario pequeño que Theo había valorado en 450.
Esta vez no necesité mirarlo.
—Cuatrocientos.
El comprador:
—Trescientos cincuenta.
Esperé.
Me miró.
Lo miré.
Silencio.
—Trescientos ochenta.
Lo pensé.
—Hecho.
380 dólares.
Mi cuenta:
3.611 dólares.
Me detuve.
—Tres mil seiscientos once.
Theo levantó la cabeza.
—¿Cobrados?
—Odio que eso ya se haya incorporado a mi personalidad.
—Significa que has aprendido.
Abrí el anuncio del coche.
5.900 dólares.
Me faltaban 2.289.
Era lo más cerca que había estado.
Pensé en la mesa.