La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 7 La Semana Que No Iba A Ser Suficiente #2
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Chapter 7 La Semana Que No Iba A Ser Suficiente #2

Parpadeé.

—¿Sobre qué?

Se puso seria.

—Vale.

Se acercó.

—Kelsey.

—Sabrina.

—Ya lo sé.

—Claro.

Apoyó las dos manos sobre el mostrador.

—Lleva unas tres semanas raro.

—¿Raro cómo?

—Llega tarde.

—¿Trabajo?

—Eso dice.

—¿Has visto algún mensaje?

—No.

—¿Alguien te ha contado algo?

—No.

—¿Ha cambiado la contraseña?

—No.

—¿Desaparece durante horas?

—No exactamente.

—Entonces, ¿por qué crees que te miente?

Kelsey me miró como si acabara de preguntarle por qué el agua moja.

—Ha empezado a ducharse antes de salir.

Me detuve.

Miré a Theo.

Theo cogió una caja.

Se alejó.

—No me abandones.

—La clienta es tuya.

Kelsey continuó:

—Y se ha comprado camisas nuevas.

—¿Eso es una prueba?

—En su caso, sí.

Lo pensé.

—Entonces no sabes si te está mintiendo.

—Sí lo sé.

—No.

Se detuvo.

—Lo sientes.

Kelsey abrió la boca.

La cerró.

—Ya se lo he preguntado.

—¿Qué te dijo?

—Que no pasa nada.

—¿Y le creíste?

—No.

—¿Por qué?

Se quedó en silencio.

Esta vez esperé.

No completé.

No le ofrecí una respuesta.

Extrañamente, pensé en el hombre de la vitrina.

Kelsey soltó el aire.

—Porque no me miró cuando respondió.

—Vale.

—¿Crees que me estoy volviendo paranoica?

—Creo que no tienes pruebas.

Se quedó callada.

—Pero también creo que algo te hizo preguntar.

Kelsey asintió.

—Quiero saberlo.

—¿Aunque no sea la respuesta que esperas?

Su expresión cambió.

Menos divertida.

—Quiero saberlo.

Miré hacia el cajón.

—Espera.

Theo se dio cuenta cuando lo abrí.

—No.

Cogí el libro.

—¿Qué?

—Tienes esa cara.

—¿Qué cara?

—La de la olla.

—Eso no significa nada.

Bajé a la cocina con Kelsey.

Theo vino detrás.

Abrí el libro.

Pasé por «Amor».

«Dinero».

«Protección».

Me detuve en:

«Verdad».

Pasé algunas páginas.

Lo encontré.

«Para que la verdad encuentre el camino».

Leí.

—Esto es demasiado vago incluso para la brujería.

Theo se apoyó en el marco de la puerta.

—Quizá sea una estrategia jurídica.

Lo ignoré.

La receta era distinta a la de Marianne.

Agua.

Piel de limón.

Salvia.

Romero.

Tres semillas de anís.

Un pequeño trozo de raíz seca de lirio.

Una piedra de cuarzo transparente.

Sal.

Una vela blanca.

Papel.

Hilo negro.

Unas gotas de vinagre.

Nada especialmente inquietante.

Hasta que llegué a las instrucciones.

—«Escribe una sola pregunta».

Kelsey se acercó.

Seguí:

—«No acuses».

La miré.

—Eso ya complica tu plan.

Hizo una mueca.

—Sigue.

—«Pregunta una vez».

Deslicé el dedo por la línea siguiente.

—«Después, cállate».

Me detuve.

Theo empezó a sonreír.

Lo miré.

—No.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Volví al libro.

—«No completes la respuesta. No ofrezcas una salida. No digas lo que deseas escuchar».

Kelsey se quedó callada.

Continué:

—«Durante tres días, observa lo que no ha sido respondido».

Me detuve.

Mi mirada volvió a la página.

Pregunta una vez.

Después cállate.

Pensé en el hombre de la vitrina.

—Espera.

Theo levantó una ceja.

—¿Qué?

—Hoy he hecho eso.

—¿El ritual?

—Me he quedado callada.

—Durante tres segundos.

—Y he conseguido más dinero.

Theo miró a Kelsey.

—Todavía nos queda un largo camino.

—No interfieras con mi evolución.

Volví al libro.

—Mi tía inventó un ritual que obliga a una persona a hacer una pregunta y después no hablar.

Theo asintió.

—Puede que sea lo más sobrenatural de todo el libro.

Kelsey se rio por primera vez.

Y yo también.

Cerré parcialmente el libro.

—Vale. Vamos a hacerlo.

Me giré hacia los fogones.

Me detuve.

Theo se dio cuenta.

—No.

—¿Qué?

—Estás pensando en ponértelo.

—Tú dijiste que era equipo de trabajo.

—Me arrepiento.

—Demasiado tarde.

Subí.

Volví con el sombrero puesto.

Kelsey abrió mucho los ojos.

—Ah, me gusta.

—Gracias.

Theo me miró.

—Está torcido.

—Es personalidad.

—Claro.

Empecé a separar los ingredientes.

Esta vez no me temblaban las manos.

Unos días antes ni siquiera sabía que aquel armario existía.

Ahora sabía dónde guardaba Morgana la salvia.

Dónde estaba el romero.

La sal.

La caja con piedras pequeñas.

Me detuve.

Aquello debería haberme parecido extraño.

Me pareció familiar.

—¿Sabrina?

Kelsey me llamó.

—Nada.

Volví al libro.

Theo ayudó a cortar el limón.

Sonó la campanilla arriba.

Miró hacia la escalera.

—Debe de ser quien viene a recoger la vitrina.

—Ve.

Dejó el cuchillo.

—¿Puedes sola?

Miré la olla.

Después a Kelsey.

—Sí.

Theo subió.

Me quedé sola con ella.

Y no resultó extraño.

Encendimos la vela.

Kelsey escribió la pregunta.

Doblando el papel.

Lo ató con el hilo negro.

Lo dejamos junto a la olla.

La mezcla empezó a hervir.

Olía a limón, hierbas y vinagre.

La raíz oscura flotaba entre las hojas.

No parecía magia.

Tampoco parecía exactamente algo que yo hiciera un lunes cualquiera.

Cuando terminamos, Morgana indicaba guardar el cuarzo en el bolsillo y mantener el papel cerrado durante tres días.

La última frase estaba aislada.

«La verdad rara vez necesita ser arrancada. Normalmente necesita espacio».

La leí otra vez.

Kelsey se quedó mirándola.

—Eso es bonito.

—Sí.

Cerré el libro.

—¿Y ahora?

—Preguntas.

—¿Hoy?

—Una vez.

—Y me quedo callada.

—Todo el tiempo que tu sistema nervioso te permita.

Se rio.

Cogió el móvil.

—¿Cuánto?

Me detuve.

—Todavía no tengo muy claro cómo funciona esa parte.

—Morgana cobraba.

—Todo el mundo dice eso.

—Mi madre ya pagó más de cien.

Parpadeé.

—¿Cien?

—Me parece bien.

Miré el libro.

El frasco.

A ella.

—Vale.

Kelsey hizo el pago.

100 dólares.

Theo apareció arriba de la escalera.

—¿Acabas de cobrar?

—Cien dólares.

—¿Por qué?

—Servicio especializado.

—Has hervido salvia.

—Con intención.

Kelsey cogió el cuarzo.

—Si funciona, volveré.

—Vuelve.

—Si descubro que me está engañando, quizá vuelva llorando.

—También vale.

Sonrió.

Antes de marcharse, se detuvo.

—¿Sabrina?

—¿Sí?

—Tu tía hacía que pareciera que ya conocía la respuesta.

Mi sonrisa disminuyó.

—Yo definitivamente no la sé.

Kelsey se guardó la piedra en el bolsillo.

—Quizá sea mejor.

Y salió.

Me quedé unos segundos mirando la puerta.

Theo apareció a mi lado.

—Te ha gustado.

—¿El qué?

—Hacer eso.

Miré la olla.

El libro.

Después el sombrero.

—Sí.

Theo se quedó mirándome.

—Peligroso.

Sonreí.

—Sigues usando esa palabra.

—Sigue sirviendo.

Subí antes de tener que averiguar exactamente qué quería decir.

El martes, Salem amaneció bajo la lluvia.

No era fuerte.

Solo esa lluvia fina que oscurecía los ladrillos, pegaba las hojas amarillas a la acera y hacía que los turistas cruzaran las calles con chubasqueros transparentes por encima de los disfraces.

Vi a una mujer protegiendo un enorme sombrero de bruja con un paraguas demasiado pequeño.

Salem tenía sus prioridades.

Abrí la tienda a las nueve.

Theo llegó a las nueve y veinte con café.

Sin cinta.

—Hoy has traído solo lo esencial.

—Pensaba que dos rollos durarían más de veinticuatro horas.

—Has subestimado mi operación.

Miró las cajas cerradas.

—Estoy impresionado.

—Gracias.

—Con la cinta.

—Retiro las gracias.

Hasta la hora de comer, tres personas habían preguntado el precio de un espejo pequeño, dos libros y una lámpara.

Una dijo que volvería.

Otra pidió descuento.

La tercera leyó mi mensaje y desapareció.

Empezaba a desarrollar sentimientos personales contra la frase «me lo pensaré».

A las dos y once, sonó la campanilla.

Martin entró llevando el reloj que le había vendido la tarde anterior.

Se me cayó el estómago.

—No.

Dejó la pieza sobre el mostrador.

—Quiero devolverlo.

Crucé los brazos.

—No aceptamos devoluciones.

Martin me miró.

—Está encantado.

Me detuve.

Theo levantó la cabeza desde el otro lado de la tienda.

Lo miré.

—¿Tenemos una excepción para objetos encantados?

Theo se acercó.

—¿Qué ha pasado?

Martin señaló el reloj.

—Suena a las tres y diecisiete.

—Es un reloj.

—De la madrugada.

Me detuve.

—Ah.

—Mi mujer se despertó con eso.

Theo abrió la parte trasera.

Examinó el mecanismo.

—Tiene alarma.

Martin:

—Ya lo sé.

—Probablemente estaba activada.

—Sonó solo.

—Si está activada, esa es su función.

Martin cruzó los brazos.

—Mi mujer no lo quiere.

Theo señaló una pequeña palanca.

—Aquí. Cuando está en esta posición, suena.

La movió.

El reloj empezó a sonar.

Martin dio un paso atrás.

Me mordí el labio para no reírme.

Theo devolvió la palanca a su sitio.

Silencio.

—Desactivado.

Miré a Martin.

—Caso cerrado.

—Quiero devolverlo.

—¿Ahora que sabemos que no tiene fantasma?

—Sobre todo ahora.

—Eso no tiene sentido.

Martin sacó el móvil del bolsillo.

—Los matrimonios no tienen por qué tenerlo.

Cerré los ojos.

Theo giró la cara.

Cuatrocientos veinticinco dólares o una reseña de una estrella que dijera:

«La sobrina de Morgana me vendió un reloj encantado».

Elegí la opción menos catastrófica.

—Vale.

Hice el reembolso.

Mi móvil confirmó:

«425 USD enviados».

Dolió.

Mucho.

Martin guardó el teléfono.

—Gracias.

—Si empieza a hablar, avísame.

Se rio.

Salió.

Me quedé mirando la puerta.

Después a Theo.

—Menos cuatrocientos veinticinco.

—Lo sé.

—Me gustaba más cuando estaba encantando su casa.

Theo cogió el reloj.