La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 7 La Semana Que No Iba A Ser Suficiente
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Chapter 7 La Semana Que No Iba A Ser Suficiente

El lunes por la mañana me desperté con una misión.

Vender.

No descubrir quién había sido Morgana.

No averiguar si las pociones funcionaban.

Y, definitivamente, no pensar en Theo arrodillado delante de mí la noche anterior.

Vender.

Cogí el móvil.

33.842 seguidores.

Un mensaje de Maya.

Y el sedán plateado de 5.900 dólares seguía guardado en favoritos.

Abrí el mensaje.

«Maya: guion para mañana»

Cerré los ojos.

«Yo: estoy trabajando»

«Maya: vender sillas no es nuestro reportaje»

«Yo: discrepo de esa limitación temática»

Aparecieron los tres puntitos.

«Maya: ¿sigues volviendo el miércoles?»

Mi dedo se quedó sobre la pantalla.

Miércoles.

Pasado mañana.

No respondí.

Abrí el anuncio del coche.

5.900 dólares.

Después mi cuenta.

1.780 dólares.

—Vale.

Me levanté.

—Hoy solucionamos esto.

Me duché, me recogí el pelo y me cambié el vendaje de la mano.

El corte estaba mejor.

La rodilla dolía menos.

La dignidad seguía recuperándose.

Cuando subí a la tienda, el sombrero negro estaba sobre el mostrador.

Me detuve.

Lo miré.

Sonreí sola.

No.

Hoy tocaba dinero.

Colgué el sombrero detrás del mostrador, giré el cartel hacia «OPEN» y empecé a fotografiar una mesita auxiliar.

La campanilla sonó menos de dos minutos después.

—Buenos días.

Me giré.

Theo entró llevando dos cafés en una mano.

En la otra, dos rollos anchos de cinta adhesiva.

Me detuve.

Miré la cinta.

Después a él.

—La has traído.

Theo levantó una ceja.

—Dije que la traería.

Señalé.

—Dos rollos.

—También dije dos.

Se los quité de la mano como si fueran joyas.

—Creo que nunca me habían hecho un regalo tan útil.

Theo miró el sombrero que colgaba detrás de mí.

—Eso es ofensivo.

Seguí su mirada.

—Ah.

—Eso te lo compré ayer.

Cogí uno de los rollos.

—Aquello es equipo profesional. Esto salva la empresa.

Theo me dio el café.

—Voy a fingir que no he oído eso.

—Mejor para los dos.

Cogí el vaso.

—Gracias.

Él ya estaba mirando mi mano.

—¿Te has cambiado el vendaje?

Bajé la vista.

—Buenos días a ti también.

—¿Te lo has cambiado?

—Sí.

Theo me sujetó la muñeca.

Solo durante unos segundos.

Miró el vendaje.

—Está mejor.

Dos segundos bastaron para que olvidara lo que iba a responder.

Aparté la mano.

—¿Me estás inspeccionando?

—Estoy intentando evitar que pierdas una mano antes de terminar el inventario.

—Eso afectaría bastante a mi productividad.

—Exacto.

Nos reímos.

Se quitó la chaqueta.

—Hoy necesito vender mucho.

—Eso lo dices todos los días.

—Hoy es diferente.

—¿Por qué?

Señalé el calendario.

—Lunes.

—Eso suele pasar después del domingo.

—Tengo lunes y martes.

Theo me miró.

No dijo miércoles.

No hacía falta.

Cogí el móvil.

—Mi objetivo para hoy son mil dólares.

—¿Cobrados?

Lo miré.

—Sí.

—Entonces empieza por lo que pueda salir hoy.

—Eso es exactamente lo que voy a hacer.

Cogí una taza.

Theo la miró.

—Esa no.

Cerré los ojos.

—Llevamos treinta segundos.

A las diez y cuarenta ya había respondido veintisiete mensajes, fotografiado dieciocho piezas y vendido cuatro tazas.

Cuatro.

Tazas.

Miré la suma.

84 dólares.

—Theo.

—¿Mmm?

Estaba examinando una mesita cerca de la ventana.

—Tengo dos días y estoy vendiendo tazas.

Mi móvil vibró.

Un mensaje sobre la mesa de nogal que había anunciado por 900 dólares.

«Puedo recogerla a las cuatro».

Todo mi cuerpo se despertó.

—Theo.

—¿Qué?

—Novecientos.

Se giró.

—¿Cobrados?

—Viene a recogerla a las cuatro.

—Entonces todavía no.

—No me lo estropees.

Lo sumé de todas formas.

2.680 dólares.

Abrí los anuncios de segunda mano.

Con dos mil seiscientos ya podía dejar de mirar exclusivamente coches que parecían haber sobrevivido a tres accidentes y una inundación.

Encontré un sedán azul.

Aire acondicionado confirmado.

Cuatro puertas aparentemente del mismo color.

—Mira.

Theo ni siquiera se acercó.

—Todavía no has cobrado.

—¿Disfrutas especialmente destruyendo los sueños de chicas trabajadoras?

—Solo los que dependen de una transferencia que todavía no ha llegado.

Cerré el anuncio.

—Cuando llegue el dinero, vuelvo.

—Trato hecho.

Unos minutos después entró un hombre interesado en una pequeña vitrina.

Theo había sugerido anunciarla por 600 dólares.

El hombre abrió las puertas.

Miró las bisagras.

Pasó una mano por la madera.

—Doscientos cincuenta.

Miré a Theo.

No hizo nada.

—Cuatrocientos cincuenta —dije.

—Trescientos.

Necesitaba el dinero.

Pensé en el coche.

Pensé en el miércoles.

—Trescientos cincuenta.

Theo levantó la vista.

—No.

El hombre lo miró.

Yo también.

—¿Perdona?

—La pieza vale más.

—No eres mi padre.

—Tu padre probablemente diría lo mismo.

—Mi padre me dejó cortarme el pelo yo sola a los trece. No lo uses como referencia de prudencia.

El comprador empezó a sonreír.

Theo me miró.

Solo eso.

Después volvió la vista hacia la vitrina.

Lo entendí.

Respiré.

—Cuatrocientos cincuenta.

El hombre cruzó los brazos.

—Cuatrocientos.

Ya tenía la respuesta preparada.

Me contuve.

Esperé.

El silencio se quedó allí.

Dos segundos.

Tres.

Sentí una necesidad casi física de decir algo.

No dije nada.

El hombre soltó el aire.

—Cuatrocientos veinte.

Parpadeé.

Miré a Theo.

Hizo un movimiento mínimo con la cabeza.

—Hecho.

El pago llegó unos minutos después.

420 dólares.

Sonreí mirando la pantalla.

—Eso ha sido doloroso.

Theo cogió la cinta adhesiva.

—Ibas a aceptar trescientos.

—Estaba bajo presión.

—Eran las once de la mañana.

—Presión temporal.

Empezó a embalar la vitrina.

Me quedé mirándolo.

—Me he callado y él ha aumentado la oferta.

—Pasa.

—Eso parece manipulación.

—Se llama negociar.

A las dos de la tarde, la tienda estaba lo bastante llena como para darme esperanza.

Dos mujeres discutían sobre una lámpara.

Un señor examinaba libros.

Una pareja quería una mesa pequeña.

Yo respondía mensajes mientras atendía.

Theo fotografiaba una cómoda que necesitaba restauración.

Durante unos minutos, todo pareció funcionar.

Hasta que la pareja decidió que quería pensárselo.

La mujer de la lámpara dijo que volvería mañana.

El señor dejó los libros.

Y mi móvil vibró.

«Lo siento. A mi mujer no le ha gustado».

Me quedé mirando el mensaje.

Después la hora.

Cuatro y seis.

Los 900 dólares que mentalmente ya se habían convertido en un sedán azul de 2012 con aire acondicionado acababan de desaparecer.

Theo pasó junto a mí.

—¿Qué ha pasado?

Se lo enseñé.

Leyó.

—¿A su mujer no le ha gustado una mesa que ni siquiera ha venido a ver?

Theo me devolvió el móvil.

—Hay matrimonios que han terminado por menos.

—Ya había elegido otro coche.

—No habías recibido el dinero.

—No hace falta que lo restriegues.

—Para eso existe precisamente la categoría «CObrADO».

—Mi contabilidad real me deprime.

Sonó la campanilla.

Entró Ruth.

Abrigo verde oscuro.

Gafas rojas.

Me miró.

Después a Theo.

Después a tres cajas en medio del paso.

—Veo que el peligro continúa.

—Estoy mucho mejor.

Theo respondió antes que yo:

—Sí.

Lo miré.

—Gracias.

Ruth pasó entre las cajas.

—¿Qué tal el fin de semana?

Mi mirada se encontró con la de Theo.

Sombrero.

Hamburguesa.

Caída.

Vendaje.

Casi beso.

Poción para hacer volver a un marido.

—Normal.

Ruth miró mi mano vendada.

—Claro.

Llegó al mostrador.

—Quería preguntarte algunas cosas.

—Me lo imaginaba.

—Trabajabas con Morgana.

—Sí.

—¿Haciendo exactamente qué?

Ruth se quitó los guantes.

—Limpiaba piezas. Atendía cuando ella tenía que salir. Recibía entregas. Organizaba cajas. Llevaba algunas cosas a clientes.

—¿Algunas cosas?

—Objetos.

Ruth acercó una silla y se sentó.

—Trabajaba aquí. No vivía con Morgana.

—Pero veías a la gente.

—Sí.

—¿Venían a comprar muebles?

Ruth lo pensó.

—Algunas personas.

—¿Y las otras?

—Venían a contarle algún problema.

Mi atención aumentó.

—¿Sobre qué?

—Lo que estuviera saliendo mal aquel día.

Miró la tienda.

—Matrimonio. Hijos. Trabajo. Dinero. Miedo.

Pausa.

—Algunas personas simplemente se sentaban y hablaban.

Miré la silla que había delante del mostrador.

—¿Y Morgana qué hacía?

—Escuchaba.

—¿Solo eso?

Ruth sonrió.

—Para algunas personas, eso ya era bastante.

Me quedé callada.

—¿Morgana te hablaba de sus clientes?

Ruth frunció el ceño.

—No demasiado.

—¿Aunque trabajaras aquí?

—No necesitaba saber lo que alguien le había contado para limpiar un aparador.

Miré a Ruth.

Ella continuó:

—Algunas personas entraban por esa puerta cargando con demasiadas cosas. Morgana no tenía ninguna intención de hacerlas salir con todo eso todavía encima.

Mi mirada fue hacia el mostrador.

Hacia la tienda.

Hacia el cajón donde estaba el libro.

Ruth sonrió.

—Tengo que irme. Hasta mañana, Sabrina.

Salió.

Me quedé mirando la puerta.

Theo apareció a mi lado.

—Le caes bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Sigue volviendo.

Lo pensé.

—Tú también.

Theo me miró.

Solo un segundo.

Después cogió una caja y volvió al trabajo.

Yo encontré cosas extremadamente importantes que ordenar dentro de un cajón durante los diez segundos siguientes.

A las tres y diez vendí el reloj.

Era pequeño.

Caja de madera oscura.

Esfera color crema.

Agujas finas.

Lo bastante bonito como para plantearme quedármelo.

Cuatrocientos veinticinco dólares ganaron.

El comprador, un hombre llamado Martin, examinó la pieza.

Theo también.

—Funciona —dijo.

—Eso ya lo sitúa por encima de la media de esta tienda.

Martin se rio.

Pagó.

425 dólares.

Miré la notificación.

—Me encantan los relojes.

Theo me miró.

—Hasta mañana.

Martin se llevó la pieza.

Sumé.

1.780 dólares.

Más 84 de las tazas.

Más 420 de la vitrina.

Más 425.

Más 72 de pequeñas ventas durante la tarde.

2.781 dólares.

Me detuve.

—Dos mil setecientos ochenta y uno.

Theo miró.

—¿Cobrados?

Le enseñé la pantalla.

—Ahora sí puedes celebrarlo.

—Mucho mejor.

—Me faltan tres mil ciento diecinueve para el coche.

—Más la documentación, el seguro...

Levanté la mano.

—No lo estropees.

Sonrió.

Una mujer joven apareció cerca de las cinco.

Entró deprisa.

Me miró.

Después a Theo.

Después al mostrador.

—¿Morgana?

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

—Soy Sabrina.

—La sobrina.

—Sí.

Debía de tener unos veintiocho años.

Pelo claro recogido en una coleta.

Abrigo rojo.

Energía de alguien que había tomado demasiado café o dormido demasiado poco.

Quizá las dos cosas.

—Necesito saber si mi novio me está mintiendo.