La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 6 El Sombrero Que Se Quedó Conmigo #2
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Chapter 6 El Sombrero Que Se Quedó Conmigo #2

No había rastro de risa en su voz.

—Estoy bien.

Intenté levantarme.

—Espera.

—Solo ha sido...

Miré mi mano.

Sangre.

—Ah.

El corte cruzaba la base de la palma.

No parecía profundo.

Pero sangraba bastante.

La expresión de Theo cambió.

—No la muevas.

—Solo me he cortado.

Sacó un pañuelo limpio del bolsillo y lo presionó contra mi mano.

Escoció.

—Ay.

—Perdón.

Una empleada apareció corriendo por el pasadizo.

—Dios mío. ¿Te has hecho daño?

—Estoy bien.

—¿Quieres que llame a alguien?

Theo volvió a mirar mi mano.

—No parece profundo.

Después me miró.

—Pero vamos a limpiarlo ahora.

La mujer se disculpó varias veces.

Yo estaba más preocupada por haber acabado en el suelo con un sombrero de bruja.

—Esto ha sido humillante.

Theo seguía sujetándome la mano.

—Estás sangrando.

Levantó los ojos.

Durante un segundo nos quedamos mirándonos.

Después miró mi rodilla.

—¿Puedes levantarte?

—Claro.

Me ayudó.

Apoyé el pie.

Dolió.

Hice una mueca.

Theo la vio.

—Claro.

—No digas nada.

Soltó mi brazo.

Dio dos pasos hacia atrás.

—¿Adónde vas?

Se agachó.

Recogió el sombrero del suelo.

Lo sacudió con cuidado.

Volvió.

—Lo vas a querer mañana.

Lo miré.

Lo cogí.

—Sí.

Y, por algún motivo, aquella fue la parte que casi consiguió que me olvidara del dolor.

Tardamos menos de diez minutos en llegar a Bellamy.

Theo me sostuvo del brazo durante buena parte del camino.

No le pedí que me soltara.

Cuando llegamos, le di la llave porque con la otra mano seguía presionando el pañuelo.

Abrió la puerta.

Bajamos a la cocina.

Theo encontró el pequeño botiquín en el baño.

Señaló una silla.

—Siéntate.

Empezó a limpiar el corte.

Esta vez escoció de verdad.

Cerré los ojos.

—Esto es horrible.

—Lo sé.

—No pareces arrepentido.

—Estoy intentando que no se infecte.

Abrí un ojo.

—¿Pones esa cara cuando arreglas sillas también?

—Las sillas se quejan menos.

Sonreí.

—Esa ya la has usado.

—Sigue siendo verdad.

Examinó mi mano.

—No parece profundo.

—Excelente.

Me hizo la cura.

Después miró mi rodilla.

—Ahora esa.

—Está bien.

—Sabrina.

—No voy a quitarme los pantalones.

Theo se quedó inmóvil.

Solo entonces me di cuenta.

—Para que puedas mirar mi rodilla.

Bajó la cabeza.

Empezó a reírse.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara no es responsabilidad mía.

—Qué conveniente.

El pantalón se había roto un poco a la altura de la rodilla.

Levanté la tela lo suficiente.

Un raspón grande empezaba a ponerse rojo.

Theo lo limpió.

Agarré el borde de la silla.

—Ay.

—¿Quieres que pare?

—No.

Continuó.

Con cuidado.

Mucho cuidado.

Mi mirada cayó sobre sus manos.

Las mismas manos que pasaban horas tocando madera antigua como si tener prisa fuera una ofensa.

Ahora hacían aquello conmigo.

Levanté los ojos.

Theo estaba serio.

—Solo ha sido una caída.

—Lo sé.

Terminó de fijar la gasa.

Se quedó callado.

Después:

—Me has asustado.

Me detuve.

No había ninguna broma.

Ninguna provocación.

Solo eso.

Mi sonrisa desapareció.

Tenía una pequeña hoja enganchada en el pelo.

Levanté la mano buena.

Se la quité.

—Llevabas Salem en la cabeza.

Theo no miró la hoja.

Siguió mirándome.

Mi mano empezó a bajar.

Sus dedos rozaron mi muñeca.

Suavemente.

No para detenerme.

Solo para tocar.

El aire cambió.

Theo se levantó.

Se quedó cerca.

Lo bastante como para que yo tuviera que levantar un poco la cara.

Llevó una mano hasta mi pelo.

Apartó un mechón de mi mejilla.

Sus dedos tardaron en apartarse.

Mi corazón se aceleró.

Ninguno de los dos habló.

Y, por lo visto, mi cerebro decidió que aquel era un momento excelente para dejar de ayudarme por completo.

Theo inclinó el rostro.

Mi móvil sonó.

Cerré los ojos.

—No.

Cerré los ojos durante un segundo.

El aparato siguió vibrando sobre la mesa.

Theo lo miró.

—¿Vas a contestar?

Miré la pantalla.

«Maya».

Volví a mirar a Theo.

—No.

Levantó una ceja.

—¿Tu mejor amiga?

—Sobrevivirá.

El móvil dejó de sonar.

Silencio.

Entonces vibró otra vez.

Un mensaje.

No miré.

Theo sonrió.

Esta vez su sonrisa se desvaneció un poco.

Nos quedamos mirándonos.

Y tuve la sensación clarísima de que, si volvía a acercarse, yo no iba a inventar ninguna broma.

Se quedó unos minutos más.

No hacía falta.

Pero se quedó.

Revisó mi mano.

Cerró la puerta trasera.

Comprobó la principal.

Antes de marcharse, vio el rollo vacío de cinta adhesiva sobre el mostrador.

Lo cogió.

—Mañana traigo más.

—¿Vas a traer cinta?

—Dos rollos.

Lo miré.

—Theo Hawthorne, sí que sabes seducir a una mujer.

Se rio.

—Buenas noches, Sabrina.

—Buenas noches.

Abrió la puerta.

—Theo.

Se volvió.

—¿Sí?

—Gracias.

Su sonrisa disminuyó.

—¿Por la cura?

Miré el sombrero sobre el mostrador.

Después a él.

—También.

Theo sostuvo mi mirada.

—Mañana no camines hacia atrás.

—No prometo nada.

—Me lo imaginaba.

Salió.

Sonó la campanilla.

Me quedé mirando por el escaparate mientras se alejaba.

Solo unos segundos.

Quizá más.

Después cerré con llave.

Dos veces.

Mi móvil seguía en el bolsillo.

Lo saqué.

Abrí la galería.

Apareció la foto.

Yo con el sombrero torcido.

Theo a mi lado.

Los dos riéndonos.

Mi dedo pasó cerca del botón de compartir.

Bloqueé la pantalla.

Bajé a la cocina.

La mano me latía bajo el vendaje.

La rodilla también.

Pero no era eso lo que ocupaba mi cabeza.

Era Theo arrodillado delante de mí.

Su expresión al ver la sangre.

Su mano en mi cara.

Arriba, un reloj empezó a dar las horas.

Me detuve.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Siete.

Ocho.

Nueve.

Miré el móvil.

9:00.

Sonreí.

Por lo menos uno había acertado.

Apagué la luz.

Me tumbé.

Y solo entonces pensé en Marianne.

¿Habría colocado ya el frasco junto a la puerta?

¿Estaría consiguiendo no llamar a su marido?

¿No mandarle mensajes?

¿No ir a casa de la otra mujer?

Me giré de lado.

Siete días.

Morgana había escrito siete días.

Pensé en la olla.

En la sangre de dragón.

En el hilo rojo.

En el libro de cuero.

Y en la seguridad con la que Marianne había dicho:

«Va a funcionar».

Me quedé mirando la oscuridad.

Y, por primera vez, la pregunta no me pareció tan absurda.

¿Y si funciona?