La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 6 El Sombrero Que Se Quedó Conmigo
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Chapter 6 El Sombrero Que Se Quedó Conmigo

A las seis y veinte de la tarde, intentaba cerrar una caja con los últimos centímetros de cinta adhesiva que quedaban en la tienda.

Tiré.

La cinta se acabó.

Me quedé mirando el rollo vacío.

—No.

Theo levantó la vista desde el otro lado de la sala.

—¿Qué?

Se lo enseñé.

—Se ha acabado.

—¿La cinta?

—Nuestra capacidad operativa.

Volvió a la silla que estaba examinando.

—Tengo tres cajas abiertas.

—Mañana compras más.

—Mañana me quedan dos días para hacerme rica.

Theo se detuvo.

Me miró.

—¿Dos?

—Lunes y martes.

—¿Y el miércoles?

—El miércoles me voy.

Sostuvo mi mirada durante un instante.

—Vale.

Solo eso.

Volvió a la silla.

Yo también volví a la caja.

No me gustó demasiado aquel «vale».

Lo cual era absurdo.

Me había pasado toda la mañana explicando que quería irme el miércoles.

Theo simplemente me había creído.

Tiré del extremo inútil de la cinta.

—No cierra.

—Sabrina.

—Lo estoy intentando.

—Ya no queda cinta.

—La negatividad no resuelve problemas.

Se rio.

Mi móvil sonó sobre el mostrador.

Miré.

«Mamá».

Lo cogí.

—Hola.

—Por fin.

—Estoy bien.

Fui detrás del mostrador.

—¿Cómo va la tienda? —preguntó.

Miré alrededor.

Menos llena.

Un poco.

—Estoy vendiendo algunas cosas.

—¿Sabes cuánto valen?

Mi mirada fue hacia Theo.

Se dio cuenta.

—Ahora tengo ayuda.

—¿De quién?

—De un restaurador de aquí.

—¿Conocía a Morgana?

La pregunta salió rápida.

—Sí.

—¿Quién?

—Theo Hawthorne.

Una pequeña pausa.

—No lo conozco.

—Me está ayudando a tasar las piezas y encontrar compradores.

—¿Y confías en él?

Volví a mirar a Theo.

Esta vez levantó una ceja.

—Hasta ahora me ha evitado perder bastante dinero.

—Eso no responde.

—¿Has encontrado alguna cosa de Morgana que no deberías haber encontrado?

Me detuve.

El libro de cuero estaba sobre el mostrador.

Cerrado.

—No.

Soltó el aire.

—No toques cosas que no entiendas.

—Vale.

La mentira salió más fácilmente de lo que debería.

Mi madre guardó silencio un instante.

—¿Sigues volviendo el miércoles?

Miré a Theo.

—Esa es la idea.

La frase salió sola.

—¿Esa es la idea?

Yo también lo había oído.

—Sí.

—Tu universidad sigue existiendo.

—Lo sé.

—Tu vida también.

Miré la tienda.

A Theo.

El libro.

—Lo sé.

Colgué.

Me quedé con el móvil en la mano unos segundos.

Theo no preguntó nada.

Volvió a la silla.

—Esa todavía no la vendas.

—Maravilloso. Otra cosa que no paga mi coche.

—Mañana mandaré las fotos a un comprador de Boston.

—¿Conoces a un comprador específico para esa silla?

—Sí.

Me detuve.

—Aplicación prémium.

Theo me miró.

—¿Vas a seguir con eso?

—Hasta el miércoles.

Sonrió.

Esta vez, la palabra se quedó entre nosotros un poco más de lo que debería.

A las siete y cuarto giré el cartel hacia «CLOSED».

Theo consiguió cerrar una de las cajas sin cinta.

Me quedé mirando.

—¿Cómo has hecho eso?

—Doblando.

—Eso es brujería.

Me miró fijamente.

Me detuve.

—Vale. Tengo que actualizar mi repertorio.

Cogió la chaqueta.

—Ven.

—¿Adónde?

—A comer.

—¿Eso ha sido una invitación?

—Ha sido una intervención.

Cogí el bolso.

La hamburguesería estaba a unas calles de la tienda.

Era estrecha, cálida y ruidosa, con paredes de madera, pequeñas calabazas iluminadas sobre las estanterías y un esqueleto de plástico ocupando una silla cerca de la barra.

Me detuve al pasar.

—¿Cuánto lleva esperando?

Theo siguió andando.

—Desde septiembre.

—Servicio pésimo.

Nos sentamos junto a la ventana.

En la carta había algo llamado «October Monster» que parecía requerir autorización médica.

Lo señalé.

—Ese.

Theo lo miró.

—No.

Él eligió una hamburguesa tradicional.

Lo miré.

—¿Pan, carne y queso?

—Sí.

—Vives en Salem.

—Lo sé.

—¿Y pides lo más normal de la carta?

Theo apoyó los brazos sobre la mesa.

—Ya vivo en Salem. No necesito que mi comida también tenga personalidad.

Me quedé en silencio.

—Eso ha sido muy bueno.

—Gracias.

—Sigo juzgándote.

—Me lo imaginaba.

Pedí el October Monster.

El mío llegó unos minutos después y tenía altura suficiente para ser considerado obra civil.

Theo lo miró.

—¿Cuántas plantas tiene eso?

—Envidia.

—Preocupación estructural.

Le di un mordisco.

Casi se desmontó.

Lo sujeté con las dos manos.

—Está buenísimo.

—Claro.

Durante un rato hablamos de cosas que no importaban.

La cafetería donde ya me reconocían.

Un disfraz horrible que había pasado junto a la ventana.

Comida.

Salem.

Nada que necesitara descubrir.

Me gustó.

Entonces Theo preguntó:

—¿Tus padres son siempre así?

—¿Así cómo?

—Te llaman para saber dónde estás, si has comido, con quién estás.

Sonreí.

—Mi padre metió seis barritas de cereales en mi mochila.

—Eso responde.

—Mi madre se preocupa más.

—¿Siempre ha sido así?

—Conmigo, sí.

Cogí una patata frita.

—Cuando tenía trece años, quise cortarme yo sola el pelo.

Theo ya estaba empezando a sonreír.

—No.

—Mi padre me dejó.

—¿Te dejó?

—Dijo que las consecuencias enseñan.

—Me cae bien.

—No viste el resultado.

—¿Cuánto te cortaste?

—Empecé por los hombros.

Theo se detuvo.

—¿Empezaste?

—Después tuve que arreglarlo.

—Sabrina.

—Tres veces.

Se pasó una mano por la cara.

—¿Cuánto quedó?

—Lo suficiente para pasar cuatro meses llevando una diadema muy ancha.

Theo se rio.

No una sonrisa.

Se rio de verdad.

Bajó la cabeza.

Me quedé mirándolo.

Theo levantó el rostro.

—Eso explica muchas cosas.

—Mi padre nunca más tuvo que decirme que no me cortara el pelo.

—Las consecuencias educan.

—Odio que hayas entendido su filosofía.

Todavía sonreía cuando pregunté:

—¿Y tu familia?

—Mis padres viven a unos veinte minutos de aquí.

—¿Juntos?

—Todavía.

—¿Hermanos?

—Una hermana. Dos años mayor. Vive en Boston.

—¿La ves mucho?

—Lo suficiente para que siga creyendo que tiene derecho a opinar sobre mi vida.

—Las hermanas mayores tienen autorización legal.

—Se lo diré.

Sonreí.

Era extrañamente agradable descubrir cosas normales sobre Theo.

Una familia.

Una hermana.

Padres.

Ningún secreto oscuro.

Ninguna historia dramática.

Solo vida.

Pero había otra cosa que quería saber.

—¿Y Morgana?

Theo se detuvo con el vaso cerca de la boca.

—¿Qué pasa con ella?

—¿Por qué le caías tan bien?

—No sé si le caía tan bien.

—Ruth cree que sí.

—Ruth cree muchas cosas.

—Eso no responde.

Theo sonrió.

—Estoy aprendiendo de Salem.

—Mala influencia.

Se quedó callado unos segundos.

Después:

—Morgana me dio trabajo cuando nadie creía que yo supiera hacer gran cosa.

Mi atención aumentó.

—¿Cuántos años tenías?

—Diecisiete.

—¿Aquí?

—A veces.

—¿Restaurando?

—Haciendo lo que ella mandaba.

Sonreí.

—¿Te enseñó?

Theo lo pensó.

—En parte.

—¿Qué parte?

Me miró.

—¿Siempre haces cinco preguntas cuando alguien responde una?

—Normalmente seis.

—Me lo imaginaba.

Sonreí.

No respondió a la sexta.

Y estaba bien.

Empezaba a aprender que Theo contaba las cosas cuando quería contarlas.

Y nunca inventaba una respuesta solo para llenar el silencio.

Cuando salimos, ya eran más de las ocho y media.

Hacía más frío.

Metí las manos en los bolsillos.

Theo se dio cuenta.

—Otra vez con esa chaqueta.

—No empieces.

—Tu madre sigue teniendo razón.

Seguimos caminando sin prisa.

No era como la noche anterior.

Theo no me estaba enseñando Salem.

Yo no estaba buscando sitios que grabar.

Solo estábamos caminando juntos.

Me gustó la diferencia.

Pasamos por algunos puestos que todavía seguían abiertos cerca del centro.

Uno estaba lleno de máscaras, capas y sombreros puntiagudos.

Theo redujo el paso.

—Espera.

—¿Qué?

Se detuvo delante del puesto.

Cogió un sombrero negro.

Sencillo.

Puntiagudo.

Con una pequeña cinta oscura alrededor.

Lo miré.

—No.

—Hoy has hecho una poción sin sombrero.

—Estaba preservando la dignidad de la familia.

—Demasiado tarde.

Theo entregó unos billetes a la mujer del puesto.

Parpadeé.

—¿Me has comprado eso?

Me entregó el sombrero.

—Considéralo equipo de trabajo.

—Theo.

Apareció su sonrisa.

—Ya está. Ahora pega con la Bellamy pelirroja que ha decidido empezar a hacer hechizos.

Me puse el sombrero.

La punta cayó un poco hacia un lado.

—¿Qué tal?

Theo me miró.

Tardó lo suficiente como para que mi sonrisa cambiara.

—Peligrosa.

Me detuve.

—Esa ha sido una respuesta excelente.

Cogí el móvil.

—Foto.

—No.

—Tú compraste el sombrero. Ahora asume las consecuencias.

—Mi cara sigue fuera de tus Stories.

—Lo sé.

Le tendí el teléfono.

—Esta no es para los Stories.

Theo me miró.

Fue rápido.

Después cogió el móvil.

—Va.

Me coloqué.

Me hizo una foto.

Cogí el teléfono.

Miré.

Yo sola, con un sombrero torcido.

—No.

—¿Qué?

—Ven.

—Sabrina.

—Una.

Theo soltó el aire.

Se puso a mi lado.

Levanté el teléfono.

El sombrero se deslizó y la punta casi le dio en la cara.

Theo se apartó riéndose.

Hice la foto justo en ese momento.

Miré la pantalla.

Mi pelo pelirrojo escapaba por debajo del sombrero.

Yo me estaba riendo.

Theo también.

Ninguno de los dos miraba bien a cámara.

Me gustó inmediatamente.

—Esta ha quedado genial.

Theo miró.

—Me encanta.

Mi dedo pasó cerca del botón de compartir.

No lo tocó.

Bloqueé la pantalla.

—Esta se queda conmigo.

Theo me miró.

—Mejor así.

Guardé el móvil.

Y seguí caminando con el sombrero puesto.

Unas calles después vimos un pequeño pasadizo entre dos tiendas decorado para octubre.

No parecía exactamente una atracción.

Solo un corredor corto, abierto a los peatones, lleno de luces moradas, telarañas artificiales y figuras colgadas de las paredes.

—Vamos por aquí —dije.

Theo miró.

—¿Estás segura?

—Es solo un paseo.

—Ayer también lo era.

—Ayer era una persona.

Entramos.

Una bruja de plástico colgaba sobre una puerta.

Un esqueleto sujetaba una linterna.

Más adelante había una enorme figura inclinada sobre un ataúd falso.

Pasé mirando.

Nada.

—¿Ves?

Theo caminaba a mi lado.

—Todavía no hemos terminado.

—Tienes que confiar más.

Di otro paso.

Un sonido explotó detrás de mí.

Un grito fuerte.

Al mismo tiempo, la figura junto al ataúd se lanzó hacia delante impulsada por algún mecanismo.

—¡AAAAH!

Retrocedí por instinto.

Mi pie encontró el borde de una piedra irregular.

El suelo desapareció.

El sombrero salió volando.

Mi mano golpeó primero contra la piedra.

El dolor llegó rápido.

Agudo.

Mi rodilla chocó justo después.

—¡Ah!

Theo estaba a mi lado antes de que pudiera moverme.

—Sabrina.