La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 4 Lo Que No Aparecía En Los Stories
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Chapter 4 Lo Que No Aparecía En Los Stories

A las seis y cincuenta y siete de la tarde ya había comprobado dos veces la cerradura de la puerta trasera.

No porque estuviera preocupada, sino porque necesitaba hacer algo durante los tres minutos que faltaban.

Miré el reloj.

Seis y cincuenta y ocho.

—Genial.

Ordené una caja que no necesitaba que nadie la ordenara.

Pasé por delante del espejo que había detrás del mostrador.

Volví.

Pelo suelto.

Chaqueta.

Zapatillas.

Nada que delatara los cinco minutos que había pasado eligiendo entre dos camisetas prácticamente iguales.

Perfecto.

Aquello no era una cita.

Theo había dicho que iba a enseñarme Salem.

Solo eso.

A las siete en punto, sonó la campanilla.

Levanté la vista.

Theo entró.

Pantalón negro. Camisa oscura. Chaleco. Un abrigo largo que definitivamente no llevaba aquella mañana.

El conjunto estaba en algún punto entre hombre del siglo XIX y persona que sabía dónde esconder un cadáver sin dejar testigos.

—¿Vas disfrazado?

Theo miró su propia ropa.

—Sí.

—¿De qué?

—Todavía no lo he decidido.

—Eso normalmente se decide antes de ponerse el disfraz.

—En Salem hay más margen para improvisar.

Volví a recorrerlo con la mirada.

El problema era que la improvisación le había quedado demasiado bien.

Cogí el bolso.

—Pareces ese hombre que aparece al principio de una película y hace que todo el mundo le grite a la protagonista que no lo siga.

Theo me abrió la puerta.

—Tú duermes en el sótano de una tienda de antigüedades.

Me detuve.

—Eso ha sido bajo.

Me miró.

Me quedé un segundo en silencio.

—No me ha gustado.

Theo empezó a reírse.

Salí delante.

Sobre todo porque tenía razón.

Cerré la tienda y guardé la llave en el bolso.

Miré la calle.

Después a Theo.

—¿Dónde está tu coche?

—En casa.

—¿Vives en Salem y no tienes una escoba?

Theo empezó a caminar.

—Pensaba que las Bellamy venían con la suya propia.

Abrí la boca.

—Mira tú. Unas horas de amistad y ya estás haciendo bromas sobre mi familia.

—Tú has preguntado por la escoba.

Seguimos caminando.

—Una calabaza también habría servido —dije.

—Solo hasta medianoche.

Miré el móvil.

—Son las siete.

—Entonces todavía estamos a tiempo.

—¿Tenemos cinco horas?

Theo me miró.

Fue rápido.

Pero algo cambió en su sonrisa.

—He dicho que iba a enseñarte Salem.

Y siguió andando.

Me quedé quieta medio segundo.

Cinco horas.

Había reservado la noche.

Di dos pasos rápidos para alcanzarlo.

—Hablando en serio. ¿Por qué no has traído el coche?

—Porque es sábado, estamos en octubre y estamos en el centro de Salem. Si hubiera venido en coche, nuestro primer paseo habría consistido en buscar aparcamiento.

«Nuestro primer paseo».

Lo miré.

Theo seguía caminando como si no hubiera dicho nada especial.

Esta vez no comenté nada.

Solo seguí a su lado.

Puede que aquello sí fuera una cita.

Salem de noche parecía haberse puesto otra ropa.

Ya había visto las calabazas, las fachadas, los disfraces y los carteles.

Pero todo cambiaba después de que oscureciera.

Luces anaranjadas llenaban escaparates y ventanas. Había calabazas iluminadas en escalones, muros y entradas. La música llegaba desde una calle y desaparecía pocos metros después, sustituida por la voz de un guía que llevaba a un grupo.

El aire estaba más frío.

Olía a café, comida caliente, canela y hojas secas.

Pasó una pareja disfrazada de vampiros.

Tres adolescentes venían en dirección contraria con maquillajes tan elaborados que parecían personajes de una película.

Un niño pasó corriendo junto a nosotros con una capa negra abierta detrás del cuerpo.

Y había gente.

Mucha gente.

—Madre mía.

Theo siguió caminando.

—Todavía está tranquilo.

Lo miré.

—¿Esto es tranquilo?

—Es día tres.

—Me da miedo preguntar cómo se pone esto el treinta y uno.

—Tú no estarás aquí para verlo.

Lo dijo sin pensar.

Una semana.

Claro.

—Es verdad.

Seguí caminando.

Dos segundos después saqué el móvil del bolso.

Theo miró.

—¿Ya?

Abrí la cámara y empecé a caminar hacia atrás.

—Sábado, tres de octubre, siete y...

Theo me agarró del brazo.

—Sabrina.

—¿Qué?

—Estás en medio de la acera.

Miré hacia atrás.

Una familia entera tuvo que rodearme.

—Perdón.

La mujer se rio.

Volví junto a Theo.

—Estaba trabajando.

—Estabas bloqueando a ocho personas.

—Por lo menos no has exagerado.

Abrí la cámara otra vez.

—Sábado, tres de octubre. Primera noche en la que salgo de verdad a conocer Salem y...

Me detuve.

Lo vi.

—No.

Lo borré.

Theo inclinó la cabeza.

—¿Qué tenía de malo?

—Estoy hablando demasiado rápido.

La voz del profesor Grant apareció en mi cabeza.

«Has hablado como si la cadena fuese a explotar en el segundo treinta y uno».

Respiré.

—Otra vez.

Grabé de nuevo.

Esta vez más despacio.

Mostré las luces, los disfraces, una fachada cubierta de hojas y calabazas.

—...y hoy tengo conmigo a alguien que vive aquí, así que quizá por fin consiga descubrir algo antes que los comentarios.

Giré la cámara hacia Theo.

Salió del encuadre.

—No.

Bajé el móvil.

—Ni siquiera sabes qué iba a preguntarte.

—Me has apuntado con una cámara.

—Una pregunta.

—Sin mi cara.

—¿Tienes algún problema con las cámaras?

—Ninguno. Solo que no quiero aparecer delante de treinta y dos mil personas que no conozco.

—Lo entiendo.

Volví a girar el móvil hacia mí.

—Nuestro colaborador anónimo ha impuesto condiciones.

Theo se rio a mi lado.

Apagué la cámara.

Guardé el móvil.

Durante aproximadamente diez segundos.

Entonces me detuve.

—Espera.

Abrí el bolso y saqué un pequeño estuche negro.

Theo observó mientras lo abría.

Dentro estaba mi micrófono inalámbrico con el pequeño protector peludo contra el viento.

Frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Mi micrófono.

—Parece un hámster.

Lo miré.

—Es un protector contra el viento.

—Claro.

—Respeta mi equipo.

Me enganché el micrófono a la camiseta y le entregué el móvil.

—Sujeta.

Theo lo cogió.

—En horizontal —avisé.

Lo giró.

—Ya lo sé.

—No me cortes la cabeza.

—Sabrina.

—Ni te acerques demasiado.

—¿Quieres que te devuelva el móvil?

—No.

Caminé unos pasos.

Theo miró la pantalla.

—Un poco a la izquierda.

Obedecí.

—¿Aquí?

—Un paso más.

Lo di.

—Ahora.

—¿Por qué?

—La luz del escaparate te salía justo detrás de la cabeza.

Miré hacia atrás.

—¿Has hecho esto antes?

—¿Grabar a personas? No.

—Entonces, ¿cómo te has dado cuenta?

—Fotografío piezas restauradas todo el tiempo.

Me detuve.

—Ah.

—Solo que ellas se quejan menos.

Theo sonrió.

—¿Vas a grabar o vamos a discutir sobre el encuadre?

Me coloqué.

Respiré.

Empecé.

Cuando llegamos a Salem Common, entendí por qué Theo me había llevado hasta allí.

El enorme parque en pleno corazón de Salem estaba ocupado por una feria de octubre.

El Haunted Biz Baz seguía en marcha, con filas de puestos alrededor del parque y gente moviéndose por todas partes.

Vendían joyas, velas, ilustraciones, cerámica, ropa, objetos de Halloween y toda clase de productos artesanales que parecían tener mucho más sentido en aquella ciudad que en cualquier otro lugar.

Algunos puestos ya empezaban a recoger, pero la feria seguía llena.

Pasaban familias con niños disfrazados. Las parejas se detenían a mirar piezas. Grupos de amigos llevaban vasos calientes y bolsas.

La música llegaba desde algún punto del Common.

Olía a canela, azúcar y comida.

Me detuve.

—¿Esto es una feria?

Theo me miró.

—Haunted Biz Baz.

—¿Ese es el nombre?

—Sí.

—Salem se toma muy en serio la temática.

Sonrió.

—Todavía no has visto nada.

Cogí el móvil de la mano de Theo.

—Esto es increíble.

—Dices eso bastante.

—Llevo tres días en Salem. Todavía tengo derecho.

Me detuve delante de un puesto de cerámica.

—Vamos a hacer un juego.

—No.

—Ni siquiera lo has oído.

—Estoy aprendiendo.

—Encuentra lo peor que haya a la venta.

Theo miró alrededor.

—¿Solo eso?

—Por ahora.

—¿Y qué gano?

—¿Todavía no has empezado y ya quieres premio?

—La motivación aumenta la productividad.

Me detuve.

—Eso me lo has robado a mí.

—Te lo he oído hoy.

—Te cobraré.

Tardé cuatro minutos en encontrar una taza con forma de cabeza humana y una araña saliendo de uno de los ojos.

Llamé a Theo.

—He ganado.

La examinó.

—No.

—¿Cómo que no?

Señaló el puesto de al lado.

Una pequeña escultura de un bebé con cabeza de calabaza sostenía un cuchillo.

Me quedé en silencio.

—Vale.

Theo sonrió.

—Demasiado fácil.

—Odio perder en un juego que he inventado yo.

—Eso parece personal.

—Lo es.

Seguimos.

Fue unos minutos después cuando vi a un hombre de unos setenta años vestido completamente de vampiro.

Capa.

Chaleco.

Bastón.

Lentillas rojas.

La Sabrina periodista apareció antes de que pudiera detenerla.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

El hombre se detuvo.

—Claro.

—¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto?

Sonrió ampliamente.

—Veintitrés años.

Ya tenía el móvil en la mano.

—¿Puedo grabarlo?

—Claro.

Miré a Theo.

Extendió la mano.

—Dámelo.

Parpadeé.

—¿En serio?

—Venga, antes de que cambie de idea.

Se lo entregué.

Me coloqué el micrófono.

Theo dio dos pasos hacia atrás.

Miró la pantalla.

—Un poco hacia aquí.

—¿Yo?

—Tú.

Obedecí.

—¿Aquí?

—Perfecto.

Por algún motivo, me gustó la palabra.

Empecé.

—Veintitrés años viniendo disfrazado a Salem. ¿Se acuerda de la primera vez?

Se acordaba.

Y la respuesta fue mejor de lo que esperaba.

El primer disfraz lo había elegido su hija.

Ella era pequeña.

Después aquello se convirtió en una tradición entre los dos.

Ahora su hija tenía casi treinta años y todavía iba a Salem con él algunos octubres.

Le pregunté de qué se había disfrazado ella aquel primer año.

Después, qué había cambiado en la ciudad.

Después, qué no había cambiado.

Cuando terminé, le di las gracias.

El hombre siguió su camino.

Theo bajó el teléfono y me devolvió el móvil.

—El vídeo ha quedado bien.

—Ni siquiera lo has visto.

—Lo estaba grabando.

—¿Qué ha quedado bien exactamente?

Me miró.

—Empezaste preguntando por un disfraz y terminaste hablando de su hija.

Sonreí.

—Esa era la historia.

—Lo sé.

Seguí mirándolo durante unos pasos.

El profesor Grant llevaba meses diciéndome que tenía que aprender a no correr hacia la siguiente pregunta.

Theo me había visto entrevistar a una persona durante apenas unos minutos.

Y se había dado cuenta.

Me gustó.