La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 4 Lo Que No Aparecía En Los Stories #2
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Chapter 4 Lo Que No Aparecía En Los Stories #2

Más adelante, un puesto vendía pequeñas decoraciones de Halloween.

Me detuve.

Había fantasmas de tela, calabazas, esqueletos y pequeños sombreros puntiagudos, negros y morados.

Cogí uno.

Negro.

Del tamaño de mi mano.

Theo lo miró.

—No.

—Ni siquiera sabes para qué es.

—Es para la muñeca de los vídeos.

Giré la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Empiezo a conocerte.

Compré el sombrero.

—Eso no significa que me caiga bien.

—Claro.

—Es un intento de mejorar su aspecto.

Theo se rio.

Guardé el sombrero en el bolso.

Salimos del Common cuando algunos puestos ya empezaban a cerrar.

Yo estaba mirando una grabación cuando Theo me tocó ligeramente el brazo.

—Quiero enseñarte una cosa.

Seguimos por Washington Square.

La multitud se movía a nuestro alrededor, pero Theo avanzaba entre ella como alguien que no necesitaba pensar hacia dónde iba.

Yo simplemente lo seguía.

Entonces vi el edificio.

Me detuve.

—Espera.

El Salem Witch Museum se alzaba frente a la plaza, iluminado contra la noche.

Ya había visto fotos.

No era lo mismo.

Los arcos.

La piedra.

Ese aspecto antiguo.

La gente reunida delante de la entrada.

Cogí el móvil.

Theo ni siquiera comentó nada.

Abrí el bolso.

Saqué el hámster.

Extendió la mano.

—Dámelo.

Lo miré.

—Te estás convirtiendo en un ayudante excelente.

Le entregué el teléfono.

Theo retrocedió unos pasos.

Miró la pantalla.

Después a mí.

—Ahí.

Señaló un punto de la acera.

Fui.

—¿Aquí?

—Más atrás.

Obedecí.

Inclinó un poco el móvil.

—Ahora salís tú y el edificio.

Sonreí.

—Te estás volviendo bueno.

Me coloqué el micrófono.

—¿Qué digo?

Theo levantó una ceja.

—¿Me lo preguntas a mí?

—Tú vives aquí.

Pensó.

—Di que la Salem de octubre que la gente conoce hoy no empezó en 1692.

Me detuve.

—Sigue.

Theo señaló el museo.

—El museo ayudó a crear Haunted Happenings junto con la Cámara de Comercio. Creo que fue en el ochenta y dos.

Le quité el móvil.

—Eh.

—¿Qué?

Se quedó mirándome.

Después sonrió.

—Eres reportera de verdad.

—Fuente, Hawthorne.

—Búscalo en la web del museo.

Lo busqué.

Lo encontré.

Leí un poco más.

El evento había empezado siendo mucho más pequeño y había ido creciendo con los años hasta convertir todo el mes de octubre en una celebración que atraía a gente de todas partes.

Miré a la multitud.

Después el edificio.

—Esto es una historia.

Theo volvió a extender la mano hacia el móvil.

Empecé.

—Cuando se habla de Salem, casi todo el mundo piensa primero en 1692. Pero la ciudad que vemos hoy en octubre también tiene una historia mucho más reciente.

Conté lo del museo.

Lo de 1982.

La creación de Haunted Happenings.

Cuando terminé, miré a Theo.

—¿He hablado rápido?

Lo pensó.

—Al principio.

Cerré los ojos.

—Lo sabía.

—Después has mejorado.

—Mi profesor dice lo mismo.

Theo seguía con el móvil en la mano.

—¿Otra?

Lo miré.

—¿No estás cansado?

—¿De grabar?

—Sí.

Se encogió de hombros.

—A ti te gusta.

Me quedé callada.

Theo añadió:

—Y se te da bien.

Lo miré.

No había ninguna broma.

Ninguna provocación.

Solo eso.

—Otra —dije.

Theo levantó el móvil.

—Lo sabía.

Unos minutos después, se detuvo en una esquina antes que yo.

—Aquí.

—¿Aquí qué?

—Si quieres hablar de las dos Salems, desde aquí funciona.

Miré alrededor.

Detrás de mí, la calle llena de gente, luces y disfraces.

Más al fondo, edificios antiguos y placas históricas.

—¿Las dos Salems?

Theo me miró.

—Hablaste de eso cuando llegaste.

Me detuve.

—¿Lo viste?

Pareció darse cuenta demasiado tarde.

—Algunos vídeos.

—Theo Hawthorne, ¿buscaste mi Instagram?

—Quería saber quién había heredado la tienda.

—Claro.

—Y descubrí que hablas rápido.

Abrí la boca.

Levantó el teléfono.

—Trabaja.

Me reí.

Me coloqué.

Esta vez no grabé un reportaje largo.

Hablé de la Salem que celebraba octubre y de la Salem que tenía una historia real detrás de todo aquello.

De cómo una no borraba a la otra.

Cuando terminé, Theo detuvo la grabación.

—Te está gustando esto —dije.

—Estoy entendiendo cómo trabajas.

—Eso suena peligrosamente parecido a interés.

Me devolvió el móvil.

—Anda, Bellamy.

Sonreí y seguí.

Diez minutos después estaba grabando otra vez.

Caminando hacia atrás.

Theo se dio cuenta.

—No hagas eso.

—Sé caminar.

—Sabrina.

—Estoy mirando.

—A mí.

—Exacto.

—Ese es el problema.

Seguí hablando a cámara.

—Pregunta para un habitante de Salem: ¿cuál es la principal regla para sobrevivir a octubre aquí?

La voz de Theo llegó desde fuera de plano.

—No caminar hacia atrás mientras grabas.

—Eso no es una tradición.

—Lo será cuando te caigas.

Di otro paso.

Mi zapatilla chocó con algo.

Perdí el equilibrio.

—¡Ah!

La mano de Theo se cerró alrededor de mi brazo.

La otra se apoyó en mi cintura.

Y acabé contra él.

El móvil seguía grabando.

Ninguno de los dos habló.

Theo estaba demasiado cerca.

Lo bastante como para que viera cómo sus ojos bajaban durante un instante antes de volver a los míos.

—Te avisé.

Me incorporé.

Soltó mi cintura.

Cogí el móvil.

—Esto no entra en el vídeo.

Theo se metió las manos en los bolsillos.

—Por fin hay algo que no entra.

Lo miré.

Pensé en el armario de la cocina.

En los tarros.

En los huesos.

En aquella cosa sumergida en el líquido oscuro.

—No lo estoy publicando todo.

Theo levantó una ceja.

—¿No?

—No.

—¿Y te está funcionando?

Lo pensé.

—Desde hace veinticuatro horas.

Sonrió.

Y siguió caminando.

No preguntó qué.

Me di cuenta.

Me gustó.

El olor llegó antes que la comida.

Manzana.

Canela.

Azúcar.

Theo se detuvo en un puesto.

—Ahora vas a probar esto.

—Ya he probado el muffin de calabaza.

—No tiene nada que ver.

Compró dos vasos.

Me dio uno.

—Sidra.

La probé.

Caliente.

Dulce.

Ácida.

—Esto es manzana caliente.

Theo me miró.

—Excelente trabajo de investigación.

—Soy periodista.

También compró una pequeña bolsa de donuts de sidra.

Cogí uno.

Le di un mordisco.

—Vale. Esto está muy bueno.

—Lo sé.

Seguí comiendo.

Theo empezó a sonreír.

—¿Qué?

Se señaló la nariz.

Me pasé la mano por la mía.

—¿Ya?

Negó con la cabeza.

Me limpié por el otro lado.

Theo empezó a reírse.

—Deja de reírte y ayuda.

Me dio una servilleta.

—Aquí.

Me limpié.

—Podrías haber dicho simplemente «azúcar».

—Así ha sido más divertido.

Se rio.

Seguimos por una calle algo menos concurrida.

Le estaba contando a Theo lo de una profesora que me había obligado a repetir una entrevista tres veces cuando vi algo detrás de él.

Una figura alta.

Toda de negro.

Quieta junto a un escaparate.

Máscara pálida.

Un pico largo.

Un médico de la peste.

Miré.

Seguí hablando.

—...y la tercera vez me dijo que...

Volví a mirar.

La figura estaba más cerca.

Me detuve.

Theo se dio cuenta.

—¿Qué pasa?

Señalé discretamente.

—¿Eso estaba ahí antes?

Se giró.

La figura permaneció inmóvil.

Capa negra larga.

Máscara.

Guantes.

Ni un movimiento.

Theo me miró.

—Probablemente sea una persona.

—«Probablemente» no me tranquiliza.

La cabeza de la figura giró lentamente hacia mí.

Se me encogió el estómago.

—Theo.

—Lo estoy viendo.

—¿Esto es normal?

—¿Para Salem?

La figura dio un paso.

Dejé de respirar.

Otro.

—Theo.

Entonces avanzó dos pasos rápidos hacia nosotros.

—¡AAAAH!

Salté hacia un lado y prácticamente me lancé contra Theo con las dos manos.

Me sujetó antes de que casi nos tirara a los dos al suelo.

La figura se detuvo frente a nosotros.

Hizo una reverencia lenta.

Y simplemente siguió caminando.

Me quedé agarrada al brazo de Theo.

Silencio.

Entonces empezó a reírse.

—No.

Theo intentó parar.

No pudo.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Te estás riendo.

—Muchísimo.

Miré a la figura que se alejaba por la calle.

Theo se rio aún más.

Solo entonces me di cuenta de que seguía agarrada a su brazo.

Lo solté.

Seguí caminando.

—Si se lo cuentas a alguien, lo negaré.

Se rio.

Las calles fueron quedándose más tranquilas.

Todavía se oía música a lo lejos y pasaban algunos grupos, pero ahora podía escuchar nuestros pasos.

—¿Siempre has vivido aquí? —pregunté.

—Casi.

—Casi no es siempre.

—Me fui una temporada.

—¿Universidad?

—Trabajo. Estudios. Un poco de las dos cosas.

—Y volviste.

—Volví.

Lo miré.

—¿Por qué?

Theo se metió las manos en los bolsillos.

Pensó antes de responder.