La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 3 El Hombre Que Entendía Las Cosas Antiguas
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Chapter 3 El Hombre Que Entendía Las Cosas Antiguas

El tercer día en Salem, el chico de la cafetería me miró cuando entré y señaló la máquina.

—¿Lo de ayer?

Me detuve delante del mostrador.

—He venido aquí una vez.

—En octubre eso ya cuenta como fidelidad.

—¿Es una estrategia de marketing?

—¿Está funcionando?

—Por desgracia.

Sonrió y empezó a preparar mi café.

Rechacé el muffin de calabaza.

Yo tenía límites.

Mientras esperaba, miré por la ventana.

Salem ya estaba despierta.

Tiendas abriendo.

Hojas siendo barridas de las aceras.

Un grupo seguía a un guía por la calle.

Y, por primera vez desde que había llegado, sabía exactamente hacia qué lado tenía que ir al salir de allí.

No abrí el mapa.

Me gustó más de lo que debería.

Cogí el móvil.

Treinta y dos mil y pico.

Los seguidores seguían aumentando.

La mayoría de los mensajes preguntaban por la tienda.

«¿Cuánto has conseguido vender ya?»

«Enseña más cosas de Morgana».

«¿Todavía te vas dentro de una semana?»

«¿Dónde está el coche?»

Sonreí.

Grabé una historia.

—Buenos días, gente. Actualización importante: el coche sigue existiendo, sigue costando cinco mil novecientos dólares y sigue siendo igual de feo que ayer.

Di un sorbo al café.

—Yo tengo doscientos ochenta. Así que prácticamente estamos ahí.

Lo publiqué.

Guardé el móvil.

Durante un instante, pensé en el armario de la cocina.

En los tarros.

En los huesos.

En aquella cosa sumergida en el líquido oscuro.

No volví a coger el teléfono.

Eso se quedaría conmigo.

Bellamy Antiques & Curiosities estaba cerrada y en silencio cuando llegué.

La muñeca seguía en el escaparate.

—Necesitas un hobby.

Abrí la puerta.

Sonó la campanilla.

Giré el cartel hacia «OPEN».

La noche anterior había separado algunas piezas que quería fotografiar.

La primera era un escritorio de madera oscura junto a la pared.

Tres cajones a cada lado.

Superficie ancha.

Lo bastante pesado como para que hubiera evitado tocarlo hasta aquel momento.

Pero la foto era horrible.

Empujé.

Nada.

Tiré.

Nada.

Me quité la chaqueta.

Me recogí el pelo.

—Vas a colaborar.

Empujé con la cadera.

El escritorio se movió unos centímetros.

—Lo sabía.

Empujé otra vez.

Un cajón se deslizó.

—No.

Demasiado tarde.

Cayó al suelo.

Una pequeña pieza de madera se soltó de un lateral.

Me quedé inmóvil.

Miré el trozo.

Después el escritorio.

—Madre mía.

Me agaché.

Intenté encajarlo.

No entró.

Lo giré.

Peor.

Sonó la campanilla de la puerta.

Seguí de rodillas.

—Un minuto.

Se acercaron unos pasos.

—¿Necesitas ayuda?

Levanté la vista.

Y me detuve.

Pelo oscuro, un poco revuelto por el viento.

Abrigo gris.

Camisa con las mangas remangadas.

Veintitantos, quizá.

Guapo.

Pero lo que más me llamó la atención fue que miró primero el escritorio.

Solo después a mí.

Frunció el ceño.

—¿Qué has hecho?

Levanté el trozo de madera.

—Si venías a comprarlo, has llegado unos treinta segundos tarde.

Se agachó.

—¿Qué ha pasado?

—Creo que empezar una amistad buscando culpables es bastante negativo.

Una comisura de sus labios se movió.

—¿Entonces estamos empezando una amistad?

—Todavía lo estoy valorando.

Cogió la pieza de mi mano.

La examinó.

—No se ha roto.

—He visto caer una parte.

—Se ha soltado.

—¿Hay diferencia?

—Bastante.

Solté el aire.

—Genial.

Se levantó.

Yo también.

Entonces me miró durante unos segundos.

—Sabrina Bellamy.

Parpadeé.

—Esto empieza a ser preocupante.

—¿El qué?

—Todo el mundo sabe quién soy antes de que me presente.

Señaló mi pelo.

—Pelirroja.

Después el mostrador.

—La tienda de Morgana.

—¿Y?

—No ha sido una investigación complicada.

Me pasé una mano por el pelo.

—Tengo que dejar de ser tan fácil de identificar.

—Va a ser difícil.

—¿Por el pelo?

Me miró.

—También.

Mi cerebro tardó un segundo.

Él ya había vuelto la atención al escritorio.

Perfecto.

—¿Y tú eres...?

—Theo.

—¿Solo Theo?

—Hawthorne.

—Theo Hawthorne.

—Eso es.

Volvió a mirar la pieza suelta.

—Morgana me mandaba muebles para restaurar.

Mi sonrisa disminuyó.

—¿Conocías a mi tía?

—Sí.

—¿Mucho?

Pasó una mano por la madera.

—Lo suficiente para saber que se enfadaría si te viera arrastrar esto por el suelo.

Miré el escritorio.

—Ya no está aquí para quejarse.

Theo levantó la vista.

Durante un instante, pensé que había dicho algo fuera de lugar.

Pero simplemente asintió.

—Es verdad.

Sin dramatismo.

Me gustó.

—¿Restauras muebles?

—Muebles. Madera. Algunas piezas históricas.

—¿Profesionalmente?

—Normalmente es así como pago las facturas.

Sonreí.

—Justo.

Tocó la superficie.

—¿Qué ibas a hacer con esto?

—Fotografiarlo.

—¿Para qué?

—Venderlo.

—¿Por cuánto?

Cogí el móvil.

—Creo que lo puse por seiscientos.

Theo se quedó inmóvil.

—¿Has anunciado este escritorio por seiscientos dólares?

—Habla bajo. Puedes herir sus sentimientos.

—Quita el anuncio.

Me reí.

Él no.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

—Ni siquiera lo has visto bien.

—No hace falta.

Crucé los brazos.

—¿Siempre eres así?

Miró el escritorio.

—Solo cuando alguien está a punto de perder varios miles de dólares.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Perdona?

Theo abrió uno de los cajones.

—Mira aquí.

Me agaché a su lado.

—Estoy viendo madera.

Me miró.

—La unión.

—Ah.

Señaló una pequeña marca en la parte interior.

—Y aquí. El fabricante.

Acerqué la cara.

—Ni siquiera había visto eso.

—Por eso no deberías vender piezas así usando solo una aplicación.

—Me está funcionando.

Theo cerró el cajón.

—Restaurada y autenticada, dependiendo del estado, esta pieza puede valer entre cuatro y cinco mil dólares.

Me quedé mirándolo.

Después cogí el móvil.

Abrí el anuncio.

Lo eliminé.

—Acabas de hacerme ganar cuatro mil dólares.

—Todavía no los has ganado.

Levanté la cabeza.

Sonrió.

Guardé el móvil.

—Me gustas.

—¿Por los cuatro mil?

—Principalmente.

Se rio.

Y yo también.

Encajó la pieza que yo había soltado e hizo un pequeño ajuste con una herramienta que sacó del bolsillo.

Lo miré.

—¿Llevas eso encima?

—A veces.

—Yo llevo una batería externa.

—Cada uno con sus problemas.

Pasé la mano por el lateral del escritorio.

—Ni parece que yo lo haya tocado.

—Ese es el objetivo.

—¿Cuánto cobras por impedir que destruya el resto de la herencia?

Theo miró alrededor.

—Eso exigiría dedicación a tiempo completo.

—Qué gracioso.

Se apoyó en el escritorio.

—¿Vas a venderlo todo?

—Todo lo que pueda.

—¿Por qué?

—Porque mi vida está en Nueva Jersey. Tengo la universidad. He venido a resolver esto y volver.

—En una semana.

—¿Todo el mundo sabe esa parte?

—Se lo cuentas a cualquiera que entra.

—Justo.

Cogí el móvil.

—Y tengo un objetivo.

Abrí el anuncio del sedán plateado.

Se lo enseñé.

Theo miró la pantalla.

Después a mí.

Después el móvil otra vez.

—¿Eso es un coche?

—Sé respetuoso.

—Pensaba que era una amenaza.

—Cuesta cinco mil novecientos dólares.

Amplió la foto.

—¿Y funciona?

—Según el anuncio.

Le quité el teléfono.

—No he dicho que sea bonito.

—Menos mal.

—Es mi candidato.

—¿A qué?

—A ser mi primer coche.

Theo me miró con más atención.

—¿Necesitas uno?

—Mucho.

Guardé el móvil.

—Universidad, prácticas, trabajo de campo. Quiero ser reportera. Si aparece una historia a cuarenta minutos de casa, no quiero depender de que alguien me lleve ni tener que averiguar una combinación de tres trenes y un autobús.

Asintió.

Sin bromas.

—Tiene sentido.

—Gracias.

—Pero no compres el primero que aparezca solo porque tenga cuatro ruedas.

—Mi requisito actual es exactamente cuatro ruedas.

—Vamos a ampliar esa lista.

Sonreí.

Me gustó todavía más que se hubiera reído del coche, pero no del motivo.

Theo señaló una silla.

—¿Cuánto pondrías por esa?

Miré.

—Noventa.

—Trescientos cincuenta.

—No.

—Sí.

Cogí el móvil.

—¿Puedes quedarte?

Miró el reloj.

—Tengo una hora.

—Perfecto.

Una hora se convirtió en una hora y veinte.

Theo no sabía mirar una pieza deprisa.

Se detenía.

La tocaba.

La giraba.

Buscaba marcas.

A veces decía un precio.

A veces:

—Esto todavía no lo vendas.

Creé tres grupos en el suelo.

«VENDER».

«ESPERAR».

Y, después de que me impidiera por tercera vez ponerle precio a algo:

«THEO DICE QUE SOY UN PELIGRO».

Lo vio.

—Yo no he dicho eso.

—Estaba implícito.

—He dicho que no sabes tasar antigüedades.

—Mucho más amable.

Puse la silla en el primer grupo.

—¿Esta?

—Puedes anunciarla.

—¿Trescientos cincuenta?

—Yo empezaría por cuatrocientos.

—Eres mi nuevo mejor amigo.

Theo cogió una pequeña caja de joyas.

La abrió.

—Esto va al grupo de «ESPERAR».

Me acerqué.

—¿Por qué?

—Algunas piezas necesitan una tasación.

—¿Piedras?

—Puede.

—¿Diamantes?

—Puede.

Sonreí.

—Me encanta esa palabra cuando viene acompañada de dinero.

Cerró la caja.

—Y la odias cuando viene acompañada de una tasación.

—Estoy aprendiendo.

—Ya me he dado cuenta.

Poco antes del mediodía, Theo miró la hora.

—Tengo que irme.

—No.

Cogió el abrigo.

—Tengo trabajo.

—Estás abandonando a una mujer en situación de riesgo financiero.

Sonrió.

Sacó una tarjeta del bolsillo y la dejó sobre el mostrador.

«Theo Hawthorne»

«Conservation & Restoration»

Teléfono.

Dirección.

La cogí.

—Mándame una foto antes de anunciar cualquier cosa por más de quinientos —dijo.

Levanté la vista.

—¿En serio?

—Si te contesto, sí.

—¿Y si no contestas?

—No lo vendes.

—Te das cuenta de que acabas de darme demasiado poder sobre tu teléfono.

—Estoy empezando a darme cuenta.

Se puso el abrigo.

—Vuelvo luego.

Mi mirada se detuvo en él.

—¿Vuelves?

—Tengo que traer una herramienta para el escritorio.

—Ah.

Claro.

Una herramienta.

No debería haberme decepcionado la explicación.

Pero un poco sí.

—Hasta luego, Sabrina.

—Hasta luego.

La campanilla sonó cuando salió.

Esperé a que se cerrara la puerta.

Cogí el móvil.

Abrí el chat con Maya.

«He conocido a un restaurador».

La respuesta llegó inmediatamente.

«¿Guapo?»

Miré hacia la puerta.

«Me ha hecho quitar un anuncio de 600 porque la pieza podría valer 5.000».

«Eso no responde a mi pregunta».

«Muy útil».

«Sabrina».

Me reí y bloqueé el móvil.

Para cuando Theo volvió, había vendido una mesita, reservado dos sillas y recibido una oferta por una lámpara.

Lo apunté todo.

«CObrADO»

280 USD

310 USD

340 USD

«RESERVADO»

780 USD

840 USD

Sumé.

Sonreí.

Cuando Theo entró, llevaba una caja de herramientas y dos cafés.

Miré los vasos.

—¿Me has traído café?

—He traído dos.

—Eso es diferente.

—Mucho.

Cogí uno.

—Gracias.

Miró la hoja.

—¿Has vendido algo?

Se la acerqué.

—Dos mil quinientos cincuenta dólares.

Theo leyó.

—Novecientos treinta.

—Más mil seiscientos veinte reservados.

—Reservado no es cobrado.

Crucé los brazos.

—Eres malísimo para mi autoestima financiera.

—Intento impedir que compres un coche con dinero imaginario.

—Es dinero comprometido.

—Sigue sin ser tuyo.

—Eres muy negativo.

—Realista.

—Peor.

Sonó la campanilla.

Entró una mujer.

Pelo gris recogido en un moño.

Gafas de montura roja.

Abrigo verde oscuro.

Se detuvo junto a la puerta.

Me miró a mí.

Después a Theo.

—Así que ya has llegado.

Cerré los ojos un instante.

—No.

Frunció el ceño.

—¿No qué?

—Todo el mundo sabe quién soy.

La mujer miró mi pelo.

Después el mostrador.

—Eres una Bellamy pelirroja detrás del mostrador de Morgana.

Se encogió de hombros.

—No ha requerido investigación.

Theo bajó la cabeza para ocultar la sonrisa.

—No ayuda.

Ella se acercó.

—Ruth Whitmore.

Me detuve.

—Eres Ruth, la de la tarjeta.

—Espero que eso suene mejor de lo que parece.

—Iba a llamarte.

—Claro.

—De verdad.

Ruth miró alrededor.

Leyó las etiquetas del suelo.

Se detuvo en:

«THEO DICE QUE SOY UN PELIGRO».

Lo miró.

—Rápido.

—Eso no lo he escrito yo.

Ruth volvió a mirarme.

—Trabajaba aquí algunas tardes.

—Carol me lo dijo.

—Morgana lo llamaba ayudar. Yo lo llamaba trabajar.

Sonreí.

—Parece justo.

Me observó.

El pelo.

La cara.

Las pecas.

Su expresión cambió.

—Te pareces más a ella de lo que a tu madre le gustaría.

Mi sonrisa desapareció.

—¿A Morgana?

Ruth asintió.

—No de cara.

—Entonces, ¿en qué?

—En la forma de ser.

Miré a Theo.

Estaba callado.

—¿También conociste a mi madre?

—Sí.

—¿Todo el mundo en Salem conoció a mi madre?

—Creció aquí.

—Y nunca me contó prácticamente nada.

Ruth me miró.

—Eso tendrás que preguntárselo a Rowena.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—No contestó.

Ruth esbozó una sonrisa.

—En eso también te pareces a ella.

No pude evitar reírme.

—Conocéis a mi familia mejor que yo.

—Quizá estés empezando por el lado equivocado.

—¿Cuál sería el correcto?

Ruth miró la tienda.

—Conocer primero a Morgana.

Me quedé callada.

La frase se quedó conmigo.

Ruth cogió el bolso.

—Volveré mañana.

—Acabas de llegar.

—Tengo una cita.

—¿Entonces has venido solo a asustarme?

—He venido a verte.

Y salió.

Me quedé mirando la puerta.

Después a Theo.

—¿Siempre es así?

—Peor cuando le caes bien.

—Excelente.

Theo terminó de ajustar el escritorio al final de la tarde.

Mientras él trabajaba, yo atendía a clientes, respondía mensajes e intentaba no mirarlo demasiado.

Fallé algunas veces.

Se concentraba muchísimo.

Las manos se movían con cuidado.

Sin prisas.

Sin fuerza innecesaria.

En algún momento se quitó el abrigo y se remangó todavía más la camisa.

Yo estaba separando una caja de libros cuando me di cuenta de que me había quedado completamente quieta.

Volví a los libros.

Theo no comentó nada.

No sé si se dio cuenta.

Preferí pensar que no.

Poco después, guardó las herramientas.

—Listo.

Pasé la mano por la madera.

—Entonces, ¿ahora vale cinco mil?

—Ahora hay que tasarlo bien.

—De verdad que odias darme alegrías.

—Me gustan las alegrías comprobadas.

—Eso parece una enfermedad.

Theo cogió el abrigo.

Después me miró.

—¿Fuiste al desfile?

—¿A cuál?

Se quedó quieto.

—Al de ayer.

—Ah. No.

—¿Salem Common?

—No.

—¿Algún tour nocturno?

—No.

—¿Museo?

—Todavía no.

Theo me miró fijamente.

—¿Qué has hecho desde que llegaste?

—Trabajar.

—Estás en Salem en octubre.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Y no has hecho nada?

Lo pensé.

—Me comí un muffin de calabaza.

Se quedó en silencio.

—Eso es ofensivo.

Me reí.

—Tengo una fecha límite.

—Una semana.

—Exacto.

Theo miró las cajas.

Después a mí.

—Cierra hoy la tienda a las siete.

—Puede.

—Ciérrala.

Incliné la cabeza.

—¿Eso ha sido una orden?

—Una recomendación muy firme.

—¿Por qué?

Se puso el abrigo.

—Porque necesitas conocer Salem antes de vender la mitad.

—¿Y tú qué vas a hacer?

Theo abrió la puerta.

Entró el aire frío.

Me miró.

—Enseñarte algo que no sale en tus Stories.

Me quedé quieta.

—¿Eso ha sido una invitación?

Sonrió.

—Cierra a las siete, Sabrina.

Sonó la campanilla.

Y salió.

Me quedé mirando la puerta.

Después el móvil.

Abrí el chat con Maya.

Escribí:

«El restaurador me ha invitado a salir esta noche».

Lo borré.

Pensé.

Escribí otra cosa.

«Es guapo».

Lo envié.

La respuesta llegó inmediatamente.

«Lo sabía».

Sonreí.

Y giré el cartel hacia «CLOSED».