Chapter 2 ¿Cuánto Vale Una Tienda Entera?
Dormí diez horas seguidas.
Sin ruidos.
Sin pesadillas.
Sin el fantasma de mi tía muerta apareciendo junto a la cama para explicarme por qué mi madre actuaba como si Salem fuera una zona de guerra.
Nada.
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue un rectángulo de luz atravesando la pequeña ventana cerca del techo.
Después pasaron dos pies.
Botas negras.
Otros dos.
Zapatillas blancas.
Un niño echó a correr y solo llegué a ver un trozo de sus calcetines naranjas antes de que desapareciera.
Tardé unos segundos en recordar dónde estaba.
Sótano.
Tienda.
Salem.
Morgana.
—Vale.
Cogí el móvil.
Las siete y cuarenta y tres.
Tenía veintiocho mensajes.
Catorce eran de Maya.
Abrí el último.
«¿Has sobrevivido?»
Sonreí.
«He dormido mejor que en mi propia casa».
Respondió casi de inmediato.
«Eso no me tranquiliza».
«Mi tía no ha aparecido durante la noche».
«Deja de decirlo como si fuera una posibilidad».
Me levanté.
El suelo estaba helado.
Me duché, me recogí la mitad del pelo porque había decidido que la humedad era una invitación a multiplicar su volumen y abrí la nevera.
Vacía.
Me quedé mirándola.
—Vale. Café primero. Vida adulta después.
Cogí la chaqueta y subí.
La tienda estaba exactamente como la había dejado.
Relojes en desacuerdo sobre la hora.
Demasiadas sillas.
Pilas de libros.
La muñeca del escaparate seguía juzgándome.
—Buenos días a ti también.
Pasé junto a ella y abrí la puerta.
Sonó la campanilla.
El aire frío me golpeó la cara.
Y Salem parecía otra ciudad.
Seguía habiendo turistas.
Seguía habiendo calabazas.
Seguía habiendo gente con ropa que yo jamás consideraría apropiada para las ocho de la mañana.
Pero la ciudad estaba despertando.
Una mujer barría hojas secas lejos de la entrada de una tienda.
Un hombre colocaba un cartel en la acera.
Los camiones hacían entregas.
Un guía ajustaba un micrófono mientras un pequeño grupo empezaba a reunirse junto a él.
Una cafetería abrió la puerta justo cuando pasaba y el olor a café me llegó antes de que pudiera leer el nombre.
Me detuve.
Retrocedí dos pasos.
«Harbor Street Café».
—Has ganado.
Entré.
El sitio era pequeño, con paredes de ladrillo visto, mesas de madera y ventanas que daban a la calle.
Sobre el mostrador había cruasanes, panes y una cantidad sospechosa de cosas con calabaza.
Muffin de calabaza.
Pan de calabaza.
Una tercera cosa que preferí no investigar.
El chico detrás del mostrador sonrió.
—¿Primera vez?
Miré los carteles.
—¿Se nota tanto?
—Lo estás leyendo todo.
—Ya eres la segunda persona en Salem que me diagnostica así.
Se rio.
Pedí café, huevos, tostadas y un muffin de calabaza porque estaba en Salem en octubre y parecía de mala educación no probarlo.
Elegí una mesa junto a la ventana.
Fuera, las hojas corrían por la acera empujadas por el viento.
Una mujer pasó cargando tres sombreros puntiagudos.
Detrás de ella venía un hombre con traje hablando por teléfono.
Nadie miró a nadie.
Cogí el móvil.
Grabé el café.
Después giré la cámara hacia mí.
—Buenos días. Primera información importante del día: he sobrevivido a mi primera noche en la tienda.
Me detuve.
—Maya, si estás viendo esto, no empieces.
Mostré el muffin.
—Segunda información: al parecer Salem pone calabaza en absolutamente todo. Estoy cumpliendo con mi deber como turista responsable.
Lo publiqué.
Mientras comía, abrí mi perfil.
Parpadeé.
La noche anterior tenía algo más de treinta mil seguidores.
Ahora eran treinta y un mil y pico.
Actualicé.
Treinta y un mil doscientos diecinueve.
—¿Qué?
Abrí los vídeos.
El de la entrada en la tienda se había compartido cientos de veces.
El del sótano iba todavía mejor.
Leí algunas respuestas.
«Quiero verlo todo en esa tienda».
«Por favor, haz una serie».
«Tienes que descubrir quién era tu tía».
«Vivo cerca de Salem y conocía esa tienda».
Me detuve.
Volví atrás.
«Conocía esa tienda».
Entré en el perfil.
Privado.
—Claro.
Seguí leyendo.
«Enseña la foto de Morgana».
«Pregúntale a tu madre».
«¿Vas a vender las cosas?»
Me detuve en esa.
¿Vender?
Miré por la ventana.
Ni siquiera sabía todavía qué había allí.
Guardé el móvil.
Primero tenía que averiguar qué había heredado.
Volví a la tienda poco después de las nueve.
Hacía algo menos de frío y el centro ya estaba bastante más lleno que cuando había salido.
Entré.
Sonó la campanilla.
Me quedé unos segundos quieta en mitad de la sala.
La noche anterior todo me había parecido un enorme caos interesante.
Aquella mañana empecé a imaginar a Morgana dentro de aquel lugar.
Miré hacia el mostrador.
Las gafas seguían encima del libro.
Las cogí.
Me las puse.
Todo quedó borroso.
—Vista terrible.
Me las quité.
En un cajón encontré recibos, un pintalabios color vino y varios pendientes sueltos.
Dentro del armario había un abrigo negro largo, lo bastante bonito como para que lo sacara de la percha.
Me lo puse delante del cuerpo.
—Esto sí me lo pondría.
Mi pelo pelirrojo cayó sobre la tela oscura.
Pensé en la fotografía.
Pelo negro.
Mechón blanco.
Morgana.
Volví a colgar el abrigo.
Seguí rebuscando.
Libros de contabilidad.
Facturas.
Etiquetas.
Precios escritos a mano.
Una lámpara de mesa que había visto la noche anterior.
Base de bronce oscurecido.
Pantalla de cristal en tonos verdes y ámbar.
Bonita.
Pero seguía siendo una lámpara.
Cogí la etiqueta que tenía colgada.
1.150 dólares.
Me detuve.
Volví a mirar.
Mil ciento cincuenta.
—¿Esto está bien?
La puse sobre el mostrador.
Busqué piezas parecidas.
Los precios no ayudaron.
Doscientos dólares.
Ochocientos.
Mil cuatrocientos.
Tres mil.
Me descargué una aplicación para identificar objetos antiguos.
Le hice una foto.
Esperé.
La aplicación sugirió material, estilo y un rango aproximado basado en piezas similares.
«Posible estilo Arts and Crafts. Bronce y cristal. Rango observado: 750-1.400 dólares. La autenticidad, el fabricante y el estado de conservación pueden modificar el valor».
Lo leí.
Miré la lámpara.
Después el móvil.
—¿Tú cuestas mil dólares? No puede ser.
Miré a mi alrededor.
La tienda entera cambió delante de mis ojos.
Hasta ese momento veía cosas viejas.
Ahora empecé a ver signos de interrogación con posibles cantidades en dólares flotando encima.
Cogí una silla.
Foto.
De ciento cincuenta a seiscientos dólares.
—Madre mía.
Cogí un reloj.
La aplicación no consiguió decidir ni siquiera de qué siglo era.
—Genial.
Me senté en el suelo.
Miré alrededor.
—Morgana, Morgana...
Hice una cuenta completamente irresponsable.
Si había cien piezas y cada una valía, de media, cien dólares...
Diez mil.
Me incorporé.
Diez mil dólares.
Solo en cosas que, hasta aquella mañana, yo llamaba viejas.
Miré la lámpara.
Quizá no fuera tan imposible.
Cogí el móvil.
Abrí los anuncios de segunda mano.
¿Un patinete eléctrico?
Busqué algunos.
Sería útil.
Hasta que lloviera.
O nevara.
O tuviera que cruzar medio Nueva Jersey.
Me detuve.
—Espera.
Borré la búsqueda.
Escribí:
«coches de segunda mano cerca de Nueva Jersey»
Aparecieron los anuncios.
Deslicé.
El primero era caro.
El segundo también.
El tercero parecía haber sobrevivido a una guerra.
Seguí.
Encontré uno por cinco mil novecientos dólares.
Sedán plateado.
Un kilometraje que debería venir acompañado de una disculpa.
Un pequeño golpe en la puerta.
No mencionaban el aire acondicionado, lo que me pareció sospechoso.
Amplié la foto.
—Eres feo.
Pasé al siguiente.
—Muy feo.
Volví al primero.
—Pero serías mío.
Me quedé mirando.
Mío.
No de mi padre.
No prestado.
No un favor.
Poder salir de la universidad sin calcular horarios de tren.
Aceptar unas prácticas más lejos.
Ir detrás de una entrevista sin depender de nadie para llegar.
Volví a mirar la tienda.
—Ay, tía Morgana.
Me levanté.
—Me has dejado un montón de cosas viejas.
Miré la lámpara.
—Ahora solo necesito descubrir si alguien quiere pagar por ellas.
Cogí el móvil.
Abrí la cámara.
—Nuevo plan.
Giré hacia la tienda.
—Vine a Salem pensando que pasaría una semana intentando entender qué había dejado mi tía.
Mostré la lámpara.
—Al parecer, una de esas cosas tiene una etiqueta de mil ciento cincuenta dólares.
Volví a enfocarme.
—Me niego a creérmelo hasta que alguien me ponga mil ciento cincuenta dólares en la mano.
Mostré otra vez la tienda.
—Pero, si todas estas cosas realmente tienen algún valor, voy a vender todo lo que pueda antes de volver a casa.
Me detuve.
Sonreí.
—Los que me conocéis sabéis que sueño con tener un coche.
Giré la cámara hacia la tienda.
—Así que ese es el plan: convertir un montón de cosas viejas en mi primer coche.
Lo publiqué.
Las respuestas empezaron a llegar.
«Madre mía, véndelo todo».
«Quiero seguir esto».
«¿Cuánto cuesta la muñeca?»
«No vendas la muñeca».
«Vende primero la muñeca».
«Haz una serie».
—Tenéis que decidir qué sentís por esa muñeca.
Creé una encuesta.
«¿Qué intento vender primero?»
«Lámpara».
«Silla».
«Reloj».
«Muñeca siniestra».
La muñeca se disparó.
—Sois lo peor.
Apareció una respuesta.
«La tienda de tu tía bruja va a pagarte el coche».
Lo miré.
Grabé otra historia.
—No sabemos si mi tía era bruja.
Poco después llegó una respuesta.
«Tu madre sí lo sabe».
Mi sonrisa se detuvo durante un segundo.
Guardé el móvil.
No era el momento.
Tenía un coche que comprar.
Encontré un cartel antiguo detrás del mostrador.
Por un lado:
«CLOSED»
Por el otro:
«OPEN»
Miré hacia la puerta.
No había pensado abrir la tienda.
Pero tampoco tenía sentido quedarme escondida allí intentando venderlo todo por internet mientras cientos de personas pasaban por la calle.
Pasé un paño por el mostrador.
Aparté algunas cajas.
Enderecé una silla.
Seguía siendo un caos.
Pero ahora era un caos presentable.
Giré el cartel hacia «OPEN» y lo colgué en la puerta.
La campanilla sonó menos de cuatro minutos después.
Entró una mujer.
Debía de tener sesenta y pocos.
Abrigo azul.
Gafas grandes.
Una bolsa reutilizable colgada del brazo.
Se detuvo en cuanto me vio.
—Ah.
Incliné la cabeza.
—Ese «ah» ha sonado a opinión.
Sonrió.
—Tú eres la sobrina.
Me miré.
—¿Cómo lo sabe?
Se rio.
—Esto es Salem.
Caminó hasta una pequeña caja de madera.
—Te pareces a tu madre.
—¿Conoció a mi madre?
—Sí.