Chapter 1 La Tienda Que Morgana Me Dejó #3
Y el olor llegó antes que cualquier otra cosa.
Madera.
Papel antiguo.
Polvo.
Un perfume dulce que parecía haberse quedado atrapado allí durante días.
Quizá canela.
Quizá alguna vela.
Entré.
Y me detuve.
Carol había mentido.
«Bastante» era una palabra ofensivamente pequeña.
La tienda parecía continuar mucho más allá de lo que la fachada permitía imaginar.
Desde la calle, yo había visto una sala estrecha.
Existía.
Solo que detrás había otra.
Y después, otro espacio más.
Un pasillo lateral desaparecía entre dos estanterías.
Una escalera subía cerca del fondo.
Había muebles ocupando prácticamente cualquier sitio donde pudiera caber un mueble.
Sillas.
Mesas.
Escritorios.
Baúles.
Armarios.
Una vitrina.
Mesillas de noche.
Dos sofás que claramente no habían nacido en el mismo siglo.
Lámparas colgaban del techo.
Los cuadros ocupaban las paredes.
Había pilas de libros entre los objetos.
Vajillas dentro de los armarios.
Maletas.
Cajas.
Y relojes.
Muchos.
Uno marcaba las nueve y veinte.
Otro, las dos y once.
Otro, las seis y cuarenta.
Algunos estaban parados.
Otros funcionaban sin la menor preocupación por coincidir con los demás.
Tic.
Tac.
Un poco más lejos:
Tic.
Tac.
Parecía una sala llena de gente hablando en voz baja al mismo tiempo.
—Madre mía.
Cogí el móvil.
—Gente...
Giré la cámara lentamente.
—Esto no es una tienda.
Mostré una fila de sillas.
Una pared cubierta de cuadros.
Cajas apiladas casi hasta mi altura.
—Esto es el almacén entero de una ciudad.
Empecé a caminar.
Había tazas delicadas.
Platos pintados.
Teteras.
Una máquina de escribir.
Un teléfono negro de disco.
Pequeños frascos de cristal.
Una jaula vacía.
Un bastón con cabeza de pájaro.
Un violín sin cuerdas.
Me detuve delante.
—¿Quién compra un violín sin cuerdas?
Abrí un cajón.
Botones.
Cientos.
—Claro.
Lo cerré.
Abrí otro.
Llaves.
Muchas.
—Esto va a peor.
Empezaron a llegar comentarios.
«Enseña más».
«No abras nada».
«Ábrelo todo».
«Esta tienda es perfecta».
«¿Dónde está tu tía?»
Mi dedo se detuvo.
Miré el mensaje.
Después, la tienda.
No conocía lo suficiente a Morgana como para echarla de menos.
Esa era la verdad.
Pero allí era distinto.
Había un vaso junto a una antigua caja registradora.
Una bufanda negra colgada detrás del mostrador.
Unas gafas dobladas sobre un libro.
Etiquetas escritas a mano.
Un bolígrafo sin tapón.
Un calendario todavía abierto por septiembre.
Todo parecía haberse quedado interrumpido a mitad de algo.
Mi mirada fue hacia las gafas.
Por algún motivo, no las toqué.
Seguí.
Detrás del mostrador había un corcho lleno de tarjetas, recibos, números de teléfono y una hoja con nombres y horarios.
Entre los papeles, vi una fotografía.
Una mujer de pelo negro.
Un mechón blanco cruzaba la parte delantera.
Me detuve.
Morgana.
Lo supe antes de encontrar ningún nombre.
Di un paso hacia la foto.
El móvil vibró.
Miré.
«Maya: quiero ver la segunda planta».
Entró otro mensaje.
«Maya: pero desde lejos».
Sonreí.
Cuando volví a mirar la fotografía, la dejé donde estaba.
—Mañana.
Había demasiadas cosas que descubrir en una sola tarde.
Me volví hacia la escalera.
—Segunda planta.
Los comentarios aparecieron casi de inmediato.
«No».
«Sí».
«Sube».
«Llévate la muñeca».
—La muñeca se queda donde está.
Subí.
Los escalones crujieron.
Arriba encontré otra sala alargada.
Allí, el orden había perdido la batalla.
Las cajas ocupaban el suelo.
Algunas estaban apiladas.
Otras, abiertas.
Casi todas tenían etiquetas.
Libros.
Vajilla.
Navidad.
Documentos.
Clientes.
Restauración.
Caminé entre ellas.
Entonces encontré una diferente.
«DESPUÉS».
Me detuve.
—¿Después de cuándo, Morgana?
La caja estaba cerrada.
No la abrí.
Todavía.
Más adelante había varios espejos apoyados contra la pared.
Uno era enorme y estaba cubierto con una tela oscura.
Pasé de largo.
Ya tenía material suficiente para que mis seguidores perdieran la cabeza durante una semana entera.
Fue entonces cuando sonó mi móvil.
Mi madre.
Contesté.
—Hola.
—¿Has llegado?
—He llegado.
—Podrías haber avisado.
—Te estoy avisando.
—Te pregunté cuándo llegarías.
—Te dije que por la tarde. Sigue siendo por la tarde.
—Sabrina.
—Estoy bien.
Caminé entre las cajas.
—He recogido las llaves. He visto un poco la ciudad. La tienda es gigantesca.
Silencio.
—¿Has entrado?
—Normalmente ese es el objetivo de recoger una llave.
—¿Cómo está?
Miré a mi alrededor.
—Llena.
—¿Solo eso?
—Mamá, aquí hay por lo menos cuatrocientas sillas.
—No hay cuatrocientas sillas.
—Todavía no he terminado de contarlas.
Oí a mi padre al fondo:
—Pregúntale si ha comido.
—Tu padre quiere saber si has comido.
—Me he comido dos barritas de las que metió en la mochila.
—¡Metí seis! —gritó mi padre.
—¡Todavía me quedan cuatro!
Mi madre soltó el aire.
—¿Y dónde vas a dormir?
Me detuve.
—Voy a buscar algo ahora.
—Sabrina.
—Estaba ocupada.
—Hoy es uno de octubre en Salem.
—Me he dado cuenta.
—No vas a encontrar nada barato ahora.
—Me encanta tu confianza.
—Lo digo en serio.
—Yo también. Lo solucionaré.
—Si hace falta, vuelve a Boston.
—No he cruzado todo esto para dormir en Boston.
—Prometiste no meterte en problemas.
—Buscar un hostal no cuenta.
—Contigo, todavía no lo sé.
Me reí.
—Te llamo luego.
—Sabrina.
—¿Sí?
—Cierra bien la puerta.
—La cerraré.
—Las dos.
Me detuve.
Miré el móvil.
—¿Las dos qué?
—Las puertas.
Mi sonrisa disminuyó.
—¿Cómo sabes que hay dos?
Silencio.
—¿Mamá?
—Ya te dije que conocía la tienda.
Miré hacia la escalera.
—¿Cuánto la conocías?
Otra pausa.
—Llámame luego.
—Mamá...
Colgó.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla.
Después, la planta en la que estaba.
Mi madre no conocía «algunas cosas» de aquella tienda.
Mi madre conocía aquella tienda.
Y la diferencia empezaba a molestarme.
El móvil vibró.
Maya.
«Maya: he encontrado un hostal por casi 300 dólares»
«Yo: ¿por una semana?»
Aparecieron los tres puntitos.
«Maya: por una noche»
—Ah, no.
Me senté encima de una caja.
Abrí una aplicación de alojamientos.
No estaba exagerando.
Algunos sitios ya no tenían disponibilidad.
Otros cobraban precios que hacían parecer que la cama venía con la escritura del edificio incluida.
Busqué más lejos.
Beverly.
Peabody.
Boston.
Nada que me hiciera feliz.
Otro mensaje.
«Maya: vuelve»
«Yo: jamás»
«Maya: casi 300 dólares»
«Yo: principios»
«Maya: bancarrota»
Guardé el móvil.
Bajé.
Necesitaba encontrar la puerta trasera, comprobar las cerraduras, descubrir si había algún baño y solo después aceptar que viajar a Salem en octubre sin haber reservado alojamiento había sido una idea exactamente tan brillante como parecía ahora.
Detrás del mostrador encontré un pasillo estrecho.
Seguí.
Un fregadero pequeño.
Un aseo.
—Gracias a Dios.
Más adelante, una puerta.
La abrí.
Almacén.
Cajas hasta el techo.
La cerré.
Otra.
Escobas.
Productos de limpieza.
La cerré.
Al final del pasillo encontré la puerta trasera.
La llave pequeña funcionó.
Abrí lo justo para mirar.
Un callejón estrecho.
Pared de ladrillo.
Contenedores de basura.
Nada que justificara el drama de mi madre.
Cerré.
Eché la llave.
Dos veces.
—Ya está, mamá.
Me giré.
Fue entonces cuando vi una cortina gruesa junto al almacén.
Ya había pasado por allí antes.
Había pensado que escondía una estantería.
La aparté.
Una puerta.
—Claro que sí.
Giré el pomo.
Se abrió.
Al otro lado había una escalera que bajaba.
Me quedé quieta.
Encendí la linterna del móvil y busqué un interruptor.
Lo encontré.
Una bombilla amarillenta se encendió sobre la escalera.
Empecé a bajar.
Los peldaños eran estrechos.
Las paredes, de ladrillo antiguo pintado de blanco.
El aire se volvía más frío con cada paso.
Bajé seis escalones.
Giré.
Cuatro más.
Llegué al final.
Y me detuve.
—No.
Encendí otra luz.
Una cocina.
Pequeña.
Muy pequeña.
Pero una cocina.
Armarios claros ya desgastados.
Fregadero.
Fogones.
Nevera.
Una mesa redonda con dos sillas.
Caminé hasta ella.
—No me lo puedo creer.
Había una puerta.
La abrí.
Baño.
Ducha.
Lavabo.
Inodoro.
Una pequeña estantería con toallas dobladas.
Volví.
Otra puerta.
Empujé.
Una cama.
Me quedé inmóvil.
La habitación era estrecha, casi completamente ocupada por una cama de matrimonio, un armario antiguo y una cómoda.
Cerca del techo había una ventana horizontal a ras de la acera.
Por fuera pasaban pies.
Zapatillas.
Botas.
Una falda negra.
La punta de una capa.
Miré la cama.
Después la cocina.
Después el baño.
Corrí hasta el fregadero.
Abrí el grifo.
Agua.
—Ah, no.
Fui al baño.
Abrí la ducha.
También agua.
Volví a la cocina.
Nevera.
Vacía.
—Da igual.
Abrí un armario.
Platos.
Otro.
Vasos.
Otro.
Una olla.
Me llevé una mano a la boca.
Fue entonces cuando me di cuenta de que el móvil seguía grabando.
Giré la cámara hacia mí.
—Gente.
Empecé a reírme.
—No voy a pagar un hostal.
Los comentarios explotaron.
«¿Vas a dormir ahí?»
«Me está encantando seguir esto».
«No duermas en el sótano de tu tía bruja».
«Así empiezan todas las películas de terror».
—Primero: ella no era una bruja.
Me detuve.
Pensé en las reseñas.
En mi madre.
En todo Salem al otro lado de la puerta.
—Creo.
Eso empeoró los comentarios.
Apagué la cámara riéndome.
Hice una foto de la cama y se la mandé a Maya.
«Yo: actualización: he encontrado dónde dormir. Creo que sobrevivo una semana».
La respuesta llegó antes de que pudiera guardar el móvil.
«Maya: es Salem. No uses la palabra sobrevivir».
Solté una carcajada.
Dejé caer la mochila sobre la cama.
Una semana.
Siete noches.
Tenía un sitio donde dormir, internet funcionando, una tienda entera por explorar y me había ahorrado casi trescientos dólares antes incluso de deshacer la mochila.
Nada mal.
Por primera vez desde la lectura del testamento, pensé que quizá mi madre había exagerado.
Arriba, un reloj empezó a dar las horas.
Una.
Dos.
Tres.
Miré hacia el techo.
Cuatro.
Cinco.
Volvió el silencio.
Miré la hora en el móvil.
Ni de lejos eran las cinco.
—Definitivamente está estropeado.
Abrí la mochila.
El reloj volvió a sonar.
Seis.
Me quedé quieta con una camiseta en la mano.
Miré hacia el techo.
Después sonreí.
—Mañana averiguaré cuál es tu problema.
Y seguí deshaciendo la mochila.